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El Signo Del Unicornio

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Latin America's New Historical Novel

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Beginning with the 1979 publication of Alejo Carpentier\'s El arpa y la sombra, the New Historical Novel has become the dominant genre within Latin America ...

  • L'auteur : ,
  • Editeur: University of Texas Press
  • ISBN: 0292786271
  • Genre: Literary Criticism
  • Nombre de pages: 240
  • Langue: French/English
  • Vues: 1738
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Détails: Beginning with the 1979 publication of Alejo Carpentier's El arpa y la sombra, the New Historical Novel has become the dominant genre within Latin American fiction. In this at-times tongue-in-cheek postmodern study, Seymour Menton explores why the New Historical Novel has achieved such popularity and offers discerning readings of numerous works. Menton argues persuasively that the proximity of the Columbus Quincentennial triggered the rise of the New Historical Novel. After defining the historical novel in general, he identifies the distinguishing features of the New Historical Novel. Individual chapters delve deeply into such major works as Mario Vargas Llosa's La guerra del fin del mundo, Abel Posse's Los perros del paraíso, Gabriel García Márquez's El general en su laberinto, and Carlos Fuentes' La campaña. A chapter on the Jewish Latin American novel focuses on several works that deserve greater recognition, such as Pedro Orgambide's Aventuras de Edmund Ziller en tierras del Nuevo Mundo, Moacyr Scliar's A estranha nação de Rafael Mendes, and Angelina Muñiz's Tierra adentro.


Loba

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El rey Lobo gobierna con mano de hierro en Moriana, un país que basa su prosperidad en la esclavitud y la guerra. Angustiado por una maldición según la ...

  • L'auteur : Verónica Murguía
  • Editeur: Ediciones SM España
  • ISBN: 8467561688
  • Genre: Juvenile Fiction
  • Nombre de pages: 512
  • Langue: French/English
  • Vues: 995
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Détails: El rey Lobo gobierna con mano de hierro en Moriana, un país que basa su prosperidad en la esclavitud y la guerra. Angustiado por una maldición según la cual jamás podrá tener un hijo varón, Lobo desatiende a sus dos hijas, en especial a Soledad, la primogénita, que no logra el cariño de su padre por más que lo intenta entrenándose en cacerías y combates simulados. Cuando la noticia de una amenaza terrible -un dragón- llega a la corte, Soledad acepta la responsabilidad de partir a los confines del reino para ver cuánto hay de verdad en los rumores. Esa búsqueda la llevará a conocer la amistad, el amor, la magia y, en última instancia, la esencia de sí misma.


LA GUERRA DEL UNICORNIO

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LA GUERRA DEL UNICORNIO Novela Angelina Muñiz-Huberman Editorial Grupo Destiempos 206 PP. Versión digital ...

  • L'auteur : ,
  • Editeur: Editorial Grupo destiempos
  • ISBN: 6079130068
  • Genre: Fiction
  • Nombre de pages: 206
  • Langue: French/English
  • Vues: 963
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Détails: LA GUERRA DEL UNICORNIO Novela Angelina Muñiz-Huberman Editorial Grupo Destiempos 206 PP. Versión digital


Stardust

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Un encantador cuento de hadas del gran maestro Neil Gaiman, llena de aventuras ineseperadas, amor verdadero en un mundo repleto de magia. ...

  • L'auteur : Neil Gaiman
  • Editeur: Roca editorial
  • ISBN: 8499185509
  • Genre: Fiction
  • Nombre de pages: N.A
  • Langue: French/English
  • Vues: 1092
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Détails: Un encantador cuento de hadas del gran maestro Neil Gaiman, llena de aventuras ineseperadas, amor verdadero en un mundo repleto de magia.


El Juego del Demonio

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Todos piensan que mudarse a un pequeño pueblo serán unas vacaciones cuando Dylan decide regresar a la Tierra para ser médico. Él cree que la parte más ...

  • L'auteur : Rain Oxford
  • Editeur: Babelcube Inc.
  • ISBN: 1071597434
  • Genre: Fiction
  • Nombre de pages: 142
  • Langue: French/English
  • Vues: 1482
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Détails: Todos piensan que mudarse a un pequeño pueblo serán unas vacaciones cuando Dylan decide regresar a la Tierra para ser médico. Él cree que la parte más difícil será mantener en secreto la magia de su familia. Cuando uno de los Guardianes le cuenta sobre un arma que es lo suficientemente poderosa como para destruir a un dios, Dylan tiene que decidir si puede confiar en sus instintos. Su decisión se vuelve más complicada cuando se da cuenta de que algo extraño está sucediendo en el hospital. Ron y Hail ingresan a la escuela secundaria con la intención de hacerse pasar por humanos, pero todo cambia cuando se dan cuenta de que algunos de sus maestros esconden secretos peligrosos. Ahora deben poner a prueba su propio poder, reunir aliados y aprender de qué se trata el ser un humano. Se está gestando una nueva guerra, las creencias y las alianzas se ponen a juicio y la magia no siempre es la respuesta. Dylan y Mordon tendrán que repensar todo en lo que creen cuando se enfrenten a un enemigo más poderoso que cualquier cosa que los dioses hayan encontrado.


Esoteric Astrology

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The science of esoteric astrology is said to be the basic occult science of the future. Astrology is described in this book as "the science of relationship ...

  • L'auteur : Alice A. Bailey,Djwhal Khul
  • Editeur: Lucis Publishing Companies
  • ISBN: 0853301204
  • Genre: Body, Mind & Spirit
  • Nombre de pages: 742
  • Langue: French/English
  • Vues: 754
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Détails: The science of esoteric astrology is said to be the basic occult science of the future. Astrology is described in this book as "the science of relationships", a science which deals with those conditioning energies and forces which play through and upon the whole field of space and all that is found within it.


Las Claves del Esoterismo

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Asimilado a menudo a las ciencias ocultas, la magia o la tradición satánica, el esoterismo es, en realidad y etimológicamente hablando, la enseñanza de ...

  • L'auteur : M. Centini
  • Editeur: Parkstone International
  • ISBN: 168325385X
  • Genre: Body, Mind & Spirit
  • Nombre de pages: 234
  • Langue: French/English
  • Vues: 1683
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Détails: Asimilado a menudo a las ciencias ocultas, la magia o la tradición satánica, el esoterismo es, en realidad y etimológicamente hablando, la enseñanza de «lo interior», lo que está reservado a un círculo limitado de discípulos, herederos de un saber secreto que se transmite de época en época. Esta obra nos invita a descubrir y comprender los caminos y los rostros de esta enseñanza secreta. Asociando indicios y pistas, fragmentos y fuentes de distintos orígenes, el autor nos guía por un mundo misterioso que aportará nuevas respuestas...


The Fault in Our Stars

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From #1 bestselling author John Green and now a major motion picture starring Shailene Woodley, Ansel Elgort, and Laura Dern! “The greatest romance story ...

  • L'auteur : John Green
  • Editeur: Penguin
  • ISBN: 1101569182
  • Genre: Young Adult Fiction
  • Nombre de pages: 336
  • Langue: French/English
  • Vues: 436
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Détails: From #1 bestselling author John Green and now a major motion picture starring Shailene Woodley, Ansel Elgort, and Laura Dern! “The greatest romance story of this decade.″ —Entertainment Weekly #1 New York Times Bestseller #1 Wall Street Journal Bestseller #1 USA Today Bestseller #1 International Bestseller Despite the tumor-shrinking medical miracle that has bought her a few years, Hazel has never been anything but terminal, her final chapter inscribed upon diagnosis. But when a gorgeous plot twist named Augustus Waters suddenly appears at Cancer Kid Support Group, Hazel’s story is about to be completely rewritten. From John Green, #1 bestselling author of Turtles All the Way Down, The Fault in Our Stars is insightful, bold, irreverent, and raw. It brilliantly explores the funny, thrilling, and tragic business of being alive and in love.


Five Weeks in a Balloon

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A scholar, Dr. Samuel Ferguson, accompanied by his manservant Joe and his friend Richard "Dick" Kennedy, sets out to travel across the African continent ...

  • L'auteur : Jules Verne
  • Editeur:
  • ISBN: 2291018507
  • Genre: Fiction
  • Nombre de pages: 150
  • Langue: French/English
  • Vues: 1709
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Détails: A scholar, Dr. Samuel Ferguson, accompanied by his manservant Joe and his friend Richard "Dick" Kennedy, sets out to travel across the African continent — still not fully explored — with the help of a hot-air balloon filled with hydrogen.


The Unicorn

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THE science of Heraldry has faithfully preserved to modern times various phases of some of those remarkable legends, which, based upon a study of natural p ...

  • L'auteur : Robert Brown
  • Editeur: Library of Alexandria
  • ISBN: 1465576967
  • Genre: Fiction
  • Nombre de pages: 97
  • Langue: French/English
  • Vues: 1625
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Détails: THE science of Heraldry has faithfully preserved to modern times various phases of some of those remarkable legends, which, based upon a study of natural phenomena, exhibit the process whereby the greater part of mythology has come into existence. There we find the solar Gryphon, the solar Phoenix, 'a demi-eagle displayed issuing from flames of fire,' the solar Lion, and the lunar Unicorn, which two latter noble creatures now harmoniously support the Royal Arms. I propose in the following pages to examine the myth of the Unicorn, the wild, white, fierce, chaste Moon, whose two horns, unlike those of mortal creatures, are indissolubly twisted into one; the creature that endlessly fights with the Lion to gain the crown (κορυφή) or summit of heaven which neither may retain, and whose brilliant horn drives away the darkness and evil of the night, even as we find in the myth that 'venym is defended by the horn of an Vnicorne.'1 As the Moon rules the sea and water, so the horn of the Unicorn is said to purify the streams and pools, and we are told that other animals will not drink until this purification is made; for the Unicorn ere he slakes his thirst, like the sinking Moon, dips his horn in water. As the Moon, Artemis-Selenê, is the 'queen and huntress, chaste and fair,' so is 'the maiden Unicorne' 'in the Classical and Middle Ages the emblem of chastity.' 'Their inviolable attachment to virginity, has occasioned them to become the guardian hieroglyphic of that virtue.' According to Upton, quoted by Dallaway, the Unicorn 'capitur cum arte mirabili. Puella virgo in sylva proponitur solaque relinquitur, qui adveniens depolita omni ferocitate casti corporis pudicitiam in virgine veneratur, caputque suum in sinu puellae imponit, sicque soperatus deprehenditur a venatoribus et occiditur, vel in regali palatio ad spectandum exhibetur.'


Waluk

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Waluk, a young polar bear abandoned by his mother, learns how to fend for himself with the help of Manitok, a cranky old bear who teaches Waluk about seals ...

  • L'auteur : Emilio Ruiz
  • Editeur: Graphic Universe ™
  • ISBN: 1467720577
  • Genre: Juvenile Fiction
  • Nombre de pages: 56
  • Langue: French/English
  • Vues: 1159
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Détails: Waluk, a young polar bear abandoned by his mother, learns how to fend for himself with the help of Manitok, a cranky old bear who teaches Waluk about seals, foxes, changing seasons, and human beings. End notes discuss animal habitats and environmental issues.


Razzle Dazzle Unicorn (Phoebe and Her Unicorn Series Book 4)

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Dana Simpson's Phoebe and Her Unicorn is back with more sparkles than ever! In this fourth volume, join in the adventure as Phoebe and Marigold confront me ...

  • L'auteur : Dana Simpson
  • Editeur: Andrews McMeel Publishing
  • ISBN: 1449484328
  • Genre: Juvenile Fiction
  • Nombre de pages: 184
  • Langue: French/English
  • Vues: 1402
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Détails: Dana Simpson's Phoebe and Her Unicorn is back with more sparkles than ever! In this fourth volume, join in the adventure as Phoebe and Marigold confront messy rooms, trouble at school, and a nasty case of “Sparkle Fever.” Follow the pair back to Camp Wolfgang, where their old pals Sue (a.k.a. “Monster Girl”) and Ringo, the lake creature, remind them that being weird is WAY more fun than being normal.


The Gospel of the Flying Spaghetti Monster

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Can I get a “ramen” from the congregation?! Behold the Church of the Flying Spaghetti Monster (FSM), today’s fastest growing carbohydrate-based relig ...

  • L'auteur : Bobby Henderson
  • Editeur: Villard
  • ISBN: 0307485560
  • Genre: Humor
  • Nombre de pages: 192
  • Langue: French/English
  • Vues: 1327
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Détails: Can I get a “ramen” from the congregation?! Behold the Church of the Flying Spaghetti Monster (FSM), today’s fastest growing carbohydrate-based religion. According to church founder Bobby Henderson, the universe and all life within it were created by a mystical and divine being: the Flying Spaghetti Monster. What drives the FSM’ s devout followers, a.k.a. Pastafarians? Some say it’s the assuring touch from the FSM’s “noodly appendage.” Then there are those who love the worship service, which is conducted in pirate talk and attended by congregants in dashing buccaneer garb. Still others are drawn to the Church’s flimsy moral standards, religious holidays every Friday, or the fact that Pastafarian heaven is way cooler: Does your heaven have a Stripper Factory and a Beer Volcano? Intelligent Design has finally met its match—and it has nothing to do with apes or the Olive Garden of Eden. Within these pages, Bobby Henderson outlines the true facts– dispelling such malicious myths as evolution (“only a theory”), science (“only a lot of theories”), and whether we’re really descended from apes (fact: Humans share 95 percent of their DNA with chimpanzees, but they share 99.9 percent with pirates!) See what impressively credentialed top scientists have to say: “If Intelligent Design is taught in schools, equal time should be given to the FSM theory and the non-FSM theory.” –Professor Douglas Shaw, Ph.D. “Do not be hypocritical. Allow equal time for other alternative ‘theories’ like FSMism, which is by far the tastier choice.” –J. Simon, Ph.D. “In my scientific opinion, when comparing the two theories, FSM theory seems to be more valid than classic ID theory.” –Afshin Beheshti, Ph.D. Read the book and decide for yourself!


Killing Monica

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This is the book fans of Candace Bushnell have been waiting for. From the author of Sex and the City, Lipstick Jungle, and The Carrie Diaries comes an addi ...

  • L'auteur : Candace Bushnell
  • Editeur: Grand Central Publishing
  • ISBN: 0446583006
  • Genre: Fiction
  • Nombre de pages: 288
  • Langue: French/English
  • Vues: 549
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Détails: This is the book fans of Candace Bushnell have been waiting for. From the author of Sex and the City, Lipstick Jungle, and The Carrie Diaries comes an addictive story about fame, love, and foolishness that will keep readers enthralled to the very last enticing scene. Pandy "PJ" Wallis is a renowned writer whose novels about a young woman making her way in Manhattan have spawned a series of blockbuster films. After the success of the Monica books and movies, Pandy wants to attempt something different: a historical novel based on her ancestor Lady Wallis. But Pandy's publishers and audience only want her to keep cranking out more Monica-as does her greedy husband, Jonny, who's gone deeply in debt to finance his new restaurant in Las Vegas. When her marriage crumbles and the boathouse of her family home in Connecticut goes up in flames, Pandy suddenly realizes she has an opportunity to reinvent herself. But to do so, she will have to reconcile with her ex-best friend and former partner in crime, SondraBeth Schnowzer, who plays Monica on the big screen-and who may have her own reasons to derail Pandy's startling change of plan. In KILLING MONICA, Candace Bushnell spoofs and skewers her way through pop culture, celebrity worship, fame, and the meaning of identity. With her trademark humor and style, this is Bushnell's sharpest, funniest book to date


The Book of Human Skin

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Midday, May 13, 1784: An earthquake in Peru tears up the white streets of Arequipa. As the dust settles, a young girl arrives at the devastated convent of ...

  • L'auteur : Michelle Lovric
  • Editeur: Penguin Canada
  • ISBN: 0143176889
  • Genre: Fiction
  • Nombre de pages: 512
  • Langue: French/English
  • Vues: 1047
  • Telecharger: 1047
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Détails: Midday, May 13, 1784: An earthquake in Peru tears up the white streets of Arequipa. As the dust settles, a young girl arrives at the devastated convent of Santa Catalina. At the same moment, oceans away in Venice, an infant tears his way out of his mother’s womb. The great Palazzo Espagnol, built on Peruvian silver and New World drugs, has an heir by the name of Minguillo Fasan. Twelve years later, Venice is in Napoleon’s sights and Minguillo is listening to the birth-cries of his new sister, Marcella, a delicate, soft-skinned threat to his inheritance. Meanwhile, at Santa Catalina, the scarred young girl has become Sor Loreta, whose craving for sainthood is taking a decidedly sinister turn. Aided by a loyal servant, an irascible portrait-painter, a young doctor obsessed with skin, a warhorse of a Scottish merchant, and a cigar-smoking pornographer nun, Marcella pits her fierce heart against Minguillo’s pitiless machinations. Her journey takes her from Napoleon’s shamed Venice to the last picaresque days of colonial Peru—where the fanatical Sor Loreta has plans of her own for the young girl from Venice...


Blanco Oscuro

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Título Original: Blanco Oscuro Autor: Lute Pérez.© 2020 Impreso en España / Printed in Spain Impreso por Ele Ediciones 2020 Maquetación: Lute Pérez D ...

  • L'auteur : Lute Pérez
  • Editeur: eleediciones
  • ISBN:
  • Genre: Science
  • Nombre de pages: 417
  • Langue: French/English
  • Vues: 457
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Détails: Título Original: Blanco Oscuro Autor: Lute Pérez.© 2020 Impreso en España / Printed in Spain Impreso por Ele Ediciones 2020 Maquetación: Lute Pérez Diseño de Portada: Silvia García Ochando 1ª edición N.º de ISBN: 9798550033364 Índice Introducción 5 Capítulo I 7 Capítulo II 21 Capítulo III 41 Capítulo IV 61 Capítulo V 75 Capítulo VI 97 Capítulo VII 113 Capítulo VIII 125 Capítulo IX 139 Capítulo X 149 Capítulo XI 163 Capítulo XII 177 Capítulo XIII 201 Capítulo XIV 215 Capítulo XV 229 Capítulo XVI 241 Capítulo XVII 261 Capítulo XVIII 279 Capítulo XIX 299 Capítulo XX 321 Capítulo XXI 331 Capítulo XXII 343 Capítulo XXIII 353 Capítulo XXIV 363 Capítulo XXV 373 Capítulo XXVI 383 Capítulo XXVII 397 Epílogo 415 INTRODUCCIÓN Un hombre grande e imponente, vestido de chaqueta, entraba en un edificio que parecía haber sido en otro tiempo una iglesia o convento. Mostraba una expresión fría y dura en un rostro tenso de piel morena. Reflejaba algunas arrugas a causa de la edad, pero no parecía alcanzar los sesenta años. Una anciana se acercó a él alargando la mano y retiró lentamente una gruesa tela que cubría el bulto que llevaba entre los brazos, atisbando así a una niña recién nacida que dormía plácidamente. —No podéis hacer esto —murmuró la mujer con preocupación casi para sí, pero tomó a la niña entre sus brazos, como si no pudiera tomar ninguna otra decisión, y la llevó a una habitación, cuya puerta estaba a un par de metros de ella. Cuando volvió tenía las manos vacías. —Su nombre es «Sara» —se limitó a decir aquel hombre trajeado. —No podéis traer aquí a cualquier criatura sin dar explicación alguna — repitió ella—. No me importa cuánto dinero ganéis haciendo esto; lo que sea que hagáis, pero está mal y es inadmisible. Esto no puede seguir así. —¿Prefieres dejarla en la calle? —preguntó él fríamente. La mujer apretó los labios conteniendo alguna grosería, indignada. —Por supuesto que no. —Muy bien —se limitó a decir él, dándose la vuelta y dirigiéndose hacia la salida—. Nos volveremos a ver —sentenció. Y la puerta se cerró de un portazo. Sara rompió a llorar. CAPÍTULO I Todos los días podía observar las mismas caras, las mismas expresiones. Las mismas personas, aunque ellas creyeran que cambiaban constantemente. Expresiones agobiadas, tranquilas, solitarias. Todos los días las mismas. Llegué y miré alrededor esperando ver a alguien nuevo. Suspiré y seguí adelante hasta llegar a la mesa más apartada de toda la sala. Saqué un libro de texto de historia, aunque no supe cuál era hasta una media hora después, y me dispuse a observar las fotos. Recuerdo los primeros días en la universidad. Me sentía avergonzada por ir a la biblioteca para no estudiar. Sentía que todos los ojos de la sala me miraban acusadoramente mientras yo clavaba los míos en lo que fuera que hubiera a través de la ventana, como si estuviera molestando a alguien, como si fuera un obstáculo para los demás que yo me sentara allí simplemente a observar. Poco a poco me di cuenta de que nadie se fijaba en mí. Si no que era yo la que lo hacía. Los analizaba, intentaba conocerlos. En resumen, yo iba a la biblioteca a analizar estudiantes, mirar por la ventana y, a veces, a leer algún libro que no podía o no quería comprarme. Aquello me relajaba mucho más de lo que cualquiera creería. Fingía que no me importaba seguir día tras día mostrándome fría y calculadora, que no me importaba tener que soportar a mis amigos, a los cuales quería, sí, pero me aburría observar diariamente su actitud. Nunca aguanté mucho tiempo cerca de alguien que ya conocía. Eso era impensable en mí. Pero con el paso de los años me acabé dando cuenta de que no podía huir, tan solo esconderme de vez en cuando, y la biblioteca era el lugar perfecto. Fuera de ella era una persona completamente distinta. No me considero infeliz por tener que ocultarme, ni por asomo. No finjo la felicidad cuando salgo a hacer locuras con ellos, ni miento cuando digo que aprecio a alguien. Tan solo soy consciente de que ellos no entenderían esa sensación de hastío y no aceptarían que necesitara estar sola, sin soportar a nadie. Como si los hubiera sentido llegar, aparté la cabeza de la ventana y miré hacia la puerta justo en el momento en que entraban un grupo de jóvenes. Dos chicos y tres chicas, sonrientes y sin bolsos, libros, carpetas ni mochilas. Parecían pasarlo bien. Y me daba la sensación de que iban a molestar. Me recordaron a mis amigos, pero más inocentes. Me habría apostado el cuello a que me denunciarían si les hubiera ofrecido un porro. Se sentaron en la mesa de delante, donde ya había un chico con un libro abierto. Los chicos empezaron a hablar entre ellos en voz baja mientras una de las chicas cogía un libro de Historia egipcia sin siquiera mirarlo. Lo abrió y otra pegó la cabeza a la suya, hojeándolo. Empezaron a reírse y hacer comentarios estúpidos que me molestaban más de lo que tal vez debería. Seguía observándolos sin interés y con algo de irritación cuando una de las chicas —una muchacha de pelo liso, rubio y fino, de ojos verdes y piel clara — cruzó su mirada con la mía sin apartarla durante unos segundos. Por un instante llegué a pensar si sería tan estúpida como para pretender comenzar un duelo y desvié la mía. No por incomodidad, aunque di por hecho que ella lo había interpretado así. La aparté porque no me apetecía en absoluto seguirles el juego. Por el rabillo del ojo pude ver cómo sonreía y le susurraba algo al chico que estaba a su lado. No me enteré ni me preocupé por leerle los labios, pero sabía que lo que le había dicho llamó la atención al resto de sus colegas, porque todos giraron las cabezas hacia ella y la que tenía el libro lo cerró sonoramente, y justo entonces abrí yo el mío. Alguien se había fijado en mí y no me hacía ninguna gracia que nadie se interesara por mi persona. Resoplé cuando uno de los chicos del grupo se movió a mi mesa y se quedó mirándome fijamente. —¿Qué coño quieres? —pregunté lo más desagradable posible sin levantar la cabeza del libro, aunque realmente no estaba leyendo nada. —Solo me fijaba en ti. ¿Qué haces aquí sola? —Percibí que sonreía, aunque no le miré. Di por hecho que aquella estupidez tenía algo que ver con una especie de reto o apuesta que le había propuesto la chica rubia. —Estoy estudiando, tal y como deberían hacer todos en la biblioteca. La gente no viene aquí a pasar el rato. —Casi me sentí culpable al decir aquello, pues yo era la primera que iba allí a pasar el rato. Le había cogido tanto cariño al lugar, a la soledad que sentía allí que el que un grupo de alumnos fuera a pasarlo bien y armar jaleo me parecía casi un sacrilegio. —¿Estás estudiándote el índice? —comentó. Fallo mío. Levanté la cabeza y le eché una mirada que claramente gritaba que se fuese a pastar. Pero siguió mirándome fijamente con una sonrisa de oreja a oreja. Para mi sorpresa, me gustaba su sonrisa. Tenía unos dientes perfectos y unos labios rosados, algo finos, pero a la vez carnosos. Ojos azules, pelo negro como el carbón y una naricilla graciosa que le hacía parecer más simpático de lo que seguramente era. No, no tenía sonrisa de estúpido, pero, aun así, no me gustaba que perturbaran mi paz. —Adiós —acabé pronunciando mientras devolvía el libro a su sitio y me levantaba resignándome a que me habían estropeado el momento. —Venga, no seas así, mujer. —Le ignoré y me dirigí, con la expresión indiferente que me caracterizaba, hacia la puerta. —Adiós, Sara —dijo una voz femenina alegremente cuando estaba a punto de salir. La bibliotecaria pidió silencio. No me di la vuelta, pero sentí cómo varias miradas se clavaban en mí. Aquello había estado completamente fuera de lugar, y más en un sitio como aquel, donde reinaba el silencio. Al principio no me molestó tanto que una desconocida supiera mi nombre como el hecho de que hablara casi a voz en grito en la biblioteca solo para llamar la atención. Más adelante me pregunté si habría sido aquella chica la que supuestamente había retado al otro a hablar conmigo. Bajé las escaleras ocultándome a mí misma la indignación. Me apetecía ver a Lola y planear la tarde. Me preguntaba qué lío armaríamos aquel día. Cada día había alguna locura nueva, así que no podía hacerme a la idea de que fuera un día normal. Salí del edificio bajando una pequeña escalinata y saqué del bolsillo de la chaqueta de cuero mi paquete de Chesterfield y aquel mechero que me había regalado Carlos. Cada vez que lo veía sonreía con solo recordar cómo me lo regaló, aparentando que lo hacía de todo corazón, que lo había comprado pensando en mí, cuando realmente lo robó en una cafetería. Sentí cómo el humo por fin inundaba mis pulmones. Me quedé sentada en uno de los bancos frente a la universidad. El césped recién cortado y un puñado de árboles lo rodeaban. Era muy pronto, aún le quedarían a Lola al menos quince minutos para llegar. Odiaba ser puntual. Más odiaba aún llegar demasiado pronto. Supongo que lo detestaba porque jamás conocí a nadie que fuera puntual. Me tumbé en el banco, mirando al cielo y mezclando la visión del humo que expulsaba por la boca con las nubes de allá arriba. En mi olfato se mezclaban el olor del tabaco con el de la tierra y la hierba de mi alrededor. Tras veinte minutos intentando pensar lo menos posible en el paso del tiempo, sin éxito, todo sea dicho, aquel grito inconfundible de Lola me despertó de mi adormecimiento. Me incorporé de golpe y la busqué con la mirada. —¡Tía, que tengo droga! —Abrí mucho los ojos, pretendiendo decirle con aquel gesto que cerrara la boca, pero no pude evitar echarme a reír. —Joder, Lola, no seas tonta, nos podemos meter en un lío si vas gritando eso por ahí —le dije mientras le daba un pequeño golpe en el hombro y le revolvía el pelo—. ¿Por qué la traes a la universidad? —No la traigo, la he pillado aquí. —Genial, tenemos camellos hasta aquí —dije irónicamente. —Menos mal —pronunció ella aún eufórica. —¿Ya has fumado? —No, tía, te he esperado. —Vámonos al parque. Comenzamos a andar, pero le pregunté dónde estaban Carlos y Luis. Al parecer ellos ya habían hablado con Lola e irían al parque más tarde. Me desilusioné. De camino, Lola solo me habló de la persona que le había vendido la droga, de cómo había llegado hasta ella y lo que habían estado hablando. Rollos sobre plantaciones, precios y demás nimiedades. Traté de no guardar aquella información en mi cabeza porque realmente cualquier tema sobre drogas me parecía muy triste, siempre y cuando no estuviera colocada. Simplemente me dediqué a observar a Lola y a disfrutar con su alegría. Por supuesto que aquella chica estaba muy perdida, toda su vida giraba en torno a los vicios, pero, aun así, jamás perdió aquella personalidad, aquella alegría que tanto la caracterizaba. Siempre pensé que cuando la vida de una persona comenzaba a girar en torno a las drogas y la delincuencia llegaba un momento en que te destrozaba por completo, que no podías ser feliz sin ello y vivías deprimido. Pero a Lola aquello no le había ocurrido nunca. No como a mí. Ella era feliz con drogas o sin ellas. Sabía divertirse sin robar, sin destrozar cosas y sin hacer daño a nadie. Era completamente contraria a mí. Tal vez por eso me parecía tan triste todo aquello. Para ella era innecesario, para mí era una necesidad básica. La chica no paraba de hablar y andaba dando saltitos. Sus ojos marrones brillaban de felicidad. Siempre lo hacían, aunque unas veces más que otras. Tenía el pelo largo y negro, más bien castaño oscuro. Completamente liso y que siempre parecía danzar a cada paso que daba. Era bastante bajita, más que yo, que medía 1,60 y su cabeza alcanzaba poco más que mi hombro. Aun así, tenía un cuerpo precioso, delgado, de piel clara, pechos perfectos. Alguna que otra vez paseábamos en sujetador por la calle, casi inconscientes, y yo no podía más que envidiar sus pechos blancos, de forma y tamaño perfectos. Tenía la barriga plana y solía llevar camisetas cortas que dejaran lucir el piercing de su ombligo, el cual cambiaba casi diariamente. Aunque siempre llevaba encima una chaqueta de cuero negra igual que la mía. Las compramos a la vez. Lo cierto es que lo pasaba realmente bien con ella. Nos solíamos contar todo desde que nos conocimos cinco años atrás. Fue en ese primer momento que sentimos que podíamos confiar la una en la otra. Llegamos al parque y el cielo comenzó a nublarse. Sonó un trueno y ella dejó de hablar durante un segundo. —¡Hace cinco minutos hacía sol! —se quejó. —Tenemos la caseta —comenté, aunque sin mucho entusiasmo. Llamábamos la caseta a cuatro barras de metal que sostenían un techo cutre de plástico que estaba escondido en un rincón del parque. Aquella era la zona que en todos los pueblos y ciudades llamarían «el sitio de los yonkis». El caso es que, en aquella ciudad, nosotros éramos «los yonkis». No tardó mucho en comenzar a llover cuando llegamos a la caseta, pero allí no nos salpicaba ni una gota. —¿Crees que vendrán con el tiempo así? —pregunté refiriéndome a Carlos u Luis. —Saben que tengo hierba. —Fue toda su respuesta, y comenzamos a reír dando por hecho que vendrían. —Anda, dame un cigarro, Sara —dijo mientras abría aquella bolsita llena de marihuana. Saqué un cigarro, se lo ofrecí y olisqueé el aire, disfrutando del olor de aquella droga y sintiéndome culpable y muy triste. Consolaba saber que aquella tristeza duraría bastante poco. Más tarde formábamos un círculo deforme en el suelo. Se escuchaban las gotas cayendo sobre el techo de la caseta. Todos hablaban y reían chistes que no tenían gracia y me pregunté si, como yo, eran conscientes de lo patética que era la situación. Pero no importaba, yo también me reía. Carlos era un chico alto y fuerte, de ojos marrones y pelo corto y rubio, de nariz ancha y manos enormes. Supongo que era la única que se fijaba en sus manos. Lo cierto es que me fascinaba su capacidad para hacer las cosas con tanta delicadeza siendo una persona tan grande físicamente. Detalles como pulsar las teclas del teléfono móvil o sostener un cigarrillo tan ágilmente teniendo semejantes manos, me llamaron la atención desde el primer día que le vi. Luis, por otra parte, era todo lo contrario a Carlos; un chico pequeño, de piel morena y pelo castaño, aunque siempre iba rapado. Era casi tan bajito como yo. Tenía los ojos verdes y grandes, y una nariz tan pequeña como el resto de su cuerpo. Lo único en lo que se parecían Luis y Carlos era en aquella agilidad que los dos poseían para hacer cualquier cosa, solo que en Luis no llamaba tanto la atención. En cuanto a forma de vestir, Carlos era el único que no parecía un delincuente. Todos solíamos vestir con chaquetas de cuero, ropa ancha y botas militares. No éramos punkis ni skinhead, no pertenecíamos a ninguna banda de delincuentes, aunque mucha gente lo diera por hecho al ver nuestra apariencia. Simplemente vestíamos así para mantener lejos a cualquiera que pudiera hacernos daño. Al menos por mi parte, me aseguraba con mi forma de vestir de que nadie pudiera dar por hecho que era una chica débil con la que era fácil jugar. Lo cierto es que ellos nunca me dijeron por qué mantenían aquella actitud, el porqué de aquellas ropas y de su forma de vida. Pero son cosas que no hace falta que nadie explique. Se ven en los ojos, en las miradas y en los gestos que todos pretenden ocultar. Siempre di por hecho que sentían como yo. También pensé que Carlos era el más valiente de todos. Obviando su aspecto, el hecho de no esconderse bajo ropa fea, de no ser antipático con nadie y no contestar mal a menos que realmente algo le molestase demasiado. Aquello de ser buena persona a los ojos de todos le hacía parecer muy valiente, al menos viéndolo desde mi punto de vista. Para mí todo aquello era un escudo. —Pásame eso —pronuncié señalando la botella de Ballantines que trajeron los chicos. Carlos sonrió y yo empiné el codo. —¿Quieres? —dijo pasándome el porro cuando terminé de beber. —Paso, yo ya estoy bien. —Pero no lo parecía. Estar bien significaba estar dispuesta echarse unas risas y hacer locuras. Yo solo tenía ganas de discutir sobre la hipocresía de la sociedad y salir a quemar contenedores. Pero llovía. —¿Sigues colándote en la universidad, Sara? —preguntó Lola repentinamente. Todos se echaron a reír. —Nadie se cuela en ninguna parte, Dolores. —Ella hizo una mueca de molestia. Odiaba que la llamaran por su nombre completo—. Sabes que tengo permiso para entrar. —No lo entiendo —apuntó Luis mientras expulsaba humo por la nariz—. ¿Qué haces allí dentro? No te estarás planteando estudiar una carrera en compañía de esa comuna de pijos hippies, ¿verdad? —Lola soltó una risilla por lo bajo. —Voy a leer. No tengo pasta para comprar libros y es algo que me gusta. La conversación terminó ahí, tras un resoplido de Luis y un silencio general. Sabía que me consideraban un tanto rara por aquellas cosas, pero tampoco les molestaba. Les hacía gracia, les parecía «adorable», como decía Lola, que alguien como yo fuera a la universidad. Tras unos minutos en los que solo se oía el sonido de la lluvia cayendo alrededor, Carlos se levantó. —Vámonos. —¿A dónde? —pronunciamos los tres a la vez. —A armar bulla —Concluyó tirando la parte infumable de lo que tenía en la mano. Todos nos levantamos. Algunos sonreíamos por fuera y otros por dentro. Yo sonreía por fuera. Ya era hora. Caminamos por la ciudad en dirección a una zona plagada de tiendas y almacenes. Lola saltaba en los charcos y yo fingía que no me molestaba que me salpicara las piernas. De todos modos poco importaba. No había demasiadas personas por las calles con aquel temporal, y los pocos valientes con los que nos cruzamos corrían, seguramente buscando refugio al amparo de un techo, con paraguas que se contorsionaban contra la ventisca. En menos de una hora nos encontrábamos empapados entrando en el centro comercial. Me di cuenta entonces de la impresión que debíamos dar. Pero no solo por nuestro aspecto, sino porque acababa de fijarme en que aún llevaba la botella de Ballantines en la mano. Carlos me pilló mirándola y me la quitó, le dio un trago y decidió llevarla él. Me encogí de hombros con indiferencia. —¿Qué pillamos? —dijo Luis muy serio. —Quiero helado —respondió Lola, y todos nos quedamos mirándola con una media sonrisa. —No podemos robar helado. —Diez pavos a que sí. —Lola y Luis se dieron la mano sin volver a hablar y entraron en la zona del supermercado, dirigiéndose directamente a la zona de congelados. —Qué descaro... —murmuré casi para mí y Carlos sonrió. Solo había que ver nuestro aspecto: un grupo de cuatro adolescentes de no más de veintipocos años, tres de ellos con chaquetas de cuero y botas militares, empapados hasta los huesos y con una botella de Ballantines. Por no mencionar que Lola y yo llevábamos la cara completamente llena de churretes de lo que momentos antes, fue maquillaje. Nada más entrar el guardia de seguridad se nos quedó mirando muy serio. Nosotros intentamos ignorarle y Carlos le pasó la botella a Luis para que la escondiera en el bolsillo interior de su chaqueta. Sonreí negando con la cabeza. Cogí un par de bolsas de patatas fritas y me las metí bajo el jersey, subiéndome la cremallera de la chaqueta para que no se notara. —¿Aquí hay cámaras? —me preguntó Lola en un susurro. —No en esta zona. Abrí despacio el bolso donde aún llevaba algún libro que solía leer en la biblioteca. Me quedé en el lugar haciendo como que ojeaba una estantería mientras Lola y Luis se dedicaban a traer cosas e ir metiéndolas en mi bolso tras quitarles los códigos de barras. Era la única forma de evitar que los detectores se pusieran a pitar con estridencia cuando tratásemos de salir. A pesar de que ella no hacía más que mandarme callar, no pude evitar echarme a reír cuando Lola apareció con una caja de conos de chocolate y nata. —Dios mío, vámonos de aquí. —Acabó diciendo Carlos. Y pude ver en su expresión algo que se podía considerar vergüenza. Pasamos por caja. Con el tiempo nos habíamos dado cuenta de que llamaba mucho la atención que un grupo de personas como nosotros entraran y salieran del centro comercial sin comprar absolutamente nada. Con el tiempo y un par de visitas a comisaría. Pagamos únicamente una caja de cerillas y un par de paquetes de bollos de chocolate. —¿Cerillas? —pregunté a Carlos. —Es de lo más barato que he visto. Me gustaban aquellas situaciones: el momento en el que pasaba por el detector con el bolso lleno de cosas robadas, dibujándole una sonrisa a la cajera y sin saber si nos iban a descubrir en cualquier momento y tendríamos que salir corriendo. Sentir esa adrenalina era una de las cosas que mejor me hacían sentir en el mundo. —4,80. Muchas gracias. —Lola pagó y salimos de allí aguantando la risa. Cuando casi estábamos fuera del centro comercial, Luis avisó de que acelerásemos el paso y no miráramos atrás. Todos nos pusimos tensos, pero Lola echó a correr pegando un gritito nervioso e infantil, lo cual hizo que el guardia de seguridad también echara a correr y, por tanto, todos nosotros. —¡Joder, Lola! —grité enfadada, pero a ella le hacía más gracia que a mí y no paraba de reír. Cuando miré atrás pude ver cómo aquel hombre resoplaba con pesadez mientras daba zancadas hacia nosotros, pero estaba segura de que nunca nos alcanzaría. Era demasiado mayor, estaba demasiado gordo y no había hecho nunca suficiente ejercicio. Corrimos bajo la lluvia hasta que lo perdimos de vista. —Ya no podremos volver a venir a este sitio —dijo Luis con ira contenida. —Hay más sitios. —Yo no quería que hubiera problemas entre nosotros, y sabía que si no lo intentaba evitar los habría. —Sara, nos han pillado en la mitad de tiendas de la ciudad por culpa de Lola. —Me debes 10 pavos. —Fue toda la respuesta de la chica. Luis no contestó, y menos mal. Todos sabíamos que si lo hacía iba a ser para discutir y empezarían los problemas. Nos dieron las dos de la mañana en la caseta. Hacía tiempo que no comía tan bien, o al menos en tanta cantidad, aunque todo fueran dulces. Más tarde, mientras ellos hablaban de cosas sin importancia, descubrí que Lola había metido en mi bolso un par de lápices de ojos y la miré con ternura, aunque ella no se dio cuenta. Adoraba esos detalles, que Carlos me regalara un mechero robado o que Lola me colara lápices de ojos en el bolso cuando sabía que se me estaba acabando el mío. La gente, desde fuera, tal vez nos consideraba unos delincuentes, pero entre nosotros sabíamos que éramos buenas personas. Nadie que se parara a conocernos un poco podía discutirlo. —Lola, ¿puedo quedarme en tu casa esta noche? —Ella miró la hora en el móvil. —Pues claro que sí, Sara. En aquella época yo estaba viviendo en casa de la señora Marisa. Era una mujer de 65 años que decidió acogerme cuando salí del orfanato. Ella insistía una y otra vez en que aquello era un trabajo y yo no le caía nada bien, pero yo sabía que era una buena persona y que me había cogido un cariño especial. Me dejaba comer, dormir y asearme allí, vivir en general, a cambio de que me levantara todos los días a las 6 de la mañana y hasta las 2 de la tarde le limpiara la casa, le hiciera la compra y le ayudara en todo lo que me pidiera. Lo cierto es que no sabía cuánto duraría aquello. A veces me sentía culpable. Todas las semanas me daba 50 euros y decía que aquel era mi sueldo. Como si no me diera bastante con la cama y la comida. Yo estaba acostumbrada, desde el orfanato, a hacer lo mismo que hacía allí, o incluso más, gratis, sin recibir nada a cambio más que un techo, que ya me parecía suficiente. Yo solía guardar aquella paga, y lo cierto es que no me costaba mucho ahorrar. Llevaba 3 años viviendo con aquella mujer y tenía dinero de sobra para alquilar una casa durante la mitad de tiempo si algún día decidía echarme de allí. En cualquier caso, algo que me dejaba bien claro era que a las diez de la noche ella se iba a dormir y que, si quería hacer lo mismo en su casa, no volviera más tarde de esa hora, ya que a partir de entonces cerraba la puerta desde dentro por seguridad, aunque siempre pensé que aquella cerradura no sería nada difícil de forzar. Los días que me quedaba hasta tarde fuera solía dormir en casa de Lola o directamente no lo hacía. A veces paseaba por la ciudad de madrugada. Pero aquel día el tiempo no acompañaba para poner en práctica tal idea y no iba a pasar la noche en la caseta. —Gracias —le dije a mi amiga con una sonrisa. CAPÍTULO II La noche había sido horrible, como todas las de viernes. Los sábados, la señora Marisa me permitía descansar y yo los arruinaba pasando las noches de los viernes en el epicentro de la más estúpida autodestrucción. Recordaba la noche anterior con dificultad. Recordaba fuego y alcohol, la boca me sabía a aquella porquería y me daba náuseas, aunque el estómago tampoco lo tenía muy estable en aquel momento; recordaba sangre. Alcé un brazo, tumbada boca arriba, para ponerlo justo delante de mi cara. Sangre. Tenía un corte en el antebrazo de unos diez centímetros, pero no era preocupante, no era profundo y ya casi había cicatrizado. Más bien era un arañazo. Decidí no preguntar, como siempre. Sabía por experiencia que mis amigos preferían no hablar de mi actitud cuando estaba borracha o drogada, ni de las consecuencias de ello. Se limitaban a cargar conmigo como yo cargaba con ellos en momentos en los que a cualquiera les habrían parecido insoportables. Me rasqué los ojos y sentí que los brazos me dolían como si hubiera pasado la noche haciendo pesas. Pero no podía estar quieta ni un segundo. Tenía que ser fuerte, esa era yo. Salir de allí y hacer todo lo posible por convencerme de que me sentía estupendamente en aquel mundo de mierda. Me giré y vi a Lola en el suelo, con medio cuerpo bajo la cama y en una postura de lo más indigna. El lápiz de ojos y el rímel se le habían esparcido por las mejillas y las sienes, y el pintalabios formaba surcos alrededor de sus labios secos y agrietados. Tenía el aspecto de un payaso triste. Levanté la cabeza, agarré el cojín que tenía debajo y golpeé a mi amiga con él en la cara con todas las fuerzas que mi cuerpo me permitía en aquel momento, que tampoco eran muchas. —Vete a la mierda —murmuró con la voz rasgada de la resaca, y se giró, pero no se alejó ni un milímetro de mí. Volví a golpearla—. Joder, Sara. —Lola, me largo. Acompáñame a la puerta —pronuncié secamente, y me incorporé en la cama recorriendo la habitación con la mirada en busca de mis pertenencias. Ella me ignoró totalmente, frustrándome. No podía seguir allí, solo quería salir a tomar el aire. Me levanté tratando de recuperar un equilibrio normal y cogí mi bolso, comprobando qué me quedaba dentro. Saqué una botella de vodka que no recordaba cómo había llegado allí, y la dejé en el escritorio de mi amiga. En mi cartera había diez euros, exactamente el dinero con el que salí de casa. —¡Lola! —grité con rabia, y le pateé un pie que asomaba por debajo de la cama. Lo retiró y levantó levemente la cabeza, mirándome con los ojos enrojecidos entreabiertos. —Sara... —comenzó a decir, pero decidió morderse la lengua. No era necesario que acabara la frase, había conseguido cabrearla y lo sabía. Y no me importaba. No me encontraba en condiciones de soportarla—. ¿Es estrictamente necesario que te acompañe a la puerta? —Resulta que sí, me niego a encontrarme con tu padre. Si lo hago no quiero que se me acerque, tú te encargarás de eso —pronuncié colgándome el bolso y lanzándole a Lola el sujetador que había junto a mis pies. Mientras ella se lo ponía yo me miraba en el espejo que había junto a la puerta, intentando colocarme el pelo con la mayor decencia posible, pero no era fácil sin un cepillo. Me froté los ojos y las mejillas tratando de quitarme los restos de maquillaje y me consideré lista para salir, a pesar de que parecía un mapache con insomnio. —Vamos —dijo Lola finalmente abriendo la puerta del dormitorio con una mezcla de desgana y rabia. —¡Buenos días, pequeñas! —pronunció una voz masculina en el momento en que salimos por la puerta. «Lo sabía», pensé mientras trataba de evitar el cruce de miradas con aquel monstruo de barriga prominente y cabello absurdamente largo. Además, llevaba una camiseta blanca que parecía no haberse cambiado en semanas, ya que presentaba manchas de algún líquido misterioso y olía a pescado podrido. Aquel capullo parecía haber estado tras la puerta esperando a que saliéramos de la habitación. Y no me extrañaría en absoluto que lo hubiera hecho. No quería soportar a aquel hombre por el simple hecho de que le odiaba a muerte. Desde que falleció la madre de Lola, ella había vivido con su padre, el cual había perdido la cabeza de la noche a la mañana y hacía pasar a mi amiga por situaciones de maltrato horribles, pasando desde violencia hasta llegar a abusos sexuales. Ella tampoco lo soportaba e intentaba tener con él la mínima relación posible. Por ello muchas noches dormía fuera de su casa e intentaba no pasar por allí a no ser que fuera estrictamente necesario o fuera conmigo. Al parecer conmigo se sentía segura. Al principio, cuando la conocí, me contaba con aflicción la situación que vivía con aquel monstruo. Yo la aconsejaba, pero ella siempre se había negado a denunciar, puesto que tenía entonces diecisiete años y siendo menor de edad se negaba a ir a una casa de acogida, pero al menos aprendió a pararle los pies por la fuerza si fuese necesario. Con el paso del tiempo simplemente comenzó a acostumbrarse y a tratar de evitarlo. Los episodios violentos no cesarían, pero se redujeron considerablemente. Yo, por mi parte, sentía verdaderas ganas de matar a aquel hombre cada vez que me cruzaba con él. Y no ayudaba que nos tratara como si fuéramos inocentes y vulnerables niñas pequeñas. Aquella horrible actitud paternalista solo conseguía que me invadieran unas ganas tremendas de demostrarle que no era vulnerable en absoluto pisándole la cabeza con mis botas militares. —Que te den —murmuró Lola casi inaudiblemente. Yo lo ignoré y aparentemente él también. Supuse que a aquellas alturas ya se había acostumbrado a aquel tipo de comentarios por parte de su hija. Nos dirigimos hacia la salida y ella me abrazó con desgana como toda despedida. Cuando cerró me mantuve frente a aquella puerta unos instantes. Estaba enfadada conmigo, pero se le pasaría. Hurgué en el bolso en busca de mi teléfono móvil, pero cuando lo encontré descubrí que no tenía batería. Todos los sábados me levantaba con el mismo estado de ánimo. Solo quería estar sola, caminar, no permitir a mi cuerpo dormir ni descansar, como castigo por haber sido una estúpida la noche anterior. Por haberme hecho daño y, seguramente, habérselo hecho a los demás. Llegué a casa de la señora Marisa a las cuatro de la tarde, el edificio olía fuertemente a lejía cuando entré. Subí las escaleras como si me fuera la vida en ello, sintiendo las piernas cada vez más cansadas y el dolor de cabeza palpitando en las sienes, como si hubiera esperado a que llegara a casa para bombardearme tranquilamente. Llamé al timbre y traté de poner una expresión de chica buena y totalmente saludable antes de que abriera la puerta. —Vaya, muchachita, a buenas horas llegas —protestó por costumbre mientras me daba la espalda y volvía a la sala de estar arrastrando los pies. —Me quedé en casa de una amiga a dormir. —Mi voz sonó demasiado ronca, o fueron imaginaciones mías. Ella me miró con el ceño fruncido y se sentó en el sofá adornado con paños de ganchillo, casi dejándose caer, para continuar viendo su telenovela. —Claro, es tu día libre, puedes hacer lo que quieras, como si no pasas por casa. Mientras mañana cumplas tu trabajo yo... —Y terminó la frase fingiendo cerrar su boca con una cremallera. —¿Necesita algo, señora Marisa? —pregunté con cansancio, pretendiendo cambiar de tema. —No. Esperé unos instantes, observándola, pero ella se limitó a mirar fijamente la televisión, en la que entonces se estaba emitiendo un absurdo anuncio de dentífrico. Aquello me recordó que tenía que lavarme los dientes con urgencia. Aún me sabía la boca a la porquería de la noche anterior y por un momento me pregunté si la señora Marisa lo habría olido en mi aliento. Fui a mi destartalado dormitorio. Daba gracias a que la señora Marisa nunca entrara allí. Decía que aquella habitación era parte de mi sueldo, que no le pertenecía mientras yo viviera allí y que no tenía porqué ordenarla ni limpiarla a su gusto, que podía hacer en ella lo que quisiera mientras no llevara a nadie. Y realmente siempre se mantenía lejos de ella, aunque, en cualquier caso, disponía de un cerrojo que yo solo echaba desde dentro cuando fumaba. Ella nunca había dicho nada con respecto a los cigarrillos, pero tenía la sensación de que si no había hecho ningún comentario era porque lo había ignorado. Seguramente si me pillara fumando allí me caería una buena reprimenda. La habitación era todo un amasijo de ropa tirada por el suelo, pósters de grupos en las paredes, fotografías en una repisa y un puñado de libros en el escritorio. Los cajones de este estaban llenos de mecheros, un viejo reproductor mp3 y mucha porquería innecesaria. A la izquierda de la habitación, junto al armario, se abría una puerta a un aseo que solo usaba yo. Y junto a la cama había una pequeña ventana cubierta por cortinas finas. Recuerdo que cuando llegué del orfanato aquello me pareció una barbaridad totalmente inadmisible. Me parecía más que suficiente que aquella mujer me dejara vivir en su casa y comer su comida, y un abuso tener un baño propio. Luego, lo que remató mi sorpresa, fue cuando me dijo que me pagaría un sueldo. Me costó acostumbrarme a aquello. No había forma de agradecerle lo suficiente lo que hacía por mí. Y, para qué negarlo, yo también había terminado por cogerle cariño a aquella anciana. «Tengo que recoger todo esto» pensé cuando vi el desorden caótico que reinaba en la habitación. Lancé el bolso sobre la cama deshecha, saqué el teléfono móvil, busqué el cargador por todas partes y lo dejé cargando sin encenderlo mientras me duchaba. Veinte minutos después, oliendo bien y con sabor a menta en la boca, me dirigí hacia el escritorio, cogí el reproductor mp3, me llevé los auriculares a las orejas y me tumbé en la cama a escuchar Drain you de Nirvana a todo volumen, completamente desnuda y empapada. Con la mente en blanco. El día siguiente lo pasé limpiando la casa de la señora Marisa, la cual en ocasiones dejaba entrever su obsesión con el orden. No le molestaba tanto el hecho de que me dejara una estantería sin limpiar durante una semana entera como el que colocara un cuadro un milímetro más torcido de su posición habitual. En ocasiones sentía algo de lástima por ella, ya que la mayoría del tiempo estaba sola. Incluso podría afirmar que jamás nadie, aparte de nosotras, había pisado aquel piso. Al menos mientras yo estaba en él. A veces los vecinos de las viviendas contiguas tocaban el timbre para pedir alguna especia o quejarse del volumen de la televisión. Marisa afirmaba que estaba sorda de un oído, pero yo pensaba que simplemente tenía la costumbre de ver sus novelas a toda voz. Nunca se quejaba de la soledad, pero siempre pensé que no le habría venido mal algo de compañía y me preguntaba dónde estaba su familia. Pasamos el día entre órdenes, escobas y plumeros y me tomé con calma la limpieza del hogar aquel día, mientras ella veía sus novelas, de las cuales hasta yo había terminado por aprenderme prácticamente todos los diálogos de tantas veces que las había visto. Y no me quedaba otra que echar una mirada de vez en cuando a lo que iba sucediendo en la pantalla, ya que debía estar preparada para cuando la señora Marisa me preguntara sobre mi opinión sobre uno u otro personaje, lo cual realmente no me interesaba en absoluto. Pero yo también debía tratar de ser amable con ella. No encendí el teléfono móvil hasta que salí de la biblioteca el lunes por la tarde. Había pasado tres horas mirando por la ventana con un libro de relatos de Hermann Hesse escondido tras el mismo ejemplar de filosofía de siempre. La vi en ese momento. Yo bajaba las escaleras y encendía el teléfono móvil esperando que vibrara un millón de veces por las llamadas perdidas que tendría de mis amigos después de dos días sin dar señales de vida. Me lo guardé en el bolsillo y, mientras ignoraba aquel zumbido, me dirigía hacia la salida. Pero cuando bajaba el último tramo de escalera algo me golpeó en el hombro y me hizo girarme. Ahí estaba ella: la piel más pálida del mundo, una larga melena color rubio platino y unos ojos verdes y brillantes que dibujaban la misma expresión burlona que el resto de su rostro. —Hola, Sara —dijo como si aquel golpe fuera el saludo más educado que pudiera ofrecerme. Sabía mi nombre, podría haber sido ella la que lo pronunció unos días atrás cuando salía de la biblioteca. La amiga del chico que me abordó haciéndose el interesante. Pero por más que me esforzaba no lograba recordar de qué la conocía. Era imposible, no tenía ni idea de quién era. Recordaba muy bien a todas las personas con las que había tenido relación. Nunca había visto a esa chica antes de la semana pasada cuando su amiguito se propuso molestarme. Le mantuve la mirada sin cambiar mi expresión indiferente y fría, a pesar de que me incomodaba. —¿Te conozco? —dije como si no me interesara mucho. Y lo cierto es que así era. Solo quería quitármela de encima, y si la forma de lograrlo era dejar de ignorarla así lo haría. —Parece que no, pero yo sí te conozco a ti, Sara. —¿Por qué repetía mi nombre? ¿Acaso pretendía que aquello me intimidara? Empecé a sentir un leve resentimiento y supe que debía controlar mis impulsos, que no merecía la pena, que había cosas más importantes por las que perder los nervios. —¿Y me puedes recordar de qué? —saqué el móvil y lo miré sin apenas fijarme, como si no me interesara lo suficiente la conversación. Ella le echó un rápido vistazo y cambió su expresión por una más seria, como si mi gesto la hubiera decepcionado. Lo agradecí, ya que no soportaba los juegos de críos a aquellas alturas ni que me mirara como si yo fuera la cosa más divertida del mundo. —Bueno, no es algo que tú recuerdes. —¿Te estás riendo de mí? —dije bruscamente devolviendo la mirada fija a sus ojos verdes, que habían perdido el brillo risueño. —No. No quería molestar, lo siento. —Se dio la vuelta y se fue lentamente con una expresión triste, como si acabara de darle el palo de su vida. Era la tía más rara que había visto nunca y no me apetecía conocerla más a fondo. No comprendía cómo sabía mi nombre ni por qué cambió de humor de un instante a otro, pero no quería saberlo. No quería volver a verla. Pero en aquel momento supe que la volvería a ver y que mis deseos no se cumplirían. Me propuse olvidar aquel incómodo momento y salí del edificio con intención de llamar por teléfono, pero antes de que empezara a marcar número alguno una chica menuda e hiperactiva me saltó a la espalda y se enganchó a mí como si fuera un koala. —¡Joder, Lola, me has asustado! —grité quitándomela de encima y guardándome el aparato en el bolsillo. Ella soltó una carcajada. —Vaya forma de abandonar a tus amigos, ¿no? Te parecerá bonito. —He estado liada en casa, ya sabes —mentí. Podría haber atendido al teléfono en cualquier momento, pero decidí ignorarlo. —No, no sé. Solo sé que llevo dos días llamándote y no he sabido nada de ti. El teléfono apagado, no has venido a la biblioteca... —Lola, vengo de la biblioteca. —Señalé la universidad a mi espalda. —Bueno, pero ayer no viniste. —Se me escapó una risita. —Dime que no viniste un domingo a esperarme a la salida. —Se sonrojó visiblemente. —Mierda... —Se hizo un silencio mientras empezamos a caminar con intención de salir de los terrenos de la universidad, hasta que escuché una voz que gritaba mi nombre. Me giré. Al principio no supe quién era, no lo reconocí, pero solo tuvo que acercarse unos metros para caer en la cuenta: era aquel chico, el que la semana anterior se me había acercado mientras fingía estudiar, como un adolescente que intenta ligar en una discoteca. Mientras yo ponía los ojos en blanco y resoplaba, Lola me daba golpecitos continuos con un dedo y ponía los labios en forma de «O», como si aquel chico fuera lo más sorprendente que había visto en años. —¿Qué quieres? Ya he hablado con tu amiga —«o lo he intentado», pensé. Él hizo una mueca de ingenuidad, como si no entendiera de qué le estaba hablando. —Solo quería darte esto —dijo extendiéndome un sobre cerrado. —¿Qué es? —pregunté casi forzando la curiosidad. —No lo sé, me lo han dado. No lo he abierto, lo prometo —lo dijo tan serio que casi me lo creí, pero era obvio que aquel grupito de amigos, fueran quienes fueran y sin importar de qué me conocieran o supieran mi nombre, solo tenían intención de burlarse de mí. —Muy bien. —Me lo guardé en el bolsillo y sin mediar palabra me di la vuelta y eché a andar. Guardamos silencio hasta que nos alejamos lo suficiente de aquella colmena de adolescentes, como si temiéramos que alguien nos escuchara hablar del tema. Realmente yo no quería hablar de ello, quería dejar esa estupidez a un lado. —¿Quién era ese? —preguntó mi amiga sin poder aguantar más la curiosidad. —No tengo ni idea. —Saqué el sobre del bolsillo y lo partí en varios trozos. No quería saber nada de aquel jueguecito. —¡¿Qué haces?!—gritó Lola escandalizada, e intentó agarrar los pedazos de papel, pero yo ya los había tirado al suelo—. Sara, podría ser una declaración de amor. —Me hizo reír. —No me interesa. —¿Cómo no te va a interesar? ¿Has visto lo bueno que estaba? —Volví a resoplar. Sí, el chico era el típico que le gustaría a cualquiera que lo mirara durante más de un segundo, pero era un estúpido, o al menos esa fue la impresión que me dio cuando le conocí. No quería saber nada de él. No me interesaban los chicos en general, menos aún alguien tan egocéntrico que cree que puede ligar con cualquiera, de cualquier manera, solo por ser guapo. Apenas habíamos dado un par de pasos después de tirar aquellos trozos de papel cuando un anciano nos llamó la atención para que lo recogiéramos y lo tirásemos a una papelera. No dejó de criticar a «la juventud de hoy en día» hasta que nos alejamos lo suficiente como para dejar de vernos. Si hubiera sido cualquier otra persona me habría hecho la dura, me habría puesto a la defensiva y me hubiera negado a recoger absolutamente nada del suelo, pero con las personas mayores tenía cierta debilidad y no era capaz de faltarles el respeto. Quizás era porque la señora Marisa, una persona mayor, me había acogido en su casa y me hacía la vida mucho más fácil de lo que nunca esperé. Así que recogí los pedazos y me los metí en el bolsillo con intención de soltarlos en la primera papelera que viese. No sabía a dónde íbamos, pero tampoco pregunté. Pasamos el resto del paseo hablando de chicos, recordando fiestas, situaciones y dramas. Me alivió darme cuenta de que mi amiga había olvidado el tema del chaval de la universidad. Al cabo de unos treinta minutos llegamos a un parque en el que nunca había estado y Lola se sentó en un banco. Yo me mantuve de pie frente a ella y observé mí alrededor. El lugar estaba desierto y descuidado, había bastante basura por el suelo y algunos de los pocos bancos que había estaban destrozados en clara señal de vandalismo. Aquel era nuestro mundo. —¿Dónde estamos, Dolores? —pregunté con una sonrisa maliciosa. Ella resopló al escuchar el «Dolores», pero lo ignoró. —En un parque, ¿no lo ves? —dijo devolviéndome la sonrisa, como si aquel tono fuera a molestarme. Pero también sonreí y asentí—. Quería decirte una cosa. —Yo fruncí el ceño. Si era necesario llevarme a un rincón perdido de la mano de Dios para decirme «una cosa» debía de ser importante. Saqué un par de cigarrillos del bolsillo derecho superior de mi chaqueta de cuero, sin necesidad de sacar el paquete, y encendí el mío con el mechero que mi amiga ya tenía en la mano. Le ofrecí el otro. —¿Qué pasa? —pregunté mientras degustaba la primera calada. —Hoy hay una fiesta. —Una pesada carga se esfumó de mi pecho en aquel momento. Esperaba una mala noticia. —Mañana trabajo —concluí y di una calada. —Pero tenemos coche. Mi hermano puede acercarte a casa por la mañana, a las seis estarás allí. —¿Estás de coña? —Sonreí sinceramente—. ¿Pretendes que trabaje a las seis de la mañana después de toda la noche de fiesta en quién sabe dónde? Además, intuyo que no va a ser precisamente una reunión de amigos. En cuanto pronuncié aquellas palabras se dibujó en su cara una sonrisa de verdadera ilusión. O quizá fuera algo más parecido a la locura. Se levantó de un salto intentando ponerse a mi altura. Soltó unos grititos estúpidos, de los que solo Lola soltaba, y me miró fijamente. Pero me encogí de hombros sin borrar la sonrisa que me provocaba aquella actitud infantil hacia la autodestrucción. —No, Sara, habrá mucha gente y muchas cosas interesantes. —Con «cosas interesantes» se refería a drogas—. Será increíble. Entramos gratis gracias a mi hermano, es en la casa de campo de un amigo suyo. La tiene para él toda la semana y tiene planeado montar unas movidas increíbles. No tenemos que pagar nada, vamos invitadas por Gus —insistió. Me mantuve en silencio, mirándola fijamente. Me tentaba la idea. Yo también quería destruirme, volar con drogas. Pero no quería fallar a Marisa. Había faltado muchas veces a dormir cuando al día siguiente tenía que trabajar, pero nunca por estar de fiesta. No sabía cuál sería mi estado a las seis de la mañana ni si iba a tener fuerzas siquiera para llegar a la casa. —Vamos, porfa —rogó—. Hace mucho que no vamos a una fiesta de verdad. Te prometo que me encargaré de que Gus te lleve a casa a tiempo. — Sabía que era mentira. Ella estaría pasándolo demasiado bien o mal, y lo último que haría sería estar atenta a mis responsabilidades. Pero para eso yo era autosuficiente. —Va —solté sin más. —¿Eso qué significa? —Que sí, Lola, que voy. Que vamos. —Y se volvió loca. Comenzó a gritar y a dar saltos de alegría como si le hubiera hecho el mejor regalo de su vida. —¿Y para eso necesitabas traerme a este parque en el culo del mundo? ¿Para ofrecerme ir a una fiesta? —pregunté cuando se calmó, al cabo de un rato. —No, simplemente me gusta el parque —contestó con una sonrisa de oreja a oreja. Al menos algo teníamos en común. A las dos nos gustaban los lugares destrozados. Pasamos el resto de la tarde en su casa, maquillándonos y arreglándonos para la fiesta. Cuando Lola se arreglaba para un evento como aquel se convertía en una persona totalmente distinta. Para cuando dieron las diez de la noche ella ya estaba preparada, sentada en el borde de la cama, luciendo un vestido rosa chicle, un moño que daba la sensación de que tenía el triple de la cantidad de pelo del que tenía realmente, unos pendientes largos y unos tacones de aguja con los que yo no habría podido andar ni en años de entrenamiento. En cuanto a su maquillaje, no parecía en absoluto ella misma. No tenía el lápiz de ojos demasiado marcado, ni la sombra negra. Lucía una suave sombra rosa y el lápiz de ojos apenas se notaba, lo que le daba un aspecto mucho más natural que el que solíamos llevar y que nos hacía parecer espectros góticos. Lo cierto es que parecía una Barbie. Yo, por mi parte, no cambiaba mucho. Me gustaba ser yo misma y no disfrazarme como si fuera a una boda, cuando lo único que iba a hacer era sentarme en un rincón a observar a la gente, a despreciar el mundo y a drogarme. ¿Qué era lo que tenían aquellas situaciones que me hacían desearlas? No era divertido. Le cogí prestados unos pantalones cortos y me los puse, sustituyendo los vaqueros largos que llevaba, y también un top negro, pero me decepcioné cuando me lo vi puesto. A ella le quedaba mil veces mejor que a mí. Pero no importaba. En cuanto al maquillaje, me limité a repasar la sombra de ojos negra que ya llevaba puesta y a marcar aún más la raya de la línea de agua del párpado inferior. Mi pelo lo dejé exactamente igual. Lola estaba reprochándome que no me hiciera ningún peinado especial cuando sonó el timbre y se levantó de un salto. Me alegré de poder dar el tema por zanjado. Gus entró en la habitación cuando yo estaba buscando mi bolso. —Hola, Sara, cuánto tiempo —dijo acercándose a mí y dándome un amistoso abrazo. Yo se lo devolví sin demasiadas ganas. El hermano de Lola me caía bien, bastante, pero en mi opinión era demasiado cariñoso… e hipócrita. Nos habíamos visto muy pocas veces desde que conocía a mi amiga, puesto que él no vivía con Lola y su padre. Ni siquiera residía en la misma ciudad. Tenía treinta y dos años y se había independizado antes de que muriera su madre. Era obvio que conocía los problemas de Lola y el hombre con el que tenía que vivir, pero hacía oídos sordos e intentaba no meterse en nada. Me parecía bastante hipócrita, ya que luego fardaba de proteger a su hermanita por encima de todo. Aunque bueno, también la dejaba drogarse, e incluso le ofrecía drogas duras y le presentaba amigos que, obviamente, no tenían buenas intenciones con ella. Pero a mi amiga aquello no parecía importarle. Para ella Gus no era su hermano, al menos no tenía la relación que se supone que deben tener los hermanos, era un colega más y no buscaba ni creía necesitar de él protección alguna. Por mi parte, siempre que había tenido cualquier tipo de relación con Gus había sido estando de fiesta. Nunca había hablado con él de nada personal ni entraba en mis planes hacerlo. Pero me caía bien; me respetaba, era simpático y sabía que si le pedía ayuda no dudaría en ofrecérmela. Así que no me quejaba. —¿Qué tal, Gus? —dije automáticamente, apartándome de su abrazo sutilmente. —Genial. —Se notaba que estaba deseando largarse de allí, como siempre. Miraba hacia todas partes con impaciencia—. ¿Estáis listas? No me gustaría quedarme mucho tiempo, Lola, no quiero ver a papá. —Recogimos las cosas en silencio y salimos del edificio en dirección al coche. Algo que me gustaba del hermano de mi amiga era que escuchaba buena música. Siempre que montábamos en su coche no era el típico que ponía reggaetón o algún tipo de música por el estilo, si no que disfrutábamos del camino escuchando AC/DC, Metallica, Nirvana, Scorpions y demás grupos que a mí y mi amiga nos encantaban. Podría pasarme la vida escuchando aquellos grupos sin cansarme. Tras veinte minutos de trayecto, Gus entró por un camino de tierra que llevaba a una enorme casa en medio de la nada. Eran casi las once de la noche cuando aparcó el coche. Dentro se escuchaba rock a todo volumen y en los alrededores había decenas de coches y jóvenes que fumaban y bebían cerca de la entrada. Era una casa enorme de dos plantas rodeada por un extenso terreno. Al menos sabíamos que allí no iba a acercarse la policía. No había una sola casa en kilómetros a la redonda. Dudaba que se pudiera escuchar el jaleo desde algún sitio. Aquello me motivó y salí con ganas del coche, preparando mi mejor cara de tía dura al poner en el suelo la primera bota. Me encendí un cigarrillo y Lola y Gus salieron detrás de mí, que ya me dirigía a la entrada de la casa con decisión. —¿Quién la organiza? —pregunté. —Roberto, es el primo de un amigo. Un adicto al rock y a la cocaína, os caerá bien— respondió Gus con una sonrisa de oreja a oreja. Lola rió, yo no. La puerta estaba abierta, y cuando entramos empezó a sonar «The four horsemen», Lola me miró con euforia y salió corriendo a meterse en medio de un montón de gente que bailaba en el centro de un inmenso salón que más bien parecía una pista de patinaje. Y más que bailar se golpeaban y empujaban unos a otros. Nada más echar un rápido vistazo alrededor pude ver evidencias de que aquella casa había sido preparada para el desastre. Apenas había muebles, solo mesas, sofás y sillones cubiertos de telas que parecían ser sábanas grandes y gruesas. Todos los vasos eran de plástico y había cubos para tirar la basura en cada esquina, aunque era inútil. Gus se quedó conmigo un rato, me trajo un vaso de vodka con Coca-Cola y le hice volver a por vodka solo. Aquella noche iba a destrozarme. Poco a poco el lugar se empezó a llenar y todo se volvía borroso e inestable. La música sonaba a todo volumen, algo entraba en mis pulmones, algo caía por mi garganta, algo me quemaba el pecho. Algo entraba en mi nariz, algo se posaba en mi lengua. Yo estaba en un rincón, junto a un sofá, con una botella de Eristoff en la mano y regueros negros esparciéndose por mis mejillas. —Sara —pronunció una voz de hombre que me ofrecía su mano. La agarré sin pensar. Al levantarme todo se tambaleó. Yo dibujé una sonrisa irónica mientras intentaba recuperar el equilibrio agarrándome a él. Nunca pude recordar si la risa estúpida que escuché de fondo era mía. —¿Bailas? Tardé un rato en darme cuenta de que estaba bailando con Roberto, el chico que había organizado aquello. Lo había conocido casi al llegar, pero mi mente había eliminado el recuerdo. No sabía cuándo había hablado con él ni de qué, pero no importaba, estaba bailando con él, estaba besándole, estaba aceptando cualquier cosa que me daba y cada vez me sentía más ligera, cada vez podía volar más alto. La música tronaba en mis oídos, las voces no tenían sentido, pero hacían palpitar mis sienes. Se me secaba la boca y se humedecía a la vez, flotaba, no sentía las piernas, se me erizaba el vello, el mundo era inmenso y yo era diminuta. Todo iba demasiado rápido y a la vez demasiado lento. Cuando parpadeé ya no estaba en la sala enorme bailando, si no en una cama de matrimonio en ropa interior y con Roberto inconsciente a mi lado. Busqué en sus bolsillos hasta encontrar su teléfono móvil y miré la hora. Eran las 5.22. Salté de la cama y me puse a buscar mi ropa y mi bolso como una loca. Tardé una eternidad en encontrarlo todo. No estaba lúcida en absoluto, solo podía mantenerme en pie a duras penas, todo daba vueltas. Veía colores que no sabía que existían, el tiempo pasaba extremadamente rápido. Apenas era consciente de dónde estaba. Solo sabía que tenía que estar en casa antes de las 6.00 y que para ello necesitaba a Gus, así que me puse la chaqueta que por fin encontré debajo de la cama y le busqué mientras la paranoia se apoderaba de mí. —¡Gus! —grité histérica al cabo de un rato buscándole. Se me hizo eterno. No vi a Lola tampoco. Por unos instantes tuve una terrible sensación de pánico. Alguien me agarró por los hombros. —Sara, tranquila, estoy aquí —dijo el hermano de mi amiga sonriendo con suficiencia. —Tengo que irme, tengo que trabajar. —Vi como echaba un vistazo a su reloj de muñeca y agarraba la mía, dirigiéndome a una pequeña habitación en el piso de abajo. Era el aseo. Tenía recuerdos borrosos de haber estado ahí en algún momento durante la noche. Después de lavarme la cara y arreglarme el pelo, haciéndome sentir una mezcla entre vergüenza y agradecimiento, Gus me arrastró al coche y arrancamos de camino a casa. —¿Dónde está Lola? —pregunté nerviosa cuando fui consciente de que no estaba dentro del vehículo. —Ahora iré a por ella, no te preocupes. —Pero sí me preocupaba. O al menos lo habría hecho si hubiera tenido fuerzas. En aquella ocasión no había música, solo sonaba el leve rugido del motor en marcha. A ratos mi mente decidía sacar a flote la ilusión de algún fragmento de canción que había escuchado por la noche y sonaba como si de repente se hubiera encendido la radio por sí sola. No nos cruzamos con apenas ningún vehículo por el camino, tampoco era extraño a aquellas horas de la madrugada. En ese momento solo me importaba llegar, que se me pasara aquel extraño mareo que no abandonaba mi cuerpo, beber mucha agua y que amaneciera más lento, porque la imagen del sol surgiendo de entre las montañas que veía desde la ventanilla del copiloto era preciosa. —¿Lo has pasado bien? —preguntó al cabo de un rato, cuando estábamos llegando a la calle en la que vivía la señora Marisa. Yo le dirigí una mirada de incredulidad y sonreí forzadamente. No contesté. Me sorprendía ver que Gus se mantenía lúcido y traté de adivinar si le había visto consumir algo en algún momento, pero apenas recordaba dónde había estado. —Déjame aquí, no quiero que me vea llegar en coche. —Me sorprendió lo ronca que sonó mi voz. —¿Es tu madre acaso? —Lo ignoré. —Gracias por la fiesta, y gracias por traerme. Cuida de Lola —dije secamente mientras cerraba la puerta y echaba a andar sin esperar su respuesta. Me puse la chaqueta y escuché cómo el coche se alejaba cuando giré la esquina que daba al edificio. Casi me entraron ganas de esconder la droga cuando al acercarme al bloque vi que la puerta estaba casi bloqueada por tres coches de policía y una ambulancia. Luego caí en la cuenta de que en aquella ocasión no llevaba nada sospechoso encima. Intenté ignorar a los agentes e introducirme en el bloque de la manera más discreta posible —no quería ser de esas personas que ven cualquier incidente y aprovechan para enterarse del más mínimo detalle—, pero no funcionó. Justo cuando iba a atravesar el portal alguien tiró de mí hacia atrás. Mi impulso fue el de retirarme con brusquedad y soltarle un puñetazo, pero me controlé al ver que era un agente de policía. Sabía por experiencia que no debía meterme en aquellos líos. —¿Qué pasa? Voy a casa. No llevo nada —contesté con cansancio. Todo se tambaleaba, aún estaba bajo el efecto de las drogas y no quería que se notara. —¿Eres Sara? —Casi no me sorprendió que me conociera, había cometido tantas infracciones y delitos que seguramente tenían las comisarías de la ciudad forradas con mi cara. —Si, soy Sara, ayudo a la señora Marisa, pero no soy familiar. —Casi antes de que terminara la frase me puso unas esposas y comenzó a empujarme hacia uno de los coches. —¿Qué cojones haces? —pregunté angustiada y enfadada, sin entender lo que estaba ocurriendo. Me empujó hacia abajo para meterme en el coche a la Fuerza. —. ¡Hijo de puta! —grité sin importarme nada más que el hecho de que odiaba a la policía. Los vecinos del edificio y de bloques de alrededor habían salido de sus casas y trataban de verme a través de los cristales del vehículo policial. Comencé a patear la puerta cerrada del coche y a exigir una explicación a gritos, pero nadie me dirigió una sola palabra. CAPÍTULO III Era la segunda vez que despertaba totalmente desorientada aquel día. O quizá ya era otro diferente. Había perdido la noción del tiempo. Me encontraba en una habitación de paredes que parecían haber sido blancas en alguna época. Entonces estaban llenas de manchas grises y huecos de pintura desprendida. En el techo se balanceaba una bombilla que colgaba peligrosamente de un cable muy fino y proyectaba una desagradable luz amarillenta. El resto de la habitación se componía de un escritorio vacío, una silla frente a él, un pequeño armario y la cama en la que yo me encontraba. Todos muebles viejos y de un metal que parecía ser bastante endeble. Casi me preguntaba cómo aquella cama podía sostener a una persona. Tardé unos minutos en recordar lo que había ocurrido. Todo estaba muy borroso; la fiesta, drogas, Gus, Lola, Roberto, vodka. El amanecer. Había llegado a casa y me habían metido en un coche de policía. Una oleada de rabia recorrió mi pecho. ¿Qué derecho tenían a hacer aquello? ¿Se habrían dado cuenta de que había consumido drogas? Aunque así fuera, no iba armando ningún jaleo. Solo volvía a casa después de una noche de fiesta, no causé problemas. No me habían dado explicación alguna y ahora me encontraba quién sabía dónde. Me dolía la cabeza y sentía los ojos y la boca secos, como si llevara semanas sin beber nada, pero sabía que aquello no era cierto. También tenía agujetas en la mayoría de los músculos. Pero a todo aquello ya estaba acostumbrada. Me incorporé y busqué mi bolso con la mirada. No estaba. No me hizo falta buscar más, no había muchos lugares en los que mirar. Me acerqué al pequeño armario, tenía una cerradura y al parecer estaba bloqueada. Di unos golpecitos a las puertas de metal, pero no se movieron. Hurgué en mis bolsillos por si por casualidad tenía el móvil o cualquier pertenencia en ellos, aunque no habría hecho falta. No solía meterme las cosas en los bolsillos de los pantalones y si me habían quitado el bolso era lógico que me requisaran también el resto de mis cosas. Aún llevaba mis botas militares. Había que ser estúpido para considerar que no era adecuado dejarme otras cosas, pero sí aquel calzado con el que podría matar a alguien de una buena patada. A veces acostumbraba a imaginar aquellas situaciones. —¡¿Hola?! —grité al cabo de un rato intentando abrir la puerta, pero estaba cerrada desde fuera. Si la hubiera habido, habría saltado por alguna ventana y echado a correr. No sería la primera vez que lo hacía y no me habrían buscado con demasiada insistencia, ya que realmente no había hecho nada malo. Me habían encerrado allí sin motivo. Seguramente la policía me reconoció por algo de lo que hice en el pasado o simplemente habían desconfiado de mí por mi vestimenta. Pero aquello no tenía sentido. Nunca me habían detenido sin darme explicaciones. Volví a gritar aporreando la puerta. No escuchaba absolutamente nada. No había personas allí fuera. Los nervios fueron abarcando mi cuerpo poco a poco y al cabo de un rato me encontraba pateándola con todas mis fuerzas e hiperventilando sin control hasta que se abrió de golpe y entró un hombre de mediana edad que vestía de uniforme. —¿Qué demonios te pasa, niña? —preguntó enfadado mientras me agarraba de los brazos, inmovilizándome. Para entonces yo respiraba con dificultad y ya no me importaba que hubiera abierto o no. Estaba teniendo uno de mis ataques de ira. Sabía que en aquel instante podría matar a cualquier persona que se me acercara si hubiera tenido un poco más de fuerza. Lástima que no solo tuviera poca fuerza en general, sino que, además, las drogas que prácticamente acababa de consumir me habían debilitado. Solo pensaba con sadismo y violencia. Nadie tenía derecho a quitarme mis cosas y encerrarme en una habitación sin darme explicación alguna. Nadie. ¿Qué se creían? ¿Que podían controlarme? Yo era superior a ellos, yo siempre lo había sido. No podían hacer lo que habían hecho conmigo. Los mataría. —¡Voy a matarte! —le grité con tanta rabia que se me rasgó la voz e intenté zafarme propinándole un codazo en la boca del estómago que le dejó sin respiración durante unos instantes, pero no aflojó la presión que hacía contra mí. No podía escaparme. —Amenazar y agredir a la autoridad es una falta muy grave. —Se limitó a decir, respirando entrecortadamente. —¡¿Qué queréis de mí?! ¡No he hecho nada! ¡No llevaba drogas! ¡No tenéis derecho, os voy a matar! —repetí sin dejar de gritar. Las lágrimas empezaban a resbalar por mis mejillas. Eran lágrimas de impotencia y las despreciaba. No soportaba que nadie viera una sola lágrima de mí, y no soportaba no poder evitarlas. Seguro que aquel imbécil pensaría que era una pobre cría asustada, pero aquellas lágrimas eran de rabia, de odio. Aquello lo provocaba la impotencia de no poder clavarle una barra de hierro en el cráneo. Sentí que el hombre se armaba de paciencia. No daba la impresión de tener la fuerza que tenía realmente. Era un hombre fuerte y atlético, sí, pero no era demasiado corpulento. Puede que yo fuera demasiado enclenque, o puede que me pillara con las defensas bajas, pero creía recordar haberme zafado de hombres más grandes que él y en situaciones más violentas. —Si te tranquilizas podremos hablar. —¡¿Me estás chantajeando?! —grité, aunque cesé levemente el forcejeo. —Te estoy haciendo un favor. —Según yo perdía el aliento él lo recuperaba y hablaba cada vez con más calma—. Si ahí arriba se enteran del jaleo que estás armando y de que estás amenazando de muerte a las fuerzas del orden... —Exageré una risa histérica sin dejarle terminar la frase. —¡Menudo orden de mierda! —Sara, estás en una comisaría, eres sospechosa de homicidio premeditado y eres mayor de edad, por lo que es muy fácil que vayas a la cárcel. Créeme, te estoy haciendo un favor cuando te digo que te calmes y me escuches. — Aquella información cayó sobre mí como una losa. Automáticamente me paralicé y dejé de hacer fuerza alguna con brazos y piernas. —¿Sospechosa? ¿Homicidio? —pronuncié casi sin voz mientras el hombre me soltaba lentamente. —Sé que no estás bien... —comenzó a decir apartándose de mí, pero manteniéndose en guardia, como si yo fuera a salir corriendo en cualquier momento. —¿De qué estás hablando? —Traté de tomar una actitud lo más fría posible. El hombre del uniforme se quedó unos instantes mirándome en silencio con un brillo de compasión en los ojos; compasión, como si yo fuera un cachorrito abandonado. Casi consiguió enfadarme aún más. No tenía pinta de policía, de hecho me recordaba a Alberto, el psicólogo que tuve los dos últimos años que viví en el orfanato, quizá por la forma en que me miraba o quizá por aquellos ojos azules. Alberto también tenía los ojos azules. Solo que el hombre que tenía delante era moreno, tanto su piel como su pelo negro azabache, y tendría unos diez años menos que el psicólogo. No sabría decirlo con exactitud, pero el hombre que tenía delante aparentaba unos cuarenta por su físico y unos cincuenta por su mirada de parecer saberlo todo en la vida. No soportaba esas miradas arrogantes de superioridad. —Lo cierto es que no puedo hablar de esto aquí, contigo. Es más, ya he hecho mal en hablarte siquiera, debería haberte arrastrado hasta la sala de interrogatorios y allí seguir el proceso habitual. —Según hablaba se iba apartando de mí e intentaba rehuir mi mirada, como si le intimidara. Aquello me hacía sentir mejor. Aunque quizá tenía claro que no iba a salir corriendo y no le iba a meter a él en un lío, por eso no necesitaba mirarme fijamente. —¿De verdad van a interrogarme? —Sentí que el mundo se me caía encima, pero me mantuve firme, en la misma actitud fría y desafiante. —Vamos —determinó, y salió por la puerta que yo había abollado, dando por hecho que le seguiría. No se equivocó. Si era cierto que estaba en una comisaría no me serviría de nada correr o patear a un policía. Al final me cogerían y sería mucho peor. Las consecuencias podrían ser nefastas, sobre todo si verdaderamente yo era sospechosa de asesinato. Aquello hacía que me temblaran las piernas, y evitar caer de rodillas estaba siendo extremadamente difícil. ¿A quién se suponía que había matado? ¿Era alguien conocido? ¿Luis, Carlos, Lola? No, era imposible. Lola se había quedado en casa de Roberto, su hermano iba a buscarla después de dejarme a mí. Pero no la había visto desde la noche anterior. ¿Podía confiar en que Gus la hubiera visto realmente después de aquella noche? ¿O quizás era la señora Marisa? No, ella apenas salía de su casa, para eso me tenía a mí. No era posible que le hubiera pasado algo así. ¿Asesinato? ¿Quién iba a querer matar a alguien que yo conociera? ¿Y por qué yo era sospechosa? Cuanto más avanzaba por aquel largo pasillo menos sentía la firmeza de mi cuerpo. Poco a poco iba perdiendo fuerzas no solo a causa de la confusión e impotencia, sino también del cansancio que se había acomodado en mi cuerpo desde noches atrás. Necesitaba saber qué hacía yo allí, por qué yo, cómo, quién… No tenía energía para seguir caminando, y las pocas figuras decorativas que adornaban el lugar se iban difuminando a mi alrededor según perdía fuerzas. —¿Qué hora es? —pregunté cuando me di cuenta de que no tenía ni idea de cuánto tiempo había pasado. —Las 20.30 de la tarde —contestó mirando un reloj de muñeca que escondía bajo la manga del uniforme—. Has dormido mucho. Al parecer lo necesitabas —dijo con seriedad. No sabía en qué momento me había quedado dormida, pero no recordaba haber entrado a la comisaría. Lo último que me venía a la memoria era mi voz, lejana, tratando de exigir una explicación a porqué me habían detenido. Recordaba haber golpeado con puños y pies las puertas y asientos traseros de un vehículo policial. Casi me arrepentí de ello. Pero solo casi. Aquellos bastardos se merecían lo peor por no saber tratar a las personas. Siempre había odiado a la policía, y no era mi culpa. Al cabo de unos minutos recorriendo largos pasillos entramos en una habitación. Era como en las películas: la típica sala de interrogatorios con una mesa en el centro y un par de sillas a ambos lados. Miré alrededor instintivamente. En la pared contraria a la puerta había un largo espejo, ¿sería de esos tras los que el resto de polis escuchaban y veían las conversaciones ajenas? Pude ver en él mi propio reflejo y el del hombre que me acompañaba. Yo aún llevaba la ropa de la noche anterior, pero mi cabello estaba algo despeinado, incluso pude ver algunos enredos en las puntas de los mechones negros a la altura de mis hombros. Y en cuanto a mi rostro, no parecía más cansado de lo normal, pero carecía completamente de maquillaje. ¿Acaso me habían lavado la cara mientras dormía? Solo pensarlo daba escalofríos. Aparte de una cámara de vídeo que parecía grabar desde una esquina del techo, no había nada más. Las sillas eran de una estructura metálica con cojines de cuero, y tenían aspecto de ser cómodas. La mesa era muy parecida al escritorio de la habitación en la que me había despertado, aunque parecía más nueva, grande y resistente. El hombre me invitó a pasar delante de él y tomar asiento en la silla más cercana, de frente al gran espejo, aunque una vez me hube sentado no alcanzaba a ver mi reflejo. —Va a venir una agente a hablar contigo. —A interrogarme —dije bruscamente. Me ignoró. —Puedes negarte a responder sin la presencia de un abogado. Si necesitas una mano para que te ayude a buscarlo, yo puedo echártela. —Le miré con incredulidad—. Dile a Laura que quieres verme y solicitar un abogado. Supongo que no puedes costearte uno, ¿me equivoco? —Sí —respondí con decisión—. Puedo costeármelo, pero no lo necesito. No he hecho nada malo y no sé de qué va esto. Saldré de aquí en un santiamén —concluí con suficiencia, mientras subía los pies a la mesa. Necesitaba estirarme. Y de paso fingir que aquello no me preocupaba en absoluto. —No deberías hacer eso. —Señaló mis botas disimulando una mueca de desprecio—. Me llamo Pablo Martín. Pregunta por mí si necesitas algo. —Muy bien —me limité a decir, retirándole la mirada. Oí cómo salía de la habitación y cerraba la puerta tras de sí. Entonces bajé los pies de la mesa y me eché las manos a la cabeza respirando hondo, como si mi mayor urgencia en aquel momento fuera evitar que estallara en mil pedazos. Quería volver a saber la hora. Quería tomar el aire. Quería un cigarrillo. Quería saber qué significaba todo aquello. La espera se estaba haciendo eterna y yo empezaba a perder la paciencia. No quería pensar, solo quería la verdad. No quería darle más vueltas a nada. Noté una punzada de dolor en las sienes justo en el momento en el que se abría la puerta de la sala y entraba una mujer que a simple vista me pareció la típica secretaria que se dedica a hacerle la pelota a su jefe y a dejarse humillar esperando un ascenso. Iba vestida con un traje gris, de falda muy estrecha, pero larga. Por un momento me pregunté cómo podía andar con eso. Su melena estaba recogida en un apretado moño en el punto más alto de su cabeza. Aquello también debía de ser molesto. No llevaba maquillaje y mantenía el semblante serio. Entró sin pronunciar palabra y yo tampoco hablé. Quería dar la impresión de que aquella situación me importaba una mierda, a pesar de que cada segundo que pasaba me hacía tener más y más claro que iba a salírseme el corazón del pecho. Maldita sea, ¿nadie pensaba decirme nada y contarme lo que estaba pasando? ¿Cuánto iba a tener que esperar? Parecía que al menos a que aquella mujer decidiera que había sacado suficientes papeles de una de las dos carpetas que llevaba bajo el brazo, parase y me hablase aunque fuese del tiempo que hacía fuera de allí. No me miró a la cara hasta pasada una eternidad. —¿Su nombre es Sara Carrión? —dijo finalmente después de aclararse la garganta. Tenía una voz estúpida y arrogante, y me miraba fijamente con suficiencia, como si repitiera una y otra vez «si quiero te meto en una celda durante el resto de tu vida». —No —me limité a responder. Tendría que tratarme con respeto si quería lo mismo de mí, y en mi opinión, aquel retintín en su voz transmitía de todo menos respeto. Ella se mantuvo seria y estirada, pero pasó una rápida mirada por los papeles que había extendido a lo largo de la mesa, buscando el error. —¿Y cuál es su nombre? —terminó por preguntar, clavando sus ojos marrones en mí. —Me llamo Sara. —Sara Carrión. —Repitió. —No, solo Sara. No tengo apellido. —Volvió a ojear sus papeles durante un largo minuto. Aquello me hacía perder la paciencia cada vez más. —¿No la adoptó la señora Marisa Carrión? —resoplé. —No. Marisa me acogió cuando salí del orfanato, con dieciocho años. Ya era mayor de edad, nunca he sido adoptada. —Me encogí de hombros. —Muy bien, Sara, supongo que sabes por qué estás aquí. Antes de nada, debo decirte que tienes derecho a un abogado y puedes negarte a declarar sin la presencia de uno, así como... —No tengo ni la más remota idea de por qué estoy aquí, señorita secretaria —la interrumpí. Ella frunció el ceño. —Disculpa, dirígete a mí como «agente» o «agente Ruiz». No soy ninguna secretaria. —¿Te apellidas Ruiz? —dije con una media sonrisa burlona. —Al menos yo tengo un apellido. —Se defendió sin cambiar el rostro de piedra. Yo no pude evitar soltar una carcajada. —Vale. —Hice el gesto de echarme la cremallera a los labios en señal de guardar silencio, pero no borré la sonrisa que me había provocado aquel intento de ataque. —Eres la principal sospechosa del asesinato de Marisa Carrión — dijo la mujer de repente. En cuanto aquellas palabras llegaron a mis oídos la habitación dio un vuelco y tuve que agarrarme a los bordes de la mesa para no caerme de la silla. Me pareció ver un atisbo de cruel sonrisa en los labios de la agente Ruiz, pero mi cerebro automáticamente borró aquel dato y se centró en lo que tanto me había impactado. —¿Qué...? —Intenté pronunciar algo, pero mi voz era totalmente inaudible. Sentía que la sangre abandonaba no solo mi rostro, si no todo mi cuerpo, las extremidades se quedaron en un instante insensibles, no pensaba con claridad. A decir verdad, mi mente estaba totalmente en blanco. Sentí que un intenso frío invadía mi cuerpo. Se me secaba la boca y un sutil pitido se perdía en lo más profundo de mis conductos auditivos. La voz de aquella mujer continuó soltando palabras, pero yo no escuchaba nada. Mis sentidos no reaccionaban. Pudo haber pasado un minuto o un milenio desde que dijo aquello hasta que me puse en pie. —¿Qué ha dicho? —pregunté con los ojos muy abiertos fijos en ella y la voz ronca. —¿Disculpa? —Al parecer la interrumpí en medio de alguna frase. —La señora Carrión. —Hice una pausa esperando a que me respondiera, pero se hizo un incómodo silencio que casi parecía un desprecio a la situación —. ¿Ha muerto la señora Carrión? —Sí, señorita... Sí, Sara. Ha sido asesinada, no ha muerto. Tú... —Ni se te ocurra —la interrumpí apretando los dientes y luchando con todas mis fuerzas para que aquella gota salada que me quemaba el lacrimal no resbalara por mi rostro. —¿Qué? —No puedes acusarme de haber hecho algo así. No tienes pruebas. —Poco a poco volvía a sentir los músculos de mi cuerpo que se ponían cada vez más y más tensos. —Sara, siéntate. Hazlo, si no quieres que te espose a la mesa —dijo señalando la silla y yo accedí. Sabía que si seguía de pie iba a acabar por cometer alguna locura. Debía intentar tranquilizarme. Ya tenía experiencia en encuentros con la policía. Sí era cierto que no a aquel nivel, pero había aprendido hace tiempo que no era conveniente perder los estribos. No volvió a hablar hasta que pasaron unos instantes y se aseguró de que no iba a intentar estrangularla—. Lo cierto es que sí tenemos pruebas. —Pero ¿pruebas de qué? —pregunté desesperada. —Vamos por partes. —Volvió a aclararse la garganta, como si eso fuera toda su respuesta a mi pregunta—.Voy a hacerte una serie de cuestiones y tú vas a responderme con la verdad. O al menos eso deberías hacer, ¿de acuerdo? —Tardé unos instantes en responder. No soportaba que alguien me dijera lo que tenía que hacer, pero estaba tan impactada con la noticia que en aquel momento solo había una opción aparte de obedecer, e intentar asesinar a una agente de policía cuando ya eres sospechosa de asesinato no parecía ser la mejor de las ideas. Supuse que, si yo era sospechosa, era evidente que había fallecido alguien que yo conocía, pero tenía la esperanza de que todo hubiera sido un error, de que todas las personas que apreciaba estarían bien y simplemente hubieran visto a una chica que se parecía a mi apuñalando a un vagabundo. Cualquier historia de telediario. No lo sé. El caso es que hasta aquel momento no fui consciente de que nada de todo aquello era una broma. Pero ¿quién querría asesinar a Marisa Carrión? Es cierto que aquella mujer era un poco cascarrabias, pero no se llevaba realmente mal con nadie, ningún vecino la odiaba y nunca había hecho ningún daño. No había motivos para tal cosa. —De acuerdo, responderé —murmuré, e intenté fijar la vista en ella, aunque mis ojos no estaban por la labor y una y otra vez se perdían en la habitación o miraban hacia abajo, como si temieran que la mujer viera en ellos el mínimo atisbo de tristeza. —Muy bien —dijo con toda la naturalidad del mundo, y volvió a revolver sus papeles, haciendo un montoncito con tres o cuatro de ellos. Se aclaró la garganta de nuevo y yo me di cuenta de que era una especie de tic que me ponía de los nervios—.Sara, si no me equivoco tienes veintiún años de edad y fuiste a vivir con la señora Carrión a los dieciocho, ¿cierto? —Sí. —Ella te proporcionaba alimento, estancia y dinero, ¿verdad? —A cambio de trabajar para ella. —¿Tienes un contrato? —No. —Endurecí la mirada. Me sentí atacada y menospreciada. —Vale —zanjó, como si el hecho de no tener contrato ya significara todo.—Antes de vivir con la señora Carrión vivías en el orfanato «Dos cielos», —Cierto, si. —Le contesté. —¿Recuerdas a qué edad ingresaste en aquel centro?—¿Ingresar en aquel centro? Cualquiera diría que estaba hablando de un psiquiátrico. —No puedo recordarlo, yo era un bebé. —Se aclaró la garganta por enésima vez y le dio la vuelta al folio que tenía delante. —¿Sabes quiénes son tus padres biológicos, Sara? —No. Oye, ¿qué tiene que ver esto con la muerte de la señora Marisa? — pregunté incómoda. —Asesinato, la han matado, no murió —dijo fríamente—. Es un test psicológico y de personalidad, aún te quedan muchas preguntas. Te agradecería que pusieras de tu parte para hacérnoslo más fácil a todos — respondió mirando hacia abajo sin dar importancia a mis comentarios. —¿Un test psicológico? ¿Puedo preguntar yo por qué se supone que soy sospechosa del asesinato? —No —contestó rotundamente. Yo apreté los labios y me obligué a guardar silencio, aunque me eché de golpe hacia atrás en mi silla, como una niña pequeña con una pataleta. Ella volvió a levantar la vista—. ¿Tienes antecedentes? —Por supuesto —Menuda pregunta trampa estúpida. Ella ya lo sabía. —Sí. Te han multado en numerosas ocasiones, pero nunca has ingresado en prisión. —Su mirada se volvió más intensa; acusadora—. Dos multas por quema de contenedores en señal de protesta, tres por manifestaciones ilegales, una por lanzar un ladrillo contra un escaparate, cuatro por el deterioro voluntario del mobiliario público, dos por agresiones físicas, cuatro por posesión de drogas, una por escándalo público, dos por hurto… ¿cómo has pagado todas estas multas? —Tengo dinero ahorrado —respondí con suficiencia. —¿Lo suficiente para pagarte un abogado? —Sonreí irónicamente. Cuanto más abría la boca y dejaba salir de ella aquella voz de estúpida secretaria repipi más ganas me entraban de lanzarla contra el suelo y aplastarle la cabeza con la pata de la mesa. —Sí, señorita Ruiz, lo suficiente para pagarme un abogado. Pero no lo necesito. —Muy bien, entonces supongo que podemos seguir la entrevista. —¿Puedo beber agua? —Para mi satisfacción, aquella pregunta le molestó. Lo noté en un pequeño brillo que se avivó en su mirada. Aquello parecía una lucha encarnizada. Era obvio que nos odiábamos. Yo detestaba tener que estar hablando con aquella arpía y ella detestaba tener que aguantar mis impertinencias. Tardamos cinco minutos en continuar la supuesta entrevista puesto que para traerme un vaso de agua tuvo que recoger todos aquellos papeles y luego volver a reordenarlos sobre la mesa, como si temiera que yo los cotilleara en su ausencia. Trajo dos vasos, para asegurarse de que no la hacía levantarse más, pero a pesar de estar muriéndome de sed y saber que podría beberme no dos, si no diez vasos, dejé el segundo completamente lleno, solo para molestarla. —Sigamos. —Terminó diciendo cuando consideró que todo estaba en orden. —¿Puedo fumar? —Le pregunté. —No, lo cierto es que no. —Chasqueé la lengua en señal de disgusto, pero me mantuve en silencio—¿Cuál es tu nivel de estudios? —¿Por qué me preguntas algo que tienes apuntado en esos papeles? —Ya te he dicho que es una entrevista hacia a ti. Te recuerdo que soy yo quien hace las preguntas y tú la sospechosa de asesinato y no tienes derecho a hacer pregunta alguna. Ya te lo he dicho, puedes negarte a responder, pero no faltar al respeto, ofender ni sabotear la entrevista. —¿Sabotear? —pregunté exagerando mezclando en un gesto la extrañeza y la burla. —¿Cuál es tu nivel de estudios? —repitió. —Enseñanza secundaria obligatoria. —Básicos. —Tomó algún apunte—. ¿Alguna vez has trabajado con contrato? —No. —Eres consciente de que la paga mensual que teníais gracias a la generosidad de la señora Carrión era ilegal, ¿no? —En realidad es un vacío legal, nadie dice que yo trabajara para ella. —Tú lo has dicho. —Bueno, es una forma de hablar, tú «trabajas» para mantener tu casa limpia, por ejemplo, ¿verdad? —Hice el gesto de comillas con los dedos—. Yo ayudaba a la señora Carrión con las tareas del hogar y ella de vez en cuando me daba alguna paga. —¿Sabes que es ilegal trabajar sin contrato? —Sé todo lo que es ilegal, señorita. —Muy bien. —Volvió a soltar aquel estúpido gruñido—. ¿Consumes drogas? —Ocasionalmente. —¿Drogas ilegales? —Bufé. —Sí, drogas ilegales. —¿Con qué frecuencia? —¿Una vez al mes? —mentí. —¿Consumiste drogas ayer? —Tardé en responder. Pensé que debía mentir, pero una parte de mí me decía que era una estupidez, seguro que ella ya sabía que había consumido drogas la noche anterior. —Sí —respondí tratando de transmitir seguridad. —¿Qué tipo de sustancias has consumido en las últimas veinticuatro horas? —Volví a resoplar y agité la cabeza con una media sonrisa de indignación. —¿Es necesario...? —Sí —me cortó. —Nicotina, alcohol, marihuana y cocaína. —Revisó sus papeles en silencio. —Y ácido lisérgico —murmuró. —¿Qué? —LSD —zanjó. Fallo mío. Era evidente que no pretendía mentir, pero no podía recordar absolutamente todo lo que había consumido aquella noche. Sabía que era mucho. Me limité a asentir—.Verás, Sara, esta mañana te hemos hecho unos análisis, no tienes espías, aunque lo puedas creer. Nadie se ha chivado. —Daba la impresión de que intentaba bajarme unos humos que yo no tenía en absoluto elevados—. Sabemos cuánta droga tenías en sangre esta mañana. De hecho, seguramente seguirás teniendo una buena cantidad. —Una parte de mi mente cuestionó que fuera legal hacerme un análisis mientras estaba inconsciente, pero lo obvié. Ya tenía suficiente encima como para discutir por algo más. —No estoy colocada. —Nadie ha dicho lo contrario. ¿Eres consciente de que tres de las drogas que has consumido en las últimas veinticuatro horas son totalmente ilegales en este país? Tanto su venta como su consumo es motivo de multa o incluso reclusión. —Sí. —¿Dónde estuviste ayer entre las 17.00 y las 6.00 horas? —«Pregunta típica de las pelis», pensé. Nunca habría imaginado que me la acabarían haciendo a mí. —Estuve en la biblioteca desde las 16:00 hasta las 19:00 y luego me fui con mi amiga a una fiesta. —¿Estuviste en una fiesta desde las siete de la tarde hasta las seis de la mañana? —preguntó incrédula. —Estuve en la fiesta desde las once de la noche aproximadamente, antes estuve en casa de mi amiga. —Un lunes. —Sí. —Asentí una sola vez. ¿Aquello iba con segundas? ¿Estaba diciéndome en mi cara que no se creía que hubiera estado en una fiesta? —¿Hay algún testigo que pueda corroborar que estuviste en aquella fiesta desde las 23.00 hasta las 6.00? —Por supuesto —aseguré con confianza. Ella asintió. —¿Alguno de esos testigos consumió drogas la misma noche? —El mundo se me cayó encima. Aquella pregunta significaba que no me valía ninguno de ellos. No conocía a la gran mayoría de asistentes a la fiesta, y los que conocía y me podían servir de testigos habían consumido seguramente la misma cantidad de estupefacientes que yo. Quizás incluso más. Los recuerdos aislados que tenía de aquella noche estaban repletos de personas colocadas hasta niveles extremos. Sentí que se me agitaba la respiración e intenté disimularlo resoplando. —No lo sé. —Supuse que era la mejor opción. —¿De verdad? —Por fin vi claramente como en su estúpido rostro de piedra se dibujaba una sonrisa cruel. La misma que me pareció ver cuando me dio la noticia de la muerte de la señora Marisa. —De verdad —respondí resistiendo la tentación de lanzarme a su cuello. —Muy bien, ya hablaremos de eso más adelante —concluyó—. ¿Qué relación tenías con la señora Carrión? —Era buena —resumí. —¿Buena como una relación de madre e hija? —No, solo buena. No discutíamos, yo no me metía en su vida y ella no se metía en la mía. No hablábamos mucho. Mayormente sobre las cosas de casa, las tareas, las compras, etcétera. —No teníais relación. —He dicho que no hablábamos de cosas personales, no que no tuviéramos relación. Nuestra relación era buena. —Asintió y tomó algún apunte. Llegados a ese punto me sentía realmente agotada. ¿Acaso no se daba cuenta del impacto que me había causado la noticia del fallecimiento de la señora Marisa? ¿Tenía tan claro que yo pudiera ser responsable de algo así? Claro que yo intentaba no mostrar mis sentimientos, pero cualquier persona que supiera que había vivido con aquella mujer durante los últimos tres años sabría que aquello debía de ser un golpe muy duro para mí. —¿Dónde transcurrió la fiesta de anoche? —preguntó finalmente. Reflexioné durante unos instantes. —Lo cierto es que no lo sé. Tendría que preguntarlo, nos llevaron en coche. —¿No habías ido con tu amiga? —Sí, su hermano nos llevó a ella y a mí con el coche —repetí. —¿Y no sabes dónde era? —No, no lo sé —dije con cansancio. —Muy bien. —Oye, ¿cómo sabe que la señora Marisa fue asesinada y no fue un accidente o muerte natural? —pregunté con verdadera curiosidad. —Muy graciosa. —Fue toda su respuesta y, a partir de ahí, endureció su expresión de tal modo que parecía a punto de sacar su arma reglamentaria y coserme a tiros como si fuera un animal peligroso. Yo me encogí de hombros. Era obvio que no iba a darme respuesta válida alguna. —¿Puedo llamar a mi amiga? —Levantó la cabeza de sus papeles y fijó en mí una fría mirada, casi de odio. —Sara, si no estás en prisión es solo porque es obligatorio hacerte una prueba psicológica. —¿Eso significa que no? —Ella soltó un larguísimo suspiro de resignación. —Eso significa que cuando terminemos de hacerte todas las pruebas decidiremos si estás preparada para hablar con alguien. —No entiendo nada —murmuré para mí misma. Siguió revisando sus papeles una y otra vez, tomando apuntes, mientras yo pasaba mis ojos de ella a la cámara y de la cámara al espejo, preguntándome si allí detrás habría alguien. Por un instante me entraron ganas de saludar. Mi parte rebelde parecía no cansarse nunca. A pesar de estar agotada tanto física como psicológicamente me sentía con fuerzas para defenderme, reírme de aquella arpía con pinta de secretaria pelota y destrozar aquella sala para terminar pintando un grafiti en el cristal en el que pusiera fuck the police. Solo me frenaba la preocupación general que sentía. El hecho de saber que estaba atada de pies y manos, posiblemente pronto lo estaría literalmente, el hecho de no saber si haría bien en decir la dirección de la casa de Roberto, ya que delataría a todo el que asistió a la fiesta y distribuyó y consumió tal cantidad de drogas. Y, sobre todo, me preocupaba el hecho de que la señora Marisa... Bueno, hubiera sido asesinada, presuntamente, como dicen en las noticias cuando no tienen pruebas concluyentes de algo. Me parecía tan disparatado que no lo podía creer. Pero al parecer era cierto. Cierto y horrible. —En tus antecedentes con agresiones físicas apaleaste a un hombre con un palo de golf. Le partiste tres costillas, la nariz y una ceja, aparte de numerosas contusiones. —Me quedé observándola sin hacer gesto alguno. Ese juicio ya se había celebrado. Yo había perdido y tuve que pagar una buena multa—. ¿Me equivoco? —insistió al ver que no respondía. —No, no se equivoca. —dije fríamente. —¿Cuál fue el motivo? —Intentó abusar sexualmente de mí. —Y dio la casualidad de que llevabas un palo de golf —comentó irónicamente, con aquella voz estúpida. —No, intentó abusar de mi un viernes por la noche y el sábado por la tarde le esperé en la puerta de su casa para vengarme de él. —Me seguía pareciendo completamente normal. —Así que fue premeditado. —Supongo que sí. —Aquella mujer estaba tergiversando todo lo que decía, era obvio que quería que pareciera culpable. Quizá no le interesaba trabajar más en buscar al verdadero culpable del asesinato de la señora Marisa y quería zanjar el trabajo conmigo. Fácil, rápido y sencillo. Pero aquello no me convenía en absoluto. Sobre todo porque yo no era culpable. Y tampoco lo era de haber apaleado a ese cerdo por el que, después de todo, había tenido que pagar una multa. La supuesta justicia era una mierda, y al no tener pruebas de su agresión sexual hacia mí zanjaron el tema dando por hecho que simplemente era una adolescente rebelde y loca que había decidido agredir a un pobre hombre inocente. —En el segundo de los casos le... —Ojeó uno de los folios con el ceño fruncido—. Marcó la cara a una joven con un látigo. ¿Sí? —Me miró con gesto de reproche. Intenté reprimir la risa cuando pensé en aquello. Era una de esas historias en las que lo pasas fatal, pero con el tiempo lo recuerdas y no puedes evitar reírte. Aguanté. —Sí, pero eso no llegó a ninguna parte. Por el amor de Dios, era prácticamente una amiga. Retiró los cargos, fue una pelea de amigas. —A latigazos. —Entonces no pude evitar dibujar una leve sonrisa. Levanté las palmas de las manos en señal de rendición y le dejé sacar sus propias conclusiones—. Muy bien, Sara —continuó tras colocar todos aquellos folios en un solo montón y ponerlo en una esquina de la mesa—. Ahora te voy a pedir una explicación. Te recuerdo que puedes solicitar un abogado en cuanto... —Joder, que no necesito un abogado —la interrumpí. Entonces fue ella quien levantó las palmas y abrió los ojos, dejando que yo sacara mis propias conclusiones. Cogió entonces la segunda carpeta que estaba en la esquina contraria de la mesa y tras unos segundos husmeando en ella sacó dos portafolios de plástico, cada uno con un folio dentro. Me acercó el primero. —¿Lo reconoces? —Por supuesto que lo reconocía, era un oscuro cuento con toques infantiles que había escrito meses atrás y durante todo ese tiempo había estado guardado en el segundo cajón del escritorio de mi habitación. El ver que ella tenía aquello, algo tan personal que no había enseñado nunca a nadie, ni siquiera a mi mejor amiga, hizo que me hirviera la sangre. —Sí, ¿quién le ha dado permiso para husmear en mis cosas? —pregunté con brusquedad e indignación. —Soy yo quien hace las preguntas. —Me ignoró y volví a sentir ganas de estrangularla—. ¿Y qué me dices de esto? —Me acercó el segundo portafolios. Pero aquello no lo había visto nunca. En él había una nota que había sido reconstruida con papel celo en la que ponía «Esta noche diré adiós a Marisa. Ha sido un placer. Espero no arrepentirme». —No sé qué es esto —murmuré muy seria. Ella soltó una risita sarcástica. —Es la misma caligrafía. Tú caligrafía. —Entonces comparé aquella nota con el cuento que tenía a mi izquierda. No era posible. Yo no había escrito aquello. Alguien debió imitar mi letra. Alguien a quien se le daba muy bien, puesto que no vi diferencia alguna entre una caligrafía y otra—. Esa nota estaba partida en pedazos en uno de los bolsillos de tu chaqueta de cuero. Entonces caí en la cuenta de que no la llevaba puesta. Había echado en falta el bolso, el teléfono móvil, pero no mi chaqueta. ¡Aquella era la nota que me había dado el chico de la universidad! ¡El amigo de la chica rubia! No la había leído hasta aquel momento. No era posible, me estaba volviendo loca. Era una prueba definitiva, no podía negar que aquella letra era exactamente igual que la mía ni que aquella nota estaba en mi chaqueta, pero yo sabía perfectamente que no la había escrito. Al menos sabía quién lo había hecho. «Espera» —pensé—, cuando le pregunté que qué era, el chico me respondió que le habían dado el recado y prometió no haberla leído. Lo dijo muy serio, como si supiera que se trataba de algo importante. Al menos podría decirme quién le había dado aquella nota». Pero ¿cómo iba a explicarle eso a aquella arpía que tenía delante?, ¿cómo iba a creerme? Yo tenía antecedentes, era una delincuente, una chica que se pintaba los ojos de negro e iba por la vida vestida con una chaqueta de cuero y botas militares, que se drogaba y quemaba contenedores. No iba a creerme. Creía que estaba loca, por eso estaba haciéndome un test psicológico. Ni siquiera tenía testigos fiables que pudieran afirmar que había estado en aquella fiesta. Aquello se me escapaba de las manos. —Me gustaría hablar con el agente Pablo Martín —. Pedí con resignación, manteniendo la esperanza de que él pudiera echarme una mano. CAPÍTULO IV Pasé horas en una habitación muy parecida a aquella en la que me desperté antes de que Pablo llegara. Había tenido tiempo de pensar en todo aquello y de romper a llorar. Yo, que nunca lloraba, yo, que me odiaba cada vez que lo hacía. Pero lo había hecho, había llorado a mares en cuanto mi cuerpo me lo permitió al comprobar que allí no había ninguna cámara. Al menos no a la vista. La habitación no tenía ninguna ventana y, al igual que la primera, poseía muebles viejos de un metal endeble. Pero a diferencia de ella, allí solo había una cama sin sábanas, una silla y una tabla a modo de mesa que parecía estar anclada a la pared. No había ningún escritorio ni ningún mueble para guardar cosas. La habitación estaba vacía. Era una celda, solo que sin rejas. La puerta era también de metal, pero de un metal grueso y resistente, y tenía montones de cerrojos y cerraduras. Sí, estaba en una celda. Mi cabeza no dejaba de dar vueltas una y otra vez intentando comprender algo, pero era inútil. Solo sabía que aquel chico desconocido me había dado una nota en la que alguien con mi misma caligrafía escribió que aquella noche se despediría de la señora Marisa. Si el mensaje era para mí y quien hablaba me lo contaba como quien cuenta un secreto, debía de ser porque yo conocía a aquella persona y reconocía su relación con Marisa. Pero lo cierto es que yo apenas sabía de nadie que tuviera relación con aquella mujer. Sé que solía charlar con las vecinas, pero nada más. Ni siquiera tenía familia o, si la tenía, yo nunca llegué a saberlo. Nunca vino un hijo suyo a visitarla a casa, al menos no en el tiempo que yo llevaba allí, ni había visto un solo indicio de que tuviera relación con ellos. Ni siquiera podía afirmar que alguien aparte de ella y yo hubiera entrado en su piso en los últimos tres años. ¿Qué haría a partir de aquel momento? Era cierto que tenía dinero ahorrado, que había acumulado lo suficiente para alquilarme un apartamento cutre y sobrevivir durante unos meses, quizás un año si no derrochaba, pero entonces dejaría de tener aquella libertad. Con la señora Marisa no tenía más responsabilidad que la de limpiarle la casa y hacerle las compras todas las mañanas. Yo no estaba preparada a mis veintiún años de edad, casi recién salida de un orfanato y siendo una maldita delincuente, para llevar un hogar, para pagar recibos o para ahorrar con conciencia. Ni siquiera había tenido nunca un trabajo más allá de aquella casa. Por otra parte, sentía una inmensa lástima por la señora Carrión y seguía sin querer introducirse en mi mente racional que alguien fuera capaz de hacerle daño, y mucho menos asesinarla. Aquello no tenía ningún sentido. Y el extraño caso de la nota confesa que estaba a punto de arruinarme la vida… ¿Cómo podía siquiera pensar en la idea de alquilar un apartamento y pagar recibos si ni sabía si iba a salir de la cárcel? ¿Acaso me había vuelto loca? ¿Era realmente tan inmadura como para no ser consciente de la situación en la que me encontraba? Por momentos sentía que estaba a punto de darme un ataque de pánico, pero me obligaba una y otra vez a calmarme y considerar mis opciones. La verdad es que no tenía mucho que hacer, aparte de intentar convencer a aquella tal Laura Ruiz y a Pablo de que era inocente y todo había sido un plan de aquel estúpido de la universidad, ¡que le investigaran a él y a esa rubia loca! ¡Que me dejaran en paz, yo no tenía nada que ver! Consideré la opción de, realmente, solicitar un abogado, pero la deseché rápidamente. Quizás exageré un poco con eso de que podía permitírmelo. Era cierto, podía pagarlo, pero hacerlo significaba que me arruinaría y luego me costaría el triple encontrar un apartamento a mi alcance y sobrevivir hasta que encontrara otro trabajo, cosa que, con mi currículum, sin contar con mis antecedentes delictivos, no me iba a resultar precisamente sencillo. Tras lo que me pareció una eternidad dando vueltas y más vueltas por la habitación al borde de un ataque de nervios apareció Pablo, produciendo un ruido atronador al abrir todos los cerrojos de la puerta. Entró sin uniforme, llevaba puesta una camisa azul y unos pantalones vaqueros que tenían apariencia de ser bastante viejos. Bajo su brazo derecho se asomaba una pequeña carpeta negra y en su mano derecha llevaba una botella de agua de dos litros que parecía recién descongelada a juzgar por las gotas y el vaho que empañaban todo su exterior. La extendió hacia mí y la cogí sin dudar, bebiendo ávidamente mientras él cerraba la puerta simplemente de un portazo, sin preocuparse de echar los cerrojos. Luego se sentó en el borde de la cama y se quedó mirándome con semblante serio hasta que terminé de beber y dejé el agua que había sobrado, que era poca, en la mesa que había junto a una de las paredes. Yo le observé mientras secaba con el dorso de mi mano las gotas que habían resbalado por mi barbilla. —Gracias —dije finalmente cuando comprendí que él no iba a empezar aquella conversación. Pero siguió sin decir nada—. ¿Y bien? —pregunté sentándome junto a él. —Tú me has llamado, Sara, ¿necesitas un abogado? —Seguía mirándome, frío y serio. Casi me intimidaba. No era como aquella arpía que me había interrogado. A ella se le notaba la estupidez y la ignorancia en la mirada, se veía que quería acabar su trabajo de la forma más rápida y sencilla posible y que no le importaba llevarse por delante a quien hiciera falta, aunque ese alguien fuera inocente. Pero no era inteligente, solo retorcida. Pablo, por el contrario, me miraba a los ojos sin aquella chispa de maldad que iluminaba los de Laura, me miraba como si simplemente me exigiera una respuesta, como si quisiera saber la verdad y no andarse con rodeos. Yo bajé la mirada. Una parte de mí se sentía mal, humillada, por dejarme intimidar por cualquier persona. Aún más por un policía. Creo que aquel era el estado más sumiso por el que había pasado en toda mi vida. Había tenido épocas de violencia incontrolable y épocas de ignorar cualquier consejo o palabra y simplemente hacer lo que quisiera cuando quisiera, aunque casi siempre era sencillamente rebelde, no discutía con nadie, pero en el momento en que sentía que alguien quería imponerme su superioridad yo le saltaba al cuello. Por otra parte, sentía que debía tranquilizarme, al menos con Pablo. Era mi única salvación. Al menos no parecía predispuesto a encerrarme, como su compañera. —No quiero un abogado... —murmuré casi en un susurro, sin levantar la mirada, aunque manteniéndola fría. Él suspiró, como si acabara de asumir que tenía que darme de nuevo una charla que me hubiera repetido mil veces. —Se te puede asignar uno de oficio. Sabes que te conviene, ¿verdad? —preguntó, y sentí cómo clavaba sus ojos en mí. Al fin pude alzar la vista. Ignoré su respuesta e intenté fijar mi fortaleza en él, haciéndole ver que no estaba loca ni hundida y que podía controlar mi propia situación. —Pablo... —comencé a decir, parando por si me exigía que lo llamase «agente» o algo por el estilo, pero él guardaba silencio y me observaba casi expectante— Aquella... la agente Ruiz —me corregí— solo me ha hecho preguntas y no me ha dado ninguna respuesta. —Traté de exagerar mi rostro de inocencia a la vez que mantenía mi apariencia de chica firme—. Comprendo que si cree que he asesinado a la señora Carrión no vea necesario darme explicación alguna. —Sentí un escalofrío que no disimulé—. Pero lo cierto es que no entiendo nada. Necesito saber por qué me culpan, por qué están tan seguros de que yo haría algo así, necesito saber algo —suspiré—, cualquier cosa. —Volví a bajar la mirada. Estaba agotada. —Sara —comenzó a decir después de unos instantes observándome como si esperara sacar algo en claro de mi rostro—, ¿no te ha dicho la agente Ruiz nada de la nota? —Sí —respondí con decisión, y le miré consciente de que en aquel momento una chispa inevitable de rabia recorría mi rostro—. Sé que tú tampoco me creerás, pero esa nota no la he escrito yo. Mi palabra no vale mucho con una mano sobre la biblia, pero puedo asegurártelo de cualquier otro modo. Como sea. —Durante un instante me entraron ganas de patear algo—. Joder, Pablo, si alguien me da un mínimo voto de confianza y me deja hablar con un par de personas te aseguro que demostraré que yo no la escribí —. Él frunció el ceño ante aquella confianza que le mostré. Aunque supongo que se lo tomó como una falta de respeto, como todos, no como una muestra de confianza. —Pero Sara, hemos analizado la caligrafía y... —¡Ya lo sé, joder! ¡Yo también la he visto! —grité levantándome de un salto con clara desesperación. Él alzó una mano tranquilizadora y volví a sentarme de golpe con un resoplido de niña pequeña—. Sé que es igual que mi letra —continué con una calma forzada—, pero sé quién me dio esa nota y... —¿Y no te resultó sospechoso cuando te la dieron? ¿No te causó ningún tipo de intranquilidad? —No la leí... —murmuré— Hasta ahora. —Estaba rota en tu bolsillo —dijo, como si aquello fuera la respuesta a todo. Yo solté aire con rabia. —Pablo. —Alcé las manos como si le estuviera pidiendo que se tranquilizara. En realidad, me lo pedía a mí misma—. Esa nota me la dio un chico de la universidad. No lo conozco, solo he hablado con él una vez. No la leí porque él no me cae bien y decidí ignorarlo. La rompí en pedazos sin leerla para tirarla a una papelera, pero se me olvidó y la dejé en el bolsillo de la chaqueta. —Un chico de la universidad —dijo con una leve sonrisa de incredulidad —Creía que no ibas a la universidad. Y ¿guardaste la nota para tirarla a una papelera? ¿Tú? ¿Te preocupas por la limpieza de la ciudad y el civismo? — Sentí que la rabia comenzaba a invadir mi cuerpo poco a poco. No era posible que él tampoco quisiera escucharme, ¿acaso allí nadie pensaba hacer bien su trabajo? Traté de mantener la calma, pero mi voz era otra, sonaba mucho más áspera e indiferente, como si ya no me importase su opinión. —Aunque pueda sorprenderte, poli, me gusta leer, a veces voy a la biblioteca de la universidad. Puedes investigarlo también. Tengo permiso, los conserjes me conocen. —Le miré desafiante. Esperaba que me reprochara aquel «poli», pero de nuevo guardó silencio y clavó aquellos ojos en mí, ya sin sonrisa alguna—.Y en cuanto a lo del civismo, no, no me importa una mierda tirar papeles al suelo, pero un tío me llamó la atención y no tenía ganas de discutir con él, así que me guardé la nota en el bolsillo de la chaqueta después de tirarla. Puedes creerme o no. —Él suspiró y tuve la sensación de que estaba dudando, pero no dijo nada—. Necesito hacer una llamada —dije cambiando de tema cuando me acordé de mi amiga. Ella podría dar testimonio de que aquel chico me había dado la nota. Sería mi salvación. Siguió mirándome durante unos instantes más. Yo le sostuve la mirada. —¿Qué has comido hoy? —preguntó entonces mirando hacia otra parte, como si no me hubiera escuchado. —No he comido. —Lo cierto es que no era algo que me preocupase. A veces pasaba días sin comer absolutamente nada y mi cuerpo se había acostumbrado, aunque sí acababa por sentirme sin fuerzas. En aquella ocasión el agotamiento no se debía a mi mala alimentación, si no a la serie de catástrofes que había sufrido en las últimas horas y me hacían sentir una absoluta impotencia. Entonces Pablo se puso en pie y se dirigió a la puerta. —Vamos a cenar, puede que aún encontremos algo abierto —dijo sosteniendo la puerta de espaldas a mí. —¿Puedo salir? —Se suponía que me habían encerrado en una celda por algún motivo. —No estás detenida. Eres sospechosa, solo estás bajo vigilancia. —Una parte de mí quería protestar. La misma parte que no soportaba que alguien pretendiera quedar por encima de mí, pero había otra parte, mínima, que se sintió aliviada. Ya estaba mentalizándome para acabar encerrada en una celda durante el resto de mi vida sin volver a respirar aire fresco, así que opté por seguirle sin rechistar. Cuando salimos de allí comprendí dónde estaba. No era solo una comisaría. Aquello era una cárcel. Desde fuera podría verse una enorme extensión de terreno dividida por muros y vallas en el que se concentraban varios edificios. Dos de ellos eran enormes, de paredes de ladrillo rojiza y vieja, pero ninguno de ellos parecía haber cedido al paso del tiempo más que por el color gastado y algunas grietas en la piedra. Estaban rodeados por una alambrada que podría alcanzar fácilmente los siete metros de alto, y alrededor de los cuales podía ver una gran cantidad de hombres uniformados y armados haciendo guardia. El edificio del que salimos, la supuesta comisaría, era mucho más pequeño. Era, en efecto, una comisaría, pero no solo eso. Por lo que pude ver en los rótulos de las paredes durante el largo recorrido que hicimos por los pasillos, allí dentro también tenían varias salas de interrogatorios, de archivos y una zona de calabozos, lo que, pensé, sería mi hogar durante un tiempo. «Espero salir de aquí pronto», me dije a mí misma en silencio. No conocía aquel lugar. Nunca había oído hablar de nada parecido y dudaba que estuviera cerca del barrio en el que había vivido con la señora Marisa. Esperé a que saliéramos para hacer algún comentario. Tenía la sensación de que en cualquier momento alguien nos pararía y me harían volver al calabozo, como si Pablo fuera cómplice de un extraño intento de fuga por mi parte. Pero antes de salir de allí él entró en una habitación repleta de taquillas y de una de ellas sacó mi bolso. Se lo quité de las manos casi de un tirón. —Ahí están todas tus pertenencias. También tu teléfono, pero de momento solo puedes realizar una llamada, así que elije bien —dijo con el semblante serio. Yo guardé silencio, pero le regalé una de mis miradas desafiantes. El coche de Pablo se encontraba en un parking aparentemente privado, fuera del recinto, al que un guardia de seguridad nos dio paso abriendo una enorme puerta metálica sin objeción alguna. Yo me senté en el asiento del copiloto sin preguntar y empecé a revisar mi bolso. Lo primero que observé fue que habían metido en él mi chaqueta de cuero hecha una bola, casi a presión. Era indignante. La estiré y alisé como pude y me la puse con cierta dificultad, ya que estaba sentada y no era la mejor postura para ello. —Ponte el cinturón —ordenó el hombre mientras arrancaba y el coche comenzaba a moverse, sin dirigirme la mirada. Se me escapó una risilla provocadora. —Voy con un poli, puedo saltarme esas normas, ¿no? Os he visto hacerlo cientos de veces y creo que... —Póntelo —repitió cortándome bruscamente, cosa que me molestó bastante, pero una vez más mantuve la boca cerrada y obedecí. Aquella no parecía yo. La verdadera yo habría respondido agarrando el volante y estrellando el coche contra el muro más cercano para darle una lección. Pero debía recordar que me convenía tener una buena relación con aquel hombre. Al fin y al cabo, era el único que quizá pudiera ayudarme, ya que la agente Ruiz no parecía muy dispuesta a ello. —¿Qué es ese sitio? No es solo una comisaría —pregunté tras un rato de silencio. ¿La poli no escuchaba la radio cuando conducía? —Tú has estado en una comisaría —respondió sin apartar los ojos de la carretera. — Los edificios más grandes son prisiones. Reza por no conocerlos mejor. ¿Nunca has escuchado hablar del recinto «La modelo»? Eso es la Avenida del Cid y la carretera de Madrid. Era la primera pregunta que me hacían en el día que no parecía una acusación. —No —respondí secamente. —Es la prisión dentro de la ciudad. También hay un ala para enfermos mentales —dijo, como si fuera lo más sorprendente. —Todos los psicópatas son enfermos mentales. —Encendí el teléfono móvil. —No todos los asesinos lo son. —No pude discutirle aquello. Entonces el aparato empezó a vibrar sin pausa durante cinco minutos. Tenía 37 llamadas perdidas de Lola, 5 de Carlos, una de Luis y dos de un número desconocido. —Joder —murmuré. —¿Pasa algo? —Nada —Me limité a decir. No era de su incumbencia si tenía 45 llamadas perdidas o 200. Devolví el teléfono al bolso y busqué mi lápiz de ojos. Bajé una pestaña que había sobre mi cabeza y comencé a maquillarme mirándome en un pequeño espejo rectangular. —¿Qué haces? —preguntó Paul tras dirigirme una mirada que duró apenas una décima de segundo. —Pintándome los ojos, ¿no lo ves? —Él resopló como única respuesta. Miré la hora en el teléfono móvil y vi que tenía un SMS de Lola: «Sara, llámame cuando leas esto. Es urgente» El aparato marcaba las 23.45 y el mensaje lo había recibido un par de horas antes. Busqué mi paquete de Chesterfield y saqué un cigarrillo. —¿A dónde vamos? —pregunté mirando alrededor y sosteniéndolo entre mis dedos. —A cenar. El paisaje estaba desierto. Al parecer y aunque la prisión estaba dentro de la ciudad ahora estábamos bastante lejos de cualquier civilización, porque pasaron alrededor de veinte minutos hasta que dejé de ver prados y descampados y empecé a ver viviendas y edificios comerciales. No contesté y me dispuse a encenderme el cigarrillo, pero Pablo posó una mano en la que yo lo sostenía y me impidió llevármelo a la boca. —No me gusta que se fume en mi coche. Espérate, no queda mucho para llegar. —Cómo os gusta tenernos bajo vuestra suela. —Estaba claro que el hombre no iba a ceder ante ninguna de mis provocaciones. Dos minutos más tarde paró en el parking de un McDonalds al lado de un centro comercial. —Qué romántico —murmuré manteniéndome seria, y salí del coche con unas ganas increíbles de dar la primera calada del día. Al bajar noté el frío de la noche en mis mejillas. Ya era noviembre y, aunque los veranos eran bastante cálidos, el invierno ya se hacía notar. El lugar estaba desierto y dudé que el restaurante siguiera abierto a aquellas horas. No se veía ni un alma. —Tenemos que buscar un cajero, no tengo suficiente dinero —dije recorriendo el lugar con la vista mientras expulsaba el humo por la boca. Sentí cómo, al dar la primera calada, se me desvanecía parte de aquella presión que noté en el pecho durante todo el día. Lo cierto es que también odiaba los cigarrillos. Todo lo que me creara una dependencia que me provocara no ser autosuficiente me generaba desprecio. Pero claro, también me despreciaba a mí misma, así que ¿qué importaba? —No puedes —respondió secamente mientras comprobaba que había cerrado bien las puertas del coche. —¿Qué? —No entendí. —No puedes sacar dinero, tienes restringida la cuenta bancaria. —Echó a andar en dirección al restaurante, como si lo que acabara de decir no tuviera importancia alguna para él. —¿Estás de coña? —Me quedé quieta junto al coche. Él se giró y volvió a dirigirme aquella mirada fría y dura, pero no pronunció palabra. —¿No puedo disponer de mi propio dinero? —Seguí sin obtener respuesta, tan solo aquella mirada sin palabras, y eso provocó que la ira comenzara a fluir en mí de forma incontrolada—. ¡Y una mierda! —grité lanzando mi bolso al suelo, junto al cigarrillo a medias, y me giré hacia el coche dispuesta a destrozarlo. No tenían derecho a hacerme aquello, era mi dinero, no tenían pruebas de que yo hubiera hecho nada y me trataban como a una asesina que fuera a huir de país. Alcé mi pierna derecha a la altura de uno de los espejos retrovisores, pero antes de que pudiera romperlo de una patada unas manos me agarraron de los hombros y me empujaron bruscamente hacia atrás. Automáticamente me giré con el puño cerrado y le lancé un puñetazo que esquivó. Me agarró la muñeca con fuerza. Vi que algo brillaba en sus ojos, ¿acaso había conseguido enfadarle? Sonreí burlonamente. —No puedes agredir a un agente. —No puedes quitarme mis derechos. —Sí, si asesinas a alguien. —¡No he matado a nadie! —grité histérica, e intenté zafarme, pero aún me agarraba con firmeza. —Eso está por probar, pero te aseguro que con esta actitud no te ayudas a ti misma. —Nunca jamás había sentido tal impotencia. Nunca había tenido que callarme y obligarme a mantener la calma ante una injusticia así. Necesitaba explotar. Acerqué mi rosto al suyo y le grité con todas mis fuerzas hasta que se me rasgó la voz, como si aquello fuera a hacerle daño. Pero él mantuvo su mirada fija en mí y no se inmutó. Finalmente me aparté de él, sin querer pensar que era tan solo porque él me lo había permitido. —Será mejor que cambies de actitud si quieres cenar —dijo indiferente. —Me importa una mierda cenar —respondí con frialdad y recogí mi bolso del suelo. —Bien, entonces volvamos a la prisión. Me importaba una mierda cenar, pero no estaba dispuesta a volver allí, así que lo ignoré y eché a andar en dirección al restaurante. El local estaba prácticamente vacío, pero no parecía que fueran a cerrar pronto puesto que aún había varios empleados trabajando y algunas mesas estaban sin recoger. Me senté junto a una cristalera enorme desde la que se veían los aparcamientos y la carretera principal. Los asientos eran sillones grandes y cómodos. Esperé que Pablo me preguntara qué quería para cenar y así fastidiarle pidiendo el menú más caro, pero no fue tan caballeroso y finalmente me trajo dos hamburguesas pequeñas y unas patatas fritas. Él se pidió lo mismo. Quería hablar del caso, hacer preguntas, dar explicaciones, pero mi orgullo me lo impedía. Me decía a mí misma que era él quien debía darme una explicación sin que yo la pidiera si quiera. Después de decirme que no podía acceder a mi propia cuenta bancaria no iba a ser yo quien le dirigiera la palabra, aunque eso me perjudicase a mí. No estaba dispuesta a tragarme el poco orgullo que me quedaba. Así que comimos en silencio, sin decirnos absolutamente nada. De vez en cuando le lanzaba alguna mirada esperando que en alguna de esas fuera él quien me mirase, pero no lo hizo en toda la cena. O no coincidimos. Cuando terminé, saqué mi teléfono móvil sin pronunciar palabra y marqué el número de Lola. Entonces Pablo sí me miró, aunque sin expresividad alguna. No me levanté para hablar en una mezcla entre «no tengo nada que ocultar» y «para mí no existes». Mi amiga descolgó al primer toque. Sin entender porqué, me dio un vuelco el corazón al oír su voz. —Sara, por el amor de Dios, llevo llamándote todo el día. Dime que estás bien, ¿qué ha pasado? Ha salido en las noticias. La señora Marisa... ¡Es horrible! —Su voz sonaba aguda e histérica—. Dime que te has enterado y no soy yo quien te va a dar la noticia. —Lola, estoy detenida —dije fríamente. Pablo negó con la cabeza y mi amiga ahogó un grito. —¡¿Qué dices?! ¿Qué has hecho? —Era evidente que no se imaginaba que fuera por el caso de la señora Marisa. —Se supone que soy sospechosa del asesinato de Marisa. —Seguí esforzándome por no mostrar emoción alguna. —¡¿Qué?! ¡Eso es una locura! ¡Ni siquiera pasaste la noche allí, estabas en la fiesta! —Hizo una pausa—. ¿Hay alguien escuchando la llamada? — preguntó bajando la voz, como si así no se fuera a enterar nadie más si hubiera terceros oyentes en la línea. —No. —Sara, es imposible. Yo sé que tú no has hecho algo así. Ninguna chica de tu edad podría haber hecho algo así. —No lo sé, Lola. —Me limité a responder. —Joder, «¿No lo sé?». Ha sido una masacre, esa mujer pesaba 100 kilos, ¿tú puedes levantar 100 kilos? —¿Qué tiene eso que ver? —pregunté con el ceño fruncido y fijé la mirada en Pablo, como si fuera a responderme aquella pregunta, pero él se mantenía observándome, serio y en silencio. —Pues que tú no pudiste colgarla del techo. CAPÍTULO V Según Lola, el suceso había salido en las noticias estatales. No era un simple asesinato, había sido una muestra de sadismo extremo y de una crueldad absoluta. En la televisión habían dicho que había sido descuartizada, que no tenía familia y que la policía investigaba a un sospechoso, pero internet era el mundo aparte donde todo se sabía. Al parecer la señora Carrión había sido desollada, habían vertido ácido por todo su cuerpo en carne viva y habían colgado su cadáver del techo, cabeza abajo. Tuve que poner todo mi empeño en no vomitar la cena mientras mi amiga me leía la noticia con todos los detalles y lloraba como si se le fuera la vida en cada palabra. A ella le parecía increíble que la policía sospechara de mí por algo así. A mí siempre me pareció increíble, pero tras conocer los detalles comprendí que era una auténtica locura. Aquello lo había hecho alguien enfermo, un psicópata sádico y torturador; alguien que sabía lo que hacía, y por supuesto grande y fuerte. Yo podría ser una delincuente, pero no era una asesina, y mucho menos una psicópata. Le comenté a Lola la cuestión de la nota que encontraron en mi chaqueta, guardando cierta esperanza en que si Pablo me escuchaba hablar del tema confiara un poco en mi palabra, pero no hizo comentario alguno. Nunca había sentido a Lola tan preocupada. Me aseguró que haría de testigo en lo que fuera necesario y se encargaría de averiguar el nombre del chico de la universidad. También prometió que vendría a verme a la prisión al día siguiente, si es que le estaba permitido, y hablaríamos de todo con más calma. Cuando colgué el teléfono Pablo me llevó de vuelta y, después de quitarme mis pertenencias, me dejó en la habitación en la que le había esperado unas horas antes. Tuvo la, llamémoslo «amabilidad», de dejarme la cajetilla de Chesterfield y una caja de cerillas que sacó de otra de las taquillas, además de una botella de agua. Yo había dormido prácticamente todo el día, así que, para cuando amaneció, aún no había pegado ojo. Por muy agotada que estuviera era casi imposible descansar teniendo aún el recuerdo de mi última conversación telefónica en la cabeza. La agente Ruiz entró en la habitación haciendo tanto ruido al abrir las cerraduras que me retumbaron los sesos. Llevaba una sola carpeta bajo el brazo. En aquella ocasión vestía con el mismo estilo de secretaria que la vez anterior, solo que la estrecha falda era negra y no gris. —Vamos —dijo con desprecio haciendo un gesto con la cabeza. —Buenos días, agente —contesté con ironía, y me incorporé en la cama sin prisa—. Llevo como cinco horas meándome y aquí no hay ni un triste orinal, yo creo que eso cuenta como tortura. —Esto es un calabozo, no una celda. —Pues deberíais replantearos el dejar tantas horas seguidas a una persona en un calabozo. —Me levanté y la seguí sin decir nada más. Paró frente a un aseo y entré sin esperar a que me diera permiso. No creo que me lo hubiera dado si lo hubiera pedido. Cuando hice mis necesidades me paré frente a uno de los espejos. Aún presentaba restos del lápiz de ojos de la noche anterior. Había estado demacrada en muchas ocasiones. La verdad es que había tenido peor aspecto algunos sábados por la mañana, pero en mis ojos podía ver un cansancio que no había visto nunca antes. Casi me hacía sentir vulnerable. Bebí agua y me lavé la cara, saliendo de allí con las mejillas empapadas y la barbilla goteando. Aunque hubiera querido no habría podido secarme, pues no había ninguna toalla ni nada parecido. Un minuto más tarde nos encontrábamos de nuevo en la sala de interrogatorios en la que nos habíamos conocido. Era casi romántico. Nos sentamos una frente a la otra y sentí que la rabia se apoderaba de ella. Quizás en su forma de mirarme, o quizás en la forma que tenía de apretar la mandíbula. —No sé cómo te las has apañado, niña... —¿Verdad que no, secretaria? —la corté con descaro. —Que sea la última vez que me faltas el respeto, no soy ninguna secretaria. —Lo mismo te digo yo, no soy ninguna niña. Seré sospechosa y todo lo que quieran echarme encima, pero sigo siendo inocente hasta que se demuestre lo contrario y merezco tanto respeto como tú —dije con rotundidad. Ella mantuvo la mirada fija en mí unos instantes, conteniendo su ira, y luego volvió a hablar con aquella voz repelente. —No puedes volver a casa de Marisa Carrión, pero no estás detenida. — Se aclaró la garganta—. Te proporcionaremos una vivienda temporal hasta que terminen las investigaciones. —Daba la impresión de que no era partidaria de aquella idea— Al parecer es posible que aún haya algunos cabos por atar o tengas algún testigo. Ya veremos si es fiable. De momento tendrás cubiertas las necesidades básicas, como la alimentación, y te proporcionaremos un total de veinte euros semanales que podrás gastar a tu antojo, evidentemente, de tu propia cuenta. Vivirás en Burjasot, una ciudad cerca de aquí, y tendrás vigilancia continua. Tienes prohibido salir de la ciudad y deberás llevar la cuenta de cada gasto que hagas, apuntando cualquier compra. —Aquello parecía gustarle más—. Deberás tener el teléfono móvil siempre disponible y contestar a todas las llamadas, conozcas o no el número. Ni que decir tiene que tendrás la línea vigilada y estaremos al tanto de todas tus conversaciones telefónicas. —Yo escuchaba atentamente, con una mezcla entre alivio y frustración—. Puedes tener visitas, pero, al igual que los gastos, tendrás que anotar cada una de ellas y tenernos al tanto. Prohibida cualquier droga ilegal. Por supuesto, si perjudicas tú o cualquiera de tus visitantes parte del mobiliario los desperfectos correrán de tu cuenta. —Volvió a aclararse la garganta—. Y claro está, tendrás que continuar dispuesta a proporcionarnos toda la información necesaria sobre el caso y acudir a las citas a las que se te convoque para realizar las entrevistas necesarias. —¿Ya no estás tan segura de que yo sea capaz de masacrar a una anciana? —pregunté tratando de mantenerme lo más fría posible. —El día de hoy lo pasarás aquí, aún hay que arreglar unos papeles. —Yo sonreí con satisfacción, aunque no me sentía satisfecha en absoluto. Pero claro, lo más importante en aquel momento era que ella pensase que yo había ganado, al menos, aquella batalla. Apoyó sobre la mesa la carpeta que había mantenido hasta entonces sobre su regazo, y la abrió ojeando un folio tras otro. —¿A qué viene este cambio? —insistí tras unos segundos en silencio, sin esperar respuesta, pero la obtuve tras un suspiro de frustración. —El agente Martín ha reconsiderado tu culpabilidad. Esto no significa que te crea inocente, más bien, entre los dos, estamos planteándonos el recopilar pruebas. Mientras tanto no puedes estar ocupando una plaza en el calabozo. —Lo decía como si estar encerrada allí durante días fuera un lujo que otros merecían más que yo. En cuanto a lo de «entre los dos», yo no me lo creía. Había servido de algo mantener la conversación de la noche anterior con Pablo. Seguramente tenía un puesto superior al suyo y era él quien daba las órdenes. Lógicamente no creía que se me considerara inocente, que Pablo hubiera decidido dejarme en absoluta libertad y que entre los dos hubieran llegado a un acuerdo, pero sí estaba segura de que él no tenía nada claro y al menos había confiado en que yo pudiera proporcionarle algo que probara mi inocencia. —Estoy al tanto de la charlita que tuvisteis ayer —dijo con aires de superioridad—. Yo, personalmente, no me creo absolutamente nada. Creo que es suficiente prueba el hecho de que llevaras en el bolsillo una carta confesa. —En esa nota, no carta, no se confiesa nada y, repito, no es mía. —Muy bien —dijo con sarcasmo—. Si es cierto que esa nota te la dio alguien encontraremos en ella sus huellas dactilares. Ya se está investigando. —Se aclaró la garganta de nuevo. Me exasperaba—. Por otra parte, dices que tienes una testigo que afirma que no pasaste la noche en casa de la señora Carrión, ¿cierto? —Sí. —Nos hemos tomado la libertad de invitarla a venir esta tarde. Podrás hablar con ella a solas, es un derecho del que no soy partidaria, pero no me queda otra que acatarlo. —Devolvió la vista a sus papeles—. Aun así, tras los treinta minutos en los que podrá hablar contigo y planeéis lo que sea necesario para intentar librarte de cualquier consecuencia, se entrevistará conmigo. A solas. —Solté una pequeña risa. Ella seguía estando completamente segura de que yo había asesinado a la señora Marisa, a pesar de que para cualquiera era evidente que aquello no tenía sentido. —Agente Ruiz... —comencé a decir, tratando de mantener toda la calma posible y hablarle con la mayor educación que era capaz, cosa que me costaba sobremanera—. Sinceramente, ¿cree que yo he cometido esa masacre? —Sí, lo creo. —Fijó la vista en mí durante unos instantes—. La verdad, Sara, no sé si estás en pleno control de tus facultades mentales. —Se me escapó una carcajada que ignoró por completo—. No sé siquiera si eres consciente de haberlo hecho, pero todas las pruebas apuntan a ti. Tú en mi lugar, teniendo en cuenta que dispongas de pleno juicio mental, pensarías lo mismo. Eres una delincuente, hemos encontrado en el piso de la señora Carrión varios escritos tuyos en los que no demuestras demasiada estabilidad emocional, por no hablar de que la noche en que se cometió el crimen habías consumido tal cantidad de estupefacientes que nadie comprende cómo puedes seguir viva. ¿Sabes?, no se han encontrado huellas en el escenario del crimen. Quizá no debería proporcionarte esta información, pero estoy segura de que no podrás hacer nada con respecto a eso. En el piso de la señora Carrión solo hay huellas de ella y tuyas. —No creo que alguien que hace algo así no tenga el mínimo juicio de ponerse unos guantes para no dejar huellas. —Sara, ¿por qué iba alguien a entregarte una nota contándote lo que iba a hacer? —No tengo ni idea, la verdad. —Era algo que yo aún me preguntaba. —Si fuera cierto que esa persona te hubiera dado la nota, el supuesto chico de la universidad —sonrió levemente, como si hubiera dicho una estupidez —, y pensara asesinar a la señora Carrión, ¿qué esperaba que hicieras tú, que fueras a la policía, que intentaras impedírselo? —Lo cierto, agente Ruiz, es que en la nota no dice exactamente que nadie vaya a asesinar a nadie. —Me costaba mantener la calma. —¿Esa es tu forma de defenderte? ¿La nota no es literal? —No me estoy defendiendo, solo digo que si hubiera leído esa nota en el momento en que me la dieron no la habría entendido, no habría ido a la policía porque no se me habría pasado por la cabeza que alguien fuera a asesinar a esa mujer. Pensaría que era una broma. Como mucho me habría acercado al chico y le habría preguntado qué significaba y porqué conocía a la señora Marisa, ya que, repito, yo a ese chico no lo conozco de nada. —No me das respuestas. —Se supone que sois vosotros los que debéis encontrar las respuestas. —¿Es esto un juego? —¡Joder, deja de sacar las putas cosas de contexto! —le grité sin poder controlarme un segundo más—. Si no quiere escuchar mi opinión y la información que puedo tener no me pregunte, pero no tergiverse absolutamente todo lo que digo. Intento mantener la calma y ser lo más educada posible, pero no me lo pones fácil. —¿Me estás amenazando? —Resoplé y puse los ojos en blanco. Bajo la mesa apretaba los puños. —Mira, déjalo. —Volvió a ojear sus papeles y yo no le volví a dirigir la palabra hasta que lo hizo ella. Pudieron pasar diez minutos hasta entonces. —Hoy voy a hacerte otra entrevista —pronunció por fin, dejando un montón de papeles a un lado y colocando otro frente a ella. Asentí—. ¿Preparada? —Asentí de nuevo. Ella tomó un lápiz y se dispuso a tomar apuntes, retirándome la mirada—. Dime, Sara, ¿te consideras una persona amistosa? —Soy amistosa con mis amigos, nos llevamos bien. —En general. —¿Qué demonios significa «en general»? —Quiero decir que si eres abierta a conocer personas, si sales a discotecas y haces amigos. —Agente Ruiz, los amigos no se hacen en las discotecas. —Le dirigí una mirada casi de reproche—. En ese caso supongo que no soy amistosa. Si salgo de fiesta, no a discotecas, no me gustan, suelo hablar con la gente, no me resulta molesto —mentí—. Pero no son mis amigos, mis amigos son a los que conozco con el tiempo, con quien comparto mis problemas y mis sentimientos. —Volví a mentir. No solía compartir mis sentimientos con nadie, pero no estaba bien decir que mis amigos eran aquellos con quien podía autodestruirme en plena confianza. —Muy bien. —Anotó algo—. ¿A cuántas personas consideras amigas? «A una», pensé. —A tres —respondí. —Ajá. ¿Te consideras una persona violenta? —Sí. —¿Para qué mentir? Era evidente que no me resultaba fácil controlarme y no perder los nervios en ciertas situaciones. —¿Te resulta difícil evitar agresiones físicas? —No —mentí de nuevo—. Es evidente que muchas veces me dan ganas de dar un guantazo, pero suelo controlarme. —Esperé que captara la indirecta. Sonrió levemente y volvió a tomar apuntes. —¿Desde qué edad consumes drogas? —Fumo desde los doce años, pero probé las drogas ilegales por primera vez a los diecisiete. —¿Alguna vez has tenido lagunas mentales a causa del consumo de sustancias estupefacientes? —No. —Nunca en la vida había mentido tanto. Toda la entrevista fue del mismo estilo. Me preguntaba por mi autocontrol, si había sufrido depresiones, si había agredido a alguien que consideraba amigo, si alguna vez me había planteado asesinar a alguien, si me autolesionaba. En casi todas las respuestas mentí. En algunos momentos llegué a pensar que tenía razón. Era totalmente lógico que se sospechara de alguien como yo, aún sin saber toda la verdad que ocultaba sobre mí misma. Yo era una persona totalmente inestable, agresiva y sí, todo lo demás. Pero no estaba loca ni era una psicópata. Solo era alguien que nunca había aprendido a vivir. —¿Cuándo vivías en «Dos cielos» tenías alguien a quien consideraras amigo íntimo? —Aquella pregunta me sentó como un hachazo en el estómago, ya que me recordó a Santi, el chico que se había suicidado el mismo año en que yo había cumplido la mayoría de edad y me había ido a vivir con la señora Marisa. —Sí. —Necesitaba decir la verdad. Consideraba que si negaba la existencia de Santi le estaba faltando el respeto a su memoria. Él había existido y había sido la mejor persona que había conocido nunca. Alguien tan frágil y vulnerable que no pudo soportar vivir en este mundo un segundo más. Yo era el pilar de nosotros dos. Él me enseñaba a cuidar de las personas y yo le enseñaba a levantarse una y otra vez mientras cuidaba de él. Fue un golpe muy duro para mí cuando me llamaron para decirme que había muerto. Que se había suicidado. Casi me sentí culpable por no haber estado a su lado aquel día. —Háblame de esa persona. —Y lo hice, le conté cada detalle de su personalidad autodestructiva, de cómo yo lograba sacarle adelante día tras día, cómo intentaba animarle y hacerle ver que había cosas que merecían la pena fuera de aquel orfanato. En «Dos cielos», a partir de los dieciséis años te dejan salir sin supervisión adulta, aunque claro, con horarios y normas que acatar. Nosotros recorríamos juntos la ciudad, descubríamos sus rincones y hacíamos que mereciera la pena esperar a cumplir la mayoría de edad para salir de allí. Él tenía un año menos que yo y, cuando salí, se sintió tan solo durante las horas en las que no podía hablar conmigo que no resistió. Yo era la única capaz de comprender su dolor y desesperación. Él sí había conocido a sus padres, al contrario que yo, y había presenciado su muerte. De hecho, él también iba en el coche en el momento del accidente. Entonces tenía doce años y quedó traumatizado de por vida, odiando su existencia y preguntándose cada día por qué no había muerto él también con sus padres y su hermana pequeña. En aquella época conocí a Lola, Carlos y Luis, y eran las amistades que más tiempo había conservado en mi vida, después de Santi. Laura no parecía muy satisfecha cuando terminó la entrevista, excepto, claro está, por la historia de Santi. Al parecer se sentía en la necesidad de encontrarle a mi vida cualquier dato que pudiera afirmar que todo a mí alrededor era inestable, peligroso y preocupante. Volví al calabozo y me sorprendió que encima de la mesa hubiera un plato tapado con papel de plata y una botella de agua nueva y fresca. Al parecer empezaban a darse cuenta de que era una persona y tenía necesidades básicas, como la alimentación. Podría haber vivido un día más comiendo mal o casi sin comer, pero me obligaba a mí misma diciéndome que debía estar lo suficientemente fuerte como para resistir aquella situación, así que me comí, lentamente, aquel filete y la ensalada que lo acompañaba y me tumbé en la cama a esperar. «Ya de paso podrían haberme puesto un colchón algo más cómodo», pensé. Cuando abrí los ojos había perdido la noción del tiempo. Al parecer mi cuerpo había decidido echarse una larga siesta después de una buena alimentación. Lo que suelen hacer las personas normales cuando no duermen la noche anterior. Me despertó el ruido de la puerta abriéndose con aquel estruendo al que ya me empezaba a acostumbrar. En aquella ocasión entró un hombre que no había visto antes. Un gorila vestido de uniforme. Era grande y fuerte e intimidaría si no fuera por aquella mirada de bonachón. —Ven conmigo, tienes visita —pronunció con una voz áspera mientras me sostenía la puerta y esperaba a que me levantara de la cama. —¿Qué hora es? —pregunté mientras andábamos por los pasillos. Creo que una de las cosas que más detestaba de estar encerrada en aquel lugar era perder la noción del tiempo. No saber cuántas horas había dormido ni a qué hora me despertaba. —Son las seis de la tarde. Me llevó a una enorme sala en la que se repartían varias mesas y sillas. Me recordó al comedor del orfanato, solo que allí reinaba el silencio y estaba desierto. La hora de comer en el orfanato era un caos total. Los niños corrían, reían, jugaban y peleaban sin cesar de hacer travesuras mientras un grupo de adultos iba repartiendo bandejas con el menú diario. —Siéntate. —Le hice caso y tomé asiento en una de las mesas más cercanas a la puerta por la que habíamos entrado. Luego él se fue y casi al instante, por una puerta más alejada de mí, entró la agente Ruiz, con Lola siguiéndola tímidamente. Sonreí al verla entrar y ella me devolvió la sonrisa. Laura se mantenía seria, casi con gesto de mal humor. Me levanté para saludar a mi amiga. —Tenéis media hora —dijo de mala gana mientras Lola me abrazaba. —Muy bien —contesté, y le sostuve la mirada hasta que salió por la misma puerta por la que había entrado. Lola y yo nos sentamos y ella rompió a llorar. —¿Por qué lloras? —pregunté tratando de tranquilizarla, aunque luego pensé que era una pregunta absurda. La situación era para llorar y, que yo no lo hiciera, no significaba que fuera lo normal. —Joder, Sara, cuanto más leo sobre el caso de la señora Marisa más horrible me parece. —Traté de mantenerme tranquila. Lo cierto es que ver a mi amiga derrumbarse me daban ganas de llorar a mí también, pero yo era la chica dura, no podía permitírmelo. —Lola, es posible que muchas de las cosas que diga internet sean mentira. Deja de leer sobre ello. —Pero ¿cómo voy a enterarme de las cosas si no me informo? —No tienes nada de qué informarte, no es necesario en absoluto. —O al menos eso debía hacerle creer. La necesitaba tranquila—. Céntrate en ayudarme a mí y el caso de la señora Marisa lo resolverá la policía. Espero —murmuré. —¿Cómo puedes estar tan tranquila? —me reprochó levantando la voz. —Lola, no estoy tranquila, solo intento mantener la mente fría. Tengo que saber quién demonios me dio esa nota y por qué. Sí, lo de la señora Marisa ha sido horrible, lo sé, no necesito que nadie me lo repita, yo soy la mayor afectada en esto, pero en este momento, ahora, solo necesito quitarme este problema de encima, porque no soy culpable y hay bastantes pruebas que me hacen parecerlo. —¿Qué pruebas? —preguntó con voz inocente mientras se secaba las lágrimas y trataba de tranquilizarse. Obvié la pregunta. —¿Has averiguado el nombre del estúpido que me dio aquella nota? —He hablado con él. —Sentí que se me aceleraba el corazón. —¿En serio? —Necesité todas mis fuerzas para no saltar de la emoción. —Sí, esta mañana he ido a la universidad y estaba allí con un grupo de amigos. Creo que se llama Alex. —¿Crees? —Bueno, hablé con él, pero no quiso decirme nada. Le conté el caso, todo lo que había pasado y... —No debiste decirle nada. —Le reproché, pero automáticamente me sentí culpable por ello, ya que mi amiga parecía a punto de romper a llorar de nuevo a causa de mi comentario. —¿Y qué quieres que haga, Sara? —dijo con la voz rasgada. —Da igual, está bien, no te preocupes. —Posé una mano sobre la suya—. ¿Qué te dijo? —Bueno, sé su nombre porque escuché a sus amigos llamarle, pero él no quiso decirme ni eso. Parecía bastante asustado, inseguro, no lo sé. Decía que solo estaba cumpliendo un recado y que no tenía nada que ver con aquello que le había contado, que él ni siquiera había leído aquella nota. —¿No te dijo quién se la dio? —No, decía una y otra vez que no quería problemas, que no quería meterse en líos y que no iba a contar nada, que él no sabía nada. —Suspiré abatida. —Bueno, si no me lo dice a mí tendrá que decírselo a la policía. Van a buscar huellas dactilares en la nota y las suyas deben aparecer. —¿No están seguros de que tú seas la que ha hecho eso? —dijo con los ojos muy abiertos. —Algunos sí, otros no tanto. —Pensé en la estúpida arpía de la agente Ruiz.— Lo que necesito, Lola, es que digas que estuve en aquella fiesta. —Ya... —murmuró agachando la cabeza. —¿Qué pasa? —Ella miró alrededor, como asegurándose de que no había nadie escuchando. —Es que Sara... verás. En aquella fiesta se vendieron drogas. —Eso es evidente —respondí como si no entendiera o no quisiera entender a dónde quería llegar—, pero ese no es mi problema. —Pero sí el mío. —Me quedé sin palabras ante aquella respuesta. ¿Qué me quería decir con eso?—. Sara, mi hermano organizó aquello junto con Roberto. —Resoplé. No era algo que me sorprendiera, lo que me sorprendía era la actitud de mi amiga ante mi situación. ¿Acaso la policía iba a detenerse en investigar a unos camellos de pacotilla cuando tenían entre manos la masacre de la señora Marisa? —Solo dime dónde fue la fiesta —zanjé. —No puedo —respondió casi en un susurro, y agachó la cabeza, avergonzada. —¿Estás de coña?, ¿pero a qué juegas, Lola? —traté de no gritar. —Puedo decir que estuviste conmigo, pero esa fiesta no ha existido. — Sentí que trataba de zanjar el tema con la mayor rotundidad que podía, pero los ojos le brillaban como si estuviera a punto de echarse a llorar de nuevo. —Lola, yo ya he dicho que estuve en una fiesta. Solo hace falta que cambie mi versión de los hechos para que me encierren de por vida. Creo que no lo entiendes.—sentía que todas mis emociones se venían abajo. No quería creer que aquello fuera posible. —No te lo he contado... —murmuró. —¿El qué? —Mi hermano lleva un tiempo siendo distribuidor de unos... Unas personas bastante peligrosas. La policía conoce el material y ya han sido investigados varias veces. Si los cogen por culpa de Gus... —Se pasó un dedo por el cuello. —¡¿Por qué no me lo has dicho antes?! —grité sin poder contenerme. Ella se sobresaltó. —¿Cómo iba yo a saber que te iban a acusar de una masacre? —dijo con voz frustrada, pero baja, como si así fuera a convencerme de que no gritara. Resoplé con fuerza, tratando de controlar las ganas que sentía de darle bofetadas hasta que reaccionase. —No me vas a ayudar, ¿no? —dije con frialdad. —Haré todo lo que esté en mi mano. Mentira. Conocía a Lola y sabía que cuando se obcecaba con algo no había forma de hacerla cambiar de opinión. Por una parte estaba realmente enfadada, por otra sabía que lo último que necesitaba en aquel momento era perder a la única persona que realmente me importaba en el mundo. —Me van a poner una casa en Burjassot. —Cambié de tema. —Vaya chollo eso de ser psicópata —pronunció con ironía. Yo hice una mueca de desagrado. Aún no estaba lista para bromear con el tema. Le conté todos los detalles de mis días allí. Ella me contó su vuelta a casa después de la fiesta en la cual se había vendido bastante más mierda de la que yo esperaba. Casi era un almacén. No me molestó que hubiera guardado el secreto de Gus hasta entonces. Su eficacia a la hora de guardar secretos ajenos era algo que siempre había admirado de ella. Pero era evidente que aquello iba a suponerme un problema. Ya no tenía testigo para la coartada de la fiesta. —Podemos hacer una cosa —dijo en un susurro cuando volvió a salir el tema del supuesto «Alex»—, podemos llevarle a tu casa cuando te instales y hablas con él personalmente. —Pero ¿qué dices, Lola? ¿No decías que se negaba a hablar contigo? —Bueno, nos las apañaremos. Si tú no puedes salir de Burjasot tendremos que llevarle a él hasta ti. —Me guiñó un ojo. No quería saber nada de cuál era su plan para ayudarme a hablar con ese chico. Lo cierto es que yo estaba dispuesta a saltarme las normas y salir de la ciudad si llegaba a estar segura de que yo era la única capaz de demostrar mi inocencia. Pero no dije nada. —¿Has venido en autobús? —Me ha traído Luis. —Luis no tiene carné de conducir —afirmé. —Ya, pero ha podido coger el coche de su padre para hacerme el favor. — Se me escapó una risa que intenté contener. —Por el amor de Dios, Lola, esto está lleno de polis. Sois un desastre. Ella rio, mucho más relajada. Como si hacer ese tipo de locuras fuera la clase de cosas que hacía que la vida mereciera la pena. Los treinta minutos pasaron volando. Apenas tuvimos tiempo de sacar nuestras propias conclusiones acerca del caso. Nos despedimos y le aseguré que al día siguiente la llamaría cuando estuviera instalada y así podríamos vernos el tiempo que quisiéramos. Estuve alrededor de una eternidad paseándome por el calabozo esperando a que la arpía de la agente Ruiz me diera alguna noticia sobre su entrevista con mi amiga, hasta que di por hecho que nadie iba a informarme de nada. Se me habían acabado los cigarrillos y estaba a punto de explotar de los nervios. A ratos pegaba la oreja a la puerta con la esperanza de oír pasos o voces al otro lado, pero solo escuchaba el silencio absoluto. Solo deseaba que Lola hubiera cambiado de opinión en cuanto a lo de hablar de la fiesta. Cuando por fin había asumido que aquella puerta no se abriría y me había tumbado con la intención de dar, al menos, una cabezada, comencé a escuchar el atronador sonido de todos aquellos cerrojos. Me levanté de un salto, con el corazón acelerado. Era Pablo. No lo había visto desde la noche anterior y, por un instante, sentí una punzada de culpabilidad al recordar haberme portado mal con él. Él era el que había convencido a Laura de que me dejaran salir de allí mientras se investigaba el caso. Como siempre, mantenía aquella expresión fría y seria en su rostro. Puede que intimidara un poco, pero al menos me transmitía la seguridad que escaseaba en mi vida en aquellos momentos. —Nos vamos —dijo secamente. —¿A dónde? ¿Qué ha pasado con Lola? —Era lo que realmente me interesaba. El hombre resopló, como si estuviera demasiado cansado para hablar del tema. —Asegura que aquella noche estuviste con ella, pero dice que no sabe la dirección de la casa, ¿Dijiste que os había llevado su hermano? —Sí —casi susurré. —Ella afirma no tener relación con su hermano. Me temo que algo no encaja. La necesidad de responder, discutir y llevarle la contraria era desproporcionada, pero apreté los dientes y callé. —¿A dónde vamos? —pregunté con frustración. —Al piso en el que vas a vivir por un tiempo. Se han adelantado las cosas. Ya puedes trasladarte. «Por fin —pensé—, estaba deseando salir de aquí». Volvimos a pasar por la habitación de las taquillas en la que estaba mi bolso. Entonces caí en la cuenta. —Oye, ¿y mis cosas? —Fruncí el ceño. —¿Qué cosas? —«¿Qué cosas?» Mis pertenencias, lo que tenía en casa de la señora Marisa: Mi ropa, libros, cuadernos... —Todo está requisado. —Daba la sensación de que pretendían convertirme en una asesina de verdad—. Han llevado algo de tu ropa al apartamento, pero todo lo demás es necesario para la investigación. —¿También mi maquillaje, mi champú y mis tampones? —pregunté sarcástica, poniendo todo mi empeño en no enfadarme. —Toca aguantar, Sara, a nadie le gusta esta situación. —A unos más que a otros. —Asumí cogiendo el bolso que colgaba de su mano extendida, y salí de la habitación. Entrando en Burjasot pude ver que era una ciudad, si es que llegaba a serlo, pequeña, pero con todo lo básico y necesario. Vi un par de supermercados, algún que otro bar, una tienda de ropa y un colegio. Parecía poca cosa, pero solo bordeamos la ciudad, así que supuse que después de recorrerla descubriría que el sitio merecía la pena. Pablo aparcó a cinco minutos del bloque de pisos, al cual se accedía a través de una reja de metal que lo bordeaba. Tenía diez plantas. La parte baja tenía las paredes de un cristal grueso. Desde fuera no se veía el interior, pero una vez dentro se podían observar los alrededores decorados con decenas de árboles y plantas. Ante aquella pomposidad esperaba encontrarme con el típico portero enchaquetado al entrar, pero me equivocaba, no había ningún tipo de recibidor. Tan solo una enorme y desierta planta baja sin viviendas en la que solo había un par de extintores y algunas macetas dispersas con plantas que parecían ser de plástico. No lo comprobé. Al fondo estaban las escaleras, de un mármol brillante, y justo al lado un ascensor de puertas plateadas. Yo observé todo alrededor mientras Pablo avanzaba hacia el ascensor. Subimos a la tercera planta en silencio y, después de revolver durante unos segundos el manojo de llaves que llevaba colgado de los dedos, abrió una puerta de madera blindada que había justo en el extremo del pasillo. Aquel sitio era un lujo: el suelo era de parqué, la sala de estar amplia. Tenía un enorme y aparentemente cómodo sofá en el centro, una pequeña mesita de café enfrente y una televisión grande de pantalla plana delante de esta, colocada sobre un mueble con varias puertas y cajones. Detrás del sofá había una enorme mesa de comedor que tenía pinta de ser de una madera bastante cara y, a su alrededor, cuatro simples sillas que ofrecían la impresión de que había demasiado espacio alrededor de una mesa tan grande. A la izquierda de la estancia se observaba una cocina americana con la encimera de cerámica negra y brillante. Disponía de todos los electrodomésticos necesarios y algunos no tan necesarios. A la derecha había una gigantesca estantería repleta de libros y revistas de todo tipo, y en la misma pared había dos puertas a través de las cuales me guió Pablo para enseñarme dos dormitorios, uno con dos camas individuales y otro con una de matrimonio, que era el que estaba más alejado de la entrada y, frente al cual, estaba el cuarto de baño, casi más amplio que la habitación en la que yo había vivido durante tres años mientras trabajaba con la señora Carrión. Abrió uno de los armarios del baño. —Tienes champú, esponjas, gel, suavizante y productos de higiene íntima. No necesitarás gastar dinero en un tiempo en eso. —Cerró esa puerta y abrió justo la de al lado—. Aquí están las toallas. El termo es eléctrico —dijo señalando una bañera grande al fondo de la habitación. Luego se dirigió a la cocina y abrió la nevera y, uno a uno, el resto de los muebles, explicándome dónde se encontraba tanto la comida como cada utensilio. Yo me mantuve todo el rato en silencio, escuchando y observando con atención. «Ojalá sea sospechosa de asesinato siempre», pensé. Quizás entonces sí era momento de bromear con el tema, o quizás era que si la broma me la hacía yo no resultaba tan molesta. —Como habrás visto, en la habitación de matrimonio hay dos cajas. Es tu ropa. —Asentí. Él tomó asiento en una de las cuatro sillas de la mesa del comedor y arrastró hacia él un cuaderno de tapas negras que había en el centro de esta. No había reparado en él hasta entonces. Me hizo un gesto para que tomara asiento frente a él y abrió el cuaderno. —En los cajones del mueble del televisor encontrarás algún bolígrafo. Como puedes ver, el cuaderno está dividido en secciones. —Le dio la vuelta hasta poner las letras en posición que yo pudiera leerlas y comenzó a pasar las páginas—. Supongo que la agente Ruiz te habrá dicho las normas. —Puse los ojos en blanco. —Sí, apuntar gastos, visitas, no cargarme nada y no drogas —recité cansinamente. —El teléfono móvil siempre encendido y acudir a todas las citas. —No tengo coche —dije. —Alguien vendrá a buscarte, tú procura mantenerte disponible. —Asentí. Después empezó a separar las llaves unas de otras explicando a qué cerradura correspondía cada una, dejándolas finalmente en el centro de la mesa. —Oye. —Cedí ante una mirada que parecía esperar a que hablara. Pero tardé unos instantes en continuar—. Gracias. —Bajé la vista. —¿Por qué? —Por esto. —Levanté el dedo índice con un gesto que trataba de abarcar todo mí alrededor. —No es un favor. Como bien dijiste a la agente Ruiz, no podemos tener a alguien más de dos días en un calabozo y tampoco podemos enviarte a prisión, puesto que el caso no está cerrado. Decidí guardar silencio para no herir su orgullo, pero estaba segura de que sí era un favor. Podrían, simplemente, haberme soltado y dejado que me buscara la vida, que algún amigo me acogiera en su casa o algo por el estilo, pero me habían proporcionado una vivienda y bastantes comodidades. —Gracias igualmente —repetí. Él asintió—. ¿De quién es esta casa? — pregunté con verdadera curiosidad. Él miró alrededor como si sintiera alguna especie de nostalgia. —De nadie en realidad. O de todos, depende cómo lo mires. Es una vivienda reservada para los testigos protegidos. —¿Y esos libros? —Señalé la estantería repleta que había cerca del sofá. —Son del último inquilino. Pasó bastante tiempo aquí y era un lector empedernido. —¿Por qué no se los llevó? —Murió. —Se hizo el silencio y sentí un escalofrío. Él sonrió, cosa que se me hizo muy extraña, ya que nunca sonreía—. No murió en la casa, tranquila, no te va a acosar ningún alma en pena. —Le respondí con una sonrisa tímida —. Verás, no debería decirte esto, Sara —se me borró la sonrisa, al igual que a él, y le escuché atentamente—, pero quiero que el caso se resuelva lo antes posible y, si eres culpable, se acabará resolviendo te oculte información o no. —¿Qué pasa? —pregunté impaciente. —Creen que padeces una enfermedad mental. —Resoplé. —Vaya forma de decirlo. Creen que estoy loca —corregí. —Hay quien se plantea la posibilidad de que hayas cometido el crimen y ni siquiera seas consciente de ello. Puede que no lo recuerdes. Hay ciertos tipos de drogas que consumidas en grandes dosis, pueden terminar por provocar... —Pablo, no soy una drogadicta —le corté bruscamente—. Consumo drogas ocasionalmente, cuando salgo de fiesta, como mucha gente de mi edad. —No, Sara, mucha gente de tu edad no consume la cantidad y variedad de sustancias que consumiste tú la noche del crimen. Ni siquiera tiene sentido que sigas viva. —Fui a rechistar, pero alzó la mano para que le dejara continuar—. No me importa en absoluto lo que hagas con tu vida, yo me encargaré de detener a los distribuidores que deba detener. No tiene nada que ver contigo. —Era la segunda persona aquel día que llamaba «distribuidores» a los camellos, algo que me sonaba fatal—. Solo quería hacer ahínco en la norma de la casa de no consumir drogas. Si se enteran... si nos enteramos —se corrigió— tendremos un motivo más para culparte. No conviene que dé la impresión de que eres una adicta. Solo pretendo aconsejarte. —Vale —dije secamente. No soportaba que me hablaran de ese modo que yo consideraba «controlador», pero sabía que su intención de ayudar era sincera. Unos minutos después Pablo se fue y yo me quedé sola en aquel lugar que, de repente, se me hizo inmenso. Nunca había tenido una casa entera únicamente para mí. Hasta los 18 años compartí habitación con otras tres chicas, y desde hacía tres había vivido en un pequeño dormitorio del que apenas salía, pero siempre era consciente de que la señora Marisa estaba bajo el mismo techo. Estar allí sola llegaba a inquietarme, así que busqué mi teléfono móvil y me dispuse a llamar a Lola, a la que le había prometido avisar en cuanto saliera del calabozo, pero en cuanto vi la hora que era en la pequeña pantalla cambié de opinión. Aquella noche quería pasarla sola y no eran horas de invitarla a venir solo para una charla. Así que me esforcé en no pensar en nada, consciente de que el día siguiente sería muy largo. Me di una larga ducha caliente y, vistiéndome con las primeras prendas que saqué al meter la mano en una de las cajas, bajé al bar más cercano a comprar un paquete de tabaco, quedándome con un solo euro en la cartera. Había olvidado pedirle a Pablo los veinte euros que supuestamente me correspondían. Cuando volví a la vivienda me tumbé en la cama, dejando lo de deshacer las cajas de ropa para el día siguiente. Seguramente fue la noche en la que más descansé en toda mi vida. CAPÍTULO VI Aquella mañana amanecí totalmente consciente del lugar en el que me encontraba, cosa que casi me extrañó, ya que, al parecer, últimamente era costumbre en mí despertar totalmente desorientada. Desayuné copiosamente, aunque nunca solía hacerlo. Casi tuve que obligarme a comer a partir del segundo croissant, pero sabía que necesitaba alimentarme. No era la primera vez que me llevaba varios días sin comer y luego comía demasiado para compensar. El resto de la mañana lo pasé desempaquetando mi ropa y ojeando los libros de la estantería del salón. La gran mayoría eran novelas de todo tipo, pero también había algunos libros de filosofía y una colección de guías de psicología y psiquiatría. ¿Sería psicólogo aquel testigo protegido o simplemente le resultaba interesante el tema? Yo siempre había detestado la psicología. Quizá se debiera a mi experiencia en el orfanato con Alberto, mi psicólogo, o quizá realmente yo tuviera la opinión más lógica con respecto al tema. En cualquier caso, siempre me había parecido un «engañabobos». Por una parte, estaba segura de que la gran mayoría de las enfermedades psicológicas no eran más que invenciones de los propios psicólogos para que los pacientes se preocuparan y siguieran acudiendo a su consulta a soltar la pasta con intención de curarse de, por ejemplo, cambios de humor totalmente lógicos a causa de malas rachas. Por otra parte, Alberto había logrado con su actitud hipócrita que yo asumiera que a los psicólogos no les importaba una mierda sus pacientes o, mejor dicho, sus clientes. Por no hablar de que no sabían detectar a alguien con problemas emocionales ocultos y eran muy fáciles de engañar. Mi mejor amigo del orfanato, cayó en una grave depresión a raíz la muerte de sus padres y, aunque este aseguraba que no le entendía y le repetía una y otra vez los mismos sermones, también tenía claro que se esforzaba en intentar ayudarle y, al menos, tratar de animarle en cada una de sus sesiones. Yo, en cambio, era rutina para aquel psicólogo, y no se esforzaba en absoluto. Cuando cumplíamos diecisiete años todos los huérfanos del centro íbamos una vez por semana al despacho del psicólogo y nos sometíamos a una especie de preparación para salir al exterior; al mundo real. Nos hacía preguntas básicas sobre nuestro estado de ánimo, nos explicaba cómo buscar trabajo o cómo continuar nuestros estudios, cómo pagar facturas y todas esas cosas que se supone que debes aprender a hacer cuando te independizas. Pero lo cierto es que la mayoría de jóvenes que salieron de allí lo hacían siendo delincuentes juveniles, y él ni siquiera lo sospechaba, ya que todos mentíamos acerca de nuestra opinión sobre el civismo, la moralidad y el consumo de drogas. Solo había que decir lo que querían oír. Al fin y al cabo, la gran mayoría habíamos pasado la adolescencia sin unos padres que nos dieran una buena educación real. Allí solo debíamos mantener los modales básicos, aprobar los estudios básicos y fingir una vida básica. Por otra parte, nunca había odiado al psicólogo del orfanato. Sabía que nuestras vidas no le importaban, pero podía afirmar que intentaba hacer su trabajo lo mejor posible y se esforzaba tanto como podía. Al menos en algunos de nosotros. Después de desayunar, guardar toda mi ropa y sacar mis pertenencias del bolso para repartirlas por la casa, llamé a Lola para darle la dirección y avisarla de que podía venir cuando quisiera. Le pedí el favor de que me trajera algunas sombras de ojos y algún CD de música. Había descubierto que, en el mueble del televisor, tras una de las puertas, había un pequeño equipo de música, pero no había visto un solo CD en toda la casa. Fui al baño, me pinté la raya de los ojos y me senté en el sofá a fumar un cigarrillo tras otro mientras esperaba a mi amiga. Echaba la ceniza en un cuenco que había decidido usar como cenicero, ya que allí no había ninguno. Supuse que aquello no contaba como destrucción del mobiliario. Podría haber encendido la televisión, pero lo cierto es que siempre había odiado toda la programación. «Si algún día me compro un televisor solo será para ver películas», pensé. Lola tardó una eternidad en llegar, pero tras una larga espera sonó el telefonillo que indicaba que alguien había llamado desde el portal. No me percaté de la presencia del aparato hasta aquel momento. Los gritos de Lola se escucharon en la distancia desde el momento en que entró al portal. Hablaba con alguien, pero no reconocía la voz de la otra persona, ya que esta hablaba en un tono normal y no en el histérico de la chica. Miré a través de la mirilla sin querer abrir la puerta hasta que los viera por el pasillo, principalmente porque no quería que saliera algún vecino y diera por hecho que todo aquel jaleo tenía que ver conmigo. Pasados unos segundos vi que la puerta del ascensor se abría al final del pasillo. Eran Lola, Luis y alguien que no reconocía y del que mis dos amigos tiraban, cada uno de un brazo. El chico gemía con una voz grave y ahogada, pero llevaba la cara tapada con una bolsa de basura. —¿Qué co... —Abrí la puerta apresuradamente—. ¡¿Qué hacéis?! ¡¿Quién es ese?! —Mi voz sonó como si quisiera susurrar, pero no pudiera evitar alzarla. —¡Es Alex! —gritó Lola con una euforia descontrolada y sonriendo de oreja a oreja—. ¡Te dije que lo traería! Y Pablo creía que yo estaba loca. Quién sabe lo que llegaría a pensar si conociera a Lola. —Ey, Sara. —Se limitó a decir Luis, que, con gesto de esfuerzo, tiraba del chico hacia la puerta. Era dos palmos más bajo que él y pesaría casi la mitad. Yo salí corriendo de la casa con el corazón latiéndome a mil por hora y arrastré rápidamente hasta el interior al chico de la bolsa en la cabeza, que seguía gimiendo y tirando en dirección contraria. Prácticamente lo lancé sobre el sofá y me precipité a cerrar la puerta. —¡¿Estáis locos?! —dije después de asegurarme de que ningún vecino había salido a causa del revuelo. Lola daba saltitos y grititos de entusiasmo mientras Luis la observaba con una media sonrisa de orgullo. Luego, sin dejar de sonreír, dirigió su mirada hacia mí. —Lola me dijo que necesitabas hablar con él y tú no puedes salir de este sitio, así que... —dijo como si fuera lo más lógico del mundo. —Así que lo mejor es secuestrarle. Os podría haber visto cualquiera — pronuncié. Él se encogió de hombros. Alex seguía haciendo ruidos extraños desde el sofá. Me di cuenta entonces de que tenía las manos atadas y le resultaba imposible incorporarse en la postura ridícula en la que se encontraba. Se me escapó una risa. Fui hacia él y le quité la bolsa de la cabeza. Tenía aquellos bonitos ojos azules brillantes y enrojecidos, como si hubiera llorado. Sobre los labios tenía varias capas de cinta aislante. Aquello era lo que le impedía articular cualquier sonido entendible. Le senté erguido en el sofá y le mantuve la mirada durante unos segundos. Estaba aterrado. Yo también. —¿Nunca os dijeron de pequeños que si metíais la cabeza en una bolsa podíais asfixiaros? —dije lazándosela a Lola que, automáticamente dejó de reír y saltar. Pero aquel pasmo no duró mucho tiempo, porque al instante tanto ella como Luis empezaron a recorrer el piso repitiendo una y otra vez: «Qué pasada». —No te muevas —le dije a Alex, que aún estaba atado y amordazado, pero, para entonces, había decidido guardar silencio. Fui tras mis amigos. Agarré a Lola en el baño y a Luis en la habitación donde dormía y los conduje de vuelta al salón. Mi amigo se sentó en el sofá junto a Alex y le propinó un puñetazo amistoso en un brazo. Lola se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la mesita. —Sois unos gilipollas —zanjé. No había otra definición. —¿Por qué? —preguntó Lola con el ceño fruncido. —Estoy bajo vigilancia. —Traté de pronunciar la palabra alto y claro, separando cada una de las sílabas—. No sé si sois conscientes de que esto — señalé a Alex como si se tratase de un objeto más en la habitación— es un secuestro. De que, en cualquier momento, puede entrar un poli por esa puerta y detenernos a todos porque os hayan visto entrar en el bloque. Joder, no sé si hay alguien vigilándome las veinticuatro horas del día. Lola parecía asustada y avergonzada, Luis emocionado y Alex aliviado y expectante, sin dejar de mirar hacia la puerta esperanzado. Dejé fluir la tensión en el ambiente. En el fondo me gustaba aquella sensación de no saber qué iba a pasar, si iba a entrar media comisaría en tropel a detenerme por secuestro. A pesar de tener miedo, siempre había buscado aquella tensión en mi vida, estaba acostumbrada y la normalidad se me hacía extraña. Pero no ocurrió nada y Alex también perdió la esperanza, puesto que dejó de mirar fijamente hacia la puerta y comenzó a lanzarme una mirada tras otra, como si yo fuera la responsable de todo aquello y estuviera impaciente por escuchar mi veredicto. Me acerqué a él y le liberé de todas las ataduras. —No es un secuestro, ¿vale? —Intenté decir en tono tranquilizador, aunque sonó a la defensiva, como si tratara de convencerle. Él asintió, aún con los ojos desorbitados. Yo resoplé y tomé asiento a su lado. Curiosamente se mantuvo quieto, sentado en el sofá, sin pronunciar palabra. Lo cierto es que había esperado que en el momento en que pudiera hablar y moverse saliera corriendo y gritando de allí. Es lo que yo habría hecho. Lo más lógico en mi opinión. Pero el silencio en la estancia era sepulcral. Mis amigos nos miraban tan fijamente como él me miraba a mí, y estaba claro que era yo la que debía dar el siguiente paso. —Te llamas Alex, ¿verdad? —pregunté intentando romper el hielo, aunque obviamente era un dato que ya conocía. Volvió a asentir—. Yo solo quería tener una conversación contigo, pero no puedo salir de Burjasot y mis amigos son unos estúpidos —les lancé una mirada de reproche que casi se tomaron con cariño, pues me respondieron con una sonrisa inocente—, y han pensado que lo mejor que podían hacer era secuestrarte. —¿Te llamas Sara? —preguntó con una voz que fue casi un susurro. Ya no parecía aquel chico que había conocido en la biblioteca y que me parecía lo más seguro de sí mismo y prepotente del mundo. Parecía un ratoncillo asustado, inocente, débil y frágil. Casi había perdido el encanto que le daba aquella chulería en su mirada a la que, en tan solo un par de encuentros, me había acostumbrado. Sonreí levemente. —Sí. —Me levanté después de resoplar y esperé que aquel resoplido sonara a un «esto es una estupidez»—. En serio, te prometo que nadie va a hacerte daño, puedes irte si quieres, yo solo quería hablar contigo, pero esto es una tontería y está mal. Está mal hecho. —¿Desde cuándo te importa lo que está mal hecho, Sara? —dijo con chulería Luis, mientras empujaba a Alex de nuevo hacia el sofá cuando este parecía querer levantarse. —Desde que resulta que es posible que acabe durante el resto de mi vida en una celda. —Creía que para ti el mundo ya era una celda. —Aquella frase me sentó como una patada en la boca del estómago. Era algo que yo siempre había dicho. Cuando cometíamos un delito, nos metíamos en algún lío. Cuando alguien nos reprochaba, me reprochaba, cualquiera de las gamberradas que hacía respondía que no me importaba ir a la cárcel, que para mí el mundo ya era mi cárcel, que todo estaba mal, que todo estaba del revés y que pasar la vida en una celda no podía ser mucho peor que pasarla rodeada de borregos que se preocupaban solo por lo que estaba bien y lo que estaba mal sin vivir de verdad. Pero para entonces me di cuenta del miedo que nunca sacaba a flote. Quizá mi rebeldía me hacía decir aquellas estupideces y quizá nunca lloraría en público si finalmente tuviera que ingresar en prisión, pero era evidente que quería ser libre. Siempre preferiría la celda de la libertad a la de una prisión. —Lo es —respondí tozuda—, pero en el mundo exterior al menos puedo vestir como me da la gana. —Él rio y Lola también dibujó una sonrisa estúpida. Sentí rabia hacia ellos, era tan sencillo hacer que se conformaran, hacerles callar y soltar una risa con cualquier cosa que implicara pensar lo menos posible...—. En cualquier caso, solo quería decirte que mi única intención es charlar contigo —zanjé devolviendo la mirada a Alex. Sus ojos del color del hielo se clavaban en mí. Me daba la sensación de que cambiaban de tonalidad a cada instante, algunas veces transmitiendo frialdad, otras, miedo, enfado, odio, desconfianza. —El caso es que le he dicho a tu amiga como quince veces que no quiero saber nada de ese tema. —El tono de su voz había cambiado drásticamente. Ya no parecía un chico indefenso y temeroso, sino una fiera agazapada a punto de saltar sobre su presa. Aquella actitud me endureció a mí. —Ya, bueno, el caso es que ya estás aquí y vas a responder algunas preguntas. —Creía que me habías dado la opción de irme y no hablar contigo ni con nadie. —Esa opción solo la tenías si elegías no escogerla —zanjé con brusquedad, y me senté sin posar todo mi peso sobre la pequeña mesita para quedar justo frente a él, mirándole directamente a los ojos. El resopló con cansancio y echó el cuerpo hacia atrás, quedando lo más lejos posible de mí, aunque pretendiendo que no se notara que quería echar a correr—¿Sabías lo que ponía en esa carta? —¿Qué carta? —Se desentendió. —La nota que me diste hace unos días en la universidad. —Mantuve la calma. La conservaría mientras él también lo hiciera. Sentí que mis amigos se sentaban lo más cerca posible sin pretender interferir en la conversación, pero de forma que pudieran enterarse de todo. —No sé nada de esa nota. —Al menos admites que me la diste, ¿no? —pregunté con frialdad y posé mi mano derecha sobre su rodilla izquierda. Sentí que se tensaba ante el contacto. —Pues claro, no estoy loco. —Se incorporó lentamente hasta que nuestros rostros quedaron apenas a unos centímetros. Puse todo mi esfuerzo en que mi incomodidad fuera totalmente imperceptible. Su voz tomó un tono casi seductor, mezcla entre susurro temeroso y seguridad—. Una chica me dio ese sobre y me dijo que te lo entregara. Ni siquiera te conocía entonces, tampoco te conozco ahora. Solo señaló hacia a ti y me dijo: «Dale esto a esa chica, si se te ocurre leerlo tendrás problemas». Yo ni quería problemas ni me interesaban los cotilleos entre chicas, así que me limité a entregarte el sobre. Fin. —¿No sabías lo que ponía en la nota? —Yo aún hablaba en mi tono normal. Nada de susurros melodramáticos. —Ya te he dicho que no la leí. —Retomó su tono normal, aunque no se distanció. —No te he preguntado si la leíste, te he preguntado si sabías qué decía la nota. —Se hizo un silencio atronador que inundó la estancia. Tan solo en dos segundos de silencio sabría que había mentido, pero él me regaló casi un minuto entero de tensión, con lo que, sin que me contestase, tuve la completa certeza de que sabía algo de aquella nota. Desconocía si la había escrito él, si sabía quién era el autor, si todo era una broma o si él mismo era el asesino de la señora Marisa, pero era evidente que algo sabía. —Sara, piensa un poco. ¿Crees que si supiera algo de esa nota iba a jugármela de ese modo entregándotela yo mismo? —¿Cómo sabes que sería peligroso entregármela si no sabes lo que ponía? —Lo tenía bien agarrado. —Bueno, es que ahora sí lo sé. —Volvió a echarse entonces hacia atrás, mucho más relajado, como si acabara de ganar la partida de ajedrez más reñida del mundo. Yo no aparté mi mano de su pierna—. Resulta que tu amiga... ¿Lola? Me lo contó todo cuando intentaba sonsacarme algo. — Dirigí la vista hacia ella, que se encogía de hombros con indiferencia. No soportaba la chulería de aquel chico. Quizá fuera porque me llevaba ventaja gracias a la ingenuidad de mi amiga o quizá porque no entendía aquel cambio repentino de actitud. Había pasado de estar completamente aterrorizado a llevar las riendas de la conversación como si pretendiese enamorarme de paso. ¿A qué jugaba? —¿Te la dio tu amiga rubia? —pregunté sin más rodeos. —¿Mi amiga... rubia? —dudó él con los ojos entornados, como si no cayera en la cuenta de quién era su amiga—. Ah, no. En serio, Sara, puedes creerme. Me la dio alguien que no conocía de nada. Era una chica que no había visto nunca. No quise meterme en líos y no pensaba que fuera nada serio, así que me limité a hacerle caso e ignorar el tema. —Por lo visto también te parece bien ignorarlo ahora que sabes lo grave de la situación. —Mantuve mi vista fija en él, pretendiendo intimidarle. Me pareció ver una chispa de culpabilidad en sus ojos. Él suspiró. —No quiero involucrarme en eso... —murmuró casi en un susurro, bajando la vista y apartando la pierna. Mi mano cayó. Casi había olvidado que la mantenía sobre él. —Necesito que me ayudes en algo, Alex, por favor —le rogué. Sentía que me derrumbaba; era impensable. Nunca creí que llegaría el momento en el que se me escaparía una lágrima delante de alguien, menos aún de un chico de mi edad. Sentía impotencia y vergüenza a partes iguales. Pero sobre todo estaba aterrorizada. No quería que me encerraran y no quería que se me considerara la asesina de la persona que más me había ayudado en toda mi vida. Siempre había estado muy agradecida a la señora Marisa, siempre me había parecido lo más bondadoso del mundo cada una de las cosas que ella había hecho por mí y no podía permitir que todo el mundo pensara que yo era capaz de hacerle daño a aquella mujer. No me importaba que me acusaran de ser agresiva, delincuente, ladrona o sinvergüenza, pero jamás podría ser la asesina de la persona que más cerca había estado de ser como una madre para mí. Aunque era cierto que yo no sabía lo que era sentirse hija de alguien, que ni siquiera tenía la confianza que otras muchas personas podrían haber tenido con alguien así. Sí sabía que, junto con mi amiga Lola y antaño Santi, Marisa Carrión era la persona que más había apreciado a lo largo de mi vida. Giré la cabeza durante apenas un segundo para observar a mi amiga. Ella me miraba con los ojos abiertos como platos, como si estuviera a punto de acontecer lo más sorprendente que hubiera visto nunca. Pero no pasaría. No me derrumbaría, no lo permitiría. No iban a verme llorar. Nadie iba a verme llorar nunca. —Te ayudaré en lo que pueda —dijo el chico mirándome casi con lástima. Con la misma mirada que le había ofrecido yo unos minutos antes, con la misma frase que me había ofrecido mi amiga el día anterior. Pero nadie me ayudaba. O al menos eso sentía. Yo carraspeé para hacer pasar el nudo que se me atascaba en la garganta. —Descríbeme a la chica que te dio la nota. Y tuve la suerte de que al parecer era la chica más típica del mundo. Una chica de media melena, morena, ojos marrones, estatura media, forma de vestir totalmente normal, ningún piercing ni tatuaje que pudiera destacar en ella. Traté de hacerme una imagen en la cabeza, pero podría ser cualquiera. Al menos sabía que tenía más o menos nuestra edad. Era posible que fuera una alumna de la universidad, pero ¿era una chica de mi edad la asesina de la señora Marisa? ¿O quizás había algo más, un misterio que resolver, algún dato que se me escapaba? Como bien había dicho Lola, era bastante improbable que una chica de complexión media y de nuestra edad hubiera podido cometer tal atrocidad. —¿Puedo usar el aseo? —preguntó con total naturalidad tras explicar una y otra vez el aspecto de la chica y la situación en la que le entregó la nota. Yo me levanté de la mesa con un largo suspiro y estiré los brazos por encima de mi cabeza, como si estuviera agotada después de un duro trabajo. —Claro, al fondo a la izquierda —pronuncié señalando en aquella dirección. Alex se dirigió hacia el aseo con toda la tranquilidad del mundo, como si ya hubiera olvidado que le habían secuestrado. Casi era cómico. Yo me dejé caer en el sofá y observé a mis amigos, esperando la avalancha de comentarios que no tardó en caer sobre mí. —¿Te fías de él? —preguntó Lola sentándose en el reposabrazos, junto a mí. —No me fío de nadie, Lola. —¿Ni de mí? —Quiero decir que... —Me rasqué los ojos—. Bah, es igual. Tengo hambre, ¿queréis algo? —Me dirigí a la cocina como si tal cosa, como si fuera lo más fácil del mundo cambiar de tema, con la misma actitud que el desconocido de ojos azules que estaba usando el aseo de aquel refugio de testigos protegidos. —Sara, no es momento de comer, déjate de tonterías y afronta la realidad —dijo Luis con más seriedad de la que había podido ver nunca en él. Yo me limité a fijarle la vista desde lejos. Solo quería apartarme unos instantes de ellos, dejar caer aquella lágrima que me estaba ahogando y volver a tomar las riendas. —Joder, vale. No lo sé, Lola, no sé si puedo fiarme de él, no me parece que mienta, al menos no en todo. No creo que sepa nada. Dudo que alguien que sea cómplice de algo así pueda vivir tan tranquilo. —A un psicópata sanguinario no le afectan esas cosas —dijo mi amigo con rotundidad. —No creo que un psicópata sanguinario se hubiera dejado secuestrar por una chica y un enano —pronunció Lola encendiéndose un cigarrillo y ofreciéndome otro. Me apetecía lo suficiente como para acercarme a cogerlo y volver a sentarme en el sofá, cerca de ellos. —Soy más alto que tú —dijo exagerando la indignación y lanzándole un mechero con rabia a la cara, aunque ella lo cogió en el aire. —Bueno, eso tampoco es muy difícil —respondí yo con una media sonrisa, pretendiendo entrar en el juego. Durante unos instantes dio la sensación de que todo seguía como siempre. Seguíamos siendo unos estúpidos—. ¿Y Carlos? —pregunté dando la primera calada con ansia. —No quería saber nada del tema. —Luis sacó una bolsita transparente de su cartera. Me ofendió que Carlos no se hubiera preocupado siquiera por mí, aunque él era el cerebro del grupo, el único que mantenía el orden y el control cuando todo se nos iba de las manos y nos pasábamos de la raya. En cierto modo entendía que no quisiera meterse en aquel lío. —Eh, no. —Me levanté y le quité de la mano la bolsita a Luis. —¿Qué? Es marihuana. —Entonces me la quitó él a mí, pero al instante volví a arrancársela yo y me la escondí tras la espalda. —No se pueden consumir drogas en la casa. —¿Y se puede secuestrar gente? —dijo mi pequeña amiga arrebatándome la droga y lanzándosela a Luis. —Va en serio, si me pillan estoy jodida. —¿Te van a multar? —dijo él mientras la abría y el olor impregnaba media habitación. —No es eso. —Quise explicarlo, pero él ya estaba rompiendo un cigarrillo y sacando un fino papel de la cartera. Lo cierto es que, si no había habido reacción alguna por haber metido a un chico amordazado en la vivienda, era bastante improbable que por fumarnos un porro entraran un grupo de hombres armados y nos pusieran contra la pared, así que terminé por ceder. «Pero solo esta vez», me dije a mí misma. Podría haber pasado una eternidad cuando Alex salió del aseo. Lola se partía de risa describiendo las situaciones que podrían estar pasando allí dentro, como explicación a porqué el chico tardaba tanto en salir, pero lo cierto es que Luis y yo nos reíamos más de su risa que de sus chistes. Era desternillante. Y estábamos algo colocados, ¿para qué negarlo? —¿Estás bien? —pregunté. Él asintió y se quedó de pie ante nosotros, mirando a Lola de reojo. Casi parecía preocupado por ella. Nosotros ocupábamos todo el sofá. —¿Quieres? —le ofreció Luis. —No fumo. —¿No fumas esto o no fumas en general? —preguntó Lola, y volvió a estallar en carcajadas. —No fumo eso. —Le lancé un cigarrillo al instante, como si hubiera esperado la respuesta. —Te lo mereces, por aguantar esta locura. —Giré mi dedo alrededor, como si la habitación completa fuera la locura, nosotros, yo. —Gracias —dijo con indiferencia, y cogió uno de los mecheros de la mesa. Exceptuando la risa histérica de mi amiga, pasaron unos minutos que fueron de completo silencio. Intenté imaginar en qué pensaba cada uno: Lola en sus chistes, Luis se preguntaría de qué iba todo aquello, pero no parecía importarle demasiado puesto que le parecía lo suficientemente divertido como para no hacer preguntas. En el fondo sabía que a él no le importaba mucho mi situación. Lo importante para Luis era estar metido en un lío lo más grande posible, ser el centro de todo caos, de toda locura. Alex seguramente estaba asustado, no sabía ni la mitad de lo que estaba pasando y no quería saberlo, solo quería salir de allí, quitarse del medio, olvidarnos a mí, a todos, la historia de la señora Carrión y, al contrario que Luis, no formar parte de ello en absoluto. Yo por mi parte le daba a todo vueltas y más vueltas y aquellos sentimientos de temor, impotencia, rabia y dudas se mezclaban con la sensación de calma que me proporcionaba el hecho de saber que aún tenía a mis amigos, amigos con los que hacer el tonto, con los que romper las reglas, con los que reírme y con los que quitarle importancia a todo lo demás. Pensaba en todo y en nada a la vez, en las pocas respuestas que tenía, en las muchas preguntas, en lo poco que sabía, en lo mucho que daría por no querer saber nada, desentenderme y desaparecer. Entonces caí en la cuenta. —Alex... —¿Qué? —Él estaba fumándose su cigarrillo tranquilamente, apoyado en una pared junto al mueble del televisor, mirando al vacío. —Es posible que te detengan. —Entonces me dedicó una mirada fría y dura. —¿De qué hablas? —Lola había dejado de reír. Eso sí que era silencio. —Bueno, a ver, resulta que la policía está analizando la nota, supongo que tus huellas aparecerán en ella. —Sentí que se ponía tenso—. Pero tranquilo, les he hablado de ti. Es decir, puedes contarles lo mismo que a mí. —¡¿Estás loca?! —gritó dirigiéndose a mí a toda velocidad, como si estuviera a punto de darme un puñetazo. Luis se levantó de golpe y se puso entre nosotros. —Eh, joder, tranquilos —dije levantándome de un salto—. Que la sangre no se quita y si algo se mancha lo tengo que pagar yo —pronuncié muy seria, aunque ellos me miraron como si no hubieran entendido la broma. No era broma. Aparté a Luis lentamente, como dando por hecho que Alex no me iba a poner la mano encima, aunque lo cierto es que no estaba segura de ello en absoluto. Casi podía ver la maldad en sus ojos. En ese momento sí me pareció un psicópata sanguinario—. Alex, sabes que no te conviene tocarme. —Eso ya lo veremos. —Pero se mantuvo dónde estaba. —No voy a disculparme por hablarle de ti a la policía. —Apretó el puño —. Tengo que salir de este lío en el que no debería estar metida. Siento que tú también lo estés, pero la culpa no es mía, si no de quien fuera que te diera el sobre. Si no eres culpable no habrá ningún problema. —Mi explicación no pareció calmarle en absoluto. —Eso ya lo veremos —repitió apretando tanto los dientes que pensé que podría saltársele alguno si se le ocurría hacer un poco más de fuerza. —Sí, ya lo veremos —respondió Luis a la defensiva. En aquel momento de tensas miradas entre ellos y de mi tremendo esfuerzo por no saltarle al cuello a ninguno de los dos, sonó el telefonillo. Ninguno de nosotros esperaba que Alex fuera directo hacia él y pulsara el botón de «abrir» sin preguntar siquiera. —¿Qué haces? —pregunté sin moverme del sitio. —Abrir. —Se encogió de hombros. —No sabes quién es. —Lo primero que se me pasó por la cabeza fue que algún poli entraría y nos metería a todos en la cárcel por encendernos aquel porro. —Sí, lo sé —respondió con suficiencia, y abrió la puerta, como si hubiera escuchado los pasos al otro lado. En aquel instante todos giramos la cabeza hacia una chica delgada, de piel pálida, ojos verdes y pelo rubio que entraba con total confianza, vestida con una camiseta tan ancha que le llegaba casi a la altura de las rodillas. —¿Qué tal? —pronunció con media sonrisa propinándole un leve puñetazo a Alex en el hombro. Él le devolvió la sonrisa. CAPÍTULO VII —¿Qué haces aquí? —pregunté casi sin voz mientras ella cerraba la puerta, como si estuviera en su casa. —Joder, Sara, ya ni saludas. —Se limitó a contestar con arrogancia. Acto seguido se acercó a la mesa central y cogió, sin pedir permiso, un cigarrillo de una de las cajetillas que había sobre ella. Se tomó su tiempo para volver a pronunciar palabra alguna. Nosotros no éramos capaces. No era tan complicado, pero yo no llegaba a comprender la situación. Su aparición fue una sorpresa inesperada. Era la última persona que esperaba ver allí en aquel momento, ni siquiera sabía cómo había podido llegar. ¿Cómo podría haber sabido que estábamos allí? ¿Que su amigo estaba allí? —Alex me ha llamado. Por lo visto estabais montando una divertida fiesta sin mí. ¿Jugabais a los secuestradores? ¿Tres contra uno? No te tomaba por tal pervertida, Sara. —¿Cuándo la ha llamado? —pregunté ignorándola y mirando directamente a mi amiga, que se encogía de hombros boquiabierta. —Cuando buscaba la piedra filosofal —contestó Alex. Luis dejó escapar una risa reprimida. Aquel era uno de los chistes que Lola había contado mientras Alex estaba en el baño, pero ya no parecía hacerle tanta gracia. —Es imposible que supiera la dirección... Ha venido con los ojos tapados —murmuró Lola casi con miedo de mirarlos directamente. —¿Le tapáis la cara y no le quitáis el teléfono móvil? —dije con indignación. —Mi móvil tiene GPS —explicó Alex mientras le daba al cigarro la última calada y lo tiraba al suelo, aplastándolo bajo la suela. No pude más que echarme las manos a la cabeza. Estábamos hechos unos delincuentes de pacotilla si no éramos capaces de fijarnos tan siquiera en ese detalle. Quise volver a repetirles a mis amigos lo estúpidos que eran, pero sabía que no era el momento, no debía ponerme en contra de ellos delante de aquellos dos. —¿Qué más da? Esto es una reunión de amigos, ¿no? ¿tenéis algo de beber? —preguntó directamente dirigiéndose hacia el frigorífico. Sin poder mantenerme quieta un instante más me dirigí hacia ella con paso decidido, tiré de uno de sus brazos bruscamente y la puse contra la pared. No opuso resistencia, solo sonrió maliciosamente. —Nadie te ha invitado —dije con ira. —Nadie te ha dado permiso para secuestrar a mi amigo —pronunció fríamente, aunque sin cambiar su expresión. —No es un secuestro. —Muy bien, entonces es una reunión de amigos —zanjó sacudiendo el brazo hasta soltarse de mi agarre y alejándose de mí en dirección al sofá. Tomó asiento donde unos minutos antes se encontraba Luis, que aún se mantenía en pie, mirando a Alex totalmente tenso. —Creo que podemos sentarnos y hablar todo esto como personas. No creo que a ninguno de nosotros nos convenga empezar a pegarnos puñetazos — dijo Lola con su tono más pacífico mientras observaba la situación. Yo arrastré dos de las sillas del comedor y me senté en una de ellas, la otra la ocupó Alex casi al instante. Luis se mantuvo de pie junto al sofá y Lola y la chica rubia estaban sentadas en él, una junto a la otra. Sentí que mi amiga se mostraba casi intimidada por su presencia, a pesar de no conocerla. Lo cierto es que, en cierto modo, aquella chica era intimidante. Su mirada era de un verde tan intenso y oscuro que en ciertos destellos daba la misma sensación que la mirada de su amigo Alex, solo que en otro tono. Los dos poseían en ella cierto aire de locura, valentía, o algo parecido. Como si fueran capaces de cualquier cosa en cualquier momento. Como si fueran impredecibles. Aun así, ella parecía más segura de sí misma que el chico. Mientras que él había pasado por distintas fases emocionales, tales como el temor por el secuestro, la inocencia, la indignación, incluso la ira, ella se mantenía fría y fuerte, como si no le importara lo que pudiéramos hacer o decir y tuviera la certeza de que, finalmente, ella terminaría por llevar razón. Se impondría su ley. Quizá solo fuera actitud, pero era suficiente como para mantenernos a todos quietos y cautos. Tomé otro cigarrillo mientras Luis apagaba lo que quedaba del porro. Por una milésima de segundo me preocupó el estado del suelo del salón. Era de madera y todos se habían dedicado a apagar sus cigarrillos en él. Esperaba de todo corazón que no se hubiera llegado a quemar la madera. O al menos que nadie se percatara de ello si venían a revisar la vivienda. —¿Me dais una explicación? —dijo la chica rubia, elevando en mentón y bizqueando para observar cómo salía el humo lentamente de su boca. —¿Eres su hermana mayor o algo así? —pregunté. —No, soy Ana. —Fijó la vista en mí unos instantes, como esperando una reacción, y casi pareció decepcionada al no verla—. Solo somos amigos. Supongo que, si a ti te pusieran un saco en la cabeza, te metieran en el maletero de un coche y aparecieras en casa de una tía que has visto dos veces en tu vida, también buscarías la forma de contactar con alguno de tus amigos para que te ayudara. ¿No es así? —Visto de ese modo tenía toda la lógica del mundo. Pero eso no quitaba que me frustrara sobremanera el hecho de que aquella chica que tanto me sacaba de mis casillas hubiera aparecido en una casa en la que llevaba viviendo apenas un día y que, supuestamente, estaba vigilada por agentes de policía. Nadie le respondió—. ¿Y mi explicación? — No soportaba aquellos aires de superioridad. —Teníamos una conversación pendiente —dije. —Vaya. —Miró a Alex con reproche fingido—. No me habías contado nada de eso. —No lo sabía —respondió él. —Yo solo quería hablar con él acerca de un tema personal, no he planeado nada de esto, ha sido más bien una broma. No entiendo que nadie se lo tome como un secuestro real. Yo no podía ir a buscarle, así que mis amigos decidieron traerlo a mi casa. —Recordé mi propio enfado cuando les gritaba a mis amigos que cómo se les había ocurrido secuestrar al chico, que aquello era un delito grave. Pero esperé dar la impresión de que le restaba toda la importancia que tenía. Aquellos ojos verdes me observaron con fría desconfianza durante lo que pareció una eternidad Yo trataba de fumar mi cigarrillo y fingir que no me importaba si me miraba fijamente durante un siglo o dos. No quería parecer débil. Ya lo había sido demasiado últimamente. —¿Y cuál es ese tema personal? —Terminó por preguntar, aunque, de súbito, se dirigió a Alex, con un tono mucho más amistoso y despreocupado que antes. Era como si de repente hubiera decidido que, efectivamente, aquello era una reunión de amigos y podíamos disfrutar de una agradable conversación. Alex le contó hasta el más mínimo detalle. En ocasiones tuve que morderme la lengua, literalmente, para reprimir el impulso que sentía de hacer que se callase. Aquella chica no tenía por qué saber nada de aquello, no le incumbía en absoluto. En cambio, escuchaba atentamente como si fuera uno de los sucesos más sorprendentes que había escuchado en su vida. Asentía como si cavilara qué hacer con cada uno de aquellos datos que iba recibiendo, sus ojos verdes adquirían cada vez más aquel brillo de entusiasmo que caracteriza a un niño que acaba de ganar un viaje de Disneyland. En cualquier caso, habría saltado preparada para clavar mis garras si no fuera porque sentía que Alex merecía un mínimo de respeto. ¿Me había convertido en una persona con moral? ¿O quizás era porque en el fondo lo admiraba de algún modo? Lo cierto es que, al principio, apenas una hora antes, cuando llegó y le quité la bolsa de la cabeza al chico me causaba la misma repulsión que el resto de seres humanos, el resto de borregos débiles y fáciles de manipular. Lo vi como a cualquier persona por la que no tengo respeto alguno, porque no lo merecen. Soy de las que piensan que el respeto es algo que se gana y no que uno merece por el simple hecho de ser persona. Si la gran mayoría de las personas no merecen que les den ni los buenos días. Pero tras aquel numerito de hacerse el inocente, llamar a su amiga a escondidas y abrirle la puerta con tal suficiencia, algo se revolvió dentro de mí. Una parte de mi interior me decía que podríamos ser más parecidos de lo que pensábamos. Que quizá no fuera un pijo cualquiera que dedica su vida a estudiar y hacerle la pelota a papi. Quizás en el fondo aquellos dos estuvieran a la altura de la situación y no fueran como el resto. De todos modos, Ana no terminaba de gustarme. Tampoco Alex, de quien aún desconfiaba, pero Ana estaba a otro nivel. Aquella chica tenía algo que me sacaba de mis casillas y me evitaba centrarme en mantener la calma. Yo, que de por sí siempre había sido alguien que perdía los nervios con facilidad, teniendo a aquella chica cerca estaba ya predispuesta a saltarle al cuello a cualquiera que me hablara de forma que yo no considerase correcta. Sentía una especie de vértigo en el centro del pecho cada vez que nuestras miradas se cruzaban. Era una tremenda mezcla entre terror, admiración, respeto y desprecio que no llegaba a comprender. —¿Y has sacado algo en claro de esta cagada? —Terminó por preguntarme casi con indiferencia. —Al menos sé cómo es la chica que le dio la nota. —contesté sin mirarla directamente, concentrada en el humo que salía lentamente de mi cigarrillo formando infinidad de figuras. —Ya, y harás que detengan a Alex. —No tienen por qué detener a nadie. —Entonces sí le clavé la mirada, aunque fuera para transmitir una seguridad que no tenía—. Si le cuenta a la policía lo mismo que a mí no habrá problema alguno. —Muy bien. —Se limitó a decir, y sonrió con una expresión de comodidad tan sincera que parecía que fuera una amiga del grupo de toda la vida. Esperaba que tras aquella charla salieran corriendo de la casa, pero aquello tomó un rumbo muy distinto. Llegado un momento en el que nadie hablaba más que de cosas sin sentido alguno en comentarios aleatorios intercalados en el silencio, Lola se levantó y sacó de su enorme bolso las sombras de ojos que le pedí, dejándolas sobre la mesa y un par de discos de música: Nevermind y Highway to hell. Mientras todos la observábamos en silencio, instaló el equipo de música e introdujo en él el primero de los discos. Comenzó a sonar Smells like teen spirit y el ambiente cambió completamente. Ana y Alex estaban en la mesa del comedor jugando a las cartas, las cuales habíamos encontrado en uno de los cajones del mueble del televisor. Aquellos cajones eran una mina de oro, podías encontrar casi cualquier cosa en ellos. Mis amigos y yo, por nuestra parte, pasado un rato casi nos olvidamos de la presencia de los otros, cosa que se agradecía, ya que yo no quería tener nada que ver con la chica rubia que tan arrogante se me antojaba. Si les permití continuar en la casa era tan solo porque sentía una extraña e incómoda culpabilidad al haber sido la causante del secuestro de Alex, el cual me lanzaba miradas de vez en cuando desde la enorme mesa de madera de roble. No supe interpretarlas ni me esforcé en hacerlo, de hecho, le miraba lo menos posible, aunque no podía evitar echar un vistazo de vez en cuando, como si aún estuviera secuestrado y quisiera evitar que echase a correr. Pasamos el día fumando, riendo, hablando y dejando a un lado todos los problemas que había tenido en los últimos días, todas las preocupaciones. En algunos momentos Ana o Alex, que estaban enfrascados en su juego, comentaban algo acerca de lo que estuviéramos hablando, dando su opinión. Luis prefería no responder a la gran mayoría de sus comentarios, manteniendo así un mínimo de tensión constante en el ambiente. Yo era muy selectiva en cuanto a lo que merecía la pena responder, nada de lo que pudiera decir Ana, por supuesto, y Lola, en cambio, charlaba animadamente con ambos grupos, por lo que en ocasiones me hacía sentir una pequeña punzada de celos al considerar que ellos no merecían una sola palabra amable por parte de mi mejor amiga. Cuando cayó la noche inspeccioné el frigorífico y saqué cuatro pizzas. Al parecer quien fuera que había preparado el piso para que yo viviera en él había considerado que lo más habitual para alguien de mi edad era que se atiborrara a pizza y comida basura congelada, puesto que era prácticamente todo el alimento que había en la casa. En el fondo lo agradecí, ya que, a pesar de que sabía cocinar, no me gustaba perder el tiempo en ello. Para mí nunca había sido importante la alimentación. Ni la salud. Hice las cuatro pizzas y las fui dejando en la encimera de la cocina. Lola, que me ayudaba a echar refrescos, también les sirvió dos vasos a los chicos de la mesa del comedor y, cuando todas estuvieron listas, les llevó una de las pizzas, aunque tras ello se quedó mirándome con unos ojos grandes y brillantes, como si se disculpara porque hubiera hecho algo malo, pero no hice comentario alguno al respecto. A todos nos sentó bien la comida, incluso a mí. Sentí que el calor del alimento me recorría el cuerpo. Quizás incluso lo necesitaba, no era capaz de estar completamente bien si no me alimentaba en condiciones. Era casi media noche cuando Ana y Alex se levantaron y vinieron hacia nosotros en clara actitud de «se ha acabado la fiesta». Casi di las gracias al cielo porque se fueran, pero cuando iba a despedirlos con un «espero que tardemos mucho en volver a vernos», Ana se dirigió a mí con una mirada seria y triste, casi melancólica. Me recordó a aquel momento en la escalera de la universidad cuando le dije que no tenía ni idea de quién era y que quería que dejara de molestarme. —Sara, ¿podemos hablar? —Claro, ¿de qué? —pregunté sin moverme del sitio. —A solas, si no te importa. —Todos, excepto el chico de los ojos azules, dirigieron a mí sus miradas, como si mi reacción ante aquellas palabras fuera algo que pudiera cambiar el mundo. No me acostumbraba a que nadie tomara tan en serio decisiones tan poco importantes para mí. Me levanté sin pronunciar palabra y me dirigí a la habitación en la que dormía, pero en el camino pude ver el cuaderno en el que debía apuntar las visitas y aproveché para apuntar el nombre de cada uno de nosotros antes de entrar al dormitorio. La cama aún estaba deshecha. Me tumbé en ella con un largo suspiro y me desperecé. Ana entró en la estancia y cerró la puerta con delicadeza, dejó caer las enormes botas que llevaba puestas y subió los pies a la cama, sentándose en el borde de esta y abrazándose las rodillas. En aquel momento me pareció la persona más inocente y vulnerable de todo el universo. ¿Cómo era posible que su apariencia cambiara tan drásticamente hasta el punto de pasar de la completa intimidación a la vulnerabilidad más absoluta? No hice comentario al respecto, era ella quien quería hablar conmigo, así que me limité a mirar al techo. —¿De verdad no me reconoces, Sara? —preguntó finalmente, aunque sin dirigirme la mirada. —¿Debería, Ana? —Sentí que sonreía irónicamente, como si la estuviera tratando como a una loca sin quererlo. Entonces se giró y pude ver como resbalaba una fina lágrima por su mejilla. —Estuve en Dos cielos, jugábamos a la rayuela, me cambiaron de orfanato cuando cumplí los ocho años, pero no sabía que te olvidaras de tus amigas tan fácilmente. —No dejó de sonreír con tristeza. Lo cierto es que no sabía dónde esconderme. Tenía toda la razón del mundo, recordaba a una niñita rubia e hiperactiva, muy feliz cuando estaba contenta y desproporcionadamente dramática cuando estaba triste. —Nos hacíamos muñecas de cartón cuando robábamos tijeras de los despachos de las maestras, jugábamos a la rayuela en los pasillos y nos caían cientos de regañinas y castigos por pintar aquel suelo. Sí, la recordaba, recordaba a aquella niña rechoncha de pelo platino, pero no se parecía a aquella chica. Había cambiado completamente, cosa que era de lo más lógico y normal, habían pasado más de diez años desde aquello. Maldita sea, todos habíamos tenido amigos de la infancia y no habría forma de reconocerlos a aquellas alturas si los volviéramos a ver, me parecía un tanto exagerado aquel melodrama y aquellas lágrimas. Más aún cuando ella tenía aquella apariencia de frialdad permanente. —Sí, tienes razón. —Traté de sonar indiferente y lo conseguí, aunque lo que me incomodaba no era no haberme acordado, si no tener a aquella chica que me exasperaba llorándome porque no me acordaba de ella—. Sí, recuerdo que de pequeña jugaba con una chica rubia. Era un poco trasto. Aunque bueno, las dos lo éramos. ¿Cómo iba a reconocerte, Ana? Éramos crías, apenas ocho años—. Se secó la mejilla con el dorso de la mano. —¿Podemos volver a ser amigas? —preguntó esperanzada. Aquel comentario me pilló completamente de sorpresa, ¿qué locura era aquella?, ¿cómo iba a ser su amiga? Ni siquiera la conocía, y por lo poco que había tratado con ella no me caía precisamente bien. Además, ¿quién pregunta si quieres ser su amiga? Son cosas de críos. Me incorporé en la cama y le clavé la vista tratando de hablar con rotundidad. —Ana, no te conozco. No sé cómo eres ahora. De niña es muy fácil trabar amistad, solo tienes que jugar con otra persona, no te importa su vida, su personalidad, sus costumbres... Ahora es diferente, no puedo tratarte como a una amiga. No te conozco. — Agachó la vista y se llevó las manos a los ojos. Supe que volvía a llorar y reprimí un resoplido de frustración. No me gustaba que lloraran cerca de mi, excepto cuando era alguien que conocía y me importaba lo suficiente. Cuando Lola se ponía sensible y lloraba conmigo al menos sabía que debía abrazarla, darle mi opinión y apoyo, pero era mi amiga y no me importaba hacerlo. Que aquella chica al borde de la cama llorara me hacía sentir como si me estuviera obligando a abrazarla y consolarla cuando no tenía porque hacerlo en absoluto. —Está bien. —Terminó por decir tras un rato en el que lo único que se oía era la animada charla que se mantenía fuera de la habitación y la garganta de aquella chica en la que al parecer se había quedado atascado un enorme nudo. Se levantó para salir sin volver a mirarme. —Pero, Ana —dije casi sin querer. Entonces se dio la vuelta y pude verle los enrojecidos ojos—. Podemos conocernos. Quizá termine por odiarte, pero es un riesgo que podemos correr. Yo no quería decir eso, ¿por qué lo dije?, ¿acaso me sentía en la obligación realmente de hacerla sentir bien? En cualquier caso, ella se limitó a sonreír tristemente y salir por la puerta sin pronunciar palabra. Como si ya fuera demasiado tarde para lo que yo acababa de decir. La escuché decir «Vámonos» a Alex y salir dando un portazo sin esperar a que este dijera siquiera «Adiós». Siguió sonando el aparato de música. Lo apagué cuando me dirigí a mis amigos. Los dos se hallaban sentados en el sofá mirándome con los ojos muy abiertos. Lola mordisqueaba el borde de uno de los trozos de pizza. —¿Qué ha pasado? —preguntó curiosa con la boca llena. —Esa chica no tiene pinta de estar muy cuerda. —Fue toda mi respuesta. Mi amiga decidió dar el tema por zanjado, aunque sabía que no iba a librarme tan fácilmente y que cuando estuviéramos solas iba a acribillarme a preguntas. Pero de momento hurgó en su bolso y sacó una botella de Jack Daniels a medias. La abrió y le dio un trago directamente. —No jodas —dije arrancándole la botella de la mano, cortándola en mitad del trago y haciendo caer unas gotas sobre el sofá—. ¿Has tenido esto en el bolso toda la noche y lo sacas ahora? Eran altas horas de la madrugada cuando consideramos que era lo suficientemente tarde como para dejar de beber. Aunque tampoco nos quedaba más remedio que admitirlo, ya que se nos había acabado el alcohol. Luis se ofreció a llevar a Lola a casa, pero yo no quería pasar sola aquella noche. Me había sentido tan bien a lo largo del día, había pensado tan poco en los problemas que me quitaban el sueño, que no quería que mis amigos se fueran. Deseaba que aquel día durara eternamente, aunque tanto mis ojos enrojecidos como el resto de mi cuerpo me gritaban que debía descansar. Traté de convencerles de que se quedaran a pasar la noche, pero solo Lola accedió. Al parecer Luis ya tenía planes para el día siguiente, aunque prometió que volvería a verme pronto. No recogimos absolutamente nada. Cogimos nuestros paquetes de cigarrillos, el cenicero improvisado y pasamos el resto de la noche fumando a oscuras en la habitación sobre las sábanas y mantas de la cama deshecha, a la única luz de nuestros cigarrillos. Entonces sí, tuve que contarle a mi amiga lo que había hablado con Ana, así como cada una de las cosas que recordaba de aquella época, aunque, para ser sincera, no eran demasiadas ni muchísimo menos. Seguía sin comprender cómo podía ser algo tan importante para aquella chica cuando éramos dos crías que se limitaban a jugar y hacer travesuras en las horas libres. CAPÍTULO VIII —Sara...—Sonó una delicada voz en mitad de la noche. Un susurro tan leve que apenas se percibía en el silencio de la madrugada. Abrí los ojos lentamente. Por las rendijas de las persianas entraban cada cierto tiempo rayos de luz procedentes de los pocos coches que circulaban a aquellas horas en el exterior. Quizá volvían a casa, quizá salían de ella. No sabía qué hora era, había perdido la noción del tiempo en aquella última cabezada. Pero aún estaba oscuro. La persiana no estaba totalmente bajada, y si hubiera amanecido entraría bastante luz solar. —¿Mmm? —Fue todo el sonido que fui capaz de emitir. Aún estaba medio dormida. —¿Estás dormida? —Volvió a hablar en voz muy baja. —Lo estaba. —Mi voz sonó áspera. Sentí en mi boca el sabor del alcohol de horas antes y me pareció repulsivo. No me había cepillado los dientes antes de meterme en la cama y aquella era una de las cosas que me resultaban más desagradables en el mundo. Tenía por ley que tras beber por la noche no me iría a la cama sin lavarme bien la boca, pero en ocasiones lo olvidaba o estaba demasiado cansada. Siempre me arrepentía después. Escuché a Lola suspirar. Estaba totalmente despierta. Podía observarlo en el brillo de sus ojos abiertos como platos en la oscuridad. No debía de ser muy tarde si ella no había dormido nada. Seguramente yo solo había dado una cabezada y apenas había dormido unos minutos, aunque muy profundamente, y sentía que me habían despertado después de horas durmiendo. —¿Soy tu mejor amiga? —preguntó con preocupación. —Pues claro. De hecho, eres la única amiga que tengo. —Y si tuvieras otra, ¿sería como yo? —Lola, no me digas que te estás preocupando por Ana. —Me giré completamente en su dirección y pude ver su silueta en la penumbra. Se encogió de hombros. O al menos eso me pareció—. Tía, ni siquiera la conozco. Es más, no me cae bien en absoluto. Jugábamos de pequeñas, pero nada más. No es mi amiga, ni siquiera mi colega, y en el supuestísimo caso de que finalmente me cayera bien, jamás estaría a tu altura. —Alargué la mano y le acaricié el brazo en un amago de consuelo—. Tú y yo hemos pasado muchas cosas juntas. Cosas que no pasaré con ella. —Mi amiga volvió a suspirar. Así que era uno de esos momentos en los que estaba sensible. —A mí no me cae mal Ana —dijo finalmente. No me hizo gracia el comentario, pero lo dejé estar. —A ti no te cae mal nadie. —Eso no es cierto, me cae mal mucha gente. —Comenzaba a alzar la voz, a la defensiva. Solté una pequeña risa. —¿Qué importa, Lola? —Se hizo el silencio en la habitación. Un silencio en el que yo me había desvelado y en el cual sabíamos que era imposible volver a conciliar el sueño. Un silencio triste y pensativo. Ante mis ojos fijos en el techo pasaban de largo las líneas luminosas procedentes del exterior. Pensé que allí fuera debía de hacer frío, pero no tanto como dentro de mí misma. Aquellos podrían estar siendo los momentos más importantes de mi vida, estaba a punto de saber si iba a pasar el resto de mis días en una celda, hacía apenas un par de días que habían asesinado a la mujer que me había hecho la existencia mucho más llevadera desde que salí del orfanato del cual, por cierto, no había sabido absolutamente nada desde hacía tres años y, en aquel momento, precisamente en aquel momento, apareció Ana, la niña con la que más jugaba en mi infancia que, daba la casualidad, era la misma chica de la universidad que tan mal me caía. No sabía cómo iba a acabar todo aquello, solo que tenía que resolverse de algún modo. Que, por más que pretendiera ignorarlo todo, a pesar de pasar buenos ratos con mis amigos, cuando llegaba el momento de pensar se me volvía a caer el mundo encima. Comencé a imaginar cómo sería mi vida si encontrase un trabajo, si pudiera pagarme un piso como aquel en el que estaba durmiendo, si me convirtiera de una vez por todas en una chica responsable. Sería un borrego más, alguien sin problemas sociales, o al menos aparentemente. En el fondo seguiría odiando a todos y cada uno de los seres humanos del planeta exceptuando a un par de amigos. Me parecería patético vivir de ese modo. Pero ¿y si estaba llegando el momento? ¿Y si debía sentar la cabeza y dejar de jugar a los delincuentes? ¿Y si estaba echando mi vida a perder? Pero llevar aquella vida, para mí, era algo inevitable. Había crecido con aquella actitud, y el orfanato no tenía nada que ver. Si bien era cierto que la mayoría de mis compañeros y compañeras del centro habían terminado siendo delincuentes juveniles, pocos lo eran en la medida en que lo era yo. Y aunque ninguno de nosotros había recibido la educación y el cariño de unos padres, no conocía a ninguno de entre mis compañeros que despreciara a la humanidad y su propia existencia tanto como lo hacía yo. En el fondo siempre había tenido la sensación de que la vida me daba exactamente lo que me merecía por haber nacido bajo la condición humana. Éramos seres inmundos y despreciables, egoístas. Provocábamos guerras, masacres, dañábamos, robábamos, hacíamos todo tipo de maldades, y aun así, todos ellos se engañaban diciendo que en el fondo todas las personas tenían un lado bueno simplemente porque apreciaban mínimamente a sus allegados. Era puro egoísmo. Siempre pensé que si ayudas a alguien que te importa en realidad es para ayudarte a ti mismo, para sentirte mejor. Nunca hacemos nada desinteresadamente. Y por eso yo merecía aquella ruina. Sí es cierto que no intentaba encajar, aunque a veces tuviera la sensación de que lo necesitaba. Sí era cierto que no me importaba ser una mala persona. Nunca me había importado. Pero al menos era sincera y me pagaba con la misma moneda con la que pagaba al mundo. Todo era un bucle. Mi bucle. Hacía daño y me hacía daño. Me palpé el brazo izquierdo en la oscuridad con la punta de mis dedos y pude sentir el relieve de una cicatriz que no recordaba cuándo me había hecho. Ya me había provocado tantas, voluntaria e involuntariamente, que había perdido la cuenta. Qué estupidez era aquella de convertirme en una persona normal. Quizás incluso merecía ir a la cárcel, como cualquier ser humano. Una lacra menos para la sociedad. —Me has ayudado mucho, ¿sabes? —Casi me sobresalté al oír su voz. Estaba tan sumida en mis propios pensamientos que había olvidado que Lola seguía despierta. —Y tú a mí —dije secamente. —Quiero decir con el tema de mi padre y eso —aclaró. No me gustaba lo más mínimo hablar de ese tema. Odiaba a su padre. Era uno de los seres más despreciables del planeta, y cada vez que Lola venía llorando porque había tenido un problema con él, siempre grave, la rabia que yo llegaba a sentir era desmesurada. Ese hombre era alguien a quien mataría sin dudarlo. O al menos eso pensaba cada vez que me enteraba de alguna novedad con mi amiga. Había abusado de ella y la había maltratado desde que su madre había muerto, y ella fue incapaz de denunciar por no ir a ningún centro de acogida, aunque, ya que era mayor de edad, ponía otras excusas, como que no tendría a dónde ir si detenían a su padre y les quitaban la casa. Que no tenía trabajo, ni estudios. En resumen, que se vería en la misma situación que yo. Al menos ella sabía lo que era estar en esa situación y era precavida al intentar evitarlo, pero no había duda de que merecía la pena pasar por ello. Al menos en mi opinión. En cualquier caso, yo no podía decidir qué hacía ella con su vida y hacía tiempo que había dejado de insistirle en que diera el paso y lo denunciara. Me había limitado a apoyarla, abrazarla y odiar a su padre en voz alta cuando ella me lo permitía. Cada vez que tenía problemas la invitaba a comer, a beber y a fumar, y siempre montábamos algún lío del que salíamos airosas y partiéndonos de risa. Era todo lo que Lola necesitaba: reír. Quizá su vida había sido más dura incluso que la mía. Quizá yo había pasado la mía sola, sin padres, pero cuando la escuchaba hablar de su familia pensaba que tenía verdadera suerte por no haber tenido una. Dicen que se está mejor solo que mal acompañado, y nosotras éramos la prueba. Pero ella tenía un punto a favor, tenía algo que no tenían el resto de personas de vidas difíciles del planeta, y ese punto era su tremenda alegría y optimismo. La forma de ver la vida, de sacarle el lado bueno a cualquier situación. O estropear una para luego reírse del estropicio y convencer al resto de personas de que lo malo también puede ser divertido. Ella era fuerte. O quizás estúpida. —Las amigas están para ayudarse —respondí tratando de sonar amistosa, aunque supe que había sonado un tanto triste. —¿Te acuerdas cuando me encerró en mi cuarto y viniste a rescatarme? — Soltó una risita silenciosa—. Rompiste la ventana. —Te la pagué —respondí dibujando una amplia sonrisa en mi rostro mientras recordaba aquel día. —Debió haberla pagado él, esa ventana no se habría roto si él no me hubiera encerrado. —Hubo un momento de tenso silencio. —¿Sabes? —comencé—, creo que tu padre me habría denunciado hace ya mucho tiempo si no supiera que él ha cometido delitos mucho peores y que yo tengo conocimiento de todo ello —lo dije tan seria y convencida que mi amiga estalló de repente en carcajadas. Me sobresalté y comencé a reírme también. No había sido una broma, pero desde el punto de vista de mi amiga, sí, había tenido gracia. —Sara, siento no haberte ayudado con lo de la fiesta. —Tardé unos instantes en darme cuenta de que se refería a la localización de la casa en la que se organizó, la noche del asesinato de la señora Marisa. —No importa, lo entiendo. —Y era cierto, aunque no dejaba de ser algo que me frustraba. —Es mi hermano, Sara... No puedo meterle en ese lío. No es solo el delito, son las personas para las que trabaja... —Vi que se avecinaba una extensa explicación de arrepentimiento, así que la corté. No había forma de hacerla cambiar de opinión y seguramente si lo hiciera terminaría por sentirme culpable. —Lola, lo entiendo, no pasa nada —afirmé—. Tampoco importa, ¿sabes? Me tienen bien jodida. —Resoplé y me giré en la cama, dándole la espalda, tan solo para cambiar de postura—. Quiero decir, aunque entrevistaran a testigos ya dijeron que no os tomarían muy enserio. —La incluí—. Porque seguramente todos consumisteis drogas en esa fiesta. —Qué fuerte... —dijo, simplemente, con un tono de voz de absoluto asombro e indignación—. Bueno, la verdad es que tienen razón. —Terminó por admitir con voz mucho más alegre. Hacía un rato que habíamos terminado con eso de los susurros. Las dos reímos. Reímos hasta el amanecer, recordando momentos que habíamos pasado juntas, pero que siempre menospreciaba sarcásticamente con un «pero no hemos jugado nunca juntas a la rayuela». Le prometí que al día siguiente jugaríamos a la rayuela si con eso le demostraba que era mi mejor amiga y que no la iba a sustituir por ninguna rubia rara e insoportable. Pareció satisfecha. Se lo tomó en serio y yo también. Definitivamente lo haríamos. Sería una de esas «cosas de Lola», la chica capaz de ser la más entusiasta inocente del mundo y la más drogadicta y delincuente a la vez. ¿Cómo no iba a ser mi mejor amiga? Aquella noche soñé algo realmente extraño. Solía tener pesadillas a menudo, pero, aunque solía llegar a un punto en el que tomaba conciencia de que todo era un sueño, no podía despertar nunca, sufría y me repetía una y otra vez que estaba soñando, que no era real. La mayoría de las veces lo achacaba al alcohol, puesto que en contadas ocasiones me iba a la cama sin tomar un trago y di por hecho que aquello me afectaba. Pero aquella noche fue diferente. Me encontraba en una habitación sin ventanas, bañada de un azul intenso. Sin saber por qué, tenía la impresión de que ese color azul era sangre. Las paredes estaban bañadas de sangre, el suelo, la bombilla que colgaba de un cable en el techo y que proyectaba una luz muy tenue que hacía que estuviera prácticamente a oscuras. En un rincón de la habitación estaba Ana completamente desnuda, llorando con desesperación y arañando la pared. Por sus mejillas corrían regueros de aquella sangre azul que lo bañaba todo. Repetía una y otra vez: «No lo recuerda, no lo recuerda…». Y supe que no era un sueño. Era consciente, lo analizaba todo al detalle, pero estaba paralizada en el extremo opuesto de la habitación. No era un sueño, pero tampoco un recuerdo, no había vuelto a ver a Ana hasta ayer. Cuando por fin me decidí a acercarme a ella, el corazón se me iba a salir del pecho. Una imagen cruzó mi cabeza como un destello: mi corazón azul latía a toda velocidad, de mala manera, como si estuviera enfermo. —Ana... —murmuré acercando lentamente mi mano a su hombro. Ella siguió arañando la pared, de espaldas a mí, produciendo un sonido chirriante, hasta que mis dedos rozaron su piel. En aquel instante se dio la vuelta y pude ver un rostro vacío, no tenía facciones, solo una piel tersa y pálida, todo en ella había cambiado. En mi cabeza seguía resonando el «no lo recuerda» que su voz repetía una y otra vez, solo que no era ella la que hablaba. La chica que tenía delante de mí era yo misma. Me incorporé sobresaltada, sintiendo aún que el corazón se me iba a salir del pecho. Azul. Traté de controlar mi respiración acelerada y casi lo había conseguido cuando me percaté de que ya estaba bien entrado el día. No sabía qué hora era, pero a través de la ventana entraban intensos rayos de luz solar. Debía de pasar del medio día. Me giré en la cama buscando a mi amiga en cuanto recordé que había pasado la noche conmigo, pero ella no estaba allí. —¡¿Lola?! —grité con la esperanza de oír su voz resonar en algún lugar de la casa. Cualquier sonido que no fuera «no lo recuerda». Tras esperar un largo rato en el que decidí por fin levantarme de la cama, me dirigí al salón frotándome los ojos. Tampoco me había limpiado el maquillaje del día anterior y me picaban a rabiar. —Lola, ¿te has ido? —Iba pronunciando mientras salía de la estancia, pero me paré en seco cuando sentí la humedad bajo mis pies descalzos. Dejé entonces de frotarme los ojos y bajé la mirada. Un charco de sangre se extendía por todo el salón. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral. Observé el resto de la habitación. ¿Qué había pasado? No recordaba que nadie se hubiera herido la noche anterior. Aquella idea era ridícula, era demasiada sangre. Demasiada. Todo el parqué era un charco de sangre helada, de un color rojo intenso. Me quedé paralizada. Cada cosa estaba en su lugar, los restos de pizza, los vasos medio vacíos, un cuchillo de cocina ensangrentado sobre el sofá, el cual estaba también empapado en sangre. Aquello no estaba allí la noche anterior. Las colillas de los cigarrillos se deshacían en la sangre del suelo. Comencé a caminar despacio, casi inconscientemente, hacia la pequeña mesita frente al sofá. Sobre ella estaban las llaves de la casa, cubiertas de rojo. En mi cabeza había un sonido que aún retumbaba, un sonido procedente del sueño. Pero aquello no era un sueño, aquella pesadilla era real. Escuchaba aquel «clank, clank» una y otra vez taladrándome los oídos, y solo cuando salí de mi ensimismamiento fui consciente de que llevaba horas escuchándolo. Entonces alcé la vista, y aquel fue el acto que me llevó a la total perdición de mi cordura. Sobre la mesa, en el techo, pude descubrir no más que un amasijo de carne desmembrada que colgaba de lo que parecían ser unos cables. Su rostro estaba girado hacia abajo, mirándome fijamente, con unos ojos desorbitados, sin párpados, muertos, casi totalmente blancos, pero reconocibles. Aquellos eran los ojos de mi amiga, y aquella era su mirada de terror. Su melena oscura caía en cascada, apelmazada a causa de la sangre que aún seguía brotando de su cuerpo desnudo «clank, clank». Cayó una gota en mi hombro y sentí que se me encogía el corazón a la vez que una tonelada de rocas se posaban sobre mi pecho. Como si no me importara en absoluto la sequé con mis dedos, fui hacia la habitación, me puse las botas militares, cogí el bolso y salí por la puerta, echándome al bolsillo las llaves de la casa, como si pensara volver allí. En mi cabeza y en mi corazón se formaron dos gruesas corazas que me impedían pensar en lo que acababa de ver, que me impedían cuestionarme si aquello era real. Mi mente recordaba una y otra vez mi última conversación con Lola y era todo lo que me permitía decirme. No había pasado nada, todo estaba bien, todo lo demás era mentira. No, no era mentira, simplemente no había ocurrido. No había visto nada. Nada importaba. Los días anteriores no habían sido más que pesadillas. Volvería a casa de la señora Marisa por la noche, volvería a hacer sus compras, cuando terminase volvería a la biblioteca a esconderme tras los libros, a preguntarme el porqué los seres humanos son tan estúpidos, volvería a cuestionarme el sentido de la existencia humana y volvería a ser yo. Nada era real. Mi vida seguía siendo mi vida. Entré en una gasolinera a las afueras de Burjassot cuando me di cuenta de que no tenía cigarrillos. —Dame una botella de Jack Daniels y dos paquetes de Chesterfield — pronuncié con una voz que no parecía la mía. De hecho, no lo era. Todo lo que veían mis ojos lo observaban a través de un velo que lo convertía todo en una imagen turbia. El dependiente lo depositó sobre el mostrador, y sin pagarle lo cogí, me lo eché al bolso y salí de allí lo más rápido posible. Escuché gritos a mi espalda, pasos acelerados, pero yo también aceleré. Corrí lo más rápido que pude, corrí hasta que dejé de sentir las piernas y caí de rodillas sobre el asfalto. Escuché una voz que preguntaba algo y unos dedos que me agarraban el antebrazo, pero no quise saber qué decía, no quise girar la cabeza, simplemente me zafé y seguí corriendo. Corrí. Solo corrí hasta que dejé de sentir los pulmones. Cuando llegué a «La caseta» el parque estaba desierto. No fui consciente en absoluto de la gran distancia que había recorrido, solo sabía que algo me quemaba en el pecho, en las piernas. Me crujían las rodillas al andar los últimos pasos. Me lancé al suelo, dejándome caer, sin ver nada de lo que había alrededor y miré el tejado, si es que se podía llamar así, bajo el que yacía, en el centro de todo aquello que veía completamente borroso. Oía un pitido agudo que me taladraba los oídos, y tardé un buen rato en darme cuenta de que era mi respiración. Algo caliente y húmedo resbaló por mi cara, una y otra vez, en regueros, como ríos, hasta caer en mis oídos, silenciando todo sonido que había alrededor y que me parecía atronador. Solo eran pájaros. —¿Qué haces aquí? —pronunció una voz suave de hombre. Pero no podía moverme, no podía responder ni reaccionar, era incapaz de alzar mi rostro para descubrir quién era. Me di cuenta entonces de que, sin saber en qué momento, me había incorporado y había comenzado a beber. La garganta me ardía y sentía las mejillas heladas. Alguien colocó sobre mis hombros una enorme chaqueta de cuero y fue entonces cuando me percaté de que había salido en manga corta casi en invierno. Entre mis piernas, en el suelo, podían observarse un puñado de colillas. —¿Sara? —Volvió a hablar aquella voz distorsionada. Sentí unos toques en uno de mis brazos. Giré lentamente la cabeza, buscando mis manos. En una había un cigarro, consumido hace rato, no echaba humo alguno, en la otra una botella de la cuál faltaba más de la mitad. Todo daba vueltas, todo era borroso. Una mano que no era la mía agarró la botella y tiró de ella, a lo que respondí con un gesto brusco. —Ni se te ocurra —pronuncié con la voz más áspera que había oído nunca. Seguía sin ser mi voz. Entonces alcé la cabeza y vi a un chico menudo que medio sonreía con una mezcla entre burla y tristeza. Se sentó a mi lado sin responder y cambió de tema drásticamente, como si lo que viera en mí fuera lo más normal del mundo. —Ahora va a venir Carlos, hemos quedado aquí. ¿Cómo es que has venido? Creía que no podías salir de Burjassot. —¿Qué estaba diciendo? ¿Qué era Burjassot? ¿Quién era aquel chico? Luis. —Luis —me respondí a mí misma. —¿Qué? —Giré mi cabeza hacia él y tras unos instantes le di un trago a la botella, sin responder. Escuché el sonido de un encendedor, escuchaba el crujir de su cigarrillo con cada calada que daba, escuchaba a los pájaros. El mundo se estaba aclarando. Alguien debía pararlo. Bebí, seguí bebiendo para mantenerlo todo borroso, para no ser consciente. Fumé. Oía la voz de Luis como fondo de escenario, pero no escuchaba nada de lo que decía. No era importante. Nada era importante. Unos pies. Pies grandes frente a nosotros. Luis se levantó y escuché el sonido de dos manos que se chocan. Una voz volvía a pronunciar mi nombre. Una y otra vez. «clank, clank». Seguía bebiendo, pero todo se aclaraba. Una y otra vez. —Carlos —pronuncié. Alcé la vista y pude ver que los dos me miraban desde arriba, como si todo fuera culpa mía, como si fuera realmente una asesina, como si mi amiga... Bebí. Me ardía el pecho. —¿Dónde está Lola? —Todo se aclaró. Me levanté de golpe, haciendo caso omiso a la pérdida de equilibrio que sentí. Carlos fue a echar mano de la botella que yo sostenía, pero instantáneamente la golpeé contra uno de los pilares que sostenía «La caseta», sentí que la sangre goteaba entre mis dedos, o quizá fuera el alcohol. —¡¿Qué...?! —Luis se apartó rápidamente. Carlos fue a sostenerme, pero alcé el trozo de vidrio roto que aún quedaba entre mis manos, amenazante. —¡¿Qué coño ha pasado?! —le grité a Carlos, como si él fuera el único capaz de darme una respuesta —¡¿Dónde está Lola?! —La dejé contigo... —murmuró Luis casi en un susurro. —¡¿Dónde está Lola?! —Volví a gritar, agitando aquel trozo de botella en dirección a Carlos. —Sara... —dijo, e hizo el amago de acercarse tan solo un centímetro más. Automáticamente dirigí el cristal hacia mi brazo, bajé la vista y comprobé que, efectivamente, lo que empapaba mis manos era sangre. Recordé la imagen de mi amiga colgando del techo, el suelo inundado con su sangre. Rojo; clavé el vidrio en mi propia piel y, con todas mis fuerzas, recorrí con él mi brazo. Sentí entonces cómo Carlos me lo arrancaba de las manos y salté hacia él. Solo deseaba golpearle. Golpearle una y otra vez hasta recibir una respuesta. Grité con todas mis fuerzas y dirigí mis manos hacia su rostro con intención de hacerle daño, arañarle, arrancarle la piel como alguien le había hecho a Lola. Mi brazo no paraba de gotear y, aunque no producía sonido alguno yo escuchaba ese «clank, clank» una y otra vez en mi cabeza, en un bucle infinito. Unas manos pequeñas trataban de sujetarme por detrás mientras yo gritaba y me agitaba en busca del rostro de aquel que no me daba respuesta alguna. De repente algo con mucha fuerza me embistió, derribándome y haciendo que sintiera cómo se desprendía la piel de mis rodillas. —¡La tengo! —gritó una voz que me resultaba familiar. Yo seguía queriendo golpear, correr, gritar, que alguien me respondiera. Mi cabeza se movía de un lado a otro y no podía ver nada claro. Solo tenía una imagen en ella. Unos pasos acelerados se acercaban a mí. —Ponle las esposas —pronunció una voz femenina a mi lado. Escuché un sonido metálico, sentí presión en mis muñecas. Comenzó a arderme el brazo, al cual dirigí la mirada. ¿Cuándo me había hecho ese corte? Me estaba desangrando. Mientras Pablo me arrastraba hasta el coche eché la vista atrás y pude ver a Luis y Carlos de pie, paralizados bajo «La caseta». A Carlos le sangraba el labio, pero tenía la camiseta blanca empapada en sangre. Mi sangre. CAPÍTULO IX De nuevo despertaba en un lugar desconocido. Ya eran demasiadas veces, tantas que no me importaba en absoluto. Odiaba hacerlo, pero recordaba con detalle todo lo que había ocurrido. La boca aún me sabía a humo y alcohol y sentía en el pecho una presión indecible, por no hablar del terrible dolor que me atenazaba el brazo izquierdo. Giré la cabeza y pude ver una enorme venda que me lo envolvía desde el codo hasta la muñeca. La manchaba una especie de líquido amarillento, supuse que algún tipo de suero de curación o desinfectante. Del brazo derecho me colgaba una vía que me quité en cuanto pude mover el otro. Miré alrededor. Estaba en un hospital o algo parecido. Me pregunté si estaría en prisión. Ya nada importaba de hecho, quería ir a la cárcel, quería que en ella me apalizaran y acabasen con mi vida. Aquella sensación de pérdida era demasiado insoportable. Mi cabeza estaba embotada por el trauma y el cansancio, y los ojos me escocían sobremanera. No recordaba haber llorado tanto en toda mi vida. Se me volvió a escapar una lágrima, pero ya tampoco importaba eso. Estaba en una camilla de colchón mullido y las sábanas que me arropaban llevaban un sello en ellas. Entorno a mí solo podía verme rodeada por unas largas cortinas blancas que me ocultaban del exterior. Me incorporé y me levanté, apartando una de las cortinas. A un metro de mí estaba la agente Ruiz, dormida sobre un sillón de cuero marrón algo viejo. Pensé en lo ridícula que parecía, en lo vulnerable que se la veía en aquella posición, casi encogida sobre el asiento y con un hilillo de saliva resbalándole por la comisura del labio. Me giré buscando la puerta y me topé con un hombre alto que estaba de pie detrás de mí. Automáticamente retrocedí un paso. Mi primer impulso fue echar a correr, hasta que pude ver que era Pablo. —Solo quiero beber agua —pronuncié. Aún tenía aquella voz áspera y antinatural con la que había despertado en aquella pesadilla. El hombre se sacó unas esposas del cinturón y me cogió las muñecas, sin pronunciar palabra. —Esto no es necesario —le dije. —Ya hemos cometido el error de dejarte sin vigilancia en la casa, no vamos a volver a fallar, Sara Cuando salgas de aquí irás directamente a prisión. —Yo me dejé poner las esposas y me encogí de hombros. Lo cierto es que ni siquiera estaba segura ya de mi cordura. Pensé en la posibilidad de que tuvieran razón, de que estuviera loca y no fuera consciente de que era una psicópata. Lo cierto es que me sentiría mucho más a salvo de mí misma en prisión. Salimos al pasillo después de observar que el resto de la habitación estaba vacía. Junto a la puerta había dos policías más custodiándola. Muy bien, era posible que fuera una psicópata, pero creía estar segura de que, con un hombre, quizá dos, era suficiente para mantenerme controlada. Llegamos a un dispensador de agua sobre el que había una montaña de vasos de plástico y bebí cuatro, que tuvo que darme el agente, de golpe. —Vamos fuera —dije girándome hacia Pablo. Él sonrió irónicamente. —De eso nada, volvemos a la habitación, tienes que contestar algunas preguntas, aunque ya está todo claro. —Me agarró del brazo y me llevó casi arrastras a la habitación en la que me había despertado. Cuando llegamos la agente Ruiz ya estaba despierta. Pablo me quitó las esposas. Observé que se había limpiado aquel hilillo de saliva de la comisura de los labios y casi quise sonreír, pero no pude. Me hicieron sentarme en la cama y ella, sin pronunciar palabra, sacó un cuaderno de la carpeta que, al parecer, siempre llevaba encima. —Sara, ¿quieres solicitar un abogado? —preguntó ella con aquella voz que tanto me desagradaba, después de aclararse la garganta. Yo negué con la cabeza, tozuda. Si había alguna forma de salir de aquella situación no sería por el mérito de ningún chupasangre, si no por el mío propio. Aunque tampoco estaba segura de querer hacerlo—. Muy bien. —Apuntó algo—. ¿Admites haber asesinado a Dolores durante la pasada noche? —lo dijo tan fríamente que me entraron ganas de lanzarme a su cuello y arrancárselo de un zarpazo. Como si Lola no fuera nada más que una investigación, que un asesinato más, solo un cadáver. Su imagen volvió a mi cabeza. —No —respondí con un hilo de voz, y bajé la mirada. No. Definitivamente no tenía fuerzas para aquello. Podía sobrevivir a la muerte de la señora Marisa, pero no a la de mi mejor amiga. Era como mi hermana. Nos habíamos salvado tantas veces la una a la otra que era impensable la idea de que no iba a volver a verla nunca más. Que escucharía su risa, sus chistes, sus bromas, sus tonterías. Que no volvería a consolarla cuando estuviera mal. Escuché que Pablo resoplaba, pero no le miré. —Pasaste la noche con Dolores y un tal Luis, ¿no es cierto? —Asentí, aún sin levantar la vista—. Necesito que me digas el nombre completo de Luis y a ser posible su dirección. —Tranquila, Laura, ya tengo todos los datos. El agente Hector se encargará de citarle como testigo —dijo Pablo. Ella asintió y tomó más apuntes. Oía como el bolígrafo arañaba el papel. En realidad, oía y sentía todo elevado al máximo, todas las sensaciones eran demasiado fuertes. No podía soportarlo. Comencé a respirar con dificultad y, aunque traté de disimular la ansiedad, no fui capaz. Todo se volvió borroso, extraño, sentí que un cosquilleo de insensibilidad me recorría las extremidades y no podía mantenerme erguida. Pablo me sostuvo por la espalda y lentamente me tumbó en la camilla mientras hiperventilaba. —Pablo... —Quería hablar, pero era muy difícil, extremadamente difícil. Sentí que las lágrimas volvían a caer por mis mejillas—. Pablo, te lo juro, yo no he sido. —No me importaba llorar—. No estoy loca, Pablo, no estoy loca, no soy esquizofrénica, no lo he hecho, recuerdo toda la noche, la última conversación que tuvimos. Yo quiero a Lola por encima de todas las cosas, te prometo que yo no he sido. Yo no he sido. —Lo repetí mil veces mientras él trataba de tranquilizarme, pero me daba la impresión de que solo quería que volviera a estabilizarme para seguir interrogándome y que realmente no escuchaba, ni mucho menos creía lo que estaba diciéndole—. Pablo, por favor, créeme, voy a cambiar, voy a dejar de destruirme, voy a dejar de odiar, todo esto es mi culpa, me he portado mal, he sido una delincuente, pero no soy una asesina, nunca haría daño a Lola. Por favor.... —Sara, tranquilízate, vamos a hablarlo todo... —respondió fríamente. Entonces desperté. No sabía en qué momento había perdido la conciencia, pero era obvio que así había sido. Mi cuerpo no soportaba, al igual que mi mente, aquella situación tan catastrófica. No me daba igual. En el fondo quería ir a la cárcel solo para tener una excusa para perder la vida, pero no quería ir porque aquella gente dijera que había matado a mi amiga. No había matado a Lola. Pero Lola estaba muerta. Me incorporé y vi que Pablo estaba sentado al borde de la cama, con la cabeza apoyada en sus manos y los ojos cerrados. Las cortinas estaban totalmente retiradas y pude ver que no había nadie más en la habitación. Me pregunté si aquellos hombres seguirían en la puerta. —Pablo... —murmuré. Él se giró automáticamente en mi dirección. —¿Cómo estás? —preguntó, pillándome por sorpresa. No esperaba en absoluto aquella pregunta. Me había preparado para recibir una avalancha de cuestiones sobre la noche anterior. La búsqueda de un puñado de datos que demostraran mi culpabilidad. —Mal —respondí con sinceridad. —Sara, tengo que confesarte algo. «Creía que la que tenía que confesar era yo», pensé. Cogió aire y retiró la mirada unos instantes para volver a clavar aquellos ojos seguros en mí. —Nunca me ha pasado esto, es extraño, pero tengo la sensación de que no eres culpable —admitió. Yo sentí que parte de aquella presión abandonaba mi pecho. Quedaba esperanza. —¿Por qué? —pregunté insensible. —No lo sé, pero creo que eres sincera. No eres precisamente lo que se dice «una buena chica», has cometido mil errores y tienes que corregir muchas cosas, sobre todo tu temperamento. Y esa impulsividad. —Señaló mi brazo herido—. Pero no creo que hayas matado a nadie, ni creo que estés loca. Quizá seas un tanto inestable emocionalmente, no me extraña en absoluto con toda la porquería que te metes en el cuerpo y con la infancia que has tenido. Pero no creo que tengas ninguna enfermedad mental ni mucho menos que seas una psicópata. —Gracias, supongo... —murmuré sin creérmelo del todo—, pero ¿qué importa lo que tú creas, Pablo? Todas las pruebas apuntan hacia mí, todos creen que he matado a mi amiga... —Sentí que se me volvía a formar aquel horrible nudo en la garganta. —Sé que no está bien lo que estoy haciendo —siguió—, pero he discutido con Laura, y después de mucho pensarlo hemos decidido que yo voy a llevar tu caso. —¿No lo llevabas tú? —pregunté. Estaba segura de ello. —No, solo ayudaba a la agente Ruiz, pero era ella quien lo manejaba todo. Claro que no le ha hecho ninguna gracia el hecho de que la haya relevado, pero pensamos que vuestras personalidades no son compatibles para una investigación limpia. —Aquello me sonó a excusa, pero si me beneficiaba no iba a quejarme. —¿Y ahora qué? —pregunté con resignación. —Ahora quiero que contestes algunas preguntas. Luego podrás volver a casa, pero tendrás vigilancia las veinticuatro horas del día. —Pablo, no voy a volver allí. Puedo negarme, ¿verdad? —dije con tristeza. —En realidad no, pero veré qué podemos hacer. En cualquier caso, el escenario del crimen está siendo investigado, no podrías volver hasta pasados unos días y... —Unos días no son suficientes. No voy a volver nunca a ese sitio. No sabes lo que he visto. —Sí, Sara, sí lo sé. —Me abrazó con ternura, algo que nunca esperé de él, y me eché a llorar de nuevo. ¿Qué me pasaba? ¿Acaso era incapaz de controlar mis emociones? ¿Acaso no iba a dejar de llorar nunca? Me sentía estúpida y completamente impotente. Al cabo de un rato, cuando reuní la fuerza suficiente, volví a hablar. —Hazme las preguntas que sean necesarias. —Me separé de él y sacó el cuaderno que había visto antes en manos de la agente Ruiz. Le echó un vistazo antes de pronunciar palabra. —¿Consumiste drogas ayer? —Di unas caladas a un porro de marihuana. Ya sé que estaba prohibido — indiqué antes de que hiciera comentario alguno. —¿Alguna vez has tenido algún brote psicótico? —Me molestó la pregunta, ya que acababa de decir que él no pensaba que estuviera loca, pero di por hecho que estaba en la obligación de hacérmela. —Si lo de esta mañana cuenta como brote psicótico, solo ese. —No creo que lo fuera —comentó—. Estabas en estado de shock por lo que habías visto, cuando alguien se recupera del shock en una situación así es muy habitual que reaccione de forma violenta. Pasaste la noche con Lola y Luis, ¿no es cierto? —Solo... —Tragué saliva—. Solo Lola pasó la noche conmigo. Luis, Alex y Ana se fueron antes. —¿Disculpa? —¿Qué? —pregunté confundida—. Digo que los otros se fueron antes. —¿Alex y Ana? —Sí, también estuvieron en casa, Alex es el chico que me dio la nota que hablaba de la señora Marisa, por cierto. —Sara... —Echó un vistazo al cuaderno y hojeó otros papeles—. ¿Por qué no apuntaste sus nombres? —¿Cómo? —Alcé la vista y miré los papeles que tenía en las manos, entre ellos estaba el cuaderno que habían dejado en el piso para que apuntara los nombres de las visitas—. Sí, sí los apunté. —Le quité el cuaderno de las manos, cosa que no me impidió y comencé a pasar páginas. En la primera de visitas, la única en la que había algo escrito ponía «Luis y Lola»—. No, esto está mal. —Bueno, es tu letra —respondió él con un gesto de incredulidad. —Sí, bueno, también era mi letra la de la nota que decía que mataría a la señora Marisa. —Casi le lancé el cuaderno al devolvérselo—. Pablo, yo apunté sus nombres, estoy completamente segura. Le relaté de principio a fin toda la historia. No quería dejarme nada, no tenía nada que ocultar y ya no me importaba a quién afectara, así que también le expliqué el porqué Lola negó que fuéramos con su hermano a la fiesta. No quería dejarme absolutamente ningún cabo suelto. Le hablé del supuesto secuestro de Alex, de todo lo que habíamos hablado aquel día, de la aparición de Ana, incluso le dije que había estado en el mismo orfanato que yo de pequeña. La conversación con mi amiga antes de dormir. Solté un par de lágrimas más por el camino mientras le contaba absolutamente todo con detalle. Él no me interrumpió ni una sola vez hasta que terminé de hablar. —Sara, lo cierto es que no hemos encontrado en esa nota más que tus huellas —pronunció aparentemente rendido, como si se preguntara si estaba haciendo bien poniéndose de mi parte. —Eso es imposible, Pablo. Alex me la dio y una chica se la dio a él, deberían haber encontrado al menos un par de huellas más. —¿Sabes los nombres completos de Alex y Ana? —No. Ya te lo he dicho, los acabo de conocer. —Lo investigaré —contestó resignado—. Debes firmar esto —dijo sacando un papel de la carpeta. Le eché un vistazo, pero estaba redactado con tantos tecnicismos que apenas entendí lo que decía. Le miré y sin necesidad de preguntar nada comprendió que necesitaba que me lo explicara—, es una autorización para hacerte un escáner cerebral. —¿Para qué? —pregunté casi con indiferencia. —Ya sabes, creen que puedes tener un problema y... —No importa, lo haré —zanjé. —Muy bien. —Fue toda su respuesta, y me ofreció un bolígrafo para que firmara—. Sara, estás haciendo lo que debes hacer. No te preocupes, todo saldrá bien. Casi me entraron ganas de gritarle que ya nada me importaba, que nada podía salir bien, que lo que había visto y sentido en los últimos días iba a dejarme marcada de por vida. Había perdido mi casa, mi trabajo, a mi mejor amiga y la fuerza que siempre me había caracterizado. Ya no era capaz de nada y ya nada podría salir bien. ¿Qué era lo mejor que podría pasar? ¿Que no fuera a la cárcel? Solo quería librarme de aquella sensación de culpabilidad que me atenazaba el pecho y me dejaba sin respiración. Asegurarme a mí misma que yo no era una asesina, que no estaba loca. Quería que todo se aclarase y destruirme en paz. Pero bien no, no saldría bien. —Supongo. —Me limité a decir. Me hicieron las pruebas pertinentes, a las que accedí desganada, pero sin quejarme en absoluto. Lo único que me apetecía era descansar. Ir al calabozo o a donde fuera y dormir durante siglos, que el resto del mundo se quedara en silencio. Pablo me llevó a la comisaría y nos sentamos en la misma sala en la que había hablado con Lola cuando fue a visitarme. Al rato Laura nos trajo un plato con un par de filetes a cada uno y dos botellas pequeñas de agua, las dejó sobre la mesa en la que estábamos sentados y, sin pronunciar palabra alguna, salió de la habitación. —No voy a comer, no tengo hambre —dije cuando se cerró la puerta tras ella. Él cogió los cubiertos y empezó a hacer pedazos uno de sus filetes. —Tienes que comer, has perdido mucha sangre. —Se llevó un trozo a la boca despreocupadamente—. ¿Por qué lo hiciste? —preguntó finalmente señalando con un gesto la venda que aún tenía alrededor del brazo. Me la habían cambiado unas horas antes y aún notaba la pegajosidad del bálsamo que me habían puesto. Al parecer me había buscado cinco puntos de sutura. —Por impotencia —Admití—. Para ser sincera, no sabía lo que hacía ni lo que debía hacer en ningún momento. Cuando me fui de la casa de testigos protegidos no hui de la policía en absoluto, si no de lo que acababa de ver. Y durante varias horas lo olvidé. No sabía qué había pasado, era como si estuviera en otro mundo... —Tragué saliva—. Cuando fui consciente de todo, mi mente reaccionó de forma destructiva. No quería hacer daño a nadie, pero sentía la necesidad de destruirlo todo. No soporté que Carlos... ¿Cómo está Carlos? —pregunté cuando caí en la cuenta de que le había agredido. —Supongo que enfadado y confundido —respondió mientras se echaba otro pedazo de carne a la boca—. ¿No soportaste que Carlos qué? —No soporté que pronunciara su nombre. —¿El de Lola? —Se me erizó el vello de todo el cuerpo. —Sí... —murmuré. Cuando finalmente me convenció de que comiera algo, solo fui capaz de hacer pasar por mi garganta la mitad de uno de los filetes, que me parecían enormes. Pero no debían de serlo, puesto que Pablo se comió los suyos en apenas cinco minutos. Él aseguraba que no era malo hablar de Lola, que mi amiga se merecía todo lo bueno que se pudiera decir de ella y que no debía tener miedo a escuchar su nombre, pero yo seguía sintiendo escalofríos y una terrible punzada en el pecho cada vez que alguien lo pronunciaba o pensaba en ella, que era constantemente. Por la noche me encontré sola en el calabozo frío y vacío. En aquel solo había una triste cama con dos mantas, sin ventanas, con una bombilla colgando del techo, la cual solo se podía encender desde fuera, y la habían dejado apagada. Me tumbé y lloré con todas mis fuerzas, lloré hasta que sentí pinchazos en los ojos y en la cabeza, hasta que se me agrietaron las mejillas y se me arrugaron los dedos de secarme las lágrimas con ellos. Finalmente me quedé dormida, aunque de agotamiento. Mi cuerpo no iba a soportar aquello. Tantas noches de autodestrucción, de drogas, alcohol, de violencia, de meterme en problemas... y me iba a matar aquella situación. No sabía a qué hora me había quedado dormida, pero debían de ser altas horas de la madrugada cuando escuché el estruendoso sonido que hacían las puertas de aquellos calabozos al abrirse. Me incorporé sobresaltada y forcé la vista para ver en la oscuridad. En el marco de la puerta se apoyaba una pequeña y delgada figura, tenía mi altura e iba vestida con una camiseta que le llegaba a la altura de las rodillas. Ya había visto aquella imagen una vez. Intuí que sonreía de oreja a oreja. —Vengo a rescatarte —pronunció alegremente la chica rubia de ojos verdes. CAPÍTULO X No sé qué fue lo que me hizo pensar que tomaba una buena decisión cuando decidí seguirla a través de los largos pasillos de la comisaría. No me extrañó hasta más tarde, cuando ya estaba en la parte trasera de un coche viejo de pintura gastada, que nos resultara tan fácil escapar. Pensé que seguramente era otro de aquellos sueños raros que solían asaltarme últimamente, ya que no era posible que aquello estuviera ocurriendo y aún menos de aquella manera. —¿Por qué no hemos tenido ningún problema para salir? Se supone que es una prisión —pregunté mientras echaba la vista atrás, observando la lejanía a través de la luna trasera. Por un momento esperé ver a un puñado de coches de policía tras nosotros y encontrarme en medio de una persecución, pero la carretera estaba totalmente tranquila. Tal vez demasiado. —Una tiene sus trucos —respondió Ana desde el asiento del copiloto con una sonrisa de suficiencia. Alex conducía sin dejar de mirar la carretera, con el semblante serio y los brazos tensos al volante, como si también esperase que en cualquier momento comenzaran a sonar las molestas sirenas. ¿Qué demonios hacía? Justo cuando Pablo me había prometido ayudarme, cuando me había propuesto colaborar y aclarar todo aquello, llegaba aquella chica con la que no tenía en absoluto confianza y me fugaba con ella, echándolo todo a perder de la forma más estúpida. Sabía que aquello era un error, pero quizá fuera mi personalidad rebelde y mi amor por el caos y los problemas lo que me convencía de hacerlo. No pude evitarlo. O quizá sí. Pero no quería, solo quería huir lo más lejos posible de todo lo que había ocurrido en los últimos días. Quería deshacerme de mis recuerdos, de aquella terrible pesadilla, dejar la culpabilidad y el miedo atrás. Al fin y al cabo, nunca me había admitido a mí misma que fuera capaz de sentir miedo ni que algo pudiera afectarme tan profundamente. La noche era cerrada y oscura. La llegada del invierno hacía que las ventanillas del coche se empañaran a medida que atravesábamos la niebla. No pregunté a dónde nos dirigíamos durante todo el trayecto. ¿Qué era lo peor que podía pasar? ¿Que Alex fuera realmente cómplice del asesinato de la señora Marisa? Quizás era yo la que debía investigar aquel caso y asegurarme a mí misma que no era ninguna psicópata esquizofrénica con lagunas mentales. En cualquier caso, ¿qué importaba si me llevaba a algún lugar alejado de todo a intentar asesinarme? Lo peor que podía esperarme era la muerte y no era algo que me preocupara demasiado en aquel momento. Al fin y al cabo, gracias a ello al menos podría saber parte de la verdad de todo aquello. —Ana —pronuncié de repente. Mi voz sonó extraña en aquel silencio que casi se palpaba. Ella se giró en su asiento y me dirigió una mirada divertida, pero no dijo nada—, ¿recuerdas que escribí todos vuestros nombres antes de que os fuerais? —Su expresión se tornó confusa durante un instante, pero pronto devolvió la mirada al frente con una sonrisa. —No me fijé en eso antes de irnos, ¿para qué ibas a apuntar nuestros nombres? —preguntó, aunque con aparente desinterés. —Yo sí vi que apuntabas algo en el cuaderno que había sobre la mesa. — Dijo Alex. Me sobresalté al oír la voz del chico por primera vez en la noche. Llevaríamos alrededor de una hora en la carretera y aún no había pronunciado palabra. —Según la poli tenía que apuntar los nombres de todas las personas que entraran al apartamento. —Ana soltó una risa irónica. —Vaya, cuánta intimidad. —Demasiada, teniendo en cuenta que soy sospechosa de asesinato. —Tenemos en el asiento de atrás a una asesina en serie —dijo ella divertida propinándole un golpe amistoso al conductor, el cual no cambió su expresión. A mí tampoco me pareció gracioso. —¿Sabes lo de Lola? —pregunté a pesar de darlo por hecho. —¿Y quién no? —Al parecer a aquella chica nada le parecía lo suficientemente grave. Excepto cuando algo sí se lo parecía, que entonces era como si el mundo se derrumbara su alrededor. —Supongo que no te han dejado ver la televisión, pero ha salido en todos los canales. Las autoridades están hasta el cuello de quejas. Ya sabes, «todo es vuestra culpa, habéis dejado a una asesina en libertad». Tu carita sale en todos los telediarios—. Cuanto más sentía yo que me quedaba sin fuerzas más parecía aquella chica agrandarse. Era como si aquella situación le diera la vida mientras que a mí me la quitaba. Así que, después de todo, ya me había ganado la fama de asesina en serie sin haber hecho absolutamente nada. O al menos sin ser consciente de ello. Todo lo que sentía era impotencia e indignación. —¿Por qué me habéis sacado del calabozo? —pregunté tratando de sonar fría. —Si te soy sincera, Sara, dudo que pudieras salir de otro modo. Cuanto más controlada te tengan más sospecharán de ti y menos posibilidades tendrás. —¿Y qué te importa, Ana? —dije cabezota. —Bueno, creía que éramos amigas. No quiero que pases la vida encerrada en una celda. —Me molestó que no comentara nada acerca de mi obvia inocencia. —Yo creía que había dejado claro que no te conozco de nada. —Era consciente de mi clara desventaja ante cualquier situación que pudiera acontecerme y lo poco que me convenía actuar de ese modo, pero sentí que una parte de mí necesitaba algo totalmente real, y para comprobar si lo que tenía alrededor lo era tenía que ser la Sara real, la que había sido en caso de estar en cualquier otro entuerto. Asegurarme de que confiaban en mí y yo podía confiar en ellos plenamente. Lo cierto es que era algo muy poco probable, pero no me importaba. Cualquier cosa que no fuera la confianza plena no me servía. Ante mi asombro, atisbé una media sonrisa dibujándose en el rostro de la chica. —Eres una desagradecida —dijo casi escupiendo el desprecio—. Te hemos sacado de la prisión y no es solo que no nos lo agradezcas, sino que además me tratas mal—. Hizo una pausa y yo me eché hacia atrás dando por zanjada la conversación—. Todavía estamos a tiempo de lanzarte por la ventanilla del coche y mirar desde el retrovisor cómo ruedas por el asfalto. —Inténtalo —dije desafiante, antes de darme cuenta de que estaba bromeando. Sentí que me sonrojaba y deseé que ella no se diera cuenta. El viaje duró alrededor de dos horas, aunque no podría decirlo con exactitud. Sentí durante todo el trayecto una extraña tranquilidad, como si realmente estuviera dejando atrás todo lo malo en lugar de enmascararlo. Como si una parte de mí intentase ocultarme todo lo que había pasado y olvidar que estaba huyendo. Casi sentí que todo había acabado y que empezaba una vida nueva. No me importaba a dónde íbamos. No me importaba si sabían o no algo de aquel cuaderno en el cual estaba segura de haber escrito sus nombres. No volvería a mencionarlo. Cuando Alex condujo a través de un camino de tierra redujo la velocidad. El coche se internó en un bosque oscuro, sin más iluminación que la de los propios faros. Los chicos guardaron silencio y solo podía oír la tierra dura crujiendo bajo los neumáticos y mi corazón acelerándose, aunque no le había dado permiso para latir a toda velocidad. Al cabo de unos minutos paramos. Los faros alumbraron una casa de madera de apariencia vieja que se alzaba en medio de un claro. El motor dejó de sonar. Solo en aquel momento me di cuenta de que durante todo el trayecto había estado escuchando también aquel leve zumbido que se camuflaba en el silencio. A pesar de la intensa oscuridad, en mi retina había quedado grabada la imagen de la casa de madera. Parecía la típica casa de las películas de terror en la que los protagonistas se colaban para emborracharse en mitad de la noche y en la que acababan encerrados durante días hasta que todos iban muriendo uno a uno. Me encantaba. Me pregunté si tendría electricidad o si tan siquiera podríamos entrar, aunque aquella pregunta me resultaba absurda. Si la casa estaba deshabitada, y parecía estarlo, ¿cómo no íbamos a poder entrar si habíamos podido salir del calabozo de la comisaría? La chica rubia se dirigió hacia la entrada contoneándose. Daba la impresión de que conocía el lugar como la palma de su mano. Yo la perdí de vista a los pocos metros entre la oscuridad y la niebla. Tan solo podía divisar ante mis ojos el vaho que salía de mi boca. A aquellas alturas del año ya hacía bastante frío y a mí me faltaba ropa para esas fechas. Lo cierto es que me faltaba absolutamente de todo. Ni siquiera había podido recuperar mi bolso en el que tenía el teléfono móvil, algo de maquillaje y mis cigarrillos. No tenía absolutamente nada más que la escasa ropa que llevaba encima. Me pregunté si dentro de aquel lugar, prácticamente en ruinas, guardarían algo de abrigo que pudiera aprovechar. Entonces, con un destello, una lámpara que pendía de la fachada principal y las dos ventanas delanteras de la casa se iluminaron con una luz amarillenta que casi cegó mis ojos ya acostumbrados a la oscuridad. En el pequeño porche, casi derruido, junto a la puerta, estaba Ana, toqueteando lo que parecía ser el marco de luz que había producido el milagro. Se volvió hacia nosotros con una sonrisa resuelta. Solo entonces me di cuenta de que Alex estaba junto a mí, a escasos centímetros, junto al vehículo, y casi me sobresalté. —Listo —dijo ella, y abrió la puerta con una de las llaves del manojo que se había sacado de un bolsillo. El interior estaba en mejores condiciones que el exterior, aunque el polvo lo envolvía todo y la madera crujía allá donde posábamos nuestros pies. A pesar de ello no parecía que se nos fuera a caer el techo encima y daba apariencia de que en un tiempo pasado aquella pequeña cabaña había sido preciosa y acogedora. Olía a cerrado, a polvo, a hierba y a humedad, pero era soportable. La planta baja constaba de un cuarto de baño, una puerta que, según dijo Ana, daba al sótano, la sala de estar, que ocupaba toda la estancia, y la cocina, la cual solo estaba separada del resto del salón por una larga mesa que hacía de barra. Pegada a la pared izquierda del salón pude ver una escalera, también de madera vieja y astillada que ascendía, llena de polvo, a la planta superior. Pude observar que los escasos muebles que aún había allí estaban excesivamente anticuados, cubiertos de polvo y con la madera bastante desgastada. Me pregunté si, cuando aún estaban en uso, cuando aún alguien habitaba aquel lugar, pretendían imitar el estilo retro con aquella decoración o realmente aquellos muebles tenían tantos años como parecía. No lo pregunté. La chica me dijo que en la planta alta había dos habitaciones y un aseo, pero que no llegaba el agua allí, así que debía evitar usarlo. Lo cierto es que me sorprendió que al resto de la casa sí llegara agua alguna. —¿De quién es esta casa? —pregunté finalmente mirando alrededor. Me di cuenta de que la segunda bombilla que colgaba del techo de un fino cable, la más cercana a la cocina, iluminaba bastante poco. —Mía —respondió ella con aire nostálgico, haciendo rodar la vista por los mismos sitios por los que yo lo había hecho antes, como si recordara cientos de momentos pasados. No quise comentar nada al respecto. Alex se había tumbado en el único sofá que había en la sala de estar y se mantenía boca arriba con los ojos cerrados y el rostro totalmente relajado, como si acabara de pasar por el día más estresante de su vida y por fin pudiera tomarse un descanso. No podría asegurar que estuviera dormido, pero presentaba una apariencia tranquila e indefensa, aunque, a la vez, parecía capaz de abrir los ojos en cualquier momento y saltar ante cualquier sospecha de ataque inminente. Impredecible. Impredecible como desde aquel momento en el que hizo la llamada desde el baño de la vivienda de testigos protegidos. Sentí ganas de ponerlo a prueba, pero al instante me percaté de lo estúpido de mi idea y me obligué a desecharla. A su alrededor aún flotaban motas del polvo que se habían levantado al tumbarse de golpe contra el cuero viejo. —Bu —pronunció una voz infantil demasiado cerca de mi oído derecho. Casi había olvidado su presencia durante aquellos instantes en los que me había dedicado a observar al chico de los ojos azules y las motas de polvo que revoloteaban en torno a él. Ella se había dedicado a dar vueltas por la habitación, haciendo quién sabía qué. Cambiando objetos de sitio, abriendo y cerrando puertas o grifos, amontonando mantas polvorientas en sillas más polvorientas aún que crujían al mínimo roce. Me había desinteresado rápidamente. —¿Estás bien? —preguntó. y no supe si estaba burlándose de mí o realmente le interesaba cómo me encontraba en aquel momento. —No lo sé. Estoy viva, que ya es mucho. —Sin apartar la mirada de mí se encaramó al respaldo del sofá en el que estaba tumbado el chico. Temí que se rompiera en pedazos. Sus delgadas y blancas piernas colgaban sobre el suelo y golpeaban una y otra vez el cuero que, con menos polvo encima, parecía ser de un color marrón oscuro. Casi no pude evitar preguntarle si no tenía frío ya que iba vestida con una sudadera bastante gruesa, pero solo con unos pantalones cortos por encima de unas botas militares que me recordaron a las mías—. ¿Por qué me habéis traído aquí? Sé sincera, Ana —pedí con seriedad. —Me gusta. —Hice un gesto de confusión ante su respuesta, pero ella dibujó una expresión totalmente seria en su rostro—. Siempre estoy en el epicentro de los problemas. Te he vuelto a encontrar, estás detenida y acusada de asesinato. ¡Eso es de lo más interesante! —Por un instante pensé que aquella chica estaba loca y lo mejor que podía hacer era salir huyendo de allí, pero, pensándolo detenidamente, lo que ella expresaba era exactamente lo que yo y mis amigos habíamos sentido siempre cuando nos metíamos en líos. Aun así me decía a mí misma de que aquella situación era diferente. Había dejado de ser divertido, había dejado de ser interesante estar en el centro de todos los problemas, buscarlos y reírse de ellos. Ya no había quien me convenciera de que aquella actitud merecía la pena. A pesar de ello traté de ser comprensiva y morderme la lengua. —¿Y si yo hubiera decidido que no quería escaparme del calabozo? —Bueno, has aceptado hacerlo, ¿no? Tú me has seguido, no te he obligado a nada, ¿qué importa lo que hubiera podido pasar? Importa el presente. —Carpe diem —murmuré en recuerdo de las ideas que había tenido toda la vida. —¡Exacto! —respondió con entusiasmo, y saltó del respaldo del sofá, apartando por fin aquella mirada de mí y volviendo a inspeccionar rincones de la casa. —¿Dónde estamos? —pregunté mientras la observaba abrir un cajón tras otro. La mayoría parecían a punto de deshacerse. —No voy a decirte donde estamos, Sara. —Una chispa de molestia saltó en mi mente. No quería que nadie tuviera control sobre mí—. Te prometo que si quieres ir a algún sitio te llevaré. No sé, a tu antiguo barrio, a la prisión... — Pude ver que sonreía levemente. —Pero no te voy a dar esta dirección. —Esta casa no tiene dirección —pronunció Alex a su espalda sobresaltándome. La chica rubia se giró rápidamente con un gesto de extrema indignación. —¿Quién te ha dado permiso para decir eso? —Él se incorporó con un suspiro de cansancio, como si hubiera vivido aquella reacción en multitud de ocasiones. —Verás, Ana, resulta que tú no me tienes que dar permiso para nada. Si lo que pretendes es que me mantenga callado hasta que me des permiso para hablar no esperes que vuelva a hacerte favor alguno. —Le dirigí una rápida mirada, sin querer meterme en su discusión. Ana parecía desesperarse cada vez que alguien decía algo que no le gustaba. No era como yo, que también tenía costumbre de enfadarme cuando me llevaban la contraria. Su actitud era distinta. Parecía a punto de perder los nervios a cada palabra que le disgustara, pero, más que rabia o ira, que era a lo que yo estaba acostumbrada, lo que se reflejaba en ella era una terrible decepción. No supe por qué le molestó tanto aquel comentario del chico ni a qué tipo de favores se refería él, así que me limité a observarlos con curiosidad y guardé silencio. —¿Esto es un secuestro? —pregunté con una media sonrisa interrumpiendo la discusión. —¿Venganza? —preguntó ella dirigiéndole una mirada rápida a su amigo —. No, no es eso. Ya te he dicho que te considero una amiga y quería ayudarte. —Seguía rebuscando en los cajones, que abría y cerraba cada vez con más brusquedad, como si no encontrara lo que buscaba. —¿Crees que me va a ayudar el hecho de haber huido de una prisión? —No seas exagerada, era un calabozo. Y bueno, te iban a hacer la vida imposible de todos modos. Si descubren que eres la asesina y descuartizadora de personas no creas que te van a reducir la pena por no haber escapado. —No pueden descubrir algo que no soy —dije con rotundidad. Intenté disipar la imagen de Lola de mi mente. En aquel instante, la rubia se dio la vuelta con brusquedad y se acercó a mí dejando su rostro muy cerca del mío. Traté de quedarme quieta y que no notase que me ponía nerviosa en absoluto. —¿Estás segura de que no lo eres, Sara? —Su voz sonó sádica y casi pude ver la oscuridad en sus ojos. —Por supuesto —pronuncié tratando de parecer segura, pero me tembló la voz. Sentí su aliento sobre mi mejilla cuando soltó una pequeña risa. —Y una mierda. —Tenía razón y yo no podía soportar aquello. ¿Y si estaba loca? ¿Y si había perdido la cabeza a causa de las drogas o algún trauma de mi vida y ahora mataba gente y no lo recordaba después? La empujé bruscamente para separarla de mí, esperando que su expresión cambiara drásticamente, pero mantuvo aquellos aires de suficiencia y aquella sonrisa inquietante. —No soy una asesina. —Ella se mantuvo a una distancia prudente, aunque no aparentaba temerme. —Muy bien, si eso es cierto, durante el tiempo que pases en esta casa no morirá nadie. —Miré a Alex para asegurarme de que había oído bien. Él asentía levemente. —¿Piensas... pensáis dejarme aquí encerrada? ¿Estás loca? Ni siquiera hay comida, todo está lleno de porquería. ¿De qué estás hablando? —Miraba a mi alrededor sin poder dar crédito a la situación y reparé en mi brazo izquierdo —. Además, ¡mira esto! Necesito curarme, se me va a infectar —pronuncié alzando el brazo hacia ella con desesperación. Casi sentí que le estaba pidiendo un favor y eso me enfurecía, pero en aquella situación era incapaz. Estaba agotada y resignada a todo lo que me pudiera suceder. No quería estropear todo más de lo que ya lo había hecho. En ese momento Ana rompió a reír histéricamente. —¡¿Te has cortado las venas?! —No podía creer su reacción. El corazón empezó a agitarse en mi pecho y se me humedecieron los ojos de impotencia. Pero cuando fui a lanzarme dispuesta a reventarle el cráneo contra la pared, unas manos firmes me agarraron por detrás, rodeándome los hombros, y tiraron de mí en su dirección. —Dejaos de gilipolleces —dijo Alex en un tono tan tranquilo que estuve segura de que solo pude oírle yo, ya que Ana seguía riéndose como una loca. —¡Pero...! —comencé con rabia. —Pero nada, Sara. No estás en condiciones de pelearte con ella. —Le miré a los ojos y agaché la mirada rápidamente cuando sentí que una lágrima estaba a punto de desbordarse. Debí llegar a tiempo, pero seguro que el chico se dio cuenta. Contuve un resoplido—. Ni conmigo —dijo finalmente. Me pareció una amenaza. No podía creer que estuviera en aquella situación. Lo tenía todo en contra y no hacía más que estropearlo y hacer que fuera a peor una y otra vez. Me agarró del brazo bueno y prácticamente me arrastró hasta el sofá en el que él mismo había estado tumbado momentos antes. Al caer en él salió al vuelo un puñado de polvo. Tuve que esforzarme por no toser. Ana seguía riéndose detrás, aunque intenté ignorarla. —Sara, si así lo decides estaré encantado de llevarte a la puerta de la prisión para que te entregues —comenzó a decir con una voz fría y serena, como si nada de aquello tuviera importancia—, pero creo que este plan es mejor: te quedarás aquí unos días... —Pero ni siquiera hay comida, no puedo quedarme en este sitio. Es un desastre. —Ana y yo nos encargaremos de traerte todo lo que necesites. —¿Tengo que confiar en Ana? —Puedes volver a la prisión —concluyó, y vi en aquellos grandes ojos azules que no bromeaba. —Yo no pedí que me sacarais de allí. —Tampoco te negaste, saliste por tu propio pie. —Le miré unos instantes en silencio sin saber cómo responderle. Tenía razón, pero yo estaba confusa y no sabía lo que hacía. ¿Cómo se les ocurría ponerme fácil la huida? Suspiré con frustración—. No vas a estar sola, ni te vas a morir de hambre. —¿Cómo sé que no vais a entregarme como fugitiva? —Eso sería un poco absurdo, ¿no crees? —Me esperaba cualquier cosa de ellos, pero no respondí. —¿Y voy a tener que pasarme aquí el resto de mi vida? —Solo hasta que encontremos al asesino —respondió tan serio que solo pude tratar de contener una risa que finalmente estalló. —¿Hablas en serio? —pregunté tratando de vocalizar mientras me reía irónicamente. Sentí entonces que Ana dejó de hacerlo y se acercaba para atender a la conversación—. ¿Me estás diciendo que me habéis traído aquí para protegerme mientras investigáis un asesinato del que no tenéis ni idea y con el que no tenéis nada que ver? Y dicen que la loca soy yo. —Miré a la chica de reojo y vi que le divertía la situación, pues llevaba dibujada en el rostro una amplia sonrisa que parecía a punto de echarse a reír. Pero se controlaba. En cambio, Alex mantenía el semblante serio y frío y sus cejas levemente alzadas, como si no entendiera qué tenía aquello de gracioso. —Pues sí —dijo con rotundidad, y Ana soltó una risilla estúpida. Corté la mía. —Eso es una locura, Alex. ¿Quiénes sois vosotros para meteros en este tema? ¿Sois policías, investigadores? Además, ¿qué sabéis del caso? —Todo lo que tú nos cuentes. Creo que sabes bastante. —Pero ¿y si no quiero contaros nada? Es personal. —Traté de ponerme seria—. No os conozco de nada, han muerto personas importantes para mí. — Tragué con dificultad el nudo que se me formó en la garganta—. Además, podría ser una asesina en serie, ¿cómo podéis estar tan tranquilos? —Bueno, ella está loca. —Señaló a Ana, que fingió ofenderse—. Y a mí me interesa el tema. No nos da miedo meternos en esto, pero si decides no contarnos nada, por mi parte lo respetaré. —Le miré pensativa, recordando el momento en Canto en el que negaba querer saber lo más mínimo de aquel asunto. No sabía si podía confiar en ellos, quería ver a Pablo, quería llamarle y darle una explicación. Una parte de mí decía que él entendería porqué me había ido, incluso podía protegerme. Pero mi parte lógica y racional me preguntaba si acaso creía estar en una película. En cuanto Pablo supiera que me había dado a la fuga dejaría de apoyarme automáticamente, pero aquel era un paso que ya había dado. Solo me quedaban aquellos dos desconocidos, las personas en las que menos confiaba del mundo. Agaché la cabeza y me eché las manos a los ojos, apretándolos como si así fueran a desaparecer todos mis problemas. Cuando levanté la vista de nuevo la borrosa figura de una mano pálida ofreciéndome un cigarrillo y un mechero. —Gracias —le dije a la chica mientras le daba una honda calada—. Lo pensaré, si no os importa —dije casi en un suspiro. —¡Muy bien! —dijo Ana en voz tan alta que no lo esperaba—. Arriba hay dos habitaciones, ninguna está en muy buenas condiciones, pero deberías encontrar alguna manta para pasar la noche, de todos modos, he dejado algunas en esa silla. Y puedes usar el baño de abajo. —Señaló una puerta al fondo de la estancia. —¿Y si tengo hambre? —pensé en lo principal. —Bueno, por eso no te preocupes —dijo ella dibujando una sonrisa de oreja a oreja—. Esta noche traerán provisiones. —Alex le dirigió una mirada de confusión. —¿Quién? —preguntamos al unísono. —¡Hoy habrá fiesta! —respondió con un grito histérico y comenzó a dar saltos de alegría. Por un instante me recordó a Lola y sentí una punzada en el pecho. CAPÍTULO XI Si tan solo dos semanas antes me hubieran dicho que iba a acabar en aquella situación me habría reído a carcajadas en la cara de quien hubiera pronunciado aquellas palabras. Ana me había pedido que estuviera en el sótano durante la fiesta, ya que era la única habitación de la casa que se podía cerrar con llave y no quería que sus invitados supieran que yo estaba allí. Quise negarme, pero tuve que admitir que tenía razón cuando me recordó que había salido en todos los telediarios y todos pensaban que era una asesina en serie. Escuché cómo echaba la llave después de prometerme que en cuanto llegaran sus invitados me traería algo de comer, de beber y un paquete de cigarrillos. Hasta entonces solo tendría dos. Al parecer Ana había pensado que sería un ahorro montar una fiesta en lugar de ir a un supermercado. Su plan era pedir a cada invitado que trajera comida y bebida y lo que sobrara se quedaría en la casa, así no tendría que gastarse nada. «De verdad, la gente está loca: les ofreces una fiesta en mitad de la nada y les da igual gastarse todos sus ahorros con tal de perder la cabeza por una noche», había dicho mientras me explicaba su plan. Me había ofrecido una linterna que había encontrado en un cajón antes de que llamaran a la puerta y me hiciera bajar al desván, donde no había electricidad. Apunté con la linterna al techo, pero no pude averiguar si no había bombilla o si simplemente estaba fundida. Si la casa era un desastre aquello era el epicentro. Ana cerró la puerta a mi espalda sin molestarse en decir palabra alguna y escuché sus pasos rápidos hacia la puerta principal. Yo me quedé quieta, casi paralizada, durante un par de minutos en la parte alta de la escalera que bajaba al habitáculo, moviendo el haz de luz a un lado y a otro. El olor a humedad y polvo casi taponaba la nariz. Tardé un rato en acostumbrarme a respirar aquel aire, tratando de no toser y no llamar la atención fuera, donde ya empezaban a oírse las voces encantadas de los invitados. Bajé lentamente la escalera con miedo a que se hiciera pedazos bajo mis pies. No crujía apenas, pero la madera tenía una textura blanda y elástica, como si hubiera estado empapada durante años y estuviera a punto de deshacerse. El lugar estaba repleto de objetos. Muebles viejos, electrodomésticos estropeados, juguetes, cajas, libros y sacos se amontonaban alrededor, dejando un pequeño pasillo en el centro de la habitación para poder acceder a cada uno de los artículos, aunque ¿quién querría acercarse siquiera a aquellas porquerías? Las escasas zonas de pared que estaban a la vista estaban cubiertas de musgo verde y húmedo y el techo estaba repleto de telarañas de todos los tamaños, aunque no había indicios de fauna alguna en aquel lugar, cosa que me sorprendió. Lo lógico de un lugar como aquel era esperar encontrarse con ratas, arañas y cucarachas, aunque supongo que era todo tan desastroso y se respiraba tan mal que ni aquellos animales eran capaces de vivir allí plácidamente. Tras un rato echando una ojeada y decidir que si había algo interesante allí abajo sería dentro de las cajas que no se me ocurriría abrir, me senté en el penúltimo escalón, posé la linterna en el suelo, con la luz enfocando hacia arriba y me encendí uno de los cigarrillos que me había dado la chica rubia. Observé por unos instantes el humo saliendo lentamente de entre mis labios y enredándose alrededor mía, acentuado por la luz de la linterna. Siempre me había gustado la imagen del humo de un cigarrillo revoloteando a mi alrededor y diseñando formas fantásticas. Pero ¿qué estaba haciendo allí? Tenía que decidir con la mayor prontitud posible si me entregaba a la policía como fugitiva o decidía confiar en aquellos dos chicos que no solo no conocía, si no que desde que los vi por primera vez me cayeron mal. Y lo cierto es que solo me quedaba la última opción. Cómo se me iba a pasar siquiera por la cabeza el presentarme en comisaría y decirle a Pablo: «Oye, que tuve un pequeño desequilibrio mental y decidí fugarme, pero he razonado y he pensado que lo mejor que podía hacer era volver. Pero tranquilo, que no estoy loca ni soy ninguna asesina». Era una estupidez. Pero aún más estúpida era la idea que tenían aquellos dos de descubrir al asesino. ¿Cómo pretendían hacerlo con la información que yo les pudiera proporcionar? Si la policía con todo un equipo de investigadores no había podido encontrar nada, o al menos era lo que afirmaban, ¿cómo iban a poder dos chicos sin experiencia alguna en aquel tema? Lo cierto es que me olía que para ellos todo aquello era simplemente un juego, una forma de entretenimiento. El estar en medio de un lío como aquel les parecía divertido al igual que a mí me lo habría parecido de no haber sido la protagonista o de no haber perdido tanto en aquel «juego». Mi mente empezó a divagar y a pensar ideas y posibilidades: Quizás ellos mismos fueran los psicópatas, quizá sí era todo un juego, un juego sádico en el que me ponían de los nervios para luego encerrarme en aquel sótano y matarme mientras me confesaban que los asesinos eran ellos. Quizás estaban compinchados con la policía; eso explicaría el hecho de que hubiéramos salido sin dificultad alguna de aquel calabozo. Tal vez su misión era sacarme información, hacer que confiara en ellos y, finalmente, entregarme con una confesión por delante. Y si no fuera así también cabía la posibilidad de que estuviera en peligro. Alguien había asesinado brutalmente a la mujer con la que vivía y a mi mejor amiga. Quizá lo que realmente quisiera el misterioso asesino fuera asustarme para terminar por matarme a mí también. Pero ¿quién podría odiarme hasta ese punto? Me había relacionado con malas personas, pero no hasta tal límite. Al menos no que yo supiera. ¿Era posible que llegara a ocurrirme lo mismo que a Lola y a la señora Marisa?, ¿podía encontrarme allí aquel psicópata? Sabía que todas aquellas ideas eran un tanto retorcidas, pero no sabía qué pensar ni qué hacer. Estaba totalmente estancada. Lo único que tenía claro era que el brazo me escocía cada vez más, que estaba muerta de agotamiento y que sentía una terrible punzada en el pecho cada vez que la imagen de mi mejor amiga aparecía sin previo aviso en mi cabeza. El mundo daba vueltas a mí alrededor y yo me sentía paralizada en el centro de todo, recibiendo todos los golpes y disparos en una guerra en la que había aparecido de repente. Y todo era culpa mía. No había podido controlar mis impulsos, no había podido evitar salir corriendo de allí cuando vi el cadáver de mi amiga. No había podido evitar atacar a los únicos amigos que me quedaban ni hacerme daño a mí misma, ni hablar con desprecio a la agente Ruiz, ni salir corriendo detrás de Ana cuando vinieron a sacarme del calabozo. Todo aquello era un desastre. Apoyé la cabeza en una de las barandillas de madera de la escalera (la única que no estaba hecha añicos) y observé el humo mezclado con vaho saliendo de mi boca. Cerré los ojos lentamente, intentando que mi mente dejara de dar vueltas y mi pecho se calmase. Habría dado mi alma por un poco de paz interior. Solo un instante. Respirar sabiendo que mi peor problema es no tener dinero ahorrado para independizarme cuando la señora Carrión me despidiera porque descubriera que llegaba drogada demasiado a menudo. Mi cabeza daba vueltas entre el sueño y el cansancio cuando escuché abrirse la puerta y noté los pasos de alguien a mi espalda. Me giré con expresión de indiferencia. Sabía que ninguno de los invitados podía abrir la puerta del sótano, así que di por hecho que se trataba de Ana. Me sorprendí cuando vi al chico de los ojos azules. —Ha sido lista —dijo con una media sonrisa, la misma que mostró el día en que lo vi por primera vez en la biblioteca. —¿Quién? —pregunté adormilada. —Ana. —Se sentó a mi lado y me acercó una bolsa de plástico mientras colocaba por encima de mis hombros una manta polvorienta. Estaba hecha un desastre, pero lo agradecí. Hasta entonces no me di cuenta del frío que estaba pasando—. La gente ha traído mucha comida, no van a comerse ni la mitad. También hay mucho alcohol. Ya sabes, beber quita el apetito. Me acomodé bajo la manta y empecé a hurgar en la bolsa que me había traído. En su interior había dos sándwiches y una pequeña fiambrera con una ensalada aparte de una botella grande de agua que me recordó a los días anteriores en el calabozo. Al fondo de todo había un paquete de Chesterfield. —Gracias —murmuré, y me encendí el cigarrillo suelto que me quedaba. Sentí que el chico clavaba sus ojos en mí e intenté rehuirle. —¿Cómo estás? —preguntó finalmente. Como si le importara. —Estoy bien. —No, de verdad, me gustaría saber qué se siente al pasar por todo esto. — Entonces le dirigí una mirada con la que pretendía mandarle callar, pero él no cambió su expresión en absoluto. Se mantenía serio y a la vez curioso. Dejé pasar unos instantes, en los que se oía la música del piso superior y las voces y gritos de la gente que estaba pasándolo bien. Me pregunté de dónde habían sacado el equipo de música y una parte de mí quería subir a destrozarlo. No soportaba lo que estaba sonando. Pero no, tenía que mantenerme oculta. —No voy a decirte qué se siente —respondí con rotundidad después de pensármelo. —¿Por qué? —Le retiré la mirada sin pronunciar palabra. —Oh, ya veo. No te gusta que la gente sepa lo que sientes. Eres de esas. —¿Qué demonios significa «de esas»? —pregunté ofendida. —Bueno, hay personas que por temor a que les hagan daño dejan de expresar lo que sienten, lo ocultan y se ponen una máscara... —Yo no llevo ninguna máscara. —Sonrió y me sentí vulnerable. —Lo que tú digas, Sara. Solo quería saber cómo estás. —Se levantó de mi lado y comenzó a girarse para ascender la escalera de nuevo cuando decidí llamarle. —Vale. —¿Qué vale? —preguntó confuso. —Te diré lo que se siente. —Vi que se volvía de nuevo hacia a mí y tomaba su anterior asiento—. Pero no voy a contarte nada del caso. —Él levantó las palmas de las manos en señal de aceptación y me miró con aquellos ojos azules y con una media sonrisa que no sabía si me gustaba o me ponía de los nervios. Al principio me costó abrirme. Solo repetía una y otra vez, en tono de rabia, que no sabía qué demonios hacer en aquella situación, que me indignaba que me consideraran una psicópata y que yo no habría sido capaz de hacer daño a alguien que me importaba ni mucho menos de cometer aquella atrocidad. Pero salió el tema de Lola y tuve que luchar por no derramar lágrima alguna y que él no notara lo dolida que estaba ni lo mucho que me había traumatizado la situación. No le conté nada de su muerte, no hablé del grotesco cadáver, solo dije que la había visto muerta en el salón de aquel piso, que no había sabido reaccionar y que me había vuelto loca. —¿Y entonces te hiciste eso? —preguntó señalando mi brazo vendado. Casi lo había olvidado. —Sí... No sé por qué se me fue la cabeza. No sabía lo que hacía, estaba borracha... —¿Todas las veces que te has hecho daño estabas borracha? —Lo cierto es que sí, pero... espera un momento. —Le devolví la mirada y casi me dio un vuelco el corazón—. No te he dicho que me haya hecho daño en ninguna otra ocasión. —No es necesario, Sara, eres autodestructiva. Según me has contado tu vida siempre se ha basado en beber, fumar, drogarte y meterte en líos y, aun así, tienes sentimientos. Si lo has hecho esta vez no es difícil deducir que no es la primera. —Me sentí aliviada ante aquella respuesta. Por una parte odiaba sentir que me había psicoanalizado, por otra me aliviaba el hecho de que no fuera un psicópata espía que me llevara siguiendo durante meses y a aquellas alturas supiera todo de mi vida. Lo cierto es que me sentí un tanto paranoica. —No me gusta que hagas eso —dije seriamente mientras abría la bolsa y desenvolvía uno de los sándwiches. —¿El qué? —Decir cosas de mí que yo no te he dicho. —¿Tengo que hacer como que soy estúpido y no te voy conociendo por lo que me dices? —No puedes saber cosas de mí que no te he dicho. —Mi tono se tornó un tanto infantil, y lo cierto es que se trataba de una pataleta, pero me había molestado. —Lo siento, no volveré a hablarte de nada que tú no me hayas dicho, aunque sea obvio. —No es eso. —Sentí que el primer bocado de alimento caía en mi estómago vacío. —Tranquila, sé lo que quieres decir. Lo siento. —Medio sonreí cuando dijo aquellas últimas palabras. Me resultó tierno que fuera capaz de pedir perdón ante una pataleta como aquella. O quizá simplemente me sentí orgullosa por haber ganado aquella discusión. No sé cuánto tiempo pasó Alex allí abajo, pero decidió subir a por una botella de ron, Coca-Cola y dos copas con hielo para tomarse algo conmigo. Casi logró que me sonrojara cuando afirmaba que volvía a la fiesta y regresó con aquello entre las manos cinco minutos después. Nos pasamos hablando horas y horas y consiguió sacarme todo lo que quiso. Quizá fue el alcohol o quizá que finalmente logró ganarse parte de mi confianza, pero cuando cambió aquel semblante frío y serio por uno más amistoso y relajado sentí que podría ser incluso un amigo. Ni que decir tiene que no hablé de emociones y sentimientos con él ni volví a sacar el tema de Lola, pero sí le hablé de mi trato con Pablo y de la agente Ruiz, de las preguntas que me hicieron y de que Pablo no creía que yo fuera una psicópata. Le dije que dudaba de mí misma, aunque traté de restarle bastante importancia a pesar de que me preocupaba el tema. Le conté que en ocasiones pensaba que me había vuelto loca y era yo la que cometía aquellos crímenes y luego perdía la memoria, pero me respondió con una risa de incredulidad. —Venga ya, tía, no eres una psicópata —dijo mientras se tumbaba sobre los escalones con la copa en la mano—. Además, piénsalo, el día que murió la señora Carrión has dicho que estabas en una fiesta, ¿no es cierto? —Pero no tengo testigos que puedan afirmarlo. —Que la gente no pueda decírselo a la policía no significa que no puedan decírtelo a ti. —Por un instante se me pasó por la cabeza ponerme en contacto con el hermano de Lola para asegurarme de que había estado en la fiesta durante toda la noche, pero luego deseché la idea. Además de que era absurdo, ya que por mí sola no habría sabido volver desde allí a casa de la señora Marisa, ¿cómo se me iba a ocurrir llamarle para eso?, ¿sabría lo de Lola?, ¿pensaría también que yo era la culpable de la muerte de su hermana? Volví a sentir aquella presión y traté de relajarme—. No eres una psicópata —repitió Alex mirándome directamente a los ojos con seriedad. —Eso espero —murmuré. Un tema llevó a otro y terminamos contando anécdotas. Las denuncias y multas que me habían puesto, lo poco que había estudiado, los hobbies que tenía, la música que me gustaba. Coincidíamos en la música y en los libros y eso me alegró, ya que temía que le gustase el género musical que estaba sonando en el salón. Era insoportable. Al parecer él no me llegaba ni a la suela de los zapatos en cuanto a delincuencia. Solo había tenido una multa de tráfico en su vida y jamás se había metido en una pelea. O al menos eso afirmaba. En cuanto a drogas y alcohol, bebía, pero nunca había consumido drogas más de una vez, tan solo para probarlas. Decía que no le gustaba ese estilo de vida, pero que lo respetaba, aunque intuí que aquello último lo dijo tan solo para no ofenderme. Tampoco me habría ofendido. No me importaba lo que pensara la gente de mi estilo de vida siempre y cuando no fuese que era una asesina en serie capaz de matar a las personas que más le importan. Ya había pasado toda la vida soportando rumores, quejas y consejos, y había aprendido a evitar que me afectaran. Cuando llegamos a nuestra infancia le gané por goleada. La suya había sido de lo más normal del mundo: tenía unos padres que a día de hoy aún le querían y tenían buena relación, a pesar de que él se consideraba una persona bastante independiente. Mi infancia, en cambio, había transcurrido en un orfanato; el mismo en el que estuvo Ana. —Así que de eso os conocíais —dijo como si todas las piezas de un puzle encajaran por fin. —Bueno, lo cierto es que yo no la reconocí la primera vez que la vi en la biblioteca. ¿Por qué te acercaste? —dije sonriendo. Menuda estupidez de pregunta. —No sé, ella me dijo que no era capaz de convencerte de que salieras con nosotros aquella noche. —Me gustaba hablar de cosas de lo más normales—. Perdí un paquete de cigarrillos aquel día. —Una apuesta. —Sí —respondió apartando la mirada de mí y observando la parte de la estancia que no iluminaba la linterna—, pero estuvo bien. —Traté de no pensar qué querría decir con aquello. Pasamos unos minutos en silencio y di por hecho que los dos nos preguntábamos qué habría más allá de la oscuridad, dentro de las cajas, en los cajones de los muebles, si algo se podría usar, si había sido usado alguna vez. Pero luego barajé la posibilidad de que él ya hubiera estado allí antes. —Te tiene cariño, ¿sabes? —Asumí que se refería a Ana. —Alex, eso es imposible, no nos conocemos —respondí con frialdad. Lo cierto es que me empezaba a sacar de quicio aquel tema. Yo no consideraba que aquella chica fuera mi amiga por mucho que hubiéramos pasado un tiempo juntas cuando éramos apenas unas crías. —Bueno, no os conocéis ahora, pero de pequeñas erais muy amigas según me ha contado, ¿no es así? —Sí, tío, pero con ocho años cualquier persona con la que juegues es tu amiga, no sé si me entiendes. —Se hizo un breve silencio en el cual resonaron los hielos de su vaso al dar el último trago. —Entiendo... —respondió pensativo—, pero es una chica rara. Cosas que creemos sin importancia a ella parecen marcarle de por vida. Intenta no hacerle mucho daño. —Me sorprendió aquella respuesta. Ni que fuera mi responsabilidad cuidar de aquella loca que se creía mi amiga. Pero traté de no ponerme a la defensiva ya que lo estaba pasando bien a pesar de estar encerrada en un sótano húmedo y polvoriento. —Ya me he dado cuenta de que es una chica rara. —Solté una leve risa—. Yo también lo soy a mi manera. —Pretendí que aquello fuera lo que me excusara de no tener que «cuidar de ella». El chico respondió con una sonrisa de comprensión. Me sentí rara por no haberme enfadado por aquel comentario, ya que normalmente nunca me había importado estropear ningún buen momento por algo que realmente me molestaba. Lo achaqué al cansancio. En aquel momento me sobresalté al escuchar cómo se abría la puerta y los dos nos giramos bruscamente. —¿De dónde has sacado la llave? —preguntó Alex con reproche—. Creía que yo tenía la única que hay. —Ana sonrió mientras balanceaba una copia de la llave del sótano en una de sus manos. —Venga, tortolitos, ha acabado la fiesta. —Dejó la puerta abierta de par en par y echó a andar hacia el salón mientras seguía hablando—. Tengo dos llaves, Alex —dijo mientras dejaba la suya sobre la encimera de la cocina y le extendía la mano al chico para que le devolviera la segunda. Cuando salimos del sótano la casa estaba hecha un desastre. No me había dado cuenta de en qué momento había dejado de sonar la música y las voces de los invitados, pero no debía de haber sido hacía mucho, ya que no parecía que Ana hubiera tenido tiempo de recoger el lugar. Quizá no había querido recogerlo. El suelo estaba lleno de vasos de plástico y colillas, y había algún que otro charco compuesto de alguna sustancia pegajosa que no era capaz de identificar. Pero la casa no olía peor que antes. Es más, el olor del humo y el alcohol hacía que se notara menos el polvo y la humedad y eso, después de tantas horas en el sótano, se agradecía. Alex le dio su llave a la anfitriona y comenzó a recoger vasos del suelo para echarlos al fregadero repleto de musgo. Pensé que habría que limpiarlo antes de lavar los vasos, pero no dije nada. —El frigorífico funciona, ya lo he probado —dijo Ana abriendo la puerta al máximo, como si tuviera que forzarla para que yo llegase a ver su contenido desde el lugar en el que estaba. La nevera estaba repleta de refrescos, cerveza, un par de botellas de alcohol y montañas de pizza aparte de algún que otro zumo y comidas precocinadas. Toda comida basura. No me iba a quejar. —Todo tuyo. —¿No vamos a quedarnos aquí? —preguntó Alex, que seguía intentando adecentar el sitio. Yo decidí soltar la manta que aún llevaba sobre los hombros y echarle una mano. —No, ¿no? —Bueno, yo he bebido, no puedo conducir. Y tú también apestas a alcohol —zanjó. Ana se quedó mirándole anonadada, como si aquello fuera una noticia increíble, como si tuviera que tomar la decisión de su vida al decidir si pasar el resto de noche que quedaba en aquella casa o irse de allí. Pero lo cierto es que no tenía muchas opciones. —Solo hay dos camas —dijo finalmente. —Yo dormiré en el sofá —respondió él, y se limpió las manos en los pantalones cuando dimos por concluida la recogida de vasos. —Muy bien —dijo Ana cerrando la nevera y recogiendo algún que otro plato de plástico que depositaba también en el fregadero a rebosar—, pero va a ser la vivienda provisional de Sara, así que mañana le toca a ella limpiar todo esto. —Y una mierda —dije sonriendo con malicia. Ella me devolvió la sonrisa, pero no dijo nada. No supe si tomármelo como una broma. Ana me dio un puñado de mantas antes de subir a la planta superior. Las escaleras, como todo lo de la casa, parecían a punto de derrumbarse bajo nuestros pies, pero aprendí a ignorarlo. Arriba había un pequeño pasillo de apenas tres metros de largo y uno de ancho, a cada lado una puerta de dormitorio y en el extremo la puerta del aseo que no convenía usar. —Esa es tu habitación. Esta es la mía —dijo secamente mientras se introducía en el dormitorio de la derecha después de quitarme de encima una de las mantas más gruesas. Yo me encogí de hombros y abrí como pude la puerta de la habitación, sorprendiéndome al instante. Me pregunté si el otro dormitorio estaría en las mismas condiciones, pero aquel no parecía ser parte de la casa. Estaba impecable, los muebles parecían nuevos y, aunque todo lo cubría una mínima capa de polvo, parecía bastante limpio. La madera era resistente y no estaba astillada. Frente a la puerta, en el extremo opuesto de la habitación, había un enorme ventanal, el cual deduje que era uno de los que se veían desde fuera. El resto de la habitación estaba compuesto por un enorme armario a la derecha, una cama junto a este y un escritorio pegado a la pared izquierda, aunque frente a él no había asiento alguno. En cualquier caso, la habitación estaba vacía. No tenía ningún tipo de decoración y la cama permanecía sin sábanas ni mantas. Puse sobre ella las dos que llevaba encima tras sacudirles un poco el polvo y las coloqué, una sobre el colchón y otra para arroparme. Finalmente, me eché la mano al bolsillo, suspiré, abrí el gran ventanal y me fumé un cigarrillo mientras observaba el cielo nuboso y sentía el frío del invierno en mi rostro. CAPÍTULO XII Al cabo de tres días comencé a acostumbrarme a aquel lugar. Alex y Ana se ausentaban continuamente. Supuse que a seguir con sus vidas de personas normales. No hablaban conmigo del caso; de mi caso. No me decían si realmente investigaban algo y lo cierto es que yo quise ignorarlo por un tiempo. Intuí que Alex no quería que me quedara sola en la casa por las noches, aunque no pregunté el porqué, pero cada día ponía una excusa nueva para que tuvieran que quedarse a dormir allí y así lo hacían. No pasé ninguna noche sola en aquel sitio. Por una parte, lo agradecía. No es que temiese el lugar en sí, pero pasaba las noches prácticamente en vela pensando que en cualquier momento la policía le daría una patada a la puerta y volvería al calabozo, o directamente iría a la cárcel. Y no quería que aquella situación me pillara sola. Quizás ese tipo de soledad sí me daba miedo. Ana solía traerme comida y demás al anochecer, entonces se quedaban a cenar conmigo, tomábamos algo y finalmente cada una nos íbamos a nuestra habitación, dejando a Alex en el sofá. Una noche tuve que ducharme. Claro, ellos en sus casas, donde vivieran realmente, cubrían todas sus necesidades básicas, pero yo llevaba varios días sin ver una ducha y no podía seguir así. Por tanto le pedí a Ana, a pesar de herir mi orgullo, ya que no me gustaba pedirle nada, que me trajera todo lo necesario, además de un cepillo de dientes y alguna que otra cosa más. Quise decirlo todo de una vez para no tener que repetir próximamente lo que para mí era una humillación. Aunque para mi sorpresa no hizo ningún chiste al respecto. La única ducha que funcionaba en toda la casa estaba hecha un desastre cuando quise usarla. La bañera estaba repleta de óxido y musgo y tuve que pasarme horas limpiándola antes de atreverme a poner un pie dentro. Por supuesto, tuve que dejar el grifo abierto bastante tiempo para que las tuberías se limpiaran por dentro. Lo mismo pasó cuando nos decidimos a limpiar el resto de la casa, aunque lo cierto es que en gran parte yo me encargué de aquel trabajo. Al fin y al cabo, era yo la que iba a pasar más tiempo allí y tenía muchos ratos libres. Todos los del mundo. Aquel sitio no tenía televisión, no tenía un solo libro a mano, además un libro triste, Lágrimas Negras, la vida de una chica maltratada que me recordaba mucho a Lola y todo el entretenimiento que había estando sola era fumar un cigarrillo tras otro, cocinar, y adecentar la casa. No entré al baño de arriba y no pisé el sótano dando por hecho que eran habitaciones que no íbamos a usar nunca. Pero el resto de la casa quedó bastante presentable tras tres días de limpieza a fondo. No hice absolutamente ningún comentario cuando los chicos llegaron la tercera noche y Ana se quedó boquiabierta repitiendo una y otra vez el buen trabajo que había hecho. Lo hacía por entretenerme con algo, no por satisfacer a nadie ni hacer favor alguno. En cuanto a nuestra relación, para entonces no había cambiado mucho. Ana seguía poniéndome de los nervios, pero yo cada vez me controlaba más. Al fin y al cabo, no me convenía acabar a puñetazos con ella. Alex volvió a ser el Alex de siempre y no el de aquella noche en el sótano. No nos hicimos súper amigos ni nada por el estilo. De hecho, apenas hablábamos. Aunque él solía ser más razonable que Ana y a menudo se ponía de mi parte en las muchas discusiones que teníamos. Después de varios días sin tener absolutamente ninguna noticia sobre los asesinatos o cualquier información del caso, la última noche, mientras cenábamos, decidí preguntar. —¿Se sabe algo? —dije mirando mi porción, como si no le diera ni una cuarta parte de la importancia que realmente le daba a aquella conversación. —¿Algo de qué? —preguntó la rubia con verdadera curiosidad, y Alex soltó una risa por lo bajo. —Pues del caso, no sé. ¿He vuelto a salir en las noticias? —Hoy no. —Fue toda la respuesta de Alex. —Pero ayer sí. Aunque no hay novedad alguna. La policía te está buscando, tu cara envuelve las comisarías, etcétera, etcétera. —¿«Etcétera» qué significa, Ana? —insistí con frustración. —No sé, no me he enterado bien. —Me molestó que le diera tan poca importancia a aquello. ¿Acaso no era consciente de que estaba ocultando a una persona acusada de asesinato?, ¿no habían ellos dos, asegurado que iban a investigar aquello? En cualquier caso resoplé con frustración y guardé silencio. Pude ver cómo Ana sonreía con malicia. —Podemos hablar después, ¿no? Ahora estamos cenando —zanjó Alex, como si aquel tema fuera de lo más desagradable para hablar en la mesa. Ana soltó una carcajada, pero volvimos a guardar silencio. Al cabo de un rato ellos dos empezaron a hablar sobre personas que no conocía y situaciones en las que yo no había estado. Debería haberme sentido desplazada, pero lo cierto es que no me podía quejar si estaba viva y no precisamente en una celda. Aunque no pudiera salir de aquel lugar. —Jane va a venir a buscarnos —dijo Ana cuando terminamos de recoger la mesa en la que cenábamos, la cual había sido colocada en el centro de la sala, tras el sofá de cuero. —Yo no voy —dijo Alex con rotundidad. —No nos vayas a hacer pasar por tu casa, vives muy lejos —pidió ella. Yo me dedicaba a fregar los platos y vasos en silencio, sin meterme en la conversación y haciendo como que no estaba atenta a cada una de sus palabras. Antes no había querido pasar la noche sola en aquel lugar, pero el hecho de vivir aquella calma en soledad era algo que me atraía considerablemente. Sobre todo, disfrutaría de la ausencia de aquella chica. —Bueno, me quedaré aquí —respondió él. Se me resbaló uno de los vasos que estaba lavando en aquel momento, pero di gracias a que no se rompiera. Habría llamado la atención más de lo que lo había hecho aquel golpe. Se hizo el silencio. —¿Vienes, Sara? —Entonces me di la vuelta, nerviosa. ¿Por qué me ponía nerviosa aquella situación? Quizá porque en el fondo aún no confiaba en ellos y no sabía a qué jugaban, si es que era un juego. A mí aquello me parecía más bien una broma pesada. Era evidente que no podía salir de allí, que no me podía dejar ver por la calle. Cualquier persona que me viera y hubiera visto la televisión recientemente, por lo que decían los chicos, llamaría a la policía de inmediato. Pero ¿qué era aquello de que Alex se quedaba en la casa?, ¿y si él era el que había asesinado a Lola y a la señora Marisa? Era cierto que con el paso de los días había llegado a pensar que aquello era una locura, descubriendo que era un chico normal, o al menos no como la chalada de su amiga, y que el hecho de que fuera él quien me diera aquella nota a la salida de la universidad podría haber sido simple casualidad. Pero no era capaz de confiar plenamente en nadie, no era capaz de olvidar que aquella situación era más que extraña. ¿Y si no eran ellos los asesinos, sino solo él y estaba esperando el momento en que me quedara sola para acabar conmigo del mismo modo que lo había hecho con las personas que yo más quería? Sentí que un escalofrío me recorría la columna vertebral. Me estaba volviendo una paranoica y lo sabía. —¿Cómo? —pregunté finalmente, sin saber qué respuesta dar. Los dos rieron. —Era broma, no puedes salir de aquí —dijo Ana con un guiño burlón. No me hizo gracia, me sentí ridícula. Terminé de recoger el pequeño trozo de cocina, me lavé los dientes en el baño de abajo y subí a mi dormitorio sin pronunciar palabra. Me resultó curioso que ninguno de los dos se extrañara de mi silencio, ya que me había mantenido callada y más distante incluso de lo normal desde que me enteré de su conversación, la cual continuaron sin incluirme en ella. Más tarde, mientras estaba fumándome un cigarrillo sentada en la gran ventana de la habitación, pude ver cómo Ana entraba en un coche conducido por una chica joven, también de nuestra edad, y se alejaban. La luz de los faros se perdía de vista entre los árboles y desde donde estábamos no se llegaba a ver la carretera. Inconscientemente calculé el recorrido que debía hacer para huir aquella noche si llegara a necesitarlo. Pero lo cierto es que no tenía demasiado miedo. No del todo. Evidentemente no quería morir, aunque hubiera pensado en ello en más de una ocasión. Si realmente hubiera sido así, habría desechado todos los desinfectantes y vendas que Ana me traía y no me hubiera curado la herida del brazo, dejando así que la infección acabara conmigo. Pero la verdad es que mantenía la mente bastante fría. Quizá fuera por las imágenes desagradables que había visto últimamente en mi vida, quizá por todo lo que había perdido o por mi situación general. El caso es que en los últimos días no me costaba mantener la calma, no entrar en pánico y pensar con claridad cada uno de los pasos que daría si Alex decidiera atacarme en mitad de la noche. Me había vuelto un tanto insensible. Todas las noches reinaba el silencio en la casa, pero aquella noche era como si se pudiera palpar. Era como si compartiera habitación con él. Escuchaba crujir el cigarrillo a cada calada, el sonido que provocaban las hojas de los árboles al rozarse unas con otras. Todo lo demás era un silencio atronador. Me sobresalté tanto en medio de aquella quietud que se me cayó el cigarrillo de entre los labios cuando escuché unos golpecitos en la puerta del dormitorio. —¡Mierda! —exclamé casi en un susurro—. ¿Quién? —pregunté, para sentirme estúpida al momento, ¿quién demonios iba a ser? —Soy yo, Alex —respondió la voz del chico al otro lado. —¿Estás despierta? —Sí, sí, pasa. No te preocupes —dije mientras buscaba el cigarrillo a medias que se me había caído en algún lugar de la habitación. Cuando entró, haciendo chirriar la puerta, ya lo había recuperado. —¿Qué ocurre?— pregunté tratando de no parecer nerviosa, pero no debió de funcionar demasiado bien, ya que sonrió como si me leyera por dentro. Odiaba cuando hacía aquello, pero no se lo recriminé. Cuando me fijé en sus manos pude ver que llevaba en ellas un pequeño maletín plateado. Sentí que mi corazón se aceleraba y mi mente empezaba a idear mil posibilidades. —¿Cómo tienes eso? —señaló con la mirada mi brazo izquierdo. Dudé un instante. —Está bien, creo. No sé. No duele. —Dirigí la vista hacia lo que llevaba en las manos—. ¿Qué es eso? —Entonces comenzó a entrar lentamente en la habitación, dejando la puerta casi cerrada tras de sí. Se sentó sobre la cama, posó en ella el maletín. Yo le di la última calada al cigarro y lo lancé hacia afuera por la ventana. —Creo que ya puedes quitarte los puntos —dijo mientras abría aquello, y con gran alivio me di cuenta de que no era más que un botiquín. Dentro estaba repleto de gasas, alcohol, tiritas, unas pinzas, agujas, etcétera. Por lo visto no era ningún kit de asesino en serie. Se me escapó una risa—. ¿Qué pasa? —No, nada —respondí mientras me sentaba junto a él al borde de la cama. —¿Puedo verlo? —Sí, claro —dije y me levanté la manga larga de uno de los jerséis que me había traído Ana. La chica había tenido que traerme ropa suya, ya que yo solo tenía aquello con lo que me habían detenido. Me sorprendió que tuviera ropa normal y no todo fueran camisetas inmensamente grandes. Los pantalones me quedaban algo estrechos, pero podía ponérmelos sin más problema que algo de dificultad para abrochar el botón superior. Bajo las vendas manchadas de aquel líquido que evitaba que se me infectase la herida estaba cerrada, pero alrededor de esta se podían ver en forma de cruz, los puntos de hilo que me habían puesto en el hospital después de hacerme el corte. No era la primera vez que me quitaba puntos como aquellos y lo cierto es que no dolía, pero me daba una sensación de extraña hipersensibilidad en la piel. No era agradable. Cuando levanté la cabeza Alex ya tenía las pinzas del botiquín en la mano. —¿Prefieres quitártelo tú? —Negué con la cabeza y tragué saliva. Me sentí una estúpida. Seguro que el chico pensaba que me daba miedo o temía el dolor, pero no era eso. Era aquella extraña sensación de escalofríos bajo la piel lo que me hacía no querer mirar siquiera. Aparté la vista de mi brazo y le miré a él fijamente, con tal de no apartar demasiado la mirada y no dar la impresión de debilidad. Sentí cómo aquel hilo salía lentamente de mi piel y soporté aquel cosquilleo desagradable. —Ya está —dijo al cabo de medio minuto, y pude ver cómo envolvía el hilo en una gasa y la hacía una bola—. Deberías seguir cuidándotelo al menos un tiempo —declaró. Yo misma cogí el bote de desinfectante y me volví a vendar la herida tras volcarlo en ella. Me había quedado una preciosa cicatriz. —¿Cómo estás? —preguntó al cabo de un rato en silencio. Lo cierto es que fue un momento bastante incómodo. Solo deseé que saliera de la habitación para volver a quedarme sola. A pesar de ello sonreí. No quería ser desagradable ni que me tomara por una estúpida. El chico me caía bien y yo simplemente estaba asustada, aunque no quisiera admitirlo. —Estoy... —Pero antes de que terminara de pronunciar la frase nuestros labios se unieron en un roce fugaz—. Pero ¡¿qué haces?! —le grité apartándole de un empujón. Me levanté de la cama sin saber muy bien cómo reaccionar. Él hizo lo mismo. Sentí pena al ver sus mejillas enrojeciendo y su expresión convirtiéndose en la de un crío que ha hecho una travesura y se siente de lo más arrepentido. —Perdona, joder. Lo siento. —Alzó las manos en señal de rendición—. Es que no sé lo que hago. Es decir, sí. Bueno, no sé. Eres mona. Me gustas. — Agachó la mirada, tímido. —¿Que soy mo...? ¿Que soy mona? —pregunté seria, pero no pasó apenas un instante cuando un incontrolable ataque de risa surgió desde lo más profundo de mí. Quería parar de reírme, sabía que Alex se sentiría de lo más incómodo en aquel momento, pero entre todas las ideas que había tenido aquella noche en mi cabeza y el alivio que sentí al ver que era un chico inocente que solo quería besarme (tal vez algo más, pero no asesinarme) no era capaz de dejar de reír como una loca. El chico se quedó frente a mí, mirándome muy serio y avergonzado durante un par de minutos hasta que no pudo soportar la situación y se encaminó hacia la puerta. Pero cuando estaba a punto de salir por esta tiré del cuello de su camiseta hacia a mí y le besé largamente aún con los ojos llorosos y las comisuras de los labios tensas de tanto haberme reído. Me di cuenta de que al principio no supo cómo reaccionar, pero apenas unos minutos después estábamos desnudos bajo las viejas mantas que usaba para arroparme cada noche desde que me instalé en aquel lugar. —Así que creías que te quería matar —dijo mientras nos intentábamos acomodar en aquel pequeño colchón para fumarnos un cigarrillo. Yo sonreí levemente, casi avergonzada. —No, joder. Matar, lo que es matar, tampoco. Pero entiende que apenas te conozco, no confío en ti. —Frunció el ceño durante un instante. —Vaya —murmuró—. Pues para no confiar en mí... —dijo medio sonriendo y repasándome con la mirada, pero le propiné un manotazo antes de que terminara la frase y los dos nos echamos a reír. No me avergonzaba del todo, y lo cierto es que me sentía bastante cómoda en aquella situación con él, pero algo me hacía sentir vulnerable. Lo cierto es que nunca me había acostado con ningún chico sin estar bajo los efectos del alcohol u otras drogas, y haberlo hecho con él, de repente, siendo alguien con quien prácticamente estaba viviendo desde hacía tres días, en quien no confiaba del todo y que tendría que seguir viendo diariamente, me hacía sentir extraña. Como si no estuviera en mi ambiente habitual. —Oye —dije tras un rato en silencio—. ¿Tienes algo con Ana? —Quise ser directa, sin reprochar nada de primeras, aunque lo cierto es que si llegaba a descubrir que tenían cualquier clase de rollo extraño montaría en cólera. Aunque me quería convencer a mí misma de que no me importaba que aquello no fuera más que un juego para él, yo no pensaba ser el juguete de nadie. Para mi sorpresa y alivio él soltó una carcajada. —En absoluto, solo somos amigos. De hecho... Bueno, nada. —¿Qué? No me dejes a medias —reñí. —Bueno. De hecho, lo cierto es que hemos empezado a tener más relación ahora, desde el día en que me acerqué a ti en la biblioteca. Bueno, desde que sé que te conoce. —Sonrió tímidamente. Yo dejé de hacerlo. Mi coraza salía al rescate. —¿Intentas hacerte el romántico? ¿Me estás diciendo que te has hecho amigo de Ana para conocerme? —pregunté irónicamente. —No, no es eso —explicó—. Yo ya era amigo de Ana. Todos los que estaban con nosotros en la biblioteca son mis amigos, o al menos algo parecido, pero Ana no era especial ni más que nadie hasta ahora. Y no por conocerte a ti —sentí que trataba de ponerse a mi altura para no sentirse ridículo—, sino por todo lo que ha pasado a tu alrededor. Ella quería que yo la apoyara, que la ayudara a intimar contigo, y me pareció interesante la situación. —¿Te parece interesante que posiblemente sea una asesina en serie? —Ya hemos hablado de esto —dijo con cansancio. Yo asentí, pero me mantuve seria. Entonces, sin poder evitarlo, un escalofrío me recorrió el cuerpo haciéndome temblar. Alex se levantó, se vistió y cerró la ventana de la habitación que me había dejado abierta. Lo cierto es que hacía mucho frío en aquella época del año para estar tapados con aquella manta fina y vieja en una habitación con un ventanal tan grande abierto de par en par. Pero momentos antes no lo pensé. Ninguno de los dos pensó en si debíamos cerrar la ventana para no resfriarnos. —Alex, ¿de verdad que no se sabe nada? —El suspiró, como resignándose a contármelo, y volvió a tomar asiento en el borde de la cama mientras yo, bajo la manta, me vestía. —No hay ninguna novedad. Tampoco es que tú aportes mucho. Pero Ana y yo estamos planeando colarnos en la comisaría y buscar algún archivo que hable del caso. —¿Estáis locos? Os van a pillar y os vais a meter en un lío enorme. —Sin querer dejé notar los nervios en mi voz. —Ya lo hicimos una vez, ¿no? —pronunció el chico lleno de seguridad y clavando en mí aquella mirada azul penetrante que tanto intimidaba en aquellos momentos de seriedad. —Tuvimos suerte —aseguré—, bueno, tuvisteis suerte. Sabiendo que he escapado supongo que ahora tendrán todo más controlado. Además, pretendéis hurgar en los archivos. Es decir, no creo que eso no tenga vigilancia alguna. ¿Sabéis acaso dónde buscar exactamente? —Aquello que decía era una locura. Solo de imaginarme a aquellos dos chicos, sobre todo a la loca de Ana, recorriendo los largos pasillos de aquella inmensa comisaría que estaba pegada a una de las prisiones con más seguridad del estado se me caía el mundo encima. ¿Cómo pensaban hacerlo? Iban a cogerles segurísimo. Y una vez que les cogieran, ¿qué les impedía decir dónde me encontraba? ¿Qué les impedía fallarme? —Sara, confía en mí. Lo planearemos bien. No vamos a hacer ninguna locura. —Pensé que ya la estaba haciendo simplemente con pronunciar aquellas palabras, pero guardé silencio. Lo cierto es que yo no tenía mucho que hacer en aquella situación, a pesar de ser el centro de todo. —Y tú, ¿confías en mí? —pregunté finalmente. —Por supuesto. Confío plenamente en ti —dijo con el semblante serio y sin apartar sus ojos de los míos. —¿Y si...? —No estás loca. Tú no has hecho nada de eso. —Me calmó mientras posaba suavemente sus labios sobre los míos con un cariño fugaz. Volvió a analizarme. Pero en aquel momento no me molestó tanto. Lo cierto es que en aquel preciso momento necesitaba alguien que entendiera cómo me sentía y que realmente fuera capaz de animarme como antes solo era capaz de hacerlo mi mejor amiga, así que aquello en concreto no me hizo sentir más débil, solo acompañada. Por un instante dejé de sentirme sola y se lo demostré sonriendo sinceramente, como no era capaz desde hacía días. —¿Quieres que durmamos juntos esta noche? —preguntó en un tono de lo más dulce. —Y una mierda. —Reí mientras, desde debajo de la manta, le empujaba el trasero con los pies para echarle de la cama—. No te creas que ahora somos novios ni nada por el estilo. Solo ha sido sexo. —Aseguré haciéndome la dura, pero manteniendo la sonrisa. Él se levantó con las palmas en alto y una expresión en el rostro que decía «como quieras». Recogió el maletín del botiquín, su calzado y se dirigió hacia la puerta de la habitación. —Buenas noches, Sara. Que descanses —dijo antes de cerrarla y dejarme sola. —Buenas noches, Alex —susurré cuando se hubo ido, aun sabiendo que no me escucharía. Lo que aquella noche pasó entre nosotros estuvo presente durante el resto de una semana que se me hizo eterna. Sabía que me estaba comportando como una cría y que yo podía hacer lo que quisiera, tanto con Alex como con cualquier otro. Pero había algo que me impedía actuar con descaro mientras Ana estaba cerca. No quería que se enterara de aquello y, aunque no hizo ningún comentario, en ocasiones me preguntaba si Alex no le habría comentado nada sobre nuestro encuentro. Al fin y al cabo, eran amigos y lo que había pasado entre nosotros tampoco era tan importante como para mantenerlo en secreto. Pero no, no quería. El hecho de que alguien, aunque fuera aquella chica, supiera que había tenido cualquier encuentro íntimo con Alex llevaría a que aquello empezara a tomarse como costumbre, como si fuéramos algo parecido a una pareja. Empezarían de nuevo aquellas estupideces típicas de «¿y por qué no dormís juntos?, ¿por qué nunca os besáis en público?, ¿pero estáis enamorados?» Por favor, que alguien me salvara de aquellos comentarios. Solo había sido sexo, solo una noche, y no volvería a ocurrir. Al menos aquello repetí mientras buscaba mi ropa entre la porquería del sótano e intentaba vestirme y conservar algo de decencia. Pude escuchar su risa ahogada a mi lado. —No me parece gracioso —susurré—. Ana está arriba. —¿Por qué te da tanta vergüenza que Ana lo sepa? Creía que eras una chica dura. —Le chisté para que bajara el tono. Estaba enfadada. Aquella vez no había querido. Al menos la vez anterior, la primera de todas, mi mente también estaba de parte de mi cuerpo, pero aquel día mi cuerpo actuó por sí solo y yo detestaba que tomara decisiones por mí. Debí parar cuando vi que Alex trataba de desabrocharme el botón del pantalón. —Me importa una mierda Ana —mentí aún en un susurro. Pero se intuía la rabia en mi voz—. No quiero nada contigo, ¿lo entiendes? —Él tardó en responder, por lo que di por hecho que había asumido que no era momento para bromas. —¿De verdad? —preguntó dramático. —De verdad. Y deja de hacer ruido, nos va a escuchar —le regañé poniendo la mano sobre la hebilla de su cinturón desabrochado que no dejaba de tintinear. —Muy bien —zanjó y comenzó a subir la escalera. Cuando abrió la puerta Ana nos miraba con gesto serio y analítico. —¿Qué hacíais ahí abajo? —preguntó entrecerrando los ojos. Yo me sentí estúpida al notar que se me aceleraba el corazón. —Sara tenía curiosidad por ver qué había en algunas cajas, pero le daba miedo encontrarse alguna cucaracha —dijo con una media sonrisa, aunque pude apreciar que la estaba forzando. ¿Realmente se había ofendido por mi comentario? Simplemente había sido sincera con él. No quería que siguiésemos con aquel jueguecito estúpido. No era el momento ni la situación de andarse con aventuras y, le molestase o no, no le quedaría más remedio que aceptarlo. El resto del día fue molesto e incómodo. La tensión se palpaba en el ambiente. En los días anteriores, a pesar de no seguirle el juego, Alex solía lanzar indirectas hacia a mí o comentarios que solo nosotros entendíamos o incluso miradas llenas de picardía, pero desde el momento en el que le solté aquello en el sótano se volvió frío y distante. Volvía a ser el chico que había conocido al principio. El chico que tenía unos ojos tan azules y oscuros que helaban a cualquiera que los mirase fijamente durante mucho tiempo. Ana, por su parte, parecía enfadada. Se pasaba el día de mal humor y lanzando pullitas a lo «vosotros sabréis lo que me pasa» cada vez que Alex le hacía alguna pregunta. Yo por mi parte no me interesaba en su estado de ánimo ni lo más mínimo. Estaba segura de que nos había oído en el sótano o, como poco, lo habría intuido y estaría enfadada. El porqué solo lo sabría ella. Quizá sí sentía algo por Alex, quizás el chico me había mentido y sí había algo entre ellos o quizá simplemente estaba loca. No me iba a preocupar por averiguarlo. Aquella clase de cosas siempre explotaban por sí solas. Y así fue. Apenas acabábamos de cenar cuando Ana se levantó de la mesa y sin recoger su plato se dirigió directamente hacia la puerta con su chaqueta sobre los hombros. —¿A dónde vas? —preguntó el chico. Yo me limité a recoger los platos de todos. Siempre los limpiaba yo. Ya me había acostumbrado y no me importaba. —Nos vamos a casa —zanjó ella, con aquella expresión de infinita tristeza que solía dibujar en su rostro cuando algo la decepcionaba lo más mínimo. También a aquello me iba acostumbrando. —¿Qué dices?, ¿tienes algo que hacer? —Era lógico que le extrañase aquella actitud, ya que yo llevaba más de dos semanas en aquella casa y desde entonces ellos habían pasado todas y cada una de las noches allí también, exceptuando la noche que Ana se fue con su amiga. En cualquier caso, yo no me había quedado ninguna noche sola y ya se había asimilado como una rutina para ellos. Ya no solían preguntarse por las noches el uno al otro si tenían algo que hacer en sus casas, si no que daban por hecho que las noches se pasaban bajo aquel techo húmedo. —No tengo nada que hacer, pero no pienso pasar la noche aquí. ¿Te parece bien? —preguntó con retintín dirigiéndole una mirada enfadada. —Pues lo cierto es que no, no me parece bien —contestó él con toda la frialdad con la que podía hablar una persona. Casi sentí que iban a matarse de un momento a otro, pero me mantuve centrada en el fregadero de la cocina. —Pues me importa una mierda si te parece bien. O me llevas a casa o intento llegar yo sola. —En ese momento escuché el tintineo de metales chocando entre ellos y me giré lo justo para apreciar que la chica balanceaba en una de sus manos un juego de llaves entre las que estaba la llave del coche de Alex. Volví a girarme para seguir con lo mío y dejarles con sus problemas, pero pude ver por el rabillo del ojo como la chica rubia abría rápidamente la puerta de la casa y echaba a correr por la explanada de tierra en dirección al coche. Alex saltó de la silla, haciendo que esta se volcara con un sonoro golpe. —¡Ayúdame! —gritó, y salí corriendo tras él, que iba decidido a agarrar a Ana. Lo cierto es que la actitud de la chica me pareció bastante infantil, hasta el punto en que por un momento tuve que reprimir las ganas de lanzarme sobre ella y propinarle una bofetada mientras le gritaba que se dejara de estupideces. Fue salir por la puerta y darme cuenta de que a aquellas alturas del año no se podía salir al exterior sin abrigo. El frío cortaba la piel y pude sentir cómo mis labios se agrietaban casi al instante. A lo lejos Ana abría la puerta del coche y se introducía en él al mismo tiempo que Alex se lo impedía, tirando de ella y sacándola justo en el momento en el que iba a meter la llave en el contacto. Llegué a su lado sin saber muy bien qué hacer y cerré la puerta del vehículo. —¡Estás loca! —gritó Alex mientras le arrancaba las llaves de la mano. Aquel grito hizo que el corazón se me encogiera por un momento en el tremendo silencio que reinaba en la oscuridad. Toda la iluminación que teníamos era la procedente de la casa de madera. El delicado cuerpo de la chica se balanceó como si fuera una muñeca de trapo ante el brusco gesto de él. —¡Ella sí que está loca! ¡Es una maldita psicópata y tú la defiendes! — gritó ella mientras me señalaba estirando el brazo a un metro de mí. Pude ver cómo por sus mejillas comenzaban a resbalar regueros de lágrimas. —Pero ¿qué...? —Fue todo lo que pude responder en el momento del shock. No podía creer que a aquellas alturas se hubiera puesto así. ¿Realmente actuaba de ese modo porque estaba celosa?, ¿por cualquier otra estupidez?, ¿o es que desde el principio había pensado que yo era una psicópata? Vi que Alex levantaba la palma de una mano hacia a mí, como si temiese que le fuera a saltar encima. No iba muy desencaminado. Aquello me pilló desprevenida, pero poco a poco sentí que una rabia lenta y cegadora iba invadiéndome por dentro sin que yo pudiera controlarla. Era increíble. Después de todo lo que había pasado, después de todo lo que había soportado, aguantado y que, a pesar de haber sido ella la que me arrastró fuera del calabozo para tenerme durante días y días encerrada en aquella casa, me gritara allí, en medio de la nada y sin importarle en absoluto las consecuencias, que era una psicópata. —¿A qué viene eso, Ana? —preguntó el chico aún con la voz alterada, pero esforzándose por no gritar. —¡Eres un capullo! —Su voz sonaba histérica y desgarrada. Joder, estaba descontrolada—. ¡Los dos sois unos cabrones! ¡¿De qué va esto?! ¡¿Os hacéis amigos a escondidas para dejarme a mí de lado?! ¡¿Tanto estorbo?! ¡¿Cuántos secretos tenéis que no me contáis?! —Así que era eso, estaba celosa. En parte lo entendía, ya que ella era amiga de Alex desde hacía tiempo y de la noche a la mañana llegaba yo y era inevitable que se diera cuenta de las miradas de complicidad, de las tonterías que compartíamos y de que, maldita sea, nos habíamos escondido en el sótano con una mala excusa. Pero aquello era una locura. No era para ponerse así. Habría bastado con dialogar, con dar su opinión o simplemente preguntar. —Que sepas... —comenzó a decir, ya no gritando, pero con un tono amenazante de rabia, mientras me señalaba con un dedo acusador—… que todo el mundo va a saber que estás aquí y que eres la puta psicópata que mató a Lola. Entonces saltó una chispa en mi cerebro. Tocó el único tema que existía en el mundo que nadie podía tocar cerca de mí: Lola. Con todo lo que había pasado en las últimas semanas había aprendido a enfriarme antes de perder los nervios, antes de descontrolarme, y había comprendido que hacerlo, del mismo modo en que lo había hecho durante toda mi vida, solo iba a causarme problemas, así que había logrado templarme y morderme la lengua en muchas ocasiones en las que, si la misma situación se hubiera dado unas semanas atrás, habría saltado a la defensiva del modo más agresivo. Pero Lola no, Lola era lo único que nadie podía tocar en el mundo. Nadie en el mundo tenía derecho a acusarme de haber acabado con la persona que más me había importado en la vida. Escuché mi voz como si llegara a mis oídos desde muy muy lejos y, con un grito desgarrador me lancé sobre Ana y le propiné un puñetazo en la mejilla con todas mis fuerzas. Sentí que el pómulo crujía bajo mis nudillos. Las dos caímos al suelo y sentí que Alex tiraba de mí fuertemente. Escuchaba su voz, lejana, como los gritos agudos de Ana que repetía una y otra vez lo mucho que lo sentía, pero ni él tenía la suficiente fuerza ni ella gritaba lo suficientemente alto. Nada me afectaba lo suficiente. En mi cabeza solo podía ver la última imagen que vi de mi amiga intercalada entre muchísimos buenos momentos que pasamos juntas. —¡No! ¡No soy ninguna asesina! —grité desgañitándome mientras le propinaba un puñetazo tras otro directo a su rostro—. ¡Yo no maté a Lola! — Sentí que las lágrimas empezaban a resbalar por mi barbilla y los brazos empezaban a entumecérseme, según mi cuerpo se iba cansando más y más y mi respiración se cortaba casi completamente más consciente era de la situación. Y sin dejar de golpear observaba cómo la sangre de Ana y la mía propia se mezclaban, cómo mis puños se despellejaban, cómo mis muñecas se hinchaban, sentía los arañazos de sus uñas que se rompían intentando apartarme de ella, y cada vez me costaba más mantenerme en aquella posición. Hasta que finalmente algo tiró de mí tan fuerte que me lanzó a un metro de la chica que estaba usando como saco de boxeo. Y sentí que la piel se separaba de mis rodillas. Veía el mundo borroso. Todo alrededor lo era. Y no sabía si a causa de las lágrimas que me bañaban la mirada o porque me faltaba el aire; escuchaba mis propios pulmones, mi garganta, haciendo un sobreesfuerzo para dejar pasar el aire a través de ellos, pero no podía respirar; oía las voces de los chicos detrás de mí, pero no podía girar la cabeza. No podía moverme. Traté de incorporarme, arrodillándome, pero mis extremidades perdieron toda su estabilidad y caí al suelo de cara, sintiendo cómo la sangre inundaba mi boca. Me escuché a mí misma hiperventilar. Escuché a Alex diciendo algo, a Ana llorando, pero me mantuve donde estaba hasta que alguien me cogió en brazos y me llevó a la cama en la que había dormido durante los últimos días. Cuando desperté un dolor agudo me martilleaba las sienes y la gran mayoría de la piel del rostro me escocía sobremanera. La luz del amanecer ya entraba por el gran ventanal. Me revolví bajo la manta y sentí el escozor también en las rodillas. Recordé el momento en el que Alex me lanzó sobre la tierra para apartarme de Ana. Recordaba absolutamente cada momento de lo que había pasado a pesar de haber perdido los papeles. Entonces sentí que me invadía el pánico. Lo último que había escuchado decir a Ana era que todo el mundo sabría que yo era la asesina de Lola. También, por lo tanto, de la señora Carrión. Había dicho que me delataría a la policía. Y todo aquello, ¿por qué? ¿Porque se había puesto celosa de la relación que tenía con Alex? En cualquier caso, le había dado un motivo más, y mucho mayor, para delatarme. Había sido una estúpida. En aquel momento mantenía una lucha interna en mi mente entre la parte de mí que decía que le había partido la cara con toda la razón del mundo y la segunda parte, que insistía en que debía de haber pensado en las consecuencias. Fuera como fuere, tenía que intentar solucionarlo, aunque tuviera que arrastrarme y tragarme el orgullo. No podía volver al calabozo. No podía ir a la cárcel. Aquello sería mi fin. No podía asumir el papel de asesina en serie ni mucho menos el hecho de que me culpasen de haber matado a mi mejor amiga. Debía hacer algo para solucionar aquello. Me incorporé con el cuerpo dolorido y solo entonces me di cuenta de lo muchísimo que me dolían los nudillos. Al echarles un vistazo pude comprobar que estaban en carne viva y aún tenía restos de sangre seca alrededor de ellos. No sabía si era mía. El pantalón que llevaba puesto también estaba rasgado a la altura de las rodillas y se adivinaban pequeñas manchas de sangre y tierra entre las telas. Resoplé con cansancio. Me dolía andar e iba cojeando, pero lo peor de todo eran las manos en general. Apenas podía abrirlas y cerrarlas. Estaba casi segura de que me había roto algo. Bajé lentamente la escalera, que crujió bajo mis pies, con miedo a encontrarme sola en la casa. Me pregunté mentalmente en una milésima de segundo si saldría huyendo en el caso de encontrarme sola, en el caso de que ellos se hubieran ido. No podía arriesgarme a que apareciera la policía de un momento a otro. Suspiré aliviada cuando vi la figura de Alex tumbado sobre el sofá del salón. Me miraba en la distancia, con los ojos abiertos, pero completamente quieto y serio. Daba miedo. —Hola —murmuré. Mi voz sonó afónica. Él no contestó—. ¿Cómo está Ana?—Lo cierto es que aquella cuestión era la que menos me interesaba, pero qué menos que ocultar mi egoísmo y que si iba o no a delatarme a la policía no fuera lo primero que preguntase. —Bueno, le has reventado la cara —respondió casi con indiferencia. Yo me mantuve al pie de la escalera, quieta y seria. Casi podría haber parecido una niña inocente. Al cabo de un rato se incorporó y se sentó recto en el sofá. Sacó de debajo de un cojín dos cigarrillos y me ofreció uno. Por un momento dudé si acercarme, pero finalmente me senté junto a él y dejé que me lo encendiera. Nos mantuvimos en silencio hasta que se hubo consumido la mitad de ellos. —Lo siento —dije finalmente. Dudé que me hubiera escuchado. —Yo habría hecho lo mismo en tu lugar. —Entonces giré la cara hacia él. Aquella respuesta me sorprendió. Había esperado que me odiara a muerte. Según decía le había reventado la cara a su amiga. Yo recordaba haberme ensañado con ella, y la chica lo único que hizo fue un comentario. Lo más lógico hubiera sido que me dejaran allí sola y hubieran llamado a la policía en cuanto tuvieron oportunidad—. De todos modos, no te disculpes conmigo. A mí no me has hecho nada. —Seguía manteniendo aquel tono frío y distante. —¿Dónde está? —En su habitación, descansando. Está muy dolorida, creo que le has partido una ceja y puede que el pómulo. No sé cómo demonios vamos a hacer para inventarnos algo en el médico —Resoplé consciente de la gravedad de la situación. —¿Va a delatarme? —pregunté finalmente al cabo de un rato. Entonces fue él quien se giró para fijar su mirada en mí. Tuve el impulso de alejarme de él, pero lo reprimí. —No, Sara, no va a delatarte —respondió con cansancio—. En primer lugar, porque no hay nada que delatar, ya que no has hecho nada malo. No eres ninguna asesina —repitió en el mismo tono en el que me lo había dicho tantas veces antes—. Y, en segundo lugar, ya he hablado con ella y está todo aclarado. Incluso ella entiende que reaccionaras así cuando dijo aquello de tu amiga. Todos sabemos que no debió hacerlo. Pero es una estúpida. Esa chica no está bien, Sara. —Sentí que cambiaba el tono a uno más explicativo, como si tuviera la esperanza de que comprendiera lo que me estaba diciendo. Y que lo comprendiera bien—. No puede controlar sus cambios de humor. Dice cosas que no piensa y hace cosas que no siente. Es difícil comprenderla, sobrellevarla y sobre todo soportarla. Pero es quien es. —No voy a permitir que nadie me acuse de haber matado a mi amiga — dije a la defensiva, sabiendo que me había propuesto tragarme el orgullo. Supongo que el hecho de saber que al menos entendían mi pensamiento me había devuelto la confianza. —Muy bien, Sara, tú decides lo que haces. Yo solo te digo cómo es ella. —¿Qué voy a hacer ahora? —pregunté confusa. Nunca me había sentido de aquel modo. Nunca había preguntado por mis siguientes pasos, nunca había consultado lo que debía hacer con mi vida ni había pedido a nadie opinión sobre nada. Siempre había sido independiente y autosuficiente para absolutamente todo. Siempre había sido una persona fuerte, orgullosa, cabezota y segura de mí misma y últimamente me sentía como un animal enjaulado. Estaba cambiando y no estaba segura de que aquello me gustase. —Deberías ir a hablar con ella —sentenció. Casi me entraron ganas de reír. —¿Qué dices?, ¿quieres que me mate? —Sinceramente, dudo que sea capaz de hacer algo contra ti. Es más, dudo que yo mismo fuera capaz de hacerte mucho daño. Eres una jodida bestia, Sara. —Casi me lo tomé como un halago, pero me di cuenta a tiempo de que me lo dijo en tono de reproche, como si no fuera capaz de controlar mis impulsos. —No quiero seguir discutiendo —dije finalmente. —Ella no va a discutir. —¿Cómo lo sabes? —pregunté con verdadera curiosidad. —He pasado la noche con ella. —Sentí una punzada de celos que me sorprendió y rápidamente hice desaparecer aquella sensación—. Hemos estado hablando y, bueno, ya te lo he dicho, no está enfadada contigo. Lo comprende. Solo está dolorida, como es lógico.—tardó un rato en convencerme de que debía hablar con ella, pero media hora más tarde estaba entrando en la habitación de Ana. No había entrado nunca antes, pero lo cierto es que era prácticamente igual que aquella en la que yo dormía y también estaba bastante limpia, supuse que la habría limpiado ella misma. La única diferencia es que la ventana que poseía era bastante más pequeña que la de la mía y daba a la parte trasera de la casa. Quizás era un poco absurdo que no hubiera querido entrar antes, cuando había estado tantos días sola en aquella casa y Ana solo usaba aquella habitación para dormir. Pero nunca me había gustado entrar en las habitaciones en las que otras personas dormían. Me habría parecido una invasión a su intimidad. Una vez estuve dentro miré directamente hacia la cama. La suya era grande, de matrimonio, lo que hacía que el dormitorio pareciese más pequeño que el mío, pero eran del mismo tamaño. Ana estaba despierta, arropada hasta el cuello. Sentí un escalofrío cuando le vi la cara. Me miraba muy fijamente, pero tan solo podía abrir lo suficiente uno de sus ojos, el cual estaba rojo y vidrioso. El otro estaba totalmente cerrado, hinchado y morado. Sobre este la ceja caía como descolgada de la frente, también hinchada y de un color entre verdoso y rojizo. El pómulo derecho, bajo el ojo que peor tenía, estaba de un color morado oscuro y cruzado por un largo corte en horizontal que parecía estar cicatrizando. También los labios los tenía destrozados, inflamados y con varios cortes causados por los golpes. Solo fui capaz de quedarme en la puerta, observándola mientras esperaba a que me dijera algo. —Buenos días —logró articular a medias. Un brillo de lo que parecía ser alegría apareció en su ojo bueno y pude ver que intentaba sonreír. —Buenos... Buenos días. —Terminé por decir, mientras me decidía a entrar y cerraba la puerta tras de mí—. ¿Cómo estás? —Traté de sonar lo más inocente posible. —Ya ves —dijo ampliando una grotesca sonrisa que le deformaba aún más el rostro. Me sentía verdaderamente culpable al verla así. Y más aún en los momentos en los que intentaba sonreír. Tenía la sensación de haberle pegado una paliza a una niña pequeña que solo era capaz de ser feliz. Traté de disculparme de mil maneras y explicar mi forma de ver las cosas, mi forma de sentir todo lo que había ocurrido con Lola. Traté de explicar cómo me sentía en aquella situación que estaba viviendo. A pesar de que Ana nunca me hubiera caído bien y de no querer que nadie supiera lo que sentía por dentro realmente, sentía que merecía una explicación después de lo que le había hecho en un ataque de ira e impulsividad. —Sara, lo comprendo. Te disculpo —lo dijo de un modo que me pareció incluso siniestro. Me recordó al perdón que te conceden los curas en el confesionario; En el orfanato nos enseñaron a confesarnos y todo ese rollo que siempre había detestado. Siempre me había parecido sospechoso que alguien fuera capaz de perdonar con tanta facilidad. Era como si en cualquier momento fueran a atacarte por la espalda a traición. —¿Y ya está? —pregunté insegura. —Ya he hablado con Alex y se lo he contado. Sé que a veces me comporto como una niña tonta. —Pensé que se quedaba corta—. Pero tengo mis motivos igual que tú has tenido los tuyos para hacer esto. —Se señaló la cara —. Me siento sola, Sara, y la verdad es que esperaba que pudiéramos ser amigas. Y bueno... —Dudó un instante— al darme cuenta de que Alex y tú os llevabais tan bien supongo que me puse un poco celosa. No me gusta sentirme rechazada y yo quería retomar nuestra amistad. Al parecer no se cansaba de aquella historia de «retomar nuestra amistad», como si hubiera sido una amistad de verdad y no un juego de niñas. Me sacaba de mis casillas, pero por una vez decidí seguirle el juego. Ya había estropeado todo bastante y no me convenía que aquella tarada me delatara a la policía. —Bueno, supongo que poco a poco podemos ir conociéndonos mejor... — dije con una sonrisa forzada. Ella amplió la suya y luego hizo una mueca de dolor. Al parecer no le venía bien sonreír demasiado. —¿De verdad? —dijo ilusionada. —Eh, poco a poco. —Me hice la dura, pero la chica del pelo rubio y enmarañado ya se había lanzado sobre mí y me rodeaba con sus delgados y pálidos brazos. En aquel momento sentí por ella una lástima que no recordaba haber sentido antes en mi vida. CAPÍTULO XIII Para mí aquel iba a ser un gran día. Después de mucho discutir y mucho pensar en las posibles consecuencias conseguí convencer a Alex para que se me permitiera salir de la casa un día; el día que iba a llevar a Ana al médico a revisarle las heridas. Yo tenía que ir con el pelo recogido, sin maquillar, puesto que aseguraban que en todas las fotos que salían de mí en los telediarios llevaba maquillaje, con gorro de lana, unas enormes gafas de sol y ropa que no me habría puesto ni aunque me pagasen. Pero lo cierto es que prefería salir de allí a que me pagasen. Iba con un pantalón de chándal en el cual cabían dos personas como yo y una sudadera del mismo color gris extremadamente ancha. —¿De verdad usas estas cosas? —pregunté a Ana casi con repulsión. Ella se limitó a sonreír y asentir con ilusión. Pensé que quizás estaba riéndose de mí un poco. Era cierto que siempre la había visto con sudaderas grandes y anchas, pero nunca la había visto llevar unos pantalones así. En cualquier caso decidí no hacer ningún comentario al respecto, ya que Alex no se encontraba de buen humor y había accedido tras la insistencia de las dos. No quería arriesgarme a que finalmente se negara a llevarme a ninguna parte. Aunque lo cierto es que seguramente pasase todo el rato en el coche, cualquier cosa era mejor que estar encerrada en aquella casa en la cual llevaba casi un mes sin salir apenas a respirar un poco de aire fresco. Ana insistió hasta el final en que no le hacía falta ir a revisarse las heridas, que no tenía nada roto y que todo se le curaría con el paso del tiempo, pero cambió de opinión drásticamente cuando me ofrecí a acompañarlos. Se pasó el resto del día entusiasmada y dando saltos de alegría. Lo cierto es que terminó por darme lástima. No parecía muy difícil hacerla feliz. Aunque por desgracia tampoco lo era todo lo contrario. Desde que le pegué aquella paliza me había sentido bastante mal. No tan solo culpable. Era como si aquella reacción aparentemente involuntaria de mi cuerpo hubiera sido el detonante para que a partir de aquel momento todo lo que tan profundamente sentía saliera a flote y me atormentara sin darme un instante de tranquilidad mental. Desde aquel momento no había podido apartar de mi cabeza todo lo que estaba ocurriendo a mi alrededor. El ser una fugitiva; haber perdido a las personas que más me importaban. Maldita sea, tenía verdaderas ganas de hablar con Carlos y Luis. Tenía que disculparme con Carlos, saber lo que los dos pensaban de mí, si también me creían culpable. Tenía que explicar lo de Lola. Sentía de repente que había fallado a todo el mundo. Sentía de repente una inmensa necesidad de drogarme y dejar todo a un lado. Por una parte, aquello me hacía sentir bien, ya que ese pasotismo me caracterizaba. Ese «que todo salga mal, es lo que merezco». La misantropía, el odio hacia mí misma por el hecho de ser una humana más. Me sentía como en casa. Tan triste como siempre y casi en calma. Me cansaba de luchar. Solo quería tranquilidad. La mañana después de la pelea, bajamos juntas de la habitación de Ana y le contamos a Alex que habíamos hecho las paces. Él fingió alegrarse mucho y yo fingí que me importaba lo suficiente como para contarlo. La chica era la única que verdaderamente se sentía entusiasmada por la situación. Y no sé si fue por su actitud, pero pasamos el día como si de repente fuéramos los mejores amigos del mundo. Casi me recordó a los momentos que pasaba con mis colegas, los de siempre; a los que echaba tantísimo de menos. Pero no tenía ni punto de comparación. Si bien era cierto que yo había dejado de desconfiar de ellos de forma tan tozuda, tampoco los consideraba amigos de verdad. Simplemente había asumido que no eran unos asesinos ni unos locos que fueran a entregarme a la policía a la primera de cambio. Asumí que si me habían sacado del calabozo tendrían sus motivos y estos tendrían algún sentido más allá de la mera diversión infantil. Aquello solo me lo esperaba de Ana. Esa noche, después de convencer a Alex para que accediera a que los acompañara, Ana insistió en que durmiéramos juntas y terminé por aceptar, aunque lo cierto es que me costó sobremanera, y no solo eso, si no que pasé una noche horrible. Pero continuaba con la sensación de que le debía algo por haberle destrozado la cara. Aun así, le aseguré que sería la única vez que dormiríamos juntas. A veces bastaba con hablarle como a una cría y ella se quedaba conforme. Agradecí que esa fuera una de aquellas ocasiones. Pasé la noche escuchando como Ana me contaba anécdotas que habíamos vivido en el orfanato. Tuve la sensación de que pretendía vivir aquella noche como una fiesta de pijamas de esas que había visto en algunas películas de adolescentes. No fui capaz de llegar a tanto y terminé por hacerme la dormida después de escucharla hablar durante media hora. No voy a negar que sonreí en un par de ocasiones en las que descubrí que tenía memoria suficiente como para recordar algunas de las historias que me contaba. En cualquier caso, pasé horas y horas en la madrugada intentando no caerme de la cama, ya que Ana no parecía ser capaz de separarse de mí y yo no soportaba el contacto físico mientras dormía. Me desvelé decenas de veces y terminé por levantarme antes de que amaneciera tan solo para irme a mi habitación a ver salir el sol a través del gran ventanal. Más tarde desayunamos juntos mientras Ana relataba la noche tan genial que habíamos pasado. Alex se divertía de lo lindo imaginando que yo no lo había pasado tan bien como ella aseguraba. Yo me limitaba a guardar silencio dándole vueltas a lo que podría pasar si nos paraba la policía y me descubrían. Ni siquiera tenía que llegar a ser ningún poli. Podría reconocerme cualquier persona que nos cruzáramos y avisarlos rápidamente. Tenía el corazón en un puño, pero estaba bastante emocionada con el hecho de salir de allí por fin. Salimos de la casa alrededor de las diez de la mañana y me metí en el coche vestida de aquella forma que a mí me parecía tan ridícula. —Si se trata de no llamar la atención no creo que lo estemos haciendo muy bien —dije con frustración mientras me miraba a mí misma. —No se trata de no llamar la atención, mira su cara —dijo señalando a la chica rubia, que iba en el asiento del copiloto. Esta le propinó un manotazo —. Se trata de que no te reconozcan. No rechisté durante el resto del trayecto, pero en las zonas en las que vi que la carretera era larga y estaba desierta bajaba la ventanilla que tenía junto a mí y sacaba la cabeza por ella, cerraba los ojos y dejaba que el viento me azotara el rostro, a pesar de que lo sentía poco ya que ni para eso Alex me permitía quitarme el gorro y las gafas de sol. Su excusa era que podría haber cámaras que controlaran la velocidad en alguna parte. Cuando llegamos al hospital del pueblo más cercano estacionamos en el mismo parking, cosa que no me pareció buena idea. —No vas a salir del coche, nadie te va a ver —dijo el chico cuando sugerí que debería aparcar fuera. —¿Puedo fumar? —pregunté previendo que iba a aburrirme mucho mientras los esperaba. En los hospitales normalmente tardaban en atender a los pacientes y más aún si no habían pedido cita previa. —Dentro no —zanjó él mientras los dos bajaban del coche. Luego se acercó a mi ventanilla, rodeando el vehículo—. Cierra esto —dijo señalándola— y no salgas para nada. —¿De verdad que no puedo fumar? —De verdad. Tendrás que esperar a que lleguemos a casa —dijo finalmente mientras se daba la vuelta y los dos se dirigían hacia el interior del edificio. Yo subí la ventanilla, hastiada. ¿Qué iba a hacer hasta que volvieran? Ni siquiera podía saber cuánto tiempo llevaba esperando, ya que no tenía mi teléfono móvil desde hacía semanas y no había reloj alguno por ningún sitio. Solo sabía que el tiempo pasaba extremadamente lento mientras estaba encerrada en aquel sitio y no tardé mucho en salir del coche para fumarme un cigarrillo. Sabía perfectamente que estaba mal, que era arriesgado. Pero con la apariencia que llevaba era imposible que nadie me reconociese. Casi parecía un chico pequeño con aquellas ropas. Además, solo me fumaría un cigarrillo. Alex no se enteraría de nada porque su coche no olería a humo y yo me quedaría más tranquila. Final feliz para todos. Salí del coche sin cerrar del todo la puerta. Aunque supuse que si se cerraba podría abrirla sin necesidad de usar la llave, no quise arriesgarme. Quizás estaba un tanto paranoica, pero menos de lo que debería haberlo estado en aquella situación. Me encendí un cigarrillo cuando acabé el primero, dando por hecho que aún era demasiado pronto y que los chicos tardarían un poco en volver. Lo cierto es que me mantuve bastante tranquila, ya que tras echar una ojeada alrededor pude casi asegurar que no había cámaras de seguridad, al menos en aquella zona. Además, no pasaba mucha gente por el lugar y estaba colocada de forma que quien pasase cerca solo podría verme de espaldas. Pero al levantar la cabeza tras encenderme el segundo cigarrillo pude ver a lo lejos un coche de policía que entraba en el parking. Rápidamente tiré el cigarro recién encendido al suelo y me introduje en el coche, agachando la cabeza tras el asiento del copiloto, pero sin dejar de mirar por el hueco entre este y la puerta de mi derecha para comprobar si estaban allí por mí. Era de lo más improbable, ya que había procurado que nadie me viese en ningún momento y dudaba mucho que cualquiera de las personas que pudieran haberme visto de espaldas en el parking me hubiera reconocido. Y, en cualquier caso, no llevaba allí tanto tiempo como para que a la policía le diera tiempo de llegar al lugar. Debía de ser simple casualidad. Muchas veces la gente iba al hospital por haberse metido en peleas, por agresiones o incluso accidentes laborales, y en ocasiones denunciaban al culpable de los daños. En esos casos solía acudir algún agente a los mismos hospitales para tomar declaración. Traté de calmarme teniendo esta idea en la cabeza, pero me dio un vuelco el corazón cuando del coche que había aparcado a unos diez metros de donde yo estaba salió el mismísimo Pablo. Al principio no podía creerlo. Pensé que estaba obsesionada y era un hombre que se le parecía, pero por desgracia no me equivocaba en absoluto. Aquel era Pablo, el agente que había empezado llevando mi caso a medias con Laura Ruiz y el que había terminado por quitarle el puesto a esta en la investigación. Sentí que el corazón se me iba a salir del pecho, pero para mi tranquilidad el agente se dirigió directamente hacia la puerta principal del hospital sin mirar hacia atrás. Entró y yo me incorporé para mirar mejor, fijando la vista en la puerta automática que había quedado totalmente cerrada tras él. Suspiré aliviada cuando tras unos instantes vi que no volvía. Tuve la esperanza de que Alex y Ana salieran del edificio antes que él y pudiéramos irnos de allí rápidamente. Pero volvió a latirme el corazón a toda velocidad cuando le vi salir, acompañado. Alex iba a su lado y se encendía un cigarrillo que había sacado de su chaqueta vaquera. ¿Qué significaba aquello?, ¿acaso había encontrado él solo a Alex y le estaba interrogando? Reían. ¿Por qué?, ¿qué era tan divertido? Me empezó a dar vueltas la cabeza. Mi corazón no bombeaba como debería. ¿Y dónde estaba Ana?, ¿acaso me había denunciado? Ella aseguraba que ya tenía una excusa para aquellas heridas. Aseguraba que no diría nada de que yo la había agredido. Una pelea callejera la tiene cualquiera, somos jóvenes y no siempre tiene que ser algo especialmente sospechoso. Pudo poner cualquier excusa que no fuera que yo, la chica que estaba en busca y captura y que había salido diariamente en las noticias, perdió los nervios y le había pegado una paliza. Los observé de nuevo escondida tras el asiento del copiloto, estuvieron un buen rato charlando mientras yo me ponía más y más nerviosa. «¡El cigarro!», pensé. Pero automáticamente me di cuenta de que aquello era una estupidez. ¿De verdad creía que les iba a llamar la atención el cigarro encendido que había tirado al suelo hacía un rato y entonces vendrían hacia el coche para que Pablo terminase descubriéndome? No tenía ningún sentido, pero los nervios no me dejaban pensar con demasiada claridad. Giré la cabeza para echar un vistazo por la ventanilla de mi derecha y comprobar si el humo era visible. Ya podría estar incluso apagado. Pero cuando devolví la mirada al frente vi como aquellos dos se dirigían directamente hacia el coche en el que yo me encontraba mientras conversaban animadamente. Esperé. Esperé. Esperé. ¿Qué opciones tenía? Me iban a ver, me iban a descubrir y me iban a encerrar. No entendía cómo demonios habían sido capaces de delatarme. Yo había confiado en ellos. No tenía sentido y la rabia empezaba a recorrerme de arriba abajo. «Tendría que haberla matado». Pensé en Ana y en dos noches atrás. Pensé en lo mucho que me había arrepentido de hacerle daño e incluso en la noche anterior, cuando ella era tan feliz hablando de nuestra infancia juntas. Debí esperarlo de una tarada como ella. Solo entonces vi la gran oportunidad y no pude dejarla escapar. Cuando en medio de aquella espera, cuando estaban apenas a dos metros del coche, una ambulancia entró rápidamente en el parking con la sirena puesta y ambos se giraron para observar cuando abrieron las puertas traseras y sacaron un cuerpo ensangrentado sobre una camilla, cuando dejaron de mirar hacia mi posición, durante apenas un par de segundos, aproveché para abrir la puerta por la que había entrado minutos antes y eché a correr directamente hacia la derecha del parking en dirección al vehículo más cercano. Me lancé al suelo sin pensar demasiado y tuve que reprimir un quejido cuando mis rodillas, aún magulladas, rozaron el asfalto. Me asomé desde la parte de atrás del coche que me ocultaba y comprobé que no me habían visto, ya que se dirigían de nuevo hacia el vehículo de Alex, a un paso lento y calmado. La puerta trasera se había quedado un poco abierta, pero no llamaba la atención. Decidí que tenía que salir de allí a toda velocidad. Si Alex le decía que yo estaba en el coche unos minutos antes sospecharían que no podría encontrarme muy lejos. Sin dejar de observarlos estuve pasando de un coche a otro, escondiéndome cada vez más lejos de sus miradas que lo abarcaban todo alrededor. Alex había abierto el coche y habían descubierto que yo no me encontraba en el interior, pero, como pude ver en el último momento que me atreví a mirar hacia ellos, no se movieron del sitio. Los dos se mantenían junto al vehículo hablando tranquilamente y observando a ratos el parking en general, como si lo que buscaran tampoco fuese de mucha importancia. Sin pensarlo más, cuando me encontré lo suficientemente lejos como para echar a correr sin que pudieran verme, separé las rodillas del suelo y corrí hacia la parte trasera del enorme edificio. Los vehículos no podían pasar por allí, por lo que no podían alcanzarme si decidían cogerlos para buscarme. Tampoco me habían visto esconderme, por lo que no sabían hacia qué zona del recinto me había dirigido. El problema era que la única forma de salir del recinto era por la puerta principal, la que había a la entrada del parking, y para huir por allí debía pasar junto al coche de Alex. Descubrí, avanzando por la parte trasera del hospital, que allí había un enorme jardín repleto de arbustos, flores y árboles, seguramente preparado para que los pacientes pasearan por él y tomaran el aire. Decidí que era un buen sitio para esconderme y elegí una zona repleta de enormes árboles de gruesos troncos. Tenía la suerte de ser bastante pequeña y por tanto sería difícil verme si me quedaba quieta, de momento, tras alguno de ellos. Así lo hice mientras cogía aire profundamente. La cabeza había dejado de darme vueltas, pero me dolía la garganta de hiperventilar y casi no sentía las piernas de lo rápido que había corrido. ¿Cuándo sería el momento de salir de allí?, ¿cuándo podría echar a correr fuera del recinto del hospital si no sabía cuándo se habían ido aquellos dos del parking? ¿Y si me quedaba allí hasta que cayera la noche? En la oscuridad sería mucho más sencillo escapar. Por otra parte, no me habían visto salir del coche y había pasado un buen rato desde que Alex y Ana me habían dejado sola en él. Era una posibilidad que hubiera salido del parking bastante tiempo atrás y no cuando vi a Pablo. Eso ellos no podían saberlo y no tenían modo de sospechar que yo aún estuviera allí dentro. Agarré las gafas de sol que aún tenía puestas y las tiré a mis pies. ¿Y qué haría a partir de aquel momento? ¿Acaso iba a pasarme la vida huyendo?, ¿corriendo hasta llegar lo suficientemente lejos como para que no me encontraran nunca? Aquello era una completa locura. —No grites —dijo una voz fría de hombre a mi espalda. Pero grité. Creía que estaba bien escondida, que no hacía ruido, que entre aquellos enormes árboles y todos los arbustos que me rodeaban nadie podía encontrarme. Y allí estaban ellos. Alex y Ana me miraban. Él fríamente con el semblante tenso y serio. Ella con una sonrisa de oreja a oreja o al menos sonriendo todo lo que podía. Su gesto al hacerlo continuaba siendo grotesco. Abarqué mi alrededor con la mirada en busca de Pablo, pero no vi señales de él. —Se ha ido, tenemos que salir de aquí —pronunció el chico. Yo aún luchaba por coger aire, pero al ver la sonrisa de Ana, que pretendía ser de inocencia, estallé. —¡Me has delatado! —grité mientras me acercaba a ella, pretendiendo intimidarla—. ¡Prometiste que no dirías nada! ¡Eres una traidora! —Entonces como su expresión cambiaba y se transformaba en aquella que ya no me sorprendía en absoluto de tantas veces que le había visto usarla. Aquella expresión de profunda tristeza y decepción. Incluso sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas. —No te equivoques, Sara. Nadie te ha delatado —dijo el chico sin cambiar el tono. —No he hecho nada, Sara... —murmuró ella con voz de niña. —Vamos al coche, hablaremos de camino a casa, puede haber policías por aquí. Ya has llamado bastante la atención. —Me reprochó Alex cogiéndome del brazo. Miré a mi alrededor y pude ver un par de pacientes que miraban de reojo, supuse que a causa de mis gritos acusadores. —¿Cómo sé que no está Pablo allí y que vais a entregarme? ¿Cómo sé que no estáis jugando conmigo? —pregunté casi con tristeza. Necesitaba confiar en alguien. —Mira, si hubiéramos querido entregarte habría sido tan fácil como coger el móvil, llamar a la policía y esperar tranquilamente en casa a que ellos llegaran. No tendríamos ni que movernos —pronunció casi con desprecio. —Sara... —Volvió a murmurar Ana. —La ignoré. —Vámonos —zanjé tras unos instantes y nos dirigimos al coche. No me empecé a tranquilizar hasta que pasó aproximadamente un cuarto de hora desde que emprendimos el camino de vuelta. —¿Y bien? —pregunté tras un largo tramo de carretera en silencio. —Pues nada, no tengo nada roto ni me han puesto puntos, solo me han dado unas cosas para que me desinfecte los cortes, y poco más. Es cuestión de tiempo que las marcas desaparezcan —dijo la rubia con tono de indiferencia, como si no recordara lo realmente importante. —¿Me estás vacilando? —pregunté incrédula. Alex rio de repente como si el comentario de su amiga fuera de lo más gracioso. —Sara —comenzó él—, nadie te ha delatado, traicionado, ni llamado a Pablo, puedes estar tranquila. Pablo ha aparecido en el hospital por casualidad —«demasiada casualidad, diría yo»— y ya me tenía fichado. No sé si recuerdas que le hablaste de mí. Dijiste que yo fui el que te dio la nota. —No le dije tus apellidos, no sé tus apellidos. Además, si te tienen fichado, ¿por qué no te han interrogado ya? —Lo han hecho. —¡¿Lo han hecho?! —preguntamos Ana y yo al mismo tiempo. —Sí, conté lo que había ocurrido. Lo mismo que te he contado a ti. Yo no sé nada, yo solo te di la nota. Di mi declaración y me comprometí a avisar a la policía si tenía cualquier novedad sobre el caso. — Lo cierto es que no sabía si creerme aquello del todo. Me parecía bastante extraño que le hubieran interrogado y que él no me hubiera contado nada. —¿Y a ti, Ana? —pregunté, ya por curiosidad. —No, no me han interrogado. —Volvía a aquel tono de indiferencia, como si solo le hubiera resultado interesante el testimonio de Alex. —¿Y cómo te encontraron? Yo no les dije tu nombre completo —insistí. Tenía que pillarle por algún lado. —Según dijeron, por la universidad. Recuerda que estudio allí. —No lo había pensado en ningún momento—. Hay muchos con mi nombre, pero por lo visto me describiste bastante bien y dieron en el clavo. Acertaron a la primera. —¿Qué has dicho en el hospital, Ana? —Que me peleé en la calle. Estaba borracha. —Casi no sonó a excusa; como si ella misma se creyese su mentira. —¿Y de qué has hablado con Pablo? —Me dirigí de nuevo a Alex tras un rato en silencio. —De ti, obviamente. —Me molestó que lo dijera como si fuera lo más normal del mundo—. Me preguntó si sabía algo, si te había vuelto a ver y yo le pregunté si había alguna novedad en el caso, pero claro, se supone que no puede contarme nada de eso, así que simplemente ha asegurado que no hay novedad alguna. Luego fuimos al coche porque me pidió que le enseñara los papeles y apuntó tonterías en una libreta. No sé para qué, pero creo que deberíamos tener cuidado con usar este coche. Sobre todo cuando tú vayas en él, Sara —explicó. Yo asentí, consciente de que no podía verme. Iba con la mirada fija en la carretera. Yo también, pero no dejaba de escucharle—. Por cierto, ¿en qué momento saliste del coche? Creía que te había dicho que no salieras bajo ninguna circunstancia —dijo esto último en tono de broma, pero no me hizo gracia. —Cuando vi aparecer a Pablo —mentí—. Temí que me reconociera y salí corriendo. Aquella noche dormí fatal. Casi peor que la anterior. Decidí que no quería cenar. Estaba enfadada, aunque me preguntaba si realmente tenía motivos para estarlo. Por una parte, todo lo que habían dicho justificaba lo que había pasado. Por otra, me parecía demasiada casualidad. Terminé dando por hecho que si realmente me hubieran delatado habrían puesto algo de esmero en buscarme y Pablo no se habría ido tan rápidamente. Aun así, había algo en la frialdad de Alex durante el camino de vuelta que no me gustaba en absoluto. Tenía la sensación de que me estaba ocultando algo. ¿Y si había sido él y no Ana quien me había delatado? ¿Y si pensaba hacerlo en otro momento o ya le había dicho a Pablo dónde se encontraba la casa en la que estaba viviendo? ¿Qué motivos tenía él para hacer aquello? Quizás estaba cansado de aguantar aquella situación, quizás era por despecho. No podía saberlo, pero, en cualquier caso, volvía a perder la confianza en aquellos chicos. CAPÍTULO XIV Pasé los días siguientes algo aislada. Pasaba las horas metida en la habitación donde dormía. Cada día me emborrachaba con el alcohol que había sobrado semanas atrás y terminaba retorciéndome y llorando en la cama. Nadie podía decirme nada puesto que los chicos no solían estar nunca en casa. De nuevo habíamos vuelto a la rutina de que ellos hacían su vida y yo me pasaba la mía encerrada en aquel lugar. Lo odiaba. Odiaba aquella sensación de no saber qué hacer. Odiaba esa sensación de soledad y a la vez de estar a merced de las decisiones de los demás. Días atrás me habían asegurado que se colarían en comisaría y buscarían datos sobre el caso, pero, aunque en principio no me había parecido una buena idea, ahora estaba deseando que me dijeran cuándo iban a hacerlo de una vez por todas, aunque fuera para tener alguna noticia. Cualquier cosa. Necesitaba saber qué estaba pasando allí fuera. Porqué habían matado a aquellas personas que hacían que mi vida fuera soportable, por qué era yo sospechosa de aquella barbaridad. El hecho de que Alex hubiera hablado con Pablo en la puerta del hospital con tanta naturalidad era algo que no dejaba de preocuparme. Aunque decidí pasarlo por alto y no volver a sacar el tema, seguía rondándome la cabeza. Me resultaba de lo más extraño y no pensaba que fuera casualidad. Aun así trataba de anestesiarme las ideas todo lo posible, y entre las larguísimas siestas y los larguísimos tragos de alcohol apenas tenía tiempo de pensar. Menos mal. Pasé unos días sin salir de la habitación y nadie entraba en ella. Tan solo una mañana de entre todas me encontré una botella de agua llena al pie de la cama. No me pregunté quién la había dejado ahí, y me la bebí tan rápido que hubo un momento en el que sentía que me ahogaba. Llevaba días sin comer ni beber nada que no fuera alcohol, y las resacas eran insoportables. Apenas era capaz de mantenerme en pie lo suficiente como para ir de la cama a la ventana y de la ventana al baño de la planta inferior. Claro que no bajaba las escaleras si escuchaba voces en la casa. Me resultó curioso que los dos me dejaran en paz. Era algo que podía entender de Alex, pero Ana llevaba días sin entrar en la habitación, sin dirigirse a mí, y lo cierto es que no creía que aquella chica fuera capaz de contenerse. Supongo que en el fondo se daban cuenta de que necesitaba un tiempo de reflexión. Así lo llamaba; aunque lo cierto es que era bastante autodestructivo, ya que no me cuidaba en absoluto. El día que salí de la habitación para volver a relacionarme con el escasísimo mundo exterior del que disponía sentí un pinchazo en el bajo vientre. Hacía rato que necesitaba ir al baño. Hablando claro, me estaba meando a chorros, creía que al mínimo movimiento se me iba a escapar y ya no podía haber nada más vergonzoso que aquello. Me mantenía en la cama encogida sobre mí misma y sosteniéndome la barriga con las manos, como si así fuera a aguantar mucho más. Pero escuchaba voces abajo. Ya era de noche y los chicos seguían durmiendo en la casa. Al parecer estaban cenando en aquel momento, ya que se les oía charlar animadamente. Ni por asomo pensaba atravesar la sala de estar con aquellos dos allí. Era cierto que me encontraba mejor que en días anteriores en los que me había atacado la ansiedad solo con pensar en bajar las escaleras. Era cierto que me veía capaz incluso de hablar con ellos, pero a aquellas alturas lo que me lo impedía realmente era el orgullo. Un orgullo que me atenazaba el pecho y parecía mezclarse con odio e indiferencia. Pensaba que sería casi como arrastrarme ante ellos, eso de salir de repente después de haber pasado varios días encerrada en aquella habitación. Los imaginé mirándome como si fueran los ganadores de una especie de batalla y sentía que me invadía la ira. Debía controlar aquello. Al fin y al cabo, ¿por qué lo sentía? Solo era desconfianza, tal odio no era necesario. Cualquiera lo sabría, ¿para qué iba a mentirme? Tenía miedo. Un miedo irracional que me hacía enfadar porque siempre había creído que yo no era capaz de sentir nada parecido. Pero no pensaba admitirlo. No por el momento. Entonces me acordé del aseo de la planta superior. Era cierto que el agua no llegaba allí, pero solo era un poco de orina, tampoco es que aquello fuera a cargarse las tuberías ni a dejar un olor insoportable por el cual nadie pudiera acercarse a la puerta. Me levanté lentamente del borde de la cama sin retirar la mano de mi abdomen aun sabiendo que era un gesto inútil. Sentí un pinchazo en la vejiga y tuve la sensación de que no llegaría a tiempo. Cuando llegaba a la puerta perdí el equilibrio y tuve que agarrarme al pomo para no caer hacia atrás. No estaba bajo los efectos del alcohol, no había bebido el día anterior, pero mi cuerpo estaba muy débil por la falta de alimento y el abuso de la bebida y el humo. Giré el pomo con lentitud, esperando que no resonara abajo. No pensé en aquel momento que era imposible que me escucharan tras el torrente de voz de una Ana exaltada contando sus hazañas en una fiesta que, ya podía imaginarme, a Alex no le interesaba en absoluto. Me dirigí al final del pasillo y me paré frente a la puerta del aseo, alargando la mano para agarrar el pomo de esta, pero cuando estaba a punto de girarlo una parte de mí me lo impidió. Mi pecho se vació como si mis costillas fueran solo cáscara. No sabría cómo explicar la luz blanca que se encendió en alguna zona de mi cerebro. Era como un destello lejano, como un recuerdo de la infancia. Como un dejavú que te asegura que ya lo has vivido pero que no lo repitas. Está mal. Da miedo. Es un error. Como si recibiera una descarga eléctrica, aparté la mano de la puerta y retrocedí. —Bella durmiente —pronunció una voz a mi espalda, y di un respingo. —Ah, joder —gruñí mientras me giraba hacia el chico que había subido en completo silencio. O quizá yo estaba demasiado extrañada con la sensación que acababa de tener que no había prestado atención a su llegada. Sentí otro pinchazo en la vejiga y me dirigí a toda prisa hacia la planta inferior, dejando plantado a Alex frente a la puerta del aseo al que no me había atrevido a entrar. Ana dijo algo cuando me encerré en el baño de abajo, pero no la escuché. Cuando salí, mucho más aliviada, me dirigí directamente hacia la nevera de la cocina y saqué un paquete de salchichas que empecé a calentar en silencio. Alex ya estaba recostado en el sofá como de costumbre, en aquella postura que le hacía parecer un tipo frío y distante pero a la vez adorable. Traté de no embobarme. Maldita sea, ¿por qué me gustaba? Solo era un tío cualquiera. Es más, no confiaba en él, me hacía dudar y si hubiera podido habría elegido estar en cualquier otro lugar en el que no estuvieran ni él ni la rubia loca. Excepto en la cárcel, claro. Por eso soportaba aquella situación. Pero que alguien me explicara por qué me quedaba embobada mirando a aquel estúpido en el sofá. Agité la cabeza como si intentara deshacerme de una especie de ensoñación cuando me percaté de que Ana me miraba fijamente desde la mesa en la cual aún permanecían los platos de su cena. —Debes de tener hambre —dijo en un tono demasiado normal como para venir de una chica de la cual tenía que soportar cambios de humor cada treinta minutos—. Llevas cuatro días encerrada en la habitación. «No me digas», pensé. Pero me limité a mirarla y asentir levemente. —Cuéntaselo ya —dijo Alex en tono resignado. Entonces en la cara de la chica rubia se dibujó una amplia sonrisa de felicidad y satisfacción. Casi me daba miedo, pero también curiosidad. —Tenemos noticias, Sara. —Esperé a que siguiera, pero se limitó a balancear la silla sostenida sobre las dos patas traseras y a clavar su mirada en mí sin borrar aquella desagradable sonrisa. Aún podían verse en su rostro, que antes podría haberse confundido con el de una muñeca de porcelana, la huella de algunos cortes y moratones de cuando perdí los papeles la semana anterior. —¿Qué noticias? —Terminé por preguntar al ver que no pensaba proseguir por ella misma. Mi voz sonó extraña, pero no provocó ninguna reacción en ella. Quizá llevaba demasiado tiempo sin escucharme hablar a mí misma. —Vamos a entrar —pronunció dejando caer la silla sobre sus cuatro patas y dio una palmada infantil. —¿Dónde vamos a entrar? —No tenía ni idea de lo que me estaba hablando. —No, tonta. —Soltó una risita ridícula—. Tú no. Vamos a entrar nosotros. En la prisión. —En comisaría —corrigió el chico y ella bufó—. ¿Recuerdas que te dije que nos colaríamos para buscar el expediente y así poder informarte de cómo va la investigación del caso? Pues hoy es el día. —¿Hoy? ¿No os quedáis a dormir? —¿Qué pregunta era esa? Como si el que se quedaran o no fuera lo más importante. Pero lo cierto es que no sabía qué decir. Era cierto que llevaba días pensando en el tema, deseando que ellos me dijeran que habían entrado, que lo iban a hacer o que no. Que estaba ansiosa por saber en qué había acabado aquella idea, pero en el momento en que Alex pronunció aquellas palabras me quedé paralizada y ni siquiera fue a causa de la impresión. Fue como si por un instante me invadiera una indiferencia total, aunque realmente inexistente. Claro que me importaba, pero había pasado tantos días encerrada y sin hablar con nadie que no sabía cómo dirigirme a aquellos desconocidos en un momento así. —Pues no —zanjó él. Miraba al techo, con una media sonrisa en los labios. «¿Puedes dejar de ser precioso?». Volví a sacudir la cabeza y me llevé a la boca un trozo de salchicha. —¿Cómo lo vais a hacer? ¿Estás seguro? —pregunté tras un buen rato de silencio incómodo. Parecía que ninguno de los dos estaba dispuesto a decirme absolutamente nada si yo no les hablaba primero. Un rápido pensamiento pasó por mi mente haciendo que me preguntara si estaban enfadados conmigo, pero lo deseché pronto. Al fin y al cabo, no me importaba. —Hemos estado pasando por allí estos días y en la prisión sí, pero en comisaría no hay demasiada vigilancia por la noche. Es más, la mayoría de trabajadores que hay allí durante el día, por la noche hacen turno en la prisión. El recinto de la prisión estaba separado del de la comisaría por una simple valla, pero entre esta y el edificio en el cual se encontraban las celdas había un enorme muro de ladrillo y una especie de explanada comparable a una pista de patinaje gigante. En total entre un edificio y otro habría unos doscientos metros. Supuse que lo suficiente como para que no los vieran entrar desde la prisión, pero no lo suficiente como para, en caso de ser descubiertos, poder escapar con seguridad. Además, el que hubiera más vigilancia en la prisión que en la comisaría no quitaba que esta también tuviera sus cámaras y agentes de seguridad. —Aun así, ¿lo veis factible? —Soné exageradamente incrédula, aunque deseé equivocarme—. Quiero decir, debe de haber mucha vigilancia en la prisión. Es enorme. —Me llevé otro pedazo de carne a la boca. Me hacía daño comer y casi sentía caer el alimento en mi estómago vacío—. Y hay cámaras en comisaría. Además, ¿sabéis acaso dónde se guardan los archivos? —Los miré a uno y a otro alternativamente. Él sonreía, ella torció el gesto, como si no tuviera absolutamente nada planeado y el hecho de que yo pronunciara aquellas palabras la hiciera despertar de un precioso sueño. —Sara, irá bien. Está todo planeado —dijo él con tranquilidad. —No, tiene razón —le contradijo la chica rubia que ahora mantenía la silla sobre sus cuatro patas, con lo que había dejado de ponerme los nervios de punta—. Lo de las cámaras no importa, iremos camuflados, pero ¿cómo sabremos dónde esconden los archivos e historiales? —Yo lo sé. Vi la habitación cuando acudí al interrogatorio —respondió. Tenía sentido. Aun así, me parecía de lo más arriesgado. —¿Y si os cogen? —pregunté tratando de disimular la preocupación, aunque era una preocupación meramente egoísta. —No nos van a coger —aseguró el chico de los ojos azules. —Si os pillan ella no tardará en cantar dónde estoy. —Señalé a Ana, que ya empezaba a poner morritos. Casi recé para que no se echara a llorar y patalear. Se hizo un silencio incómodo en el que casi podía escuchar los engranajes moviéndose dentro de la mente del chico. —Vamos a hacer una cosa —dijo finalmente mientras se incorporaba. Se puso en pie y terminó por apoyarse en la barra de la cocina, junto a mi cena. Sentí que el corazón se me aceleraba al sentirle tan cerca. ¿Qué demonios me estaba pasando? Traté de no mirarle directamente y me centré en el plato, aun así, escuchándole atentamente—. Nosotros llegaremos a La Modelo en una hora, quizás algo más. No se tarda menos, eso seguro. Si no confías en Ana y crees que va a cantar en cuanto nos pillen, aunque te aseguro que no nos van a pillar. —Pude ver de reojo aquella sonrisa de suficiencia que tanto me ponía de los nervios. La misma sonrisa que dibujó cuando se dirigió hacia el interruptor que abría el portal en la vivienda de testigos protegidos el día que Lola y Luis le secuestraron. Sentí que un escalofrío me recorría la espalda, pero traté de disimularlo—. Espera tres horas desde que salgamos, no vamos a tardar más de una hora en conseguir lo que buscamos. De hecho, espero tardar menos de la mitad. Si en tres horas no estamos aquí, huye. —¿Qué dices? —solté sin poder reprimir la sorpresa. Él volvió a sonreír. —Otra opción es que nos quedemos aquí. No sé, podríamos pasar la noche charlando y bebiendo y seguir esperando a que pase el tiempo sin tener ni idea de cómo va la investigación —pronunció seguro de que no iba a escoger la segunda opción. Pensé en decirle que hablara con Pablo, que le preguntara, al fin y al cabo parecían capaces de entablar una conversación amistosa con bastante facilidad, pero en el fondo sabía que aquello era una estupidez. Nadie iba a revelar ningún detalle de la investigación, aún menos a un sospechoso. —Vale —murmuré tras unos instantes. El corazón me latía a toda velocidad—, pero ¿a dónde voy? —Eso lo decides tú. Si nosotros te lo decimos estamos en las mismas. — Tenía la mente embotada. Seguía con aquella sensación que mezclaba el miedo, la inseguridad y la adrenalina cuando vi el coche alejarse. Me mantuve unos minutos en el porche, muerta de frío, intentando ordenar las ideas en mi cabeza. Si todo salía bien, en un máximo de tres horas tendría sobre la mesa los documentos con toda la información necesaria para saber cómo avanzaba la investigación. Quizá sabría quién había matado a mi mejor amiga y a la señora Marisa, o al menos si había más sospechosos aparte de mí y el propio Alex. Sabría si tenían más pruebas o incluso si había algo más que apuntase a mí como posible asesina. Por Dios, aquello era una locura tremenda. Me vino a la mente, como un flechazo, la imagen de aquella masa de carne sin piel colgada del techo del piso de testigos protegidos. Sus ojos desorbitados, la sangre inundándolo todo. Sentí un pinchazo en la sien que me hizo apretar los párpados con todas mis fuerzas y me dirigí al interior de la casa. No había comido demasiado, pero era incapaz de dar un solo bocado más. A pesar de no haber probado nada en cuatro días tenía el estómago totalmente cerrado. En cualquier caso, algo me decía que tampoco estaba bien atiborrarse con el estómago prácticamente vacío. Me dirigí a mi dormitorio y cogí, de entre un montón de ropa que había junto a la cama, unos vaqueros y un jersey que no recordaba haberme puesto antes. Aquella ropa debía estar limpia. Me di una ducha de agua hirviendo que me pareció larguísima, pero cuando volví a la cocina y miré el reloj que días antes había traído Ana descubrí que tan solo había pasado media hora desde que perdí de vista los faros del coche entre los árboles del bosque que rodeaba la cabaña. Me fumé un cigarrillo tras otro y finalmente me dirigí de nuevo al dormitorio e introduje un puñado de prendas de ropa al azar dentro de una mochila polvorienta que habíamos encontrado en la casa. También metí una botella de agua y dos paquetes de patatas fritas de la reserva que teníamos en uno de los muebles de la cocina. Dejé la mochila junto a la puerta, con un grueso abrigo de plumas encima, y me senté en la mesa del comedor. Entonces me percaté de algo que no había visto hasta entonces. Junto al plato que Ana había dejado sobre la mesa antes de irse había un pequeño aparato rectangular y plateado. —Joder... —pronuncié asombrada. No bastaba con pensarlo—. Joder, joder, joder —seguí repitiendo una y otra vez hasta que toqueteando un botón tras otro conseguí encender la radio. Sentí que una sonrisa se abría paso en mi rostro. No recordaba cuándo había sido la última vez que había sonreído tan sinceramente. Si tenía que salir huyendo también me llevaría aquello. Empezó a sonar una música que, aunque en mi opinión era bastante desagradable, me hizo sentir la persona más feliz del mundo en aquel momento. Fui cambiando de emisora hasta que tuve la gran suerte de encontrar una en la que solo ponían rock. Aquello era el paraíso. Parecía que llevase media vida sin escuchar la radio. Sonaba AC/DC cuando me levanté a por el paquete de cigarrillos que me había dejado en la cocina y propiné un golpe involuntario al aparato. Por suerte lo pude agarrar en el aire antes de que cayera al suelo. Me dio un vuelco el corazón al pensar que podía romperse. Entonces cambió la emisora y un noticiero se abrió paso entre unas notas de música clásica: «Siguen buscando a la joven... —interferencias—. La investigación se centra en Burjassot, el lugar donde se produjo la última masacre». Música. Giré la ruedecita en la parte superior del aparato. Más maldita música. Ya no me interesaba. Traté de no cambiar la posición en la que me encontraba, a pesar de que la radio estaba prácticamente en el suelo. Decidí posarla totalmente y por fin pude escuchar la voz de la reportera con total claridad. «Luis Rus fue hallado en un escenario de evidente suicidio en la ciudad en la que había vivido durante toda su vida. Conocidos cercanos aseguran que el joven no pudo soportar la idea de que, quien durante tantos años había considerado una amiga, fuera capaz de cometer tales atrocidades». —No. —Mi voz sonaba lejana y distante—. No, no, no, no, no, no. —Las lágrimas calientes recorrían mis mejillas heladas. Todo mi cuerpo se había helado de repente—. ¡No, joder! —Me levanté y, sin pensar en nada más que en aquel «no» que retumbaba una y otra vez en mi cabeza agarré, la radio y la lancé contra la pared, haciéndola añicos al instante. Me giré y golpeé el sofá una y otra vez. Los puños me ardían, pero si hubiera golpeado la pared o algún mueble ya me habría roto todos y cada uno de los huesos de las manos. Sentí la sangre resbalar por mi barbilla y comprendí que estaba mordiéndome los labios. Entonces caí. Me dejé caer sobre el sofá, como un peso muerto, como un saco. Sentí que mis pulmones se hacían con todo el aire que cabía en ellos, grité y dejé que mis ojos lloraran; era un llanto histérico. No era yo. Lloraba desconsoladamente y no sentía rabia. Toda la rabia había pasado, todo el odio había pasado, solo quedaba dolor. Un dolor agónico y punzante que me oprimía el corazón y me hacía sentir que lo único que quería para mi vida era destrozarla. Pero se acabó la histeria, se acabaron todos los enfados. Solo sentía cansancio. Un agotamiento que era incapaz de soportar. Sentí que me ahogaba entre lágrimas. Sentí que por momentos no podía respirar, pero no me importaba. Solo estaba agotada. Quería llorar y soltarlo todo, un todo que parecía no acabar nunca. No supe cuánto tiempo había pasado y lo cierto es que no era algo que me preocupase. Me desmayé sobre el sofá hacía demasiado tiempo y los chicos dieron por hecho que estaba dormida. —¡Lo tenemos! —gritaba Ana eufórica. Desperté siendo consciente de todo. A mi alrededor estaba pasando todo aquello, estaba perdiendo a todas las personas que me importaban y no era capaz de comprender nada. No había sido capaz quedarme quieta cuando debía. No había sido capaz de dejar que la policía investigara el caso y asumir que si yo era sospechosa de aquellos asesinatos lo mejor que podía hacer era dejarme interrogar, colaborar y tener paciencia. Había huido, había perdido a las personas que más me importaban, y el único que aún estaba vivo, si es que tenía esa suerte, había sido el mismo al que había agredido semanas atrás. Es curioso. Hubo un tiempo en el que casi me consideraba una maldita suicida. No apreciaba mi vida en absoluto y tampoco las de las personas que me rodeaban. Me hacía sentir bien estar ahí para apoyar a mis amigos en sus problemas, pero no voy a mentir, solo era egoísmo. Saber que algunas personas necesitaban desahogarse conmigo me hacía sentir superior. No los aprecié realmente. Ni siquiera me apreciaba a mí misma. Había querido morir y matar en muchas ocasiones y nunca valoré lo que tenía. Siempre desprecié lo bueno. Y entonces, solo entonces, cuando todo se desmoronaba a mi alrededor, cuando empezaba a ser consciente de mi infinita debilidad, cuando la situación se hacía insostenible, empecé a ver las cosas de otro modo. Me dejé llevar por la tristeza, cosa que siempre había rechazado de la más drástica de las formas. Mi tristeza siempre había sido decepcionante e indiferente. Ahora era real, pura. Estaba indefensa y no sabía qué hacer para seguir avanzando por aquel camino que solo me indicaba que todo iría a peor. Oía a Ana de fondo, pero miraba a Alex fijamente sin preocuparme en ocultar mis ojos hinchados de haber pasado horas llorando. Lo vi mirar la mochila que había dejado junto a la puerta y mirarme a mí con aquella frialdad que hacía que a cualquiera se le encogiera el corazón. Bueno, no a cualquiera, pero sí a la persona en la que me había convertido en apenas un instante. —Lo siento —pronunció él. Pero no parecía sincero. —¿Qué sientes? —dijo la chica rubia que había parado de dar saltos de alegría con un archivador en la mano. —¿Por qué no me lo dijisteis? —pregunté con la misma frialdad que arrastraban sus palabras, dando por hecho que hablábamos de lo mismo. Aunque una parte de mi subconsciente se preguntó cómo era capaz de saber porqué estaba tan hundida. Tomó asiento a mi lado e hizo el amago de rodearme con sus brazos, pero lo rechacé. —¿Qué pasa? —Volvió a preguntar Ana con aquella expresión que mezclaba inocencia y demencia. —No creí que fuera el mejor momento. Sé que no estás bien. Y saber que tu amigo también... —No lo digas tú —pronuncié. Aunque esta vez mi voz sonó tan triste que se echó en falta la inmensa rabia con la que solía hablar en situaciones así. —Pero ¿qué ha pasado? —dijo la estúpida rubia en tono de pataleta. —Que mi amigo Luis se ha suicidado por mi culpa y nadie me ha informado de ello —zanjé tratando de sonar fría. La chica abrió la boca durante un instante con expresión de pasmo y se sentó en la mesa del comedor, junto a la radio hecha pedazos, mirando al frente, como si no fuera capaz de articular palabra. Seguro que lo sabía y todo aquello era teatro. Si lo sabía Alex debía de saberlo ella. Pero no me iba a molestar en preguntar absolutamente nada. —¿Quieres ver el archivo del caso? —propuso el chico, con intención de cambiar de tema. —Voy a entregarme —zanjé. —¡¿Estás loca?! —La rubia se levantó de la silla con un movimiento rápido y desesperado y clavó en mí aquellos ojos verdes—. No puedes hacer eso. Iremos todos a la cárcel. Somos cómplices. Joder, Sara, te hemos cuidado. —Casi se me escapa una risa irónica. Alex se mantuvo en silencio. No me importaba una mierda la investigación sobre el caso. No quería hacer más trampas, no quería huir más, no quería ser más la chica dura y mala que odiaba tanto a la policía que era capaz de convertirse en fugitiva a pesar de ser sospechosa de unos asesinatos en los que estaba perdiendo a todos sus seres queridos. No quería seguir con aquello. Me rendía. Pero no iba a perder el resto de mi vida. Acataría las consecuencias de mi huida y haría todo lo posible por solucionar todo aquello cuanto antes. —Lo entiendo —dijo él sin dejar de mirarme con dureza. Aquellos ojos se clavaban en lo más profundo de mí. Era como si percibiera todo lo que yo estaba sintiendo por dentro en aquellos momentos y sintiera compasión. —¡¿Cómo lo vas a entender, Alex?! —dijo ella histérica, ahora frente a nosotros gesticulando exageradamente. Ya tenía los ojos bañados en lágrimas y parecía una niña pequeña a punto de tirarse al suelo a llorar y patalear. Me costó no enfadarme. Odiaba cuando se ponía así. —No tengo porqué delataros —dije con tranquilidad. Con pena—. No tengo porqué decir absolutamente nada de vosotros. Solo dejadme donde podáis y yo sola iré a comisaría. Diré que me escondí en cualquier sitio y no os mencionaré. —Miré al chico como si fuera el único que mereciera explicación alguna. —Está bien. —¡¿Qué?! —Ya resbalaba una lágrima por su mejilla, dejando un reguero negro de máscara de pestañas—. ¡Pero Sara! —Aquella voz aguda me hacía perder los nervios, pero no quería enfadarme. No podía. Realmente no tenía fuerzas para ello. —Ana, te prometo que no voy a decir nada —aseguré y apreté sus dedos entre los míos, casi sin darme cuenta. ¿Cuándo le había cogido la mano? ¿Por qué me comportaba como si entendiera su debilidad? Quizá porque entonces yo también estaba siendo débil. Ella se arrodilló frente a mí y se echó a llorar con el rostro sobre mis piernas. —No quiero que te vayas, eres mi mejor amiga —dijo entre sollozos. Por un instante pude ver a la niña con la que había pasado la infancia en aquel estúpido orfanato. CAPÍTULO XV Alex no pasó aquella noche en la vieja casa de campo. Por lo visto tenía planes a la mañana siguiente. Asuntos de familia, dijo, y no podía quedarse a dormir con nosotras, así que me tocó pasar la noche con aquella chica histérica e infantil que pretendía a cada instante convencerme de que éramos las mejores amigas del mundo y que perderme era una de las peores decepciones que se podía llevar. El chico me había prometido acercarme a la comisaría en la que había estado recluida casi un mes atrás, quizá más. Había perdido la noción del tiempo. Pero me había dado la opción de pensarlo un poco más, esperar a que pasara la noche y quizás al día siguiente, cuando él volviera, habría aclarado las ideas. Lo dudaba mucho; yo tenía las ideas muy claras. Me había cansado de luchar por orgullo y cabezonería. Cuando me disponía a meterme en la cama y descansar tanto como mi cuerpo me pedía, Ana entró en la habitación sin llamar. Aún tenía los ojos brillantes y aquella mirada inocente que hace que a cualquiera se le parta el corazón en mil pedazos. A cualquiera menos a mí, que solo me hacía sentir agobio. —¿Qué quieres? —pregunté con rotundidad. Casi me sentí mal al escuchar el tono de mi voz. —¿Quieres dormir conmigo? —preguntó casi en un susurro. La respuesta evidentemente era «no», pero accedí automáticamente. Me daba bastante lástima. Odiaba ser tan capaz de sentir lástima últimamente, pero no le quise dar más vueltas de las necesarias y me enrollé en las mantas de su cama, con la espalda en dirección al lugar donde ella dormía. Sentí que retiraba las mantas y se deslizaba bajo estas, pero no apagó la luz y terminé por girarme para comprobar si estaba dormida y había sido un simple despiste. Lo cierto es que si se hubiera quedado dormida con tanta rapidez no habría dudado en volver a mi habitación. Pero no. Me miraba fijamente con unos ojos enormes. —Joder, Ana. ¿Qué demonios te pasa? —pregunté con cansancio. —No confío en Alex. —Pero ¿qué dices? —Ya estaba desvariando. Yo solo quería dormir y que aquella pesadilla acabase lo antes posible. Además, no confiaba en ninguno de ellos, o al menos eso me hacía creer a mí misma desde hacía tiempo. No me haría cambiar de opinión para bien ni para mal lo que ella me dijera. —El archivo, no tiene nada. —De nuevo silencio. —¿Puedes hablar claro de una vez? —Tuve que incorporarme en la cama, dando por hecho que aquella conversación sería larga. Aunque esperé que, o bien fuera lo suficientemente interesante, o no fuera tan larga como preveía. Ella suspiró. —Prométeme que no vas a pensar que estoy loca. —Ya pienso que estás loca, Ana. —Frunció el ceño, pero no hizo comentario alguno al respecto. —No importa —murmuró con decepción—. Verás, es que cuando fuimos a por el archivo de la investigación Alex tenía una llave. La puerta estaba cerrada con llave él tenía justo la que la abría. —¿Y qué? —Pues que me aseguró que la había robado justo cuando entramos al edificio, pero eso no es cierto. —No entiendo nada de lo que me estás diciendo —zanjé. Era cierto. Estaba totalmente confusa. —Joder, Sara, entramos y fuimos directamente hacia la sala de los archivos. Directamente hacia la habitación en la que estaba el archivo sobre tu caso. Alex tenía exactamente la llave necesaria y lo encontró a la primera, ¿no te resulta sospechoso? —Bueno, me parece curioso, pero quizá piense rápido. Él dijo que ya sabía dónde estaba aquella habitación. No veo la sospecha. —¿Y la llave? —Quizá la cogió sin que te dieras cuenta. —Pensáis que soy estúpida. Todos lo pensáis —pronunció con indignación y esperé ver de nuevo el charco de lágrimas tras sus párpados, pero no llegó. No pensaba que fuera estúpida, pero sí creía firmemente que aquella chica no estaba bien de la cabeza. Lloraba por cualquier cosa, se enfadaba por cualquier cosa y hacía locuras que no eran para nada lógicas. Seamos sinceros, era mucho más sencillo creer en Alex que en una chica con aquel desequilibrio mental. —No pienso que seas estúpida, Ana, pero quizá cogió la llave sin que te dieras cuenta. ¿Qué sentido tiene que Alex mintiera en eso? —¿Qué sentido tiene que Pablo nos ayude a escapar cuando sonaron las alarmas? —dijo de imprevisto. —¿Qué? —Había conseguido captar mi atención y pudo notarlo porque me giré completamente en su dirección. Pude ver un amago de sonrisa en su rostro demasiado preocupado. —No sonaron las alarmas cuando cogimos el archivo, pero sí cuando nos disponíamos a salir. Los dos corrimos en distintas direcciones pensando que así sería más difícil que nos atrapasen, Alex llevaba el archivo y la llave y desapareció. Me escondí tras la esquina de un pasillo al escuchar voces al final de este. Era Pablo. Le estaba indicando a Alex el camino más sencillo para escapar de allí sin toparse con ningún guardia de seguridad. —¿De qué estás hablando? Eso no es posible, Ana, ¿estás segura? —Joder, sí. —Me confirmó rotunda. Pero me parecía demasiado ilógico. No tenía ningún sentido. Habían robado el archivo y Pablo, precisamente el agente que investigaba el caso, les había dado a aquellos chicos consejos sobre cómo escapar de allí con su trabajo entre las manos. —¿Qué dice Alex? —Ese es el caso. Alex lo niega todo. Dice que no han hablado nada, que todo ha sido una ilusión mía, que por un momento se ha cruzado con Pablo, pero le ha dado esquinazo y hemos escapado de allí por nosotros mismos. —¿No os topasteis con nadie más? —Con nadie. ¿No te resulta sospechoso? —preguntó en un tono que me recordó al que ponía de niña cuando jugábamos a resolver misterios. —¿Y cuál es tu teoría? —dije con curiosidad ignorando su pregunta. —Bueno, lo único que se me ocurre es que Alex quería entregarte. Quizás hayan ofrecido por ti alguna especie de recompensa. —Disimulé un escalofrío. —Y Alex busca la forma de contactar con Pablo para decirle dónde te escondes. —¿No sería más fácil ir en cualquier momento y darle la dirección de este lugar? Al fin y al cabo, el coche es suyo. No le costaría nada. —Y tenía razón, ¿quién se lo impedía? Sentí pánico durante unos instantes, pero lo reprimí en seguida, ya que me di cuenta de que era absurdo: en unas horas iba a entregarme. —No sé qué pensar, Sara. Solo digo que me resulta extraño—. Y era cierto. Aquello era muy extraño y sospechoso. Pero era Ana. Era una idea de la maldita Ana, y ¿quién podía fiarse de ella? Seguramente todo tendría una explicación lógica. Quizá simplemente Alex le había dado una, que era por curiosidad, o vandalismo. A saber. En cualquier caso, era posible que Pablo se lo hubiera tomado como una chiquillada y les hubiera dado la oportunidad de largarse de allí. La cuestión era por qué Alex había mentido a Ana y, sobre todo, por qué les habían dejado salir de allí con el archivo de la investigación. —¿Y el archivo? —pregunté. —No hay archivo. —Fruncí el ceño. No era necesario hacer pregunta alguna. Era evidente que lo entendía. Hacía unas horas Ana había estado agitando el archivo delante de mis ojos hinchados y adormilados—. No lo hay. Pero lo había. Alex abrió el archivador para comprobarlo y pude verlo desde la puerta, ahí estaba tu foto, las fotos de Lola, de la señora Marisa, un montón de test y apuntes que apenas leí, pero estaba ahí. Estaba todo. Y ahora lo he vuelto a mirar y no está. El archivador está vacío. —¿Crees que Pablo se lo quitó a Alex cuando estuvieron hablando? —Sería lo más lógico. Lo que no entiendo es por qué Alex no me lo ha dicho y ha fingido tenerlo todo el rato. —Nunca había escuchado a Ana hablar de ese modo. Casi parecía una persona de lo más cuerda y aquello incluso llegaba a incomodarme. Nunca la había considerado alguien a mi altura, al menos mentalmente hablando. Y ahora parecía tan lógica, tan normal. Casi me recordó a mi mejor amiga. Pero quizá la verdad era que yo misma estaba perdiendo la cabeza completamente. —Mañana lo hablaremos con él —zanjé. Y aunque la chica no parecía muy convencida se limitó a asentir, agitando su melena rubia arriba y abajo, de nuevo con aquel gesto infantil que la caracterizaba. Aquella noche fue diferente y conocí a Ana a fondo. Días atrás le había prometido que poco a poco me interesaría por ella y la acabaría conociendo para así decidir si podíamos ser amigas o no. Parecía algo exageradamente estúpido, pero no sabía cómo explicarle a aquella chica que necesitaba conocer a una persona para saber si me caía bien. Aunque lo cierto es que no fue poco a poco y cambiamos de tema para entrar en la historia de su vida la cual, curiosamente, terminó por resultarme bastante interesante. Aunque lo más interesante de todo aquello no era su vida en sí, sino la forma de contarlo que tenía la chica. Tenía extensas lagunas mentales y no recordaba años enteros de su vida. En cambio, había detalles que recordaba a la perfección y podía describirlos como si los estuviera viviendo en aquel mismo instante. —No recuerdo mucho del orfanato al que me llevaron después de estar en Dos cielos. Es curioso, porque hasta los diez años nadie me adoptó y pasé dos años en un lugar que apenas recuerdo. «Había un hombre moreno. Llevaba sombrero y siempre estaba muy serio. Sé que me daba miedo, aunque no recuerdo ninguna mala experiencia con él. Supongo que serían cosas de críos, ya sabes. De pequeña me daban miedo las escaleras. Un miedo atroz. Y más las escaleras en la oscuridad. Era algo en lo que ni siquiera era capaz de pensar sin sentir que se me aceraba el corazón. Los desvanes, los refugios esos que se construyen en algunos sitios para cuando azota un huracán... Cosas así. Cualquier escalera que baje hacia un lugar oscuro me da escalofríos. Y aquel hombre me daba la misma sensación. Recuerdo también que en aquel orfanato había niños, muchos niños y muy pequeños. Había muchos recién nacidos y adolescentes. Había más que en Dos cielos. Muchos. Pero no recuerdo demasiados momentos. Con diez años fui adoptada por mis padres. Ellos vivieron en esta casa durante mucho tiempo, antes de tenerme a mí. De pequeña venía mucho aquí y jugaba con ellos en el jardín, que entonces era especialmente bonito. Antes toda esta casa estaba rodeada por una inmensa valla. O quizá no fuera tan grande. Quizá yo fuera muy pequeña. Tardé en dar el estirón y no aparenté mi edad hasta los diecisiete años. Lo cierto es que desde que fui adoptada fui bastante feliz. Nunca he tenido problemas de drogas ni delincuencia. Claro que me he metido en líos, como todo el mundo. Me he emborrachado y he fumado porros y me he acostado con un montón de tíos. Admitámoslo, soy guapa. Y lo cierto es que no tengo que esforzarme mucho en conseguir al chico que quiera. Pero soy incapaz de estar en pareja. Una vez estuve con un chico que conocí en la universidad y a las dos semanas de salir juntos desapareció. En serio. Desapareció, como un fantasma. ¡Zas! Y no me vuelves a ver. No sé si se mudó de ciudad o si simplemente lleva dos años esquivándome, pero el caso es que no he vuelto a ver su estúpida cara nunca. Solo se me dan bien las relaciones superficiales, ya sabes cómo soy. No me cuesta perder los nervios y hacer locuras, y eso no hay mucha gente que lo comprenda y mucho menos que lo aguante a diario. Nadie». Soltó una risa que sonó triste. Por un instante me sentí identificada con aquella chica. Yo nunca había tenido una relación seria con ningún chico, gracias a o por culpa de mi carácter. Aunque lo cierto es que ella sí parecía quererla. Yo siempre había evitado los acercamientos demasiado íntimos. Soy capaz de acostarme con cualquiera, pero no sería capaz de hacer el amor con cualquiera. Me pregunté si algún día sería capaz de enamorarme siquiera. —¿Y tus padres no te echan de menos? —pregunté con curiosidad casi arrepintiéndome al instante. Yo era una chica dura a la que no le interesaban esas cosas y casi me avergoncé de haber hecho cualquier pregunta. Pero ella se limitó a sonreír y pasarme un cigarrillo que sacó de debajo de la cama—. ¿Y el cenicero? —quise saber cuándo cada una dimos la primera calada al nuestro. —No hay, échalo al suelo —dijo. No me importó—. Ya no vivo con mis padres —continuó—, comparto un piso de estudiantes cerca de la universidad. Voy a verlos de vez en cuando y estos días que no he estado aquí me he pasado a visitarles alguna vez. Tampoco viven muy lejos, pero es un pueblo a una decena de kilómetros y me pillaba mejor alquilar un piso a medias. «A veces los echo de menos. Ya te digo que he sido muy feliz con ellos, pero también se agradece infinitamente la libertad. No podría estar aquí diariamente si no fuera porque mis padres creen que estoy en el piso compartido. Y mi compañera… lo cierto es que pasa de mí. No le importo demasiado y hablamos lo justo y necesario. Me arrepentí de alquilar el piso con ella, ya que a los pocos meses dos amigas con las que me llevo realmente bien alquilaron otro en la misma zona y prefería vivir con ellas, honestamente. Pero alguien se me adelantó y estaba dispuesto a pagar más. Claro, los tíos son unos cerdos y están dispuestos a lo que sea por vivir con dos veinteañeras. Ellas dicen que no tiene intenciones raras, pero yo sigo pensando que en cualquier momento va a saltar la liebre y va a pasar algo muy malo. Ojalá que no. Aunque suelo tener buena intuición para esas cosas». Aprendí mucho de ella aquella noche y terminó resultándome mucho más interesante de lo que esperaba. Estaba loca, eso nadie podía negarlo. Aquella chica tenía demasiadas fobias y miedos irracionales los cuales no sabía de dónde venían. Tenía muchas lagunas mentales. Había cosas que recordaba superficialmente a pesar de ser cosas que pasaron hacía apenas unos meses. Tenía traumas cuyas causas eran desconocidas y que se reflejaban en los sueños que me contó. La mayoría de sangre, asesinatos, y laberintos sin salida. Lo cierto es que debía de dar bastante miedo internarse en la mente de aquella chica. Un recuerdo fugaz me vino a la mente al contarme algunos de aquellos sueños: Aquella pesadilla de la que desperté la mañana en la que descubrí a mi amiga Lola o, mejor dicho, su cuerpo, colgado del techo del salón. No quería dormirme pensando en aquellas cosas así que, a pesar de sentirme un tanto estúpida, decidí hacer preguntas de otro tipo y terminamos conciliando el sueño cuando empezaba a amanecer y ella terminaba de relatarme la anécdota del perro de su padre, Spock, y la piscina del hotel en el que se alojaron hacía dos veranos. Hotel en el cual, por cierto, no se permitían animales. Me levanté sintiendo una profunda tristeza e intentando borrar de mi mente la idea de que debía separarme de aquellos chicos; pues lo cierto es que seguía dispuesta a entregarme. Había aceptado aquel malestar, aquella tristeza tan lenta, suave y dolorosa dentro de mí de tal modo que ya solo quería seguir avanzando a través de ella para que se apagara lo antes posible. Si para ello tenía que atravesarla y tragarme los malos momentos y sentimientos, lo haría. Calculé que sería medio día. Y no había dormido lo suficiente, pero ya tendría tiempo. Bajé a la planta inferior y pude ver a Ana tumbada en el sofá, con la vista clavada en el techo y sin expresión alguna y a Alex engullendo un tazón de cereales con casi la misma expresividad. Aunque al verme dibujó una sonrisa forzada. Recordé la conversación que tuvimos la noche anterior y deduje que Ana no había hablado nada con él… de momento. —Buenos días, Alex, ¿qué tal? —¿Te has vuelto educada de repente? ¿Ya no odias el mundo? —preguntó en tono de burla. —Por supuesto. —Me dirigí a la cocina para servirme un tazón igual, a pesar de no tener ni pizca de hambre. —¿Has cambiado de opinión? —No. Quiero entregarme. ¿Te importaría llevarme lo más cerca posible?—Fui un tanto brusca en el tono, pero no quería que nadie intentase hacerme cambiar de opinión ni nada parecido. Tenía que dejar claro que sabía lo que quería. Él se limitó a negar con la cabeza y siguió comiendo sin mirarme a la cara. Yo hice lo mismo—. Alex, ¿qué ha pasado con el archivo? —Casi pude escuchar cómo Kara aguantaba la respiración desde el sofá. —¿El archivo? —preguntó con verdadera extrañeza—. ¿Qué ocurre con él? Ni siquiera lo he mirado, solo por encima. Pensé que tú debías ser la primera en verlo. —No hay archivo. La carpeta está vacía —pronuncié con un tono lo más neutro posible. —¿De qué estás hablando? —Se levantó entonces y empezó a ojear toda la sala de estar. Le señalé la silla donde estaba el archivador y él lo agarró y lo abrió una y otra vez, como si fuera a aparecer algo dentro por arte de magia —. ¡Es imposible! ¡Estaba aquí! ¡Yo lo vi cuando lo cogí! —Pude ver que Ana se había incorporado en el sofá y apoyaba la barbilla en el respaldo de este, observándonos curiosa, como un niño cuando ve dibujos animados. Yo le observaba a él con el mismo gesto impasible, aunque lo cierto es que me resultaba bastante convincente. No parecía estar mintiendo y su sorpresa parecía comparable a la mía la noche anterior, cuando Ana me contó la situación. El archivador estaba totalmente vacío. —Ana. —Qué —respondió ella casi sin preguntar. —¿Has cogido los documentos para algo? —No, joder, los llevaste tú todo el rato. —Se levantó y se dirigió a la mesa con tono de enfado—. Lo mismo te los olvidaste cuando hablabas con Pablo —dijo como si fuera la mayor ofensa del mundo. —¿Pero de qué demonios hablas? Sara, esta chica está loca. En serio. Seguramente Pablo estaba de guardia cuando sonaron las alarmas y le vi en un pasillo. Huí de él. Ella nos vería en el mismo pasillo y ha debido pensar que nos paramos a tener una charla amistosa. Ana, joder. —Se volvió de nuevo hacia ella—. ¿Crees que una situación así es para ponerme a conversar con un poli de guardia que me persigue por haberme colado a robar archivos en la comisaría? ¡Es una completa locura! ¡No sé qué narices ha pasado con los papeles! ¡Te juro que estaban aquí! —Vale, te creo —respondí fríamente, parando de golpe el ataque de nervios que parecía a punto de tener. Aunque no sabía si era cierto. No estaba segura de nada y no era capaz de alterarme por nada. Me sentía triste y solo necesitaba saber que aquello acabaría de un momento a otro. Posiblemente hubiera sido un fallo de la chica, posiblemente Alex mintiera, pero ¿qué más daba? Mis amigos habían muerto, la señora Marisa había muerto y yo estaba sola sin saber qué camino escoger. Ana subió a su habitación y dio un portazo, como una adolescente a la que han decepcionado. Suspiré y Alex se rio, pero se hizo el silencio al instante cuando le clavé una mirada que parecía querer imitar a la suya. —Sara, estás segura... —Sí —pronuncié con rotundidad—. Luis ha muerto, Lola ha muerto, no tengo casa, he perdido a la señora Marisa. Alex, no voy a seguir destrozándome la vida encerrada en una habitación bebiendo alcohol diariamente y pensando en la mierda en la que se ha convertido todo. —Por lo que me has contado eso no es muy distinto a cómo vivías antes. —Aquel comentario me sentó como si alguien me diera un puñetazo en el estómago y por dentro dudé entre echarme a llorar o darle un tortazo en defensa propia. Me levanté de la mesa y resoplé con resignación y cansancio mientras llevaba el tazón vacío al fregadero. —Cuando quieras nos vam... —Pero no pude terminar la frase, ya que al girarme me topé con su rostro a apenas un centímetro del mío. Mi impulso natural habría sido apartarle de mí de un empujón, pero no fui capaz. Sentía el corazón tan acelerado que estaba segura de que se me iba a salir del pecho y este mismo fue invadido por una inmensa pena que me repetía una y otra vez que no podía entregarme y dejar atrás a aquel chico. No sabía desde cuándo sentía aquello, ¿había sido la primera vez que me había acostado con él?, ¿había sido por la costumbre de pasar días y días bajo el mismo techo?, ¿la simple idea de saber que era la primera persona con la que mantenía relaciones sexuales sin estar bajo los efectos de cualquier sustancia estupefaciente? No lo sabía y no quería pensarlo, pero lo sentía. Sentía aquello de lo que hablaban los niñatos que siempre había despreciado. Eso de que se te vuelca el corazón, se te pone la piel de gallina y sientes esas estúpidas náuseas de euforia que te dice que algo en tu cuerpo no está cómo debe de estar y que necesitas saltarle al cuello. O a la boca. Le acerqué a mí posando las manos en su nuca y pude sentir sus labios fríos contra los míos, su lengua caliente luchando con la mía, su respiración y hasta el latido agitado que retumbaba en su pecho casi tan fuerte como el mío. Fue una mezcla entre rabia y amor, escalofríos, felicidad y tristeza. Nunca había sentido aquello con nadie. Nunca lo había hecho de esa manera. Ni siquiera con él las veces anteriores. Sentía el pecho a reventar de euforia. Era una sensación parecida a huir después de saquear un supermercado. Pero aquello no hacía daño a nadie. O eso creía. CAPÍTULO XVI En aquel momento no pensamos en Ana. Ni en ella, ni en guardar silencio, ni en que quizás un par de horas después yo estaría encerrada en una celda y tratada de asesina. Por un momento se nos olvidó absolutamente todo; no existía aquel lugar, no existía nadie, no había existido nadie y yo no sabía lo que era llorar y sufrir una pérdida. Solo estábamos Alex y yo. Ignorando el frío de estar desnudos sobre un sofá de cuero en pleno invierno, acariciándonos como si realmente lo que sintiéramos fuera algo inmenso, algo incontrolable. Y lo era. Y no lo supimos hasta entonces. Estábamos envueltos en una gruesa manta de lana, en silencio, acariciándonos la piel ya templada. Yo me apoyaba sobre su pecho y él me rodeaba con uno de sus brazos. Lo cierto es que la mayor parte de mi cuerpo estaba sobre él. No cabíamos los dos en aquel sofá. Pero no importaba. «Mejor» pensé. —No quiero perderte —pronunció con aquel tono frío con el que solía hablar. Pero había algo diferente en él, una especie de dolor palpitante y silencioso que pretendía ocultar. Yo disimulé un escalofrío. —No vas a perderme. —Nunca había pronunciado aquellas palabras, mucho menos a un hombre, y sentí mis mejillas arder. Esperé que no se diera cuenta de lo mucho que alguien como yo se avergonzaba de decir aquellas palabras. —Pero quieres entregarte. —Levanté la vista lo suficiente como para ver sus ojos brillantes a punto de desbordarse y me giré para quedar totalmente sobre él y poder mirarlo a la cara. Era como si hubiéramos sido pareja toda la vida. Nunca me había sentido tan unida a alguien y en tal confianza. No podía creer que fuera el mismo chico del que había desconfiado desde que lo conocí. Incluso por un instante mi mente se preguntó si no sería la estúpida pasión del momento y todas aquellas emociones y sensaciones desaparecerían al cabo de un rato. —Alex... —Evitó mirarme directamente—. Tengo que intentarlo de otro modo, solo quiero que esto se solucione. —Pero no puedes irte. —Casi usó el mismo tono de pataleta que usaba Ana cuando algo no le gustaba. Una lágrima resbaló por su sien y se la sequé con mis dedos. Acto seguido bajé la mirada y volví a tumbarme sobre su pecho. No me sentía capaz de observarle mientras lloraba. No sabía que Alex pudiera llorar. —Saldré y te buscaré. Nos veremos y estaremos bien. Mejor que ahora. — ¿A qué venía aquel tono optimista? Simplemente sentía la necesidad de darle fuerza, de hacerle creer que todo saldría bien. —No, Sara, no lo entiendes. —Entonces sentí que sus fuertes brazos me apretaban contra él, como si le doliera que en algún momento me pudiera alejar—. Hay cosas que no entiendes. Hay muchas cosas que no sabes y no deberías saber nunca. —¿De qué hablas? —Traté de no alarmarme y esperé su respuesta con paciencia, pero tardó una infinidad. No dijo palabra alguna hasta que sus músculos se relajaron. —Es solo que no quiero que vivas en un sitio así. No quiero que vayas a la cárcel, porque tú no has hecho ninguna de esas cosas de las que se te acusa. —Sentí que intentaba retomar el tono frío y duro, pero no lo llegaba a conseguir del todo. —Alex... —¿Qué? —Dime la verdad sobre el archivo. —Sentí que se tragaba la sorpresa. No esperaba que le preguntara por aquello y, aunque lo cierto era que no me importaba demasiado y me había rendido en cuanto a aquel tema, quería confiar en él. —Sara, te prometo que no tengo ni idea de lo que ha pasado. De todos modos, lo que dice Ana es una locura y los dos lo sabemos. Incluso ella debe saberlo. Estuvimos durante minutos corriendo de un lado para otro y pensando simplemente en salir vivos de allí. Podrían habernos pegado un tiro, ¿sabes? No sabían si éramos presos fugados. No sabían nada. Es posible que los documentos se cayeran durante la carrera y ni siquiera me diera cuenta. — Hizo una pausa—. Lo siento. —Confío en ti —respondí. Y decidí hacerlo. Decidí creer aquello de que Ana estaba confusa y que él no tenía ni idea de lo que había pasado. Tampoco creí necesario desconfiar de absolutamente todo. Además, para entonces sentía en él un inmenso apoyo y no quería perderlo por una sospecha de simple desconfianza. No merecía la pena. Él volvió a estrecharme entre sus brazos y nos quedamos dormidos sin darnos cuenta. Alex se puso nervioso cuando Ana nos despertó, mientras que yo me vestía con parsimonia e indiferencia preparándome para la pataleta al grito de «¡os habéis acostado!». Pero lo cierto es que no mencionó el tema. Simplemente nos despertó para preguntarle a Alex que dónde estaba su paquete de tabaco, ya que el suyo se le había acabado. No hizo ningún comentario al respecto y eso me preocupó aún más que cualquier berrinche. Cuando íbamos a subir al coche noté que la chica me abrazaba con desgana y no supe identificar si era tristeza o enfado. Habíamos decidido que lo mejor era que aquel viaje lo hiciéramos nosotros dos solos, ya que si alguien podía librarse de los problemas en caso de que los hubiera debíamos aprovecharlo. Cuantas menos personas fuéramos, mejor. Lo cierto es que me llegó a dar pena la situación y no hablé hasta que llevábamos más de media hora de camino. —¿Dónde me vas a dejar? —pregunté con curiosidad. No creía que fuera buena idea que me llevara hasta la comisaría, ya que, le importara o no, no quería que ninguno de los dos se viera más involucrado en el caso más de lo que ya lo estaban. —Me voy a desviar un poco —comentó, aunque yo ya me había dado cuenta de que lo había hecho rato antes—. Te voy a dejar a las afueras de un pueblo cerca de la prisión, para evitar que me vean contigo. Solo tendrás que coger un autobús desde allí. —Abrió la guantera frente a mí y señaló un pequeño monedero en el cual pude comprobar que había unas monedas. —Gracias —pronuncié casi en un susurro. A ratos le echaba un vistazo y sentía la necesidad de gritarle que reaccionara, de decirle que parase el coche y habláramos con calma o incluso que diera la vuelta. Su expresión me hacía sentir una mezcla entre culpabilidad y la mayor de las melancolías. No podía alejarme de aquella manera después de verle llorar por mí. Después de saber que lo que sentía por mí era algo más que curiosidad por resolver un caso que le llamaba la atención. Pero no fui capaz de decir nada. —Siento no haberte dicho lo de Luis —dijo tras largos minutos en silencio. Volvía a brillarle la mirada de un modo que me rompía. —No importa, entiendo tus motivos. —No quería pensar en el tema. No pretendía hacerle sentir peor. No deseaba volver a verle llorar ni quería volver a sentir aquella profunda tristeza en la que había desembocado todo y que intentaba ignorar. El coche se internó en un camino rodeado de bosque parecido a la zona en la que se encontraba la casa de campo de Ana, y unos minutos más tarde dejó de sonar el motor. —Baja —dijo él sin mirarme directamente, y así lo hice. Él me siguió. Me sentí diminuta cuando se plantó frente a mí, cuando me clavó aquellos ojos llorosos de un azul tan intenso que parecían estar difuminándose a causa de la tristeza. Por una vez en la vida me sentí indefensa frente a alguien. Sentía que podía hacer conmigo lo que quisiera. Sentía todas esas cosas que se sienten cuando descubres que alguien es la única persona capaz de partirte en mil pedazos. Entonces me abrazó y sentí el calor de sus lágrimas. —Alex... —Sin pasión alguna, como si solo pretendiera callarme, me besó. Casi con frialdad. —No hagas eso. —¿El qué? —pregunté. Es decir, era él quien me había besado. —No te sientas mal por mí, por favor. —Sentí que se me encogía el corazón. Quizás él estaba enamorado de mí de verdad. Quizá para él no era tan confusa como para mí aquella retahíla de sentimientos encontrados—. Todo esto es culpa mía. —No lo es... —Sí, sí lo es. Y espero que me perdones. Por Dios, ojalá me perdones. —Alex, no es tu culpa —le corté con tono de enfado. Me costaba mirarlo directamente a los ojos mientras lloraba, pero ya daba igual, yo también estaba llorando, así que le clavé la mirada. —No es tu culpa en absoluto. Pude elegir si escaparme o no. Pude decidir qué hacer, pude quedarme en el calabozo. Cualquier cosa. Yo decidí salir corriendo tras Ana y montarme en el coche. —Solo una sonrisa infinitamente triste fue capaz de hacerme callar. —Ojalá me perdones. —Volvió a plantarme un beso salado y rodeó el coche para introducirse en él por la puerta del conductor. «Eres un idiota», pensé. —Alex... —comencé a decir, pero decidí cortar el dramatismo de la situación. Él me miró directamente. Las lágrimas no dejaban de caer de sus ojos. Las mías luchaban por no hacerlo—. ¿En qué dirección voy? Murmuró algo que no pude entender y volví a hacerle la pregunta. —Línea recta, en unos diez minutos encontrarás un camino que te lleva directamente hacia el pueblo. Sigue el camino hacia la izquierda. —Ten cuidado —dije, pensando que era más necesario que darle las gracias. Él dibujó una sonrisa irónica—. Lo digo en serio. —Ven —respondió. Me acerqué a la ventanilla bajada del coche e introduje la cabeza por esta, siendo yo esta vez la que me decidiera a besarle —. Te quiero —susurró y arrancó el coche. No tuve tiempo de responderle. Tampoco oportunidad, ya que en cuanto oí pronunciar aquellas palabras se me encogió el corazón y sentí que se me cerraba la garganta para no dejar pasar mi voz. En cualquier caso, ¿cuál habría sido mi respuesta? ¿Yo le quería realmente?, ¿estaba enamorada de aquel chico? Tenía que aclarar demasiados puntos en mi cabeza y lo cierto es que aquel momento no era el más indicado para pensar en el amor. Estaba a punto de saber si iba a acabar encarcelada y estaba casi segura de ello. Al fin y al cabo, me había dado a la fuga siendo sospechosa de asesinato y no tenía ni idea de cómo habría avanzado la investigación sobre el caso. Me sentí estúpida por haber lanzado la radio contra la pared en lugar de seguir escuchando las noticias, por haber huido del calabozo el día que Ana vino a sacarme de allí, por haber salido corriendo después de encontrar el cuerpo descuartizado de mi amiga. Me sentí estúpida por no haber hecho nada bien desde el principio y por no hacerlo ni siquiera entonces. Por dejar a Ana triste, sabiendo lo inocente e inestable que era en el fondo. Por dejar que Alex se fuera llorando con el corazón roto. Por haber sido tan cobarde en absolutamente todas las situaciones desde hacía más de dos meses. ¿Pero qué iba a hacer? ¿Planear un viaje, salir del país con Alex y Ana y pasar el resto de mi existencia sin saber quién había matado a mi amiga y a la señora Marisa? ¿Qué iba a hacer? ¿Corresponder a aquel chico y decirle que también le quería? ¿Qué estaba enamorada de él? Ni siquiera sabía lo que sentía. Lo único que sabía era que quería que estuviera allí para abrazarme. Que no quería verle llorar y mucho menos por mi culpa, que odiaba hacerle sentir culpable y que pensara que todo aquello se debía a su decisión de sacarme del calabozo. Ojalá hubiera podido ir a entregarme con él sin que resultara sospechoso. Pasé lo que debió de ser alrededor de una hora sentada bajo uno de aquellos árboles, cogiendo aire, luchando contra las lágrimas, contra un miedo y una tristeza que hasta entonces no había conocido, y finalmente eché a andar. Seguí en línea recta, como me había aconsejado Alex, y caminé durante quince minutos, pero no encontré camino alguno. Tras un rato más de pararme a agudizar el oído por si escuchaba algún sonido extraño, cualquier signo de vida, empecé a pensar que me había equivocado de dirección y no había ido del todo en línea recta, pero no pude hacer más que seguir el camino esperando tener algo de suerte. En aquel momento unos brazos grandes y fuertes me agarraron por la espalda y se hizo la oscuridad. Me dio un vuelco el corazón y sentí que me mareaba del susto. Me eché las manos al rostro para apartar aquel velo que me impedía ver y solo llegué con la punta de mis dedos a tocar una tela gruesa. La imagen de una bolsa de tela negra se formó en mi mente. Intenté gritar, pero una mano grande, como de gigante, me presionaba nariz y boca. Solo quería gritar para decir que no podía respirar, que me estaba asfixiando, que necesitaba aire. Pero no era del todo cierto, ya que mi olfato percibía un olor entre ácido y fresco que me recordó a la colonia, solo que no tenía un perfume agradable. Sentí que mi mente se oscurecía, aun dentro de la oscuridad, y que pensaba cada vez más lento, como si me fuera a desmayar. De repente dejé de notar el suelo bajo mis pies. Desperté con el corazón latiéndome a toda velocidad y casi segura de que me había quedado ciega. No veía absolutamente nada, pero cuando conseguí calmarme un poco a causa del cansancio corporal pude centrarme en las diferentes partes de mi cuerpo. No sentía dolor alguno. Solo presión en tobillos y muñecas, lo cual me indicaba que estaba atada de pies y manos. La misma sensación me oprimía los pómulos y la superficie de los ojos, los cuales no era capaz de abrir. Sentía algo dentro de la boca. Una especie de bola de papel, pero dudé que fuera papel, ya que salivaba bastante y aquello lo habría disuelto; también pude deducir que me encontraba sobre una superficie lisa, seguramente tumbada. Notaba el frío de aquella especie de cama metálica sobre la espalda desnuda. Sabía que me habían drogado, aunque no con qué. Conocía aquella sensación muy bien, aquella sensación de irrealidad y cansancio que se mezclan cuando se pasa el efecto de drogas alucinógenas, además de sentir el recuerdo del pinchazo de una aguja en uno de los brazos. ¿Me había cogido la policía? ¿Y si estaba en la silla eléctrica? No, estaba tumbada. Además, aquello era imposible, tenían que resolver el caso, tenían que interrogarme. La policía nunca me drogaría y me ataría a una cama de metal con los ojos y la boca tapados. Sentí que un hilillo de saliva resbalaba por la comisura de mis labios. Gemí lo más fuerte que pude y traté de retorcerme con todas mis fuerzas, pero aquella postura me impedía completamente golpear cualquier cosa. Tras un rato comprendí que no estaba totalmente desnuda, cosa que me había preocupado al principio, puesto que no sentía el contacto frío tan directamente en las nalgas ni en ciertas zonas de la espalda. Fueran quienes fueran los que me habían metido ahí habían tenido la decencia de haberme dejado en ropa interior. Aunque, ¿quién sabía lo que habían hecho conmigo mientras estaba drogada? Sentí que me agotaba la impotencia. Perdía fuerzas y por más que paraba a escuchar mi alrededor atentamente no oía nada más que los latidos de mi corazón, mi propia respiración y un goteo distante. Comprendí entonces que tenía una vía colocada en el brazo derecho. No era la sensación de un pinchazo anterior, me estaban inyectando algo en aquel mismo instante. No sé cuánto tiempo pasó hasta que mis ojos por fin volvieron a ver la luz. Para mí fueron días, quizá semanas. Aunque puede que tuviera esa sensación por lo desorientada que estaba y lo mal que me encontraba. Puede que tan solo pasara un par de horas atada y amordazada. Me despertaba a ratos y no entendía el porqué una vez tras otra volvía a caer en un profundo sueño. El hecho de saber que estaba siendo drogada continuamente me hacía entrar en pánico, pero mi cuerpo no tenía fuerzas para arrancarse las ataduras y conseguir articular palabra alguna, tan solo una especie de gruñido cada vez más afónico a causa del esfuerzo. Sentía la garganta destrozada y la boca seca. Aquello era un bucle. Me esforzaba, perdía los nervios y caía rendida, una y otra vez. Hasta que por fin mis ojos vieron luz. Parpadeé intentando aclarar la vista. Lo cierto es que fue difícil, ya que todo estaba difuminado. No me extrañaba, seguro que había pasado siglos allí encerrada con una venda en los ojos. Solo entonces pude ver dónde estaba y a mí misma. No me había equivocado del todo en cuanto a mi situación, puesto que me encontraba sobre una especie de camilla metálica que me recordó a las mesas dónde hacen autopsias. Mis brazos y piernas seguían amarrados en las barras que rodeaban toda la superficie. Me fije en las correas y parecían profesionales; no me sería fácil desatarme y mucho menos dando tirones. ¿Y si estaba en un psiquiátrico? Al fin y al cabo, no era la primera vez que me decían que posiblemente era una psicópata y ni siquiera era consciente de ello. Pero no, era imposible. Aquello de cegar y meter en la boca algo (¿qué era, por cierto?) para hacer callar era una práctica que no se hacía desde hacía siglos. Se me vino a la mente alguna que otra imagen de lobotomías y sesiones de electroshocks que había visto en internet y me obligué a dejar de pensar en ello. La cuestión era que lo que me inyectaban parecía ser agua. Era un líquido transparente y no parecía ser espeso. No me habían amarrado la cabeza, así que giré el cuello varias veces e hice exagerados esfuerzos para intentar llegar al tubo que me colgaba del brazo y tirar de él, arrancándomelo con los dientes, pero fue inútil. —Joder —susurré. Tenía que quitarme aquello de encima. Si aquel líquido contenía alguna droga que me fuera a dejar dormida a cada instante necesitaba deshacerme de ello lo antes posible para recuperar algo de fuerza y poder salir de allí. Tras varios intentos fallidos de agarrar la vía con los dientes me dejé caer sobre la camilla y giré la cabeza a uno y otro lado con desgana. Lo cierto es que no tenía fuerzas para intentar incorporarme ni un poco, pero necesitaba ver dónde estaba. Cuando abarqué el entorno con la mirada una especie de instinto primitivo me dijo que aquel lugar era el infierno, que yo no podía estar allí. «Otra vez no», decía una voz dentro de mi cabeza. Pero yo nunca había estado en ningún lugar parecido. A simple vista parecía una mezcla entre una habitación de hospital y un laboratorio. A ambos lados de la camilla en la que yo me encontraba había dos más, y pude ver otro montón de ellas apiladas en un rincón de la enorme habitación. El lugar era inmenso y estaba repleto de cosas que no había visto sino en películas, y nunca supe para qué servían. No se podía negar que estaba impecable. Seguramente si aquel sitio se analizara a fondo no se encontraría ningún microbio. Todo estaba brillante y escrupulosamente colocado. Al fondo de la habitación, a mi izquierda, se encontraba la pila de camillas metálicas, junto a un puñado de sillas, tapando una ventana cerrada con las persianas bajadas. La pared frente a mí se componía de una inmensa barra de bar, por llamarlo de alguna manera, que recorría las cuatro paredes de la habitación al completo, tan solo cortándose en la zona de la puerta, a la derecha del habitáculo. Su superficie estaba repleta de una especie de cubos enormes y transparentes llenos de un líquido azul oscuro de los que salían y entraban una infinidad de tubos del mismo color. Aquel líquido hacía largos recorridos y acababa en algún otro cubo quizás en el extremo opuesto de la sala, pero no hacía ruido en absoluto. Todo funcionaba en completo silencio y aquello daba verdadero miedo. Era como si solo existiera yo, el goteo que desembocaba en mis venas y los latidos de mi corazón. Todo estaba muerto. No se oía ni un simple zumbido, ni un chasquido, ni pasos lejanos. No olía a nada. Ni a desinfectante, ni a agua, ni a mí misma. Todo era frío, blanco y azul. Mirar aquel líquido me transmitía una paz extraña, una sensación de somnolencia infantil. Algo que me recordaba a la infancia. A mis padres. Sacudí la cabeza. «No tengo padres —pensé—. Nunca los he tenido. Murieron cuando nací». No podía dejarme llevar por aquella calma. Era la droga. Era lo que fuera que me metiesen por vena. ¿Y si era aquel líquido azul? La pequeña bolsa sobre mi cabeza se veía totalmente transparente, pero una sola gota de aquel líquido posiblemente se hubiera disuelto al instante y no teñiría el agua. No podía soportar la idea de saber que eso estaba recorriendo mi cuerpo, pero ¿por qué? Si ni siquiera sabía lo que era. Quizá fuera por eso, debía pensar que era por eso, miedo a lo desconocido. Pero no. Una parte de mí me decía que aquello era horrible, que a pesar de tener aquel color tan bello era algo que nadie en el mundo desearía tener cerca. Era peor que la sangre. Toda la habitación se componía de azulejos blancos, cubos llenos de aquel líquido, tubos transparentes que lo trasladaban de un sitio a otro y pequeñas réplicas de lo mismo rodeándolo todo. Algunos cubos llenos, otros vacíos. Probetas de diferentes tamaños. Y todo guardando un orden que parecía ser de lo más estratégico. Aquel lugar daba escalofríos, a pesar de mantener una temperatura bastante soportable. Entonces giré la cabeza hacia abajo y observé mi propio cuerpo. Tenía razón en cuanto a lo que había pensado en la semiinconsciencia, no estaba desnuda, si no en ropa interior. Pero aquella no era mi ropa, por lo que alguien me había desnudado y me la había cambiado. Aquello era enfermizo. En la mitad inferior lucía unas braguitas de encaje blancas con los bordes rosas y varios lacitos del mismo color que las decoraban. Parecían las típicas que usaban las niñas pequeñas por encima de los pañales, solo que eran exactamente de mi talla. En la mitad superior el sujetador poseía los mismos colores, solo que en el centro, entre los dos pechos, sobresalía una especie de bola de algodón blanca, como la cola de un conejito. Sentí que la rabia comenzaba a invadirme y me sentí mejor conmigo misma al reconocerme en aquella sensación, ya que hacía días que no era capaz de sentir tal rabia o enfado. Rechiné los dientes y acto seguido rompí a gritar. —¡Eh, hijos de puta! ¡Psicópatas de mier…! —Pero paré al decir la palabra psicópata en voz alta. De repente se me cayó el mundo encima y sentí mi cuerpo temblar. ¿Y si la persona o las personas que me habían metido allí eran las mismas que habían matado a la señora Marisa y a Lola? ¿Y si durante tanto tiempo me habían estado persiguiendo y haciéndome daño con la gente que me importaba para terminar capturándome a mí y haciéndome a saber qué atrocidades? Entonces escuché a lo lejos unos pasos, como de zapatos de tacón, aunque supuse que cualquier calzado que caminase por aquel suelo sonaría del mismo modo, y me invadió el pánico. Iba a morir, lo sabía. Iba a morir. «Otra vez», pronunció una parte de mí. «Nunca he muerto, pero esta vez sí. Voy a morir», pensé. —Qué difícil has sido, Sara. —Pude reconocer su voz en cuanto entró y le miré con confusión. Por un momento dejé de sentir aquel terror cuando mi mente me dijo que todo había sido una paranoia y que me había capturado la policía. Aquello no era ningún secuestro. Pero no. Aquel lugar no era ningún calabozo, no era ninguna celda ni era la enfermería de la prisión. Aquel lugar no tenía nada que ver con la policía y él tampoco. —¿Dónde demonios estoy? —pregunté manteniendo la cabeza lo más alto posible, no sin esfuerzo. —Disculpa —pronunció Pablo con un tono de voz con el que jamás le había escuchado hablar, y colocó un mullido cojín bajo mi nuca. Lo acepté con desdén. —¿Estás cómoda? —No, desátame —dije como si fuera a funcionar. Y curiosamente lo hizo. Pablo pidió perdón y me desató de pies y manos, como si tuviera más que claro que no iba a hacer ninguna estupidez. Tenía razón. No iba a salir corriendo ni iba a atacarle. Lo habría hecho si hubiera terminado por desatarme yo sola. Lo habría hecho si él me hubiera mantenido atada e indefensa contra mi voluntad, pero había sido demasiado fácil y eso significaba que estaba en aquel lugar por algún motivo. Que merecía un mínimo de respeto. Me arranqué la aguja del brazo derecho y dejé correr por él un hilillo de sangre mientras me sentaba en la camilla con los pies colgando de uno de los laterales, de cara a Pablo. El suelo estaba más lejos de lo que creía. —¿Dónde estoy? —Me sentía superior ahora que había conseguido que se hiciera lo que yo quería y había logrado dejar de mirar el modelito que llevaba puesto. —Este lugar no tiene dirección —dijo mientras arrastraba hasta mí dos sillas del mismo material que aquellas camillas. Me tendió la mano para ayudarme a bajar de la camilla e invitarme a sentarme; pero se la rechacé y bajé por mí misma a pesar de sentir un gran mareo en cuanto mis pies tocaron el suelo. Me senté notando el frío del metal en los muslos. —Vaya, hombre, ningún sitio que me interesa parece tener dirección — pronuncié tratando de sonar fría e indiferente. Él sonrió mientras tomaba asiento frente a mí—. ¿Voy a ir a la cárcel? —pregunté tras unos instantes de repugnancia en los cuales se limitó a recorrer mi cuerpo con la mirada. —Tranquila, yo me he encargado de eso. Soy tu tutor legal. —Se me escapó una risa irónica. —Pablo, soy mayor de edad, no necesito tutores. ¿Puedo quitarme esta mierda? —pregunté mientras miraba aquellas ridículas prendas de lencería que parecían diseñadas por un pedófilo. —Si quieres... —respondió con una mirada pervertida. —Que te den. —Fui a levantarme para salir de allí, pero me agarró del brazo con una fuerza que nunca había esperado de él, haciéndome gritar. —¡Duele! —Toma asiento. —Y así lo hice, a pesar de querer escupirle. Cuando me soltó vi que se me había quedado la piel de un color rojo intenso, pero no me masajeé la zona, en un intento de disimular el dolor—. Sara, si me dejas explicarte tu situación podemos llevarnos bien. En el caso contrario créeme que puedes llegar a pasarlo muy mal. —¿Me estás amenazando? —Sí. Se hizo un silencio aún más atronador en la estancia. Ya no se oía el goteo continuo de aquel suero ni escuchaba los latidos de mi corazón acelerado. No sabía cómo reaccionar. ¿Seguía drogada? ¿Por qué no echaba a correr y salía de allí? Pero ¿acaso sabía dónde estaba? Una parte de mí me hacía obedecer. Una parte de mí me avisaba de que cualquier movimiento en falso me perjudicaría de una manera radical y lo mejor que podía hacer era quedarme quieta donde estaba y obedecer a todo lo que aquel hombre me dijera. Había dejado de resultarme aquel agente de policía que me transmitía más confianza que cualquier otro. Había dejado de ser la mejor opción en cuanto acudir a buscar ayuda si la necesitaba. Ahora me dejaba paralizada de miedo y no tenía ni idea de porqué. Quizá porque había logrado secuestrarme. Quizá porque de repente su mirada me resultaba escalofriantemente familiar. —¿Qué me has hecho? —dije, decidiendo que era lo más importante de todo lo que quería saber. —Traerte aquí. —Aparte. —Nada. Ofrecerte asiento, un cojín... Comodidad. —Casi solté una risa de cansancio, pero mi cuerpo no me lo permitió. Bajé la mirada con resignación. —Sara, nadie te ha violado si es lo que piensas. Nadie te ha tocado un pelo en ese sentido. —Casi me sentí aliviada si no fuera por aquel «en ese sentido». —¿Y en qué sentido me han tocado un pelo? —pregunté con enfado clavando mi mirada en sus ojos azules. «Ojalá fueran otros ojos azules». —Es una larga historia y no sé si estás preparada para escucharla. Creo que debes comer y descansar, y poco a poco irás viendo de qué va todo esto. —Estoy preparada, no debo hacer nada más que escucharte hablar —dije con rotundidad, pero él se lo tomó como un adulto se toma a una cría con una pataleta, tratándome con paternalismo. Como yo siempre me tomé a Ana. —Eso no es cierto. Créeme, necesitas calmarte. Y cuando lo hagas, lo verás todo de un modo muy diferente. No es todo tan feo como parece. Sabía que no podía confiar en él, que no sabía dónde estaba, que todo aquello era una completa locura, pero no tenía fuerzas para resistirme más y acabé en ropa interior recorriendo unos pasillos que daban casi tanto miedo como la habitación en la que me había despertado. No había absolutamente nadie allí, no se escuchaba ruido ni siquiera del exterior. Del cual, por cierto, no se veía nada, ya que en todo el lugar solo pude ver un par de ventanas y todas estaban completamente cerradas. No entraba ni un solo rayo de luz del sol. Todos los pasillos estaban iluminados con fluorescentes de un blanco cegador. El edificio al completo tenía suelos y paredes de mármol, y mis pies descalzos hacían sobre aquella superficie una especie de sonido de chapoteo que hacía que se me encogiera el corazón. Paramos frente a una puerta, también blanca, aunque parecía ser de alguna especie de metal. No tenía rótulo alguno ni nada que pudiera indicar lo que había dentro. —¿No vas a entrar? —preguntó, como si no hacerlo fuera una estupidez. —¿Para qué? —Creía que querías quitarte eso —pronunció señalándome de arriba abajo. Entré automáticamente dando por hecho que allí dentro encontraría mi ropa, pero me equivocaba rotundamente. Se trataba de un enorme vestidor, repleto de vestidos, faldas y bodis. No había más colores que el blanco, el rosa y algo de celeste entre ellos. Aquello parecía el sueño de cualquier niña pequeña con la diferencia de que todas las tallas se correspondían a la mía. Era demencial. No había nada que yo me hubiera puesto por mí misma jamás en la vida. Todo llevaba volantes, encajes, mariposas, flores y arcoíris. Abrí la puerta y asomé la cabeza. Paul se giró para fijarse en mí. —¿Qué ocurre? —¿En serio quieres que me ponga esta mierda? —Sí —pronunció con una extraña seriedad, teniendo en cuenta que todo aquello para él parecía ser un juego de perversión. Volví a entrar y opté por ponerme una falda de volantes blanca, lo más largo que pude encontrar, aunque no me llegaba a la altura de la rodilla, y un top rosa chicle con el dibujo de un unicornio en el centro. Decidí dejarme la ropa interior con la que había despertado. Al fin y al cabo, toda la que pude ver me repugnaba aún más. ¿De verdad no había nada que no fuera tan enfermizamente ridículo? —¿No hay zapatos? —pregunté cuando salí con ello puesto. —No. No hay zapatos —zanjó, y echó a andar esperando que le siguiera. Lo hice. ¿Dónde demonios estábamos? Llegamos a una enorme sala que me recordó tanto al comedor de la comisaría como al del orfanato en el que pasé mi infancia, con todas aquellas mesas y sillas en fila. Todo del mismo material que la camilla en la que había visto la luz por primera vez en lo que me parecieron varios días. Sospeché que aquellas mesas y camillas eran la misma cosa. —Sígueme —dijo Pablo con altanería cuando me quedé mirando alrededor desde la entrada. Me hizo pasar a una cocina que era casi la mitad del tamaño del comedor anterior, aunque resultaba llamativo que absolutamente todo fuera de aquel color blanco cegador. El hombre abrió una nevera y sacó una fuente repleta de una especie de masa amarillenta. —¿Hacemos tortitas? —preguntó con una sonrisa de oreja a oreja. Casi parecía sincera. —No tengo hambre —mentí. Terminé comiéndome tres, con la confianza de que las había preparado delante de mí y no podía llevar nada con lo que pretendiera envenenarme mientras yo miraba desde un rincón con una extraña sensación de irrealidad. Más tarde pensé en que no había visto cómo preparaba la masa y me sentí estúpida. —¿Cuánto tiempo llevo aquí? —pregunté finalmente mientras él seguía comiendo con avidez. —Muy bien, Sara. Vas aprendiendo. Es mejor que las respuestas lleguen poco a poco. Así no te saturarás. —No parecía él ¡Maldita sea! No era el mismo hombre que había conocido cuando me detuvieron. Aquel era frío y parecía a punto de golpearme en cualquier momento. Aunque lo más extraño de todo era que a mí me asustara alguien que pretendiera intimidarme. —¿Y bien? —Unas horas. Digamos un día. Llegamos ayer por la tarde. —Seguía comiendo como si aquella conversación no tuviera importancia alguna—. Alex te dejó en el bosque alrededor de las seis de la tarde. Has dormido el resto del día y toda la noche. Excepto por un par de desvelos. —Apenas escuché nada desde que pronunció su nombre. —¿Sabes que Alex me llevó al bosque? —pregunté con pasmo. —Bueno, creo que no es el momento para responder a esa pregunta. La respuesta sencilla sería un «sí». Lo demás prefiero que lo descubras por otros medios. —No sabía a qué demonios se refería, pero decidí que lo mejor era no insistir por el momento. La rabia me arañaba por dentro, el pánico de que le hubiera pasado algo a Alex me preocupaba sobremanera, pero mayor era el miedo a cometer alguna imprudencia. Ojalá no se diera cuenta del miedo que sentía. Cuando se dio por satisfecho después de atiborrarse de tortitas me llevó de un pasillo a otro, pasando por lo que me pareció una infinidad de habitaciones, la mayoría de las cuales estaba compuesta tan solo por una camilla, un par de sillas y un puñado de pantallas y armarios. El color cegador seguía sin variar. Me di cuenta entonces de que no había un solo interruptor de luz en ninguna de las habitaciones. Supuse que la luz de aquel lugar se controlaba desde algún otro habitáculo, parecido a aquellas salas de vigilancia como las que había en prisiones, centros comerciales, hospitales, etcétera. Solo entonces traté de fijarme en si había cámaras se seguridad, pero no pude ver ninguna tampoco. Era todo muy extraño. Tras un rato caminando comenzamos a atravesar habitaciones dobles separadas entre ellas por grandes paredes de cristal. La habitación que atravesábamos siempre parecía una sala de operaciones con montones de pantallas y ordenadores incorporados, como las anteriores. Pero las contiguas tenían la completa apariencia de dormitorios infantiles. En la mayoría había juguetes de todos los tipos, tamaños y colores. En otras había simplemente una cama. No había punto medio. Finalmente llegamos a una de aquellas salas separadas del dormitorio por un cristal y Pablo ralentizó el paso, sacó de su bolsillo una tarjeta y la pasó por el mismo metal de la puerta, haciendo que esta se abriese automáticamente. Justo en ese instante la transparencia que separaba las habitaciones desapareció y se convirtió en lo que parecía ser un grueso muro de hormigón, ocultándola a la vista. —Pasa —pronunció, y obedecí. Pude ver que desde dentro tampoco se veía la sala de operaciones. La habitación era, si cabía, aún más ridícula que mi propia vestimenta. No había otro color que no fuera blanco, rosa y dorado, y todo estaba repleto de peluches con forma de osos y unicornios, además de una enorme casa de muñecas, la cual aseguraría que estaba hecha a mano. Era el paraíso para cualquier cría, pero no para mí. Me resultaba espantoso. ¿De qué demonios iba todo aquello? ¿De quién era realmente aquella habitación? La cama era ancha, pero bastante corta, si los pies de un adolescente no sobrepasaban el borde sería por los pelos, y la colcha que la cubría era de un rosa empalagoso, al igual que la mosquitera que la rodeaba. —Dime que es broma —murmuré, aunque sin dirigirme a nadie en concreto. Escuché su risa y se me encogió el corazón. —Precioso, ¿verdad? —Para nada. —Vas a dormir aquí, Sara, te guste o no. Ya te iré trayendo la comida y te recogeré a ciertas horas para ir al baño. De todos modos, bajo la cama tienes un orinal para emergencias. —¿Estás loco? —pregunté con seriedad. —Ah, buena pregunta. Por desgracia tampoco tengo respuesta para eso por el momento. Óyeme —dijo mientras se llevaba la mano a un bolsillo de su pantalón vaquero. Sacó una especie de placa de plástico, como una insignia de juguete, decorada con lo que parecían ser un montón de garabatos de niños —, si viene alguien que no lleve esto al pecho, no te vayas con él, puede ser peligroso. Si lo lleva, no te preocupes, trabaja para mí. «Ah, que si lo envías tú no tengo que preocuparme», pensé con ironía. —¿Dónde estoy? —pregunté sintiendo que perdía todas las fuerzas de mi cuerpo. —En tu habitación. —No, Pablo. Esto. ¿Qué es todo esto? —Abrí los brazos tratando de abarcar todo lo que me rodeaba. —Bienvenida a casa, Sara. Bienvenida a Blanco Oscuro. CAPÍTULO XVII Era como si estuviera soñando. Había salido de la casa de campo en la que había estado escondida alrededor de un mes para terminar encerrada de nuevo en una habitación diseñada para niñas que querían ser princesitas. Cualquier cosa que pudiera haber imaginado se alejaba completamente de la realidad. Nadie estaba confabulando para llevarme a prisión, yo no estaba loca, ni Pablo le había ofrecido una recompensa a Alex por entregarme. Por otra parte, ¿cómo sabía Pablo que Alex me había llevado al bosque? Pensar que al fin y al cabo el chico me había entregado era imposible, dudaba que él supiera de la existencia de aquel lugar extraño. ¿Qué se hacía allí? ¿Dónde estaba realmente? ¿Y cómo era posible que hubiera pasado allí dentro apenas unas horas? Tenía la sensación de que habían pasado días, quizá semanas, en los que me habían mantenido drogada. Y lo cierto es que iba a mantener aquel pensamiento hasta que me asegurase de la fecha en la que estábamos. Aunque, pensándolo bien, no tenía ni idea de en qué día vivía desde hacía semanas, tal vez meses. Hacía mucho que había perdido la noción del tiempo. Me arrepentí mucho en aquellos momentos. Me arrepentí del alcohol que había bebido en la casa de Ana, de las horas que había dejado de contar, de no haberme esforzado más por enterarme de las noticias o de lo que pasaba en el exterior. Me arrepentí de haberme hundido hasta el punto de no preocuparme por ser persona siquiera. Pero ¿qué me quedaba?, ¿qué iba a hacer a aquellas alturas? Si llevaba lo que parecía ser una eternidad arrepintiéndome. Ya no había tiempo para ello. Era cierto que mi cuerpo solo deseaba hundirse, dejarse caer y perderse en la tristeza. Era cierto que no quería pensar en nada más, que ya no quería tener esperanza y simplemente deseaba limitarme a llorar a mis seres queridos y a mí misma. Pero yo nunca había sido así y ya había llorado suficiente. En los últimos días de mi vida había aprendido lo que significaba sufrir, lo significaba perder. En aquellos tiempos aprendí que haber crecido sin nada no significa que no tengas nada que perder. Que siempre queda algo por lo que luchar y que nada se merecía la indiferencia con la que yo trataba a mi entorno. Nada era inferior a mí y todo merecía mi lucha y mi fuerza. Aunque fuera por hacer justicia, necesitaba salir de allí por aquellas personas que había perdido. Por Lola, por Luis, por la señora Marisa, por las personas que habían hecho algo por mí sin que yo hiciera apenas nada por ellos. Necesitaba comprender. Necesitaba volver a ser yo. Necesitaba ser fuerte y crecerme ante aquello. Y cuando consiguiera escapar con toda la información, cuando descubriese por qué habían acabado con aquellas personas, por qué había sido yo sospechosa de aquellos crímenes, por qué había pruebas que me apuntaban y alguien que escribía con una caligrafía idéntica a la mía. Cuando tuviera respuestas e hiciera justicia me permitiría hundirme. Me podría permitir llorar durante horas, suicidarme, salir del país o lo que mi alma me pidiese. Pero mientras tanto necesitaba recuperarme. No me resultaba fácil controlar el tiempo que pasaba allí encerrada. Tuve la sensación de que Paul, o quien fuera que controlaba la luz de aquel lugar, intentaba confundirme, ya que apagaba las luces dando una sensación de nocturnidad más veces de las que yo calculaba que debía. «No juegues conmigo, no llevo aquí dentro dos días», pensaba. A ratos contaba los minutos para tratar de ubicarme, pero se me intercalaban otros pensamientos y perdía el hilo en numerosas ocasiones. Lo máximo que fui capaz de contar seguido fue una hora, tres minutos y doce segundos, luego me vino Alex a la cabeza. No podía dejar de pensar en él. En si era cómplice de Pablo en todo aquello o si no estaría en peligro o encerrado del mismo modo que yo. ¿A él le pondrían vestiditos rosas? Casi me reí. ¿Acaso me estaba volviendo loca? Aquel juego no tenía ninguna gracia. Oriné varias veces en el orinal de debajo de la cama, pero me negué a usarlo para algo más. En la puerta de metal pude divisar una pequeña rendija, de la que solo me percaté cuando esta se abrió dejando un hueco lo suficientemente grande como para que pasara a través de ella una bandeja y todo lo que portaba. Habían introducido por el hueco dos bandejas desde que yo estaba allí, pero no probé nada a pesar de que en la primera de ellas el sándwich de jamón y queso tenía buena pinta. No quería comer, no confiaba en aquella comida ni en aquella gente, porque había más gente, ¿verdad? Pablo había dicho que no me fuera con nadie que no llevara placa, por lo que no era el único que trabajaba allí, si es que aquello se podía llamar «trabajar». Pensé en tratar de forzar la rendija que abría el hueco de la puerta, pero recordé que en aquella habitación sí fui capaz de detectar una cámara de vigilancia. Supuse que en todos los dormitorios infantiles las habría y me pregunté si estarían observando todos mis movimientos. En cualquier caso, en las dos ocasiones en las que oriné lo hice colocando la manta de la cama de princesita alrededor de mi cuerpo para evitar que me vieran. No se me ocurría ninguna explicación que no desembocara en alguna asquerosa perversión de Pablo. Los vestiditos de princesa, aquellas habitaciones, la ropa interior... Pero ¿y aquellas instalaciones? ¿Para qué servían todas las pantallas, tubos, líquidos extraños y el material médico? El lugar me recordaba a un hospital, pero era más que eso. Estaba todo demasiado tranquilo, demasiado silencioso y demasiado desierto. Yo había estado en hospitales varias veces a lo largo de mi vida y ninguno era como aquello. Con el tiempo decidí dejar de hacerme preguntas, de echar de menos, de enfadarme y de contar los minutos. Siempre me faltó paciencia en la vida. Nunca supe reaccionar de un modo que no fuera exaltado o agresivo, pero aquella vez tenía que intentarlo. Tenía miedo y sentía que aquel era el mejor momento para ser valiente. No podía perder los papeles y ponerme a gritar o autolesionarme. No podía caer en la rabia ni en la ansiedad. Pero nadie podía imaginarse lo mucho que necesitaba un cigarrillo y una botella de vodka. «Aguanta», me repetía a mí misma una y otra vez. Con todo, estaba convencida de que me vigilaban y no quería que nadie observara en mí signo de debilidad alguno. Lo peor eran aquellos momentos en los que dormía. Hablaría de ellos como noches, pero o descansaba muy mal o aquel intento de nocturnidad duraba muy poco. Definitivamente, jugaban con mis sentidos. Una y otra vez tenía pesadillas como no las había tenido nunca, y despertar de todas aquellas me recordaba tanto la noche en que murió Lola que abría los ojos y encogía el corazón. Dolía como nada. Siempre veía habitaciones vacías en las que predominaba la sangre. Paredes llenas de sangre, suelos inundados en sangre, cadáveres, ojos desorbitados, miembros amputados, cuerpos desollados... Aquel interminable goteo «clank, clank». Era su sangre. Era la mía «Estamos todos muertos — decía una voz—. Hemos vuelto a nacer; Blanco Oscuro; bienvenida a casa, Sara ». Me despertaba de un sobresalto con la mano en el pecho justo en el momento en que las luces parpadeantes se encendían. Era como si tuvieran programadas mis horas de sueño. Me preguntaba por qué tenía aquellos sueños tan horribles; pero no era de extrañar. Había pasado y seguía pasando por cosas demasiado duras en muy poco tiempo. Debía entenderme a mí misma. ¿Qué demonios había sido de mí y por qué tenía que pasar por tantas desgracias a la vez? ¿Por qué tenía la mente tan trastocada en todos los sentidos? ¿Por qué yo? —¿Necesitas ir al baño? —preguntó Pablo desde la puerta. Yo me quedé mirándole desde la cama sin inmutarme. —¿Cuánto tiempo llevo aquí? —pregunté con desgana. —Doce horas. —¿Cómo sé que no me mientes? —Sentía el cansancio en mi propia voz. —Antes de mentirte prefiero no responder a tus preguntas, ¿no lo sabes ya? El hombre se había cambiado de ropa y ahora llevaba un chándal totalmente negro, tanto los pantalones como la camiseta de manga corta. Entonces pensé que a pesar de estar en pleno diciembre allí hacía una temperatura bastante alta. No llegaba a hacer calor, pero tampoco hacía un ápice de frío. El ambiente era ideal. Incluso aquello me ponía nerviosa. —Pablo... —Empecé a decir cuando por fin me decidí a seguirle por los pasillos. —Ah, sí, eso. Lo he pensado y puedes llamarme Lucas —dijo con un tono amistoso. —¿Por qué? —Demasiado pronto para responder a esa pregunta. ¿Acaso era su nombre real? ¿Y la policía no se había dado cuenta de que les había estado engañando? ¿Y si todo era una conspiración del mismísimo gobierno? «Sara, deja de pensar, las respuestas llegarán solas», me repetía a mí misma. Y odiaba que aquella frase fuera la misma que Pablo me repetía una y otra vez. —No voy a llamarte Lucas. —El hombre sonrió. Parecía sincero. —Sí, Sara, vas a hacerlo. —Quise responderle, pero pensé que lo mejor sería no llevarle la contraria. De todos modos seguiría llamándole «Pablo», aunque fuera por fastidiarle y eso me hiciera sentir infantil. —Quiero ducharme —dije, aunque al instante me arrepentí pensando que en las duchas quizá también hubiera cámaras de seguridad. —¿De veras? ¿De todas las cosas que puedes hacer aquí lo que quieres es ducharte? —preguntó con verdadera expresión de lunático. —¿Qué cosas puedo hacer aquí? —Decidí seguirle el juego con la esperanza de encontrar respuestas. —Conocer. Aprender. ¿No quieres saber nada de tu pasado? Ups, no debí decir eso, olvídalo. Cambio la pregunta, ¿no quieres saber nada de Blanco Oscuro? —Se comportaba como un crío hasta el punto en el que empecé a pensar que todo aquello no era ningún fetichismo, sino que aquel hombre tenía alguna especie de trastorno mental que le hacía estar rodeado de cosas para niños y, en ocasiones, comportarse como uno de ellos. —Quiero saber todo de Blanco Oscuro —comenté con seguridad. Él señaló una puerta a mi derecha y entré sin preguntar. Era un aseo, parecido al de los baños públicos de los centros comerciales, con varios compartimentos. —De acuerdo, te voy a llevar a un sitio. Allí te enseñaré unas cuantas películas que te explicarán un poco de qué va todo esto, debes estar confusa —comentó, fingiendo compasión, cuando salí del baño. No dije nada, ya que no sabía qué decir. ¿De verdad iba a ponerme películas para que comprendiera aquello de lo que hablaba? Seguimos andando y le seguí. La mezcla de emociones que sentía era incomparable. Una parte de mi mente sentía un miedo atroz que no llegaba a comprender y estaba totalmente segura de que iba a perder la vida en cualquier momento. Otra parte de mí sentía una infinita curiosidad, y la que más se parecía a la verdadera yo deseaba patearle la cabeza al hombre que tenía al lado y salir de allí corriendo en cuanto le dejara inconsciente. Pero sabía que me sería imposible porque iba descalza, y con mis pies no le iba a hacer mucho daño. Estaba acostumbrada a las botas militares. Además sabía que Pablo era mucho más fuerte de lo que había parecido en un principio y no tendría oportunidad alguna contra él. Terminamos llegando a una habitación pequeña para la enorme pantalla que la custodiaba. Era una pantalla plana que ocupaba la pared del fondo prácticamente por completo. Frente a ella había una hilera de butacas parecidas a las de los cines, y en el mismo suelo un reproductor de vídeo. Junto a la puerta de entrada se extendía una estantería repleta de cintas VHS, y en cada uno de los lomos de estas pegatinas con nombres, fechas o palabras que apenas lograba a entender. —¿Vamos a ver pelis? —pregunté a nadie en un susurro, y me sobresalté cuando Pablo me respondió. —Sí. He pensado que será más sencillo de entender si ves las grabaciones que si te lo cuento yo mismo, a mi manera y con mis escasos recuerdos. —No entiendo nada —zanjé. —Es normal, pero pronto eso cambiará. —Me hizo un guiño y se dirigió hacia el mueble de las cintas después de indicarme que tomara asiento frente a la pantalla. Lo hice. En cuanto mi cuerpo se posó en aquella butaca sentí que tenía que echar a correr. Casi podía escuchar los latidos de mi corazón y sabía que había estado allí antes, que aquello no era nada nuevo, que Pablo no estaba enseñándome nada. Me estaba haciendo recordar. —Pablo... —pronuncié mareada y aterrada. —Querrás decir Lucas. —Se limitó a responder. Todo me daba vueltas, pero me agarré a los reposabrazos de la butaca y los apreté con fuerza, convenciéndome a mí misma de que no llegaría a desmayarme. No me lo permitiría. Se apagó la luz. Alguien había apagado la luz de la sala. Pero no había interruptores. Tras unos instantes de inestabilidad aquella sensación se fue de mi cabeza y mi mirada se volvió clara de nuevo. ¿Qué había sido aquello? —¿Qué decías? —preguntó la voz del hombre a mi lado mientras introducía la cinta en el reproductor y pulsaba un par de botones, tanto del aparato como de la pantalla. ¿No tenían mando a distancia? —Nada, olvídalo. —No olvides llamarme Lucas. —Sonreí con malicia, aunque no supe si lo llegué a exteriorizar. La pantalla se encendió y Pablo se sentó a mi lado. Sentí que acariciaba mi mano, que aún se mantenía agarrando fuertemente la silla, y la aparté como acto reflejo. Le escuché suspirar y sentí su mirada clavada en mí. Yo miraba fijamente al frente. Aquella grabación no tenía sonido. No se oía nada en absoluto, pero consolaba el zumbido que provocaban la pantalla y el reproductor, ya que era prácticamente todo el ruido que había escuchado desde que había llegado a aquel lugar. Las escenas se veían un tanto descoloridas, quizá porque estaban grabadas en una calidad muy antigua o quizá porque las mismas cintas lo eran, pero se distinguían la gran mayoría de los colores. Las imágenes parecían estar grabadas desde un punto bastante bajo, como si la cámara la portase un niño pequeño o alguien de muy baja estatura. Se filmaba un larguísimo pasillo de paredes y suelo resplandeciente, lugar que reconocí como aquel edificio en el que nos encontrábamos. Aquel color blanco era inconfundible, no lo había visto en ningún otro lugar y, después de los años, aún se conservaba del mismo modo. «Vamos a morir todos», decía una voz en mi cabeza. Era mi subconsciente. Un recuerdo. Por el pasillo caminaban innumerables personas, cada cual con una tarjeta identificativa al cuello. En su gran mayoría se trataba de hombres adultos. Hacían gestos de saludo al portador de la cámara de vídeo. Alguno parecía estar soltándole alguna que otra reprimenda, pero el niño corría por los pasillos e ignoraba a todos ellos, que tampoco le daban demasiada importancia. Solo era un niño haciendo travesuras. Entonces el cámara se paró frente a un hombre y alzó el aparato hacia arriba para enfocarle el rostro. Sentí un fuerte pinchazo en las sienes. «Vamos a morir todos». El hombre que me miraba desde la pantalla tenía los ojos de un azul claro, pelo negro y piel morena. Debía de estar a punto de cumplir los sesenta años. Miraba al niño con la seriedad amistosa de quien te hace aguantar la regañina para luego darte un puñado de caramelos. Nos introducimos en la habitación. El niño entra en ella y Lucas... ¿Lucas? Pablo. El hombre es igual que Pablo, se parecen muchísimo, pero eso resulta imposible. Aquel hombre debe de tener al menos unos veinte años más que Pablo. Seguimos al Pablo mayor, a Lucas, al interior de una habitación repleta de enormes cubos de cristal dentro de los cuales flota aquel líquido azul, viscoso y espeso. Pero hay algo más. El hombre sonríe. Vuelvo a sentir un pinchazo en la sien. Me giro hacia Pablo, que dibuja en su rostro exactamente el mismo gesto que el hombre de la pantalla. Devuelvo la vista a la pantalla y el niño gira la cámara. Dentro de los cubos hay algo. Son bebés, bebés en miniatura y sin formar. Son fetos, algunos más pequeños, otros más grandes. «Vamos a morir. Bienvenida a casa, Sara. ¡No puedes traerme a más niños! Esto solo es un juego, pero tienes que aprender a jugarlo». Mi vista, sin que yo le de permiso, hace una especie de zoom frente a la pantalla y se clava en uno de aquellos niños, si es que lo son. «¿Están vivos?», me pregunto a mí misma, sintiendo que pierdo el equilibrio. En el fondo sé que no es una pregunta. Puedo ver cómo, de repente, aquella criatura patalea haciendo vibrar aquel asqueroso líquido a su alrededor. No puedo ver nada, los colores se mezclan, dejo de sentir el suelo bajo mis pies. Siento derrumbarme y, de repente, algo golpea contra mi costado. El tiempo no transcurre para los lugares como el edificio de la corporación Blanco Oscuro. Sí para todas las personas que la constituyen, incluido Pablo. El niño de apenas diez años corría por los pasillos sin imaginar en lo que se convertiría todo aquello. En lo que se convertiría él mismo. Había nacido allí, pero no era como los demás niños. Lucas decía que los niños de allí eran como mariposas y aquellos cubos sus crisálidas. Pablo a veces les envidiaba. Si bien era cierto que aquellos niños no tenían acceso a la gran mayoría de las instalaciones del lugar, el pequeño también vivía con la duda de qué sería aquello que iban a hacer en las habitaciones a las que a él no le permitían entrar. «Pero para llegar a ser mariposas antes tienen que ser gusanos», pensaba. Y ser gusanos era algo por lo que no estaba dispuesto a pasar. Lucas siempre decía que aquellos niños no sufrían, que no eran conscientes de nada de lo que ocurría a su alrededor y que, si por algún instante lo eran, más tarde lo olvidaban todo y aquello no afectaba al resto de su vida. Quizá merecía la pena pasar por aquello de ser gusano. Pero nunca se lo permitieron. —Papá... —comenzó a decir el chico un día, sin saber si era mañana, tarde o noche. Estaba frente a uno de aquellos cubos grandes, rodeado de tubos y cables y repleto de aquella sustancia azul viscosa. —Querrás decir «Lucas» —le corrigió el hombre. Mantenía el semblante serio, sentado frente a una larga mesa igual a las que poblaban la gran mayoría de las salas del recinto. Disolvía aquella sustancia azul en una probeta, gota a gota, en algún líquido desconocido. —Lucas. ¿Cuándo se va a despertar? —preguntó el chico mientras miraba al pequeño feto convulsivo retorcerse dentro de aquel cilindro cristalino. —¿Simón? —preguntó el hombre mientras se giraba con una sonrisa forzada —. Es defectuoso. Quizá no despierte. Aun así, le quedan unos años. —¿Está roto? —Se preguntó el chico, casi para sí, mientras golpeaba el cristal con sus pequeños dedos. —No hagas eso —ordenó Lucas mientras volvía a centrarse en la probeta—. Está estropeado. —¿Por qué ellos tardan tanto en nacer? —Es complicado de explicar, no lo entenderías. —Quiero entenderlo. —Lucas volvió a girarse y miró a su hijo con dureza durante unos instantes para terminar por dibujar una sonrisa paternal. —Algún día lo entenderás. Las respuestas llegan poco a poco. Cinco años después, Pablo aprendía a inyectar el líquido R.P. —Es un bebé. —Se lamentaba el adolescente tembloroso. Intentaba disimular que aquello le resultaba terriblemente confuso. Intentaba controlar el temblor de las piernas y sus propias pulsaciones para no equivocarse. Un pequeño error podía desembocar en desastre. Aquellos niños tardaban años en desarrollarse en la especie de útero al que solo ellos eran capaces de adaptarse. El líquido R.P. mezclado con ADN humano hacía posible que no hiciera falta absolutamente nada más para que aquellos niños crecieran como personas normales. Aunque nunca llegarían a ser personas normales; las personas normales eran dueñas de su destino, de sus cambios, de su propia historia. Aquellos niños estaban condicionados desde que nacían. Incluso antes de ello. A Pablo le habían explicado semanas atrás cómo se inyectaba el líquido R.P. y cuál era la función de este, y tuvo la impresión de que todos los especialistas que se encontraban en la sala en aquel momento sabían más que su propio padre. Casi pudo ver cómo Lucas se avergonzaba de no ser capaz de dar una explicación a su hijo para todo aquello. Pero, en cualquier caso, le pareció fascinante. La corporación Blanco Oscuro llevaba años, incluso siglos, podría decirse, experimentando con aquellas sustancias. Todo su afán, desde generaciones anteriores, había sido crear seres humanos de la nada. Acabar con la clonación, con la procreación humana en sí. Ayudar a nacer a seres humanos sin la necesidad de usar células reproductoras. Pero no solo eso. Lo cierto es que la idea de la creación no era ni siquiera lo más importante. El verdadero propósito de aquel pequeño grupo de personas era el de crear seres únicos. Entrar en sus mentes y experimentar con las personalidades de todos ellos para terminar por almacenar todas las variantes del líquido R.P. Pablo había podido constatar la existencia de aquellas variantes. Tras toda su vida viviendo en aquel lugar, recorriendo aquellos pasillos y teniendo la entrada restringida a muchas de las secciones, por fin le habían hecho una especie de tour por el recinto. El lugar era mucho más grande de lo que el joven podía haber llegado a imaginar en sus quince años de vida. Le costó llegar a creer que no había visto nada de aquello en tanto tiempo. Ni en tantos paseos. Sin duda, lo más impactante para el chico fue ver a través de extensos cristales aquellos enormes cubos de vidrio transparente con decenas de criaturas formándose en su interior. No sabía que había tantos en aquel lugar. Tampoco sabía que existían niños más allá de los que vivían en las plantas inferiores y hacían vida normal, aunque por debajo de él. Había decenas de laboratorios y almacenes, todos repletos de probetas y muestras de aquel líquido. Y aunque todas las muestras tenían el mismo color azul y aparentaban tener la misma textura viscosa, cada una de ellas estaba etiquetada de manera diferente. A Pablo le llamó la atención que cada una de aquellas etiquetas rezara varios estados de ánimo y distintos sentimientos. Era extraño, pero ya hacía tiempo que le intentaban hacer ver que aquellos niños no eran seres humanos normales y, aunque el hecho de clavar aquella gruesa aguja bajo el cráneo de un recién nacido le resultara algo estremecedor, terminó por tomarse a aquellos seres como simples experimentos. Solo eran robots. Solo era algo antinatural, algo con lo que se experimentaba y se estudiaba. Y en el futuro sería beneficioso para la sociedad. Pero hacía tiempo que la sociedad no sabía nada de Blanco Oscuro y de aquellos pasadizos construidos bajo tierra. Hacía tiempo que aquel edificio había desaparecido de todos los mapas y el gobierno había olvidado que un día existió un grupo de personas que pretendieron crear seres humanos programados. Todo se había convertido en secreto. En algo oculto. Y todas las personas que trabajaban allí sabían que muy pocas saldrían vivas del lugar. Sabían que lo único que les quedaba en la vida era hacer bien su trabajo. Aquel adolescente de ojos azules también sabía cuál era su destino. O creía saberlo. No recordaba su nacimiento y había pasado toda su vida sin ver la luz del sol. Pero no vivía engañado. El chico lo sabía absolutamente todo del exterior, le preparaban para el día en que pudiera salir de allí, decía Lucas. Tenía estudios, quizá más de los que debería a su edad, y tenía una mente abierta y dispuesta a aprender cosas nuevas. Nunca le obligaron a aprender de aquello. Lucas nunca le dijo nada que el chico no preguntara antes. Pero se le dibujaba una enorme sonrisa de orgullo cada vez que Pablo le hacía alguna pregunta sobre aquello en lo que trabajaban. —¿A dónde los lleváis cuando los sacáis de aquí? —preguntó Pablo después de inyectar en líquido R.P. por primera vez. Se apoyó en la pared para que nadie notase que estaba mareado. En el otro extremo de la sala un niño recién nacido aullaba de dolor. Pablo creía que aquel niño no podría hablar en el futuro porque se destrozaría la garganta. Pero se intentaba convencer de que no eran personas normales. Eran experimentos. —Los llevamos a vivir —respondió Lucas mientras limpiaba un bisturí manchado de sangre seca. —¿A vivir? ¿Al exterior? Es decir, ¿a la sociedad? —preguntó el chico anonadado. Había hecho aquella pregunta decenas de veces, pero nunca le habían respondido hasta entonces. —Sí, Pablo, a la sociedad. —¿Están preparados? —dijo con indignación. Él se consideraba más preparado que aquellos bebés chirriantes, sanguinolentos y viscosos. —Obviamente no lo sé. De eso se trata. De ver si son capaces de adaptarse a la sociedad siendo lo que son; experimentos. —¿Y si no son capaces? —Nos encargamos de ellos. En aquel oscuro pasillo disminuía la temperatura por momentos, al igual que la luz. Años después, Pablo seguía a su padre y cada vez debía guiarse más por el sonido de sus zapatos al avanzar sobre las losas de mármol. No sabía a dónde iban, pero sentía el corazón acelerado mientras se preguntaba si le llevaría al exterior. Lo cierto es que en el fondo sabía que aquel pasillo se hundía aún más bajo tierra. La habitación a la que lograron acceder finalmente estaba repleta de pantallas y estanterías a rebosar de cuadernos y cintas de vídeo. Allí sí había luz. La luz blanca y deslumbrante que caracterizaba a todo el edificio. —Tú seguirás con esto —dijo Lucas de repente mientras un Pablo ya crecido miraba atónito alrededor. —Papá. —Lucas. —Lucas —rectificó. El anciano lo miraba con una mezcla entre seriedad y preocupación—. ¿Qué demonios es todo esto? —Esto es el trabajo de toda mi vida, Pablo. El trabajo que me dejó tu abuelo y que estoy a punto de lograr —dijo para acto seguido arrancar de las manos el cuaderno que su hijo estaba observando—. Mira esto. —Lo abrió por una página aleatoria y comenzó a señalar números y probabilidades, ecuaciones, fechas y nombres que Pablo no terminó de entender—. Error. Error. Error. Todos ellos han muerto. No ha funcionado y nadie quiere que funcione, pero esto va a revolucionar el mundo y tú tienes que salvarlo. —¿Salvar el mundo? —preguntó confuso. —No, joder, salvar esto —gritó con voz rasgada, agitando el cuaderno frente a su cara—. Salvar la investigación. Mi investigación. —Pero Pa... :Lucas, no lo entiendo. Apenas sé inyectar el Líquido R.P. en los sujetos. No sé a dónde los lleváis cuando los sacáis de aquí. Maldita sea, ni siquiera he salido de aquí jamás. —Te voy a dar tu primera asignación. —No sé si estoy preparado. —Lo estarás. —Esta es Ana —pronunció Lucas, aparentemente más calmado, delante de uno de aquellos enormes cilindros de cristal. El feto convulsionaba del mismo modo que Pablo había visto antes en muchos otros. Pero este era diferente y él lo sabía. Quizá por experiencia, quizá por pura intuición. Sabía que no era como los demás. —No está bien —afirmó. Lucas sonrió con una mezcla entre disgusto y orgullo. Como si la jugada no le hubiera salido como esperaba. —Tienes razón. No está bien. Es defectuosa. —¿A qué nivel? —Cuatro de cinco. —¿Has probado el R.P.? —Aún no. Es tuya. Tú lo probarás, tú la entregarás y tú te encargarás de ella. —¿Dónde debo entregarla? —En Dos cielos. Ya hay dos de ellos allí, pero esta es especial. —Porque está rota. —Solo estropeada —zanjó Lucas mientras se daba la vuelta y salía de la habitación, dejando a Pablo frente a aquel bebé a punto de abrir sus pequeños ojos verdes. El día que Blanco Oscuro se disolvió, tras un terrible accidente, Pablo seguía sintiéndose un crío entre aquellas paredes blancas. Seguía sintiéndose como aquellos días en los que recorría los pasillos con una cámara de vídeo para sentirse como los científicos que se dedicaban a registrarlo todo. Seguía sintiendo que le quedaba mucho por aprender. Se preguntaba si los niños que hacían vida en las plantas inferiores, que nunca salieron de allí, los que se habían criado en aquel lugar y los que habían sido meros experimentos durante el transcurso de sus cortas vidas sabrían más que él de todo aquello. Los envidiaba más aún al saber que podían llegar a ser lo que quisieran. Pero eso no era del todo cierto. No podían ser lo que quisieran porque el líquido R.P. no había llegado al punto al que Lucas habría querido que llegara: el líquido R.P. nunca funcionó en adultos y en los niños no siempre tenía el efecto deseado. Aquel líquido acabó con la vida de decenas de niños y adolescentes a los que intentaron programar a su antojo; elegir a capricho la personalidad que los caracterizaría. A algunos los volvió locos. Otros, misteriosamente, escaparon o desaparecieron. Solo había una persona que había sobrevivido a las últimas variaciones de aquel líquido que inyectaban directamente en el cerebro de las criaturas: una chica rubia de ojos azules que había vuelto al edificio de la corporación Blanco Oscuro a la edad de ocho años. Una chica defectuosa. Una chica a la que el propio Pablo acompañó a Lucas para dejarla en Dos cielos. —Muy bien, Ana, ya hemos terminado —pronunció Pablo a la adolescente que se incorporaba en la camilla metálica—. Cuidado, levántate despacio, puedes marearte. —Le aconsejó mientras hojeaba un cuaderno entre sus manos y subrayaba la frase «reacción de conciencia estimada… Dos horas después». La chica recitó su dirección, su número de cuenta, el nombre de sus inexistentes padres, de su mascota y multitud de estudios que había cursado. Incluso contó a Pablo alguna que otra anécdota como si estuviera viviéndola en aquel mismo momento. Pero no era cierto. Aquella joven no había vivido nada de aquello. La chica, con los ojos enrojecidos y presentando marcas de correas en las muñecas y los tobillos, fue dirigida a través de varios túneles al exterior, y el propio Pablo se encargó de llevarla a la universidad en la que estudiaría los próximos años de su vida. CAPÍTULO XVIII Todo estaba borroso. No había nada claro alrededor. Las caras, las batas blancas, las mascarillas, las agujas… Ahora podía identificarlo porque conocía aquellas cosas. Todo era blanco alrededor hasta que pude respirar. Entonces me eché a llorar. Era el único modo que tenía de coger aire. No sabía el porqué lo hacía, si es que lo hacía por algo. Solo sabía que así podía respirar y que algo me oprimiría el pecho si no lo hacía. Sentí el agua por todas partes. Agua fría. Se agradecía después de haber estado tanto tiempo entre aquel líquido caliente. Unos grandes brazos me rodearon y me posaron en una camilla. Ya no me gustaba el frío y volví a llorar. Sentí un pinchazo en uno de mis brazos y algo recorrió todas las venas de mi cuerpo. Algo que quemaba y escocía. Algo que parecía que fuera a durar toda la vida. Alguien me dio la vuelta y mi mejilla tocó el frío metal. Todas las manos me agarraban. Manos de gigantes que tenían una textura extraña. Llevaban guantes de látex. «¿Por qué demonios no puedo hablar? ¿Por qué solo lloro? —preguntó mi propia voz en mi cabeza—. Es un recuerdo. Soy un bebé. Estoy soñando». En aquel momento fui consciente de que nada de aquello estaba ocurriendo. Quizá fuera un recuerdo. Una parte de mí estaba completamente segura de ello, pero ¿por qué? Si estaba soñando quería despertar. Sentía el ardor recorrer todas mis venas una a una, milímetro a milímetro. Pero lo peor estaba por llegar. Entonces sentí el corte. Bajo el cráneo, por encima de la nuca, alguien clavó un bisturí. Sentí cada parte de aquel filo cortante. Lloraba. Me desgañitaba por encima de las voces de aquellas personas a las cuales no entendía. Hablaban de incisiones, de un líquido, hablaban de delicadeza, pero yo no la sentía. Separaron la carne de mi cuerpo como si fuera un cerdo en San Martín, o algo peor. Sentí que me desollaban viva. Pero pararon. Dejaron de tirar e insertaron algo en aquel hueco. Algo largo y tremendamente doloroso. Iba a perder la conciencia, pero volví a sentir un pinchazo en uno de mis pequeños brazos y mis ojos se abrieron de par en par. Era horrible no poder morir. Aquella especie de tubo, o cable, me recorrió la cabeza. Lo notaba en mi interior, sentí cada milímetro de su recorrido, el calor de la sangre bajando por mi nuca y mis hombros. Mi cuerpo convulsionándose. Y de repente cerrarse aquel agujero que me habían abierto en la cabeza. Quería perder las fuerzas para llorar. Me dolía la garganta y el pecho. Pero aquel sonido chirriante que era mi voz siguió tronando por encima de cualquier otro. Una aguja más me traspasó en el mismo lugar en el que habían hecho aquella operación, ¿qué demonios me habían metido en la cabeza? Volví a sentir el recorrido de aquel cable. Y de repente, todo se oscureció. Desperté de un salto rodeada de unicornios y hadas de juguete. Estaba hiperventilando y no sabía cuánto tiempo llevaba haciéndolo. —Necesito un jodido cigarro. —Fue lo primero que a mi estúpida boca se le ocurrió pronunciar. Menuda idiotez. Con todo lo que había pasado, con todas las preguntas que tenía, y lo primero que se me ocurría era hacer un comentario de drogadicta. Salté de la cama ignorando la pérdida de equilibrio y pude ver una bandeja repleta de comida frente a la puerta. Estuve a punto de acercarme a dar un bocado, pero había cosas más importantes que comer en aquel momento. —¡Eh! —grité en dirección a la cámara de vigilancia que me grababa continuamente—. ¡Quiero un puto cigarro, sacadme de aquí! —Me giré hacia la puerta. Ni un solo ruido. ¿Es que todas las habitaciones de aquel sitio estaban insonorizadas? Me intimidaba aquel silencio—. ¡Al menos tráemelo, Pablo! Di vueltas por la habitación esperando a que quien fuera que me observaba enviara a alguien con un maldito cigarro. Solo pedía eso. Estaba encerrada, recluida contra mi voluntad, sin respuesta alguna sobre qué demonios estaba pasando allí y todo lo que pedía era un cigarro. Debían darme aquello. Pero no pasó nada. Conté los minutos y no pasó absolutamente nada a pesar de que seguí gritando y agitando los brazos frente a la cámara. Decidí fingir, aunque lo cierto es que tuve miedo de hacerlo. Hacía días que no era capaz de perder los nervios y comportarme como la chica violenta que había sido toda mi vida, pero al fin y al cabo era algo que me caracterizaba y seguro que aquella actitud no era de extrañar para Pablo, así que comencé a coger los objetos más contundentes de la sala y me lancé a la cámara para destrozarla mientras gritaba que los odiaba a todos. No era del todo mentira que los odiase. En aquellos momentos odiaba al mundo entero, incluida yo misma. ¡Qué novedad! Pero la ira ya no se me iba de las manos. Algo estaba cambiando. Quizá fuera el hecho de haber conocido a la tristeza en todo su esplendor. Quizá fuera el hecho de haber conocido a Alex o el estar tan confusa en aquella situación que había dejado de ser yo misma. En cualquier caso, aquello que demostraba no lo sentía realmente. Tras unos minutos aporreando la cámara hasta dejarla colgando de un solo cable escuché el sonido de la puerta al abrirse. Dos pensamientos ocuparon mi mente entonces. El primero, que era curioso que aquella puerta no hiciera apenas ruido en comparación con la del calabozo en el que había estado encerrada meses atrás. El segundo de los pensamientos era de supervivencia. ¿Y si había enfadado a Pablo y ahora venía a hacerme daño? Por un instante me arrepentí de aquella pataleta. «Mala estrategia, Sara», pensé. Pero Pablo se quedó en la puerta, mirándome casi con dulzura y agitando un paquete de Chesterfield en el aire. —Hay que ver la que has liado —se limitó a decir. Yo me quedé quieta en el sitio sosteniendo la bandeja de la comida entre las manos, ya que era lo último con lo que había golpeado la cámara. No me atreví a soltarla—. Eres demasiado impaciente. ¿Sabes? Yo no soy quien mira las pantallitas — explicó refiriéndose a las imágenes de las cámaras de seguridad—, y los chicos tenían que avisarme de que querías hablar conmigo. Debiste esperar un poco. —No quiero hablar contigo, quiero un cigarro —respondí con rotundidad. —Bueno, pues vamos a salir, ¿no? No me gusta fumar en la habitación de los niños. —¿Con aquello quería decir que venía conmigo? —¿Salir a dónde? —pregunté mientras soltaba la bandeja sobre la cama y me dirigía hacia la puerta. No lo vi venir, solo lo sentí como si un rayo me hubiera atravesado la cara de repente. El puño impactó contra mi pómulo izquierdo y me hizo perder totalmente el equilibrio y casi la conciencia. Caí al suelo sin percibir la caída. Me ardía la mejilla y solo el roce de mis dedos hacía que me doliera aún más. Dirigí la mirada hacia el hombre, que seguía con la misma expresión impasible y dulce, como si no hubiera pasado nada. —No vas a volver a hacerlo, ¿verdad? —Fui a negar, pero mi orgullo me obligó a quedarme quieta—. Responde, Sara. No vas a volver a hacer nada que me disguste, ¿verdad? —Claro —murmuré. —No te oigo. —No volveré a hacer nada —dije aún en voz baja. Casi me molestó que se diera por satisfecho con aquella respuesta, como si yo hubiera cedido ante él. Me ayudó a levantarme y me llevó a una sala que no había visto antes. No era como el resto. Parecía una sala de estar, con varios sillones en fila y una mesa pequeña en el centro. En esta había un cenicero impecable y al fondo de la habitación, tras los sillones, un par de máquinas expendedoras y una mini nevera. Me recordó a la sala de espera de los hospitales, aunque más lujosa. Quería llevarme la mano a la mejilla para comprobar la hinchazón que sentía que me había causado el golpe, pero no quise hacerlo delante de él. Aun así, tampoco es que fuera totalmente necesario, ya que sentía que el ojo izquierdo se me cerraba más que el otro y el interior de mi boca se hacía más estrecho en ese lado. —Por cierto, ya te he dicho que me llames Lucas —dijo Pablo en el mismo tono amistoso mientras me ofrecía un cigarrillo y dejaba el mechero sobre la mesa. Tomé asiento y me centré en fumarme aquel cigarrillo. Solo quería pensar en el humo inundando mis pulmones y apartando de mí aquella necesidad de nicotina. Odiaba a aquel hombre. Le odiaba con todas mis fuerzas y no entendía cómo había sido capaz de mentir durante tanto tiempo. Cómo había sido capaz de hacerse pasar por agente de policía cuando en realidad era un maldito psicópata secuestrador. No pronunciamos palabra durante el primer cigarro y lo agradecí a pesar de que mi mente comenzó a divagar entre pensamientos que llevaba intentando evitar demasiado tiempo. Sentía que todo empezaba a encajar, pero cada vez que dos piezas del puzle se unían, otro montón de ellas se añadían a éste desordenadas. Me preguntaba si lo que había soñado era realmente un recuerdo como alguna parte de mi subconsciente aseguraba. Y lo cierto es que no había mucho que preguntar. Estaba segura de ello. Pero eso no me aclaraba nada. Inconscientemente me llevé la mano a la nuca para palpar aquel tubo que me insertaron durante el recuerdo. No sentí nada bajo mis dedos excepto quizás el relieve de lo que parecía ser una espinilla. Entonces noté que me clavaba la mirada y me observé a mí misma. Seguía llevando ropa ridícula que yo misma elegí. ¿Le gustaba aquello? ¿Era esa clase de pervertido? No, era algo más. Me miraba con orgullo, como si le hubiera salido bien algún tipo de jugada. Fijé mis ojos en él, tratando de resistir el miedo irracional que me daba aquel hombre. Sonreía. —¿Cómo lo llevas? —preguntó casi en el mismo instante en el que nuestras miradas se cruzaron. Apagué el cigarro en el cenicero y automáticamente me ofreció otro. Lo tomé. Él seguía consumiendo el que se había encendido anteriormente. Creía que a Pablo no le gustaba el humo del tabaco. —¿Cómo llevo el qué? —dije con indiferencia. No vocalicé bien a causa de la hinchazón del rostro. —En general. —Bueno, Pa... Lucas. —Me odié a mí misma por corregirme—. Es que no sé cuál es el general. Si haber desperdiciado mi vida y darme cuenta cuando estoy a punto de morir, si el haber perdido el trabajo, si el hecho de que las personas que me importan estén muertas, que piensen que soy una jodida psicópata o el estar encerrada en un sitio del que no sé nada con un hombre que me pone vestiditos de princesa para relamerse. —Traté de decirlo con toda la indiferencia posible, pero una vez dicho dudé que sonara como realmente pretendía. Para mi sorpresa el hombre se echó a reír. Casi me sobresalté. Un segundo puñetazo me habría impresionado menos. Entonces se levantó, se dirigió a la mini nevera y sacó de ella una botella de Ballantines y dos vasos a los que echó unos hielos. Nos sirvió la bebida y dio el primer trago. En aquel momento se me pasó por la cabeza que quizá también fuera una maldita alcohólica, ya que, a pesar de no tener ganas de dar un solo trago, dada la situación y aún menos si me lo ofrecía aquel imbécil, una parte de mí luchaba por agarrar el vaso y tragarme todo su contenido sin pestañear. La botella, en realidad. —Vale, Sara, entiendo que lo llevas mal. —No, que va, en realidad lo llevo bastante bien. Es decir, podría ser un cadáver desollado colgado de un techo, ¿no? —No, la verdad es que no. —Casi sonreí de la ironía, aunque pude notar un ápice de sinceridad en sus palabras— Puedes preguntar —dijo tras un rato en silencio. —¿Preguntar qué? —Lo que quieras. —Creía que las respuestas llegaban poco a poco —le recordé sus propias palabras. —No te voy a dar todas las respuestas de golpe. —Aseguró con una sonrisa—. Bebe —dijo señalando el vaso frente a mí. Dudé, pero finalmente le di un sorbo. Me acabé el cigarro, me encendí otro, vi cómo se derretían los hielos lentamente entre el whisky y después de mucho pensar decidí no permitir que el orgullo me dejara sin información. —¿Cuánta gente trabaja aquí? —Pensé que era una buena pregunta para empezar y que no tendría inconveniente en respondérmela. Acerté. —Mucha. Pero ya no es como antes. —Empezó a hablar aún más de lo que esperaba—. Ahora las personas que trabajan aquí pueden salir del recinto tantas veces como quieran. De hecho, vuelven a sus casas a dormir. —¿Qué hacen aquí? —Sonrió como si se sintiese orgulloso de mi curiosidad. Aquello me repugnó. —Ellos normalmente son personal de mantenimiento. La mayoría no saben lo que es esto. Muchos creen que todo lo que pasa aquí es secreto de estado. —Rio y dio un trago de su vaso—. El estado no tiene nada que ver con esto, pero mantienen la boca cerrada. Muy bien hecho, sí. —Asentía con aprobación—. De todos modos, no me fío del todo de esas personas. Poco más soy capaz de confiarles aparte de la limpieza y la vigilancia de las cámaras. Claro que a veces tienen que hacer algo más. En cualquier caso, no me quedo tranquilo del todo. No tenía ni idea de lo que me estaba diciendo. Bueno, claro, las personas que tenía contratadas se dedicaban a limpiar y mirar pantallas, pero ¿y todo aquel material médico y científico? ¿Y aquellos vídeos? ¿Qué se cocía realmente allí abajo? —¿Y qué haces tú? —No quería dar más pasos de la cuenta y hacerle cerrarse en banda dispuesto a no soltar una palabra más. —Cuido de vosotros. —¿Nosotros? —Fruncí el ceño confundida—. ¿Quiénes? —Vosotros. Los niños de Blanco Oscuro. —Se me vino la imagen de aquel bebé dentro de un cubo de cristal lleno de la extraña sustancia azul. Sentí un leve mareo. Más piezas que encajaban y más que se añadían al puzle. —Yo no soy una niña, Pablo. —Chasqueó la lengua—. Lucas, perdona. —No, no lo eres, pero lo fuiste. —De repente apretó los párpados durante unos instantes—. Las respuestas llegarán poco a poco. —Me lo tomé como una petición a aparcar el tema. Al menos en aquel momento fue educado y no mostró su disconformidad dándome un puñetazo en la cara. Aún dolía. De hecho, cada vez dolía más. —¿Dónde está este lugar? —Volví a preguntar a pesar de que tiempo atrás no conseguí satisfacer mi curiosidad. Su respuesta volvió a ser la misma. —Ya te dije que no hay dirección para este lugar y no soy tan estúpido como para decirte en qué zona del mapa está. Si lograses escapar espero encontrarte yo antes de que te encuentres tú misma. —Dio un trago más. Le apestaba el aliento a alcohol. A mí debía de olerme igual, pero en él resultaba mucho más desagradable—. Puedo decirte que este sitio está a muchos metros bajo tierra y que no es sencillo salir del edificio si no lo conoces bien. Así que aquel era el motivo por el cual en aquel lugar había tantísimo silencio y montones de ventanas cerradas y conductos de ventilación abiertos. ¿Por qué las ventanas? Me siguió resultando extraño no haber visto a ningún trabajador más allí abajo. Y me hubiera gustado preguntarle quienes eran los niños de Blanco Oscuro, como él los llamaba, y si había alguien más allí abajo aparte de nosotros y sus hombres de mantenimiento, pero me dio la impresión de que podría haberme respondido de un modo más que molesto, así que decidí cambiar de tema. —¿Cómo está Alex? —No tenía miedo de arriesgarme. Sabía que había visto a Alex dejarme en el bosque y sabía que era capaz de encontrarle si se lo proponía. —¿Estás enamorada, Sara? —preguntó casi con burla. No respondí—. Alex está bien. Bueno, algo estropeado. —¿Qué le has hecho? —Traté de sonar insensible. No quería que supiera que era de lo poco que aún me preocupaba en el mundo. —No le he hecho nada. Se lo ha hecho él solo entregándote. Ahora se siente fatal. —Yo le dije que me entregara a la policía —pronuncié, y escuché un ruido gutural en su garganta. Al parecer se tragó una carcajada. —Sí. Le pediste que te entregara a la policía. Pero él te entregó a mí. Alex no me habría entregado a aquel hombre si hubiera sabido cómo era. Estaba segura de ello. Pablo no quiso darme más información y se limitó a decirme aquella maldita frase de que las respuestas llegaban poco a poco. Pero por más que yo negaba aquella mentira su mirada me aseguraba que aquello era totalmente cierto. Pero era impensable. En los días que pasé en la casa de campo de Ana, sobre todo en los últimos, tuve la sensación de que lo que Alex sentía por mí era demasiado fuerte. No sé hablar de amor porque nunca lo he sentido, pero si tuviera que describirlo de algún modo sería pensando en los últimos momentos que pasé con él. Esa preocupación que sentía día tras día en aquella habitación repleta de juguetes para niños, pensando en cómo estaría y si le habría pasado algo. La añoranza y el sentir que volver a casa era volver a su lado. Pero lo que él sentía era más grande aún. Pude verlo en sus ojos cuando se despidió de mí. Cuando me dio aquel último beso desde el coche con las mejillas bañadas en lágrimas. Pude verlo cuando me abrazaba sobre el sofá de la casa de campo y me acercaba a él mientras me decía que no debía alejarme. Era imposible que Alex me hubiera entregado a Pablo para que este me encerrase en aquel lugar. Era imposible que Alex supiera siquiera que aquel demente iba a encontrarme en aquel bosque. Pero aquello explicaría varias cuestiones, como el hecho de que me pidiera perdón repetidamente cuando me dejó allí. Explicaría la paranoia de Ana cuando aseguraba que Alex y Pablo eran amigos y tramaban algo. ¿Qué sentido tenía? ¿Acaso eran compañeros y los dos trabajaban para la corporación Blanco Oscuro? Si así fuera, ¿por qué Alex se había comportado conmigo de aquella manera? ¿Por qué me había ayudado a escapar de la cárcel y luego había actuado como un crío enamorado? No era capaz de asimilar la idea de que después de todo aquello me hubiera entregado a Pablo para que me encerrase. No, no y no. ¿Y por qué Pablo me había incluido en aquello de «Los niños de Blanco Oscuro»? Tenía ideas en mente. Posibilidades. Pero todo lo que se me pasaba por la cabeza me parecía tremendamente descabellado. No era probable que aquel sueño fuera un recuerdo, que yo hubiera estado allí cuando era tan solo un bebé, que me hubieran inyectado una extraña sustancia en el cerebro a través de una dolorosísima operación. Pero ¿quién me lo negaba? Todo mi pasado se basaba en Dos cielos, y allí me aseguraron una y mil veces que yo no tenía padres. En cualquier caso, era imposible que recordara aquello. Era imposible que se hubiera quedado guardado en una parte de mi mente el recuerdo de aquella operación, de aquel dolor. Aunque lo cierto es que no era un dolor que se olvidase con facilidad. Todavía sentía mi cabeza ardiendo y el escozor insoportable en la parte alta de mi nuca, aun sabiendo que todo era psicológico Di por hecho que allí había alguien más. Niños, había dicho. Quizás aquello que vi en la grabación seguía ocurriendo en aquel lugar. Quería preguntar por qué tenían a niños recién nacidos o incluso fetos metidos en aquellos enormes cubos de cristal, ahogándose en aquella sustancia viscosa, pero sabía que no recibiría respuestas sobre ello, al menos por el momento. Suponía que se trataba de alguna especie de fecundación in vitro, pero no tenía sentido que niños tan crecidos siguieran tomando forma allí dentro. Todo aquello parecía la mansión de un científico loco; y ese era Pablo. Un hombre que no me explicaba nada. Al que al parecer le gustaba jugar a los misterios y a las pistas e ir resolviendo mis dudas poco a poco, sonriendo ampliamente cuando veía que me surgían nuevas preguntas. Pasaba la vida entre aquel lugar y el exterior, siempre al tanto de lo que se cocía allí abajo. Mantenía a trabajadores que no sabían nada de lo que estaba pasando a su alrededor. Y con todo, aún no estaba segura de si aquello era bueno o malo. Sabía que Pablo era terriblemente odioso, que estaba secuestrada y que eso no era bueno. Pero aquellas instalaciones me resultaban demasiado profesionales como para que fuera ilegal. Quizá se trataba de alguna investigación científica secreta de esas que el estado nunca financia pero que el día en que cualquier persona concluye con ella el mundo da un vuelco y no sé qué más. Quizá buscaran una cura para el cáncer. Todo era absurdo y todas las opciones parecían posibles. Ya había pasado todo lo que podía pasar y el surrealismo de mi vida se había convertido en algo cotidiano que ya no era de extrañar. Experimentos con niños pequeños, niños sin padres. Con habitaciones adaptadas para que pudieran vivir con todos los caprichos y las necesidades cubiertas. Investigación médica. Pero ¿por qué no me anestesiaron siquiera cuando era un bebé? ¿Por qué tuve que pasar por todo aquel dolor? ¿Era realmente necesario? ¿Y qué era lo que me habían hecho en la cabeza? ¿Qué investigaban realmente? Podría estar equivocada y no ser absolutamente nada bueno a favor de la medicina, sino alguna barbaridad al estilo de aquellos experimentos nazis que con el tiempo salieron a la luz. Pero hacía mucho tiempo de eso, no era posible. Aquellas cosas ya no pasaban en el mundo. De repente noté un cambio de luz en el ambiente que me hizo perder el hilo de mis pensamientos y me incorporé en la cama. La pared que tenía delante había dejado de ser opaca y se transformó en una especie de cristal. Di por hecho que aquellas paredes en realidad siempre habían sido cristales a los que les cambiaban el color a su antojo. En aquel momento era transparente y podía ver toda la sala exterior. Estaba iluminada por una especie de luces de emergencia que aportaban muy poca iluminación en comparación con los fluorescentes del propio dormitorio en el que vivía, pero apenas tuve tiempo de levantarme y acercarme al cristal cuando se encendieron todas las luces haciendo resaltar el blanco cegador de las paredes y el suelo. Tuve que parpadear varias veces antes de volver a mirar. Pero la sala estaba vacía. Todos los bártulos seguían allí: camillas, pantallas, sillas, material quirúrgico... y no había nadie. No vi a Pablo ni a ningún otro desconocido que pudiera suponer que era un vigilante de seguridad. O, como decía Pablo, personal de mantenimiento. Entonces me giré hacia la cámara de vídeo que grababa a mi espalda. La habían arreglado mientras yo fumaba fuera de allí unas horas atrás. Pero en aquel momento me percaté de que la luz roja que siempre parpadeaba cuando el aparato estaba funcionando se encontraba apagada. Habían dejado de vigilarme. ¿Por qué? Pasaron largos minutos en silencio hasta que pude ver, al fondo de la sala exterior, cómo se abría la puerta y una figura avanzaba hacia la habitación. Era un chico joven, de mi edad, moreno, de ojos azules y nariz respingona. —¡Alex! —grité automáticamente mientras golpeaba el cristal. El corazón me dio un vuelco al verle. Había vuelto a rescatarme. Sabía que no me abandonaría. Sabía que no era cómplice de aquel hombre y que nunca me habría entregado a él y a aquella locura. La felicidad me invadía y casi pude asegurar que nunca había sentido tal euforia como en aquel momento. —¡Alex, estoy aquí dentro! —Volví a gritar una y otra vez, pero el chico no me escuchaba y comencé a temer que se fuera al no verme ni escucharme tras el cristal. Se limitaba a inspeccionar la habitación como si buscara algún objeto en concreto. Yo seguí golpeando la pared transparente y probando suerte al golpear la puerta. Demonios, hacía un ruido ensordecedor, ¿cómo era posible que no escuchara aquel jaleo? Entonces empezó la pesadilla. Apenas segundos después de que Alex entrase y yo me desgañitara para llamar su atención, entró Pablo empujando una silla de ruedas. Había alguien sobre ella, pero lo cubría una tela y no pude adivinar quién era. Enmudecí de repente. No quería hacer nada que enfadara a Pablo y fue instintivo, pero la confusión de la situación era mayor que todo aquello. Sentí que se me caía el mundo encima cuando pensé en la posibilidad de que todo fuera cierto, de que Alex me hubiera entregado y supiera que estaba allí. Pensé en que la loca de Ana quizá tenía razón y no podía confiar en él. Que ciertamente era amigo de Pablo. Pero solo pude guardar silencio hasta el momento en el que Pablo retiró la tela que cubría a la persona sobre la silla y pude ver a mi amigo Carlos. El único amigo que me quedaba y que hacía meses que no veía, semiinconsciente, con la barbilla caída sobre el pecho e intentando levantar la cabeza. Intentó decir algo, pero no pude oír nada. Tampoco la conversación que mantenían Alex y Pablo. —¡Carlos! ¡Carlos! ¡Hijo de puta, déjale en paz! —grité hasta que me dolió la garganta y golpeé el cristal con todas mis fuerzas, pero no surtió efecto. Entre los dos cogieron a mi amigo en brazos y lo tumbaron en una de aquellas camillas metálicas para acto seguido amarrarlo de pies y manos con las correas que venían incorporadas a esta. Pablo arrastró hasta la pared tras la que yo me encontraba otra de aquellas camillas y comenzó a colocar sobre ella un buen montón de material quirúrgico y lo que, sin duda, eran armas: un soplete, bisturíes de diferentes tamaños, tijeras, cuchillos, una palanca metálica y otros tantos artilugios que ni siquiera pude reconocer. Luego alzó la vista y la dirigió directamente hacia mí, mostrando una sonrisa sádica que me heló la sangre. De nuevo volví a golpear aquella pared transparente mientras gritaba sus nombres hasta desgarrarme la garganta. Era inútil. Entonces dirigí mi mirada al chico de los ojos azules que le inyectaba algo a Carlos, el cual de repente abrió los suyos y comenzó a agitarse. Pude ver que gritaba, pero yo también lo hacía y ninguno nos escuchábamos. Cuando Alex se acercó a la mesa que tenía a centímetros de mí, a pesar de tener una pared entre ambos, se me aceleró el corazón sobremanera. Sentía las lágrimas resbalando por mis mejillas y solo quería saltar a sus brazos. Preguntarle por qué. Por qué me había entregado, por qué hacía aquellas cosas, por qué me había mentido. Solo quería que me dijera que todo era una pesadilla y que cuando despertara escaparíamos juntos de todo aquello. Pero no pude hacer nada. No pude tocarle. No sirvió de nada que continuase gritando y dando golpes y más golpes. Cuando observé su rostro pude ver que tenía los ojos llorosos, unas ojeras pronunciadas y los labios tensos. Estaba mal. Estaba sufriendo y yo también lo hacía por él. Sufrí por él hasta el momento en el que le vi acercarse a Carlos y comenzar a arrancarle la ropa para terminar deslizando por todo su cuerpo el filo de un fino cúter. —¡No! ¡Alex, no! ¡No hagas caso a ese psicópata! ¡No le hagas daño! — Pero un nudo de lágrimas se me atascó en la garganta y en el pecho y me dejé caer frente a aquel terrible escenario, mirando a través del cristal aquella carnicería. La sangre comenzaba a resbalar y a gotear alrededor de la camilla creando un charco cada vez más grande. Alex arrancaba tiras de la piel del chico como si nunca se hubiera tratado de un ser vivo, como si lo hubiera hecho decenas de veces antes. Y de vez en cuando le inyectaba algo que evitaba que Carlos se desmayase. Cada vez parecía más una masa de carne desnuda y roja y menos un ser humano. Llegó un momento en el que no fui capaz de continuar mirándole a la cara. No podía soportar la expresión de su rostro comprimiéndose, su boca desencajada aullando de dolor, aquellos ojos desorbitados. No podía seguir mirando aquello. Carne y piel se fue acumulando en el suelo como si solo fueran sobras y en la camilla quedó algo que había dejado de ser mi amigo hacía tiempo. Algo que se convulsionaba espasmódicamente como si fuera el propio cuerpo el que intentaba seguir vivo, pero la mente hubiera dejado de funcionar tiempo atrás. No quedaba espacio en el suelo para más sangre. Cada vez que Alex se volvía a acercar a la mesa de dónde iba retirando diferentes herramientas podía ver sus pies chapoteando sobre aquel inmenso charco rojo; yo estaba en shock, incapaz de reaccionar ante aquella visión. Lo que fue mi amigo un día perdía la vida por instantes. Ya no estaba vivo. Pablo lo observaba todo desde un rincón, impasible. Alex, el chico del que creía estar enamorada, le había arrancado la piel a tiras esforzándose a ratos por mantenerle vivo y así poder disfrutar en plenitud de todo su sufrimiento. Era frío, era un monstruo. ¿Qué era todo aquello? ¿Por qué? Más tarde me limité a darle la espalda al exterior y a esconder la cabeza entre mis rodillas, tratando de controlar un ataque de ansiedad inminente. Perdí la sensibilidad en manos y piernas, sentí pinchazos en el pecho, y todo se tornó negro de repente. Cuando recuperé la conciencia estaba tumbada en el suelo. Sentía el cuerpo helado y los ojos hinchados de llorar. También me dolía bastante un lado de la cara. Había caído con esa mejilla en el suelo al desmayarme y era la misma en la que Pablo me había golpeado horas atrás. Entonces me giré lentamente y volví a revivir aquello. Era como estar de nuevo en la casa de testigos protegidos. Era como si me volviera a despertar de una extraña pesadilla y llamase a Lola a gritos para terminar por ir a buscarla. Era como volver a pisar aquel inmenso charco de sangre y escuchar el goteo que caía incesante sobre el líquido rojo desde el cadáver colgado del techo. Allí estaba Carlos. O lo que quedaba de él. Colgado. Contorsionado de forma grotesca, como si solo fuera una masa desnuda de carne y sangre, con el rostro girado hacia a mí, los ojos desorbitados, sin párpados. Casi sentí que se me paraba el corazón. Mi cuerpo me pidió alcohol, pero antes de que pudiera reaccionar comencé a vomitar mientras sentía que no entraba ni un ápice de aire en mis pulmones. Me arrastré hacia la cama, me envolví en las mantas como si fuera una oruga en una crisálida y enterré la cabeza en ellas, cerrando los ojos con todas mis fuerzas. Mi mente no funcionaba. Todo era rojo dentro de mi cabeza. Solo se sucedían imágenes grotescas, una tras otra, mientras que una parte de mi inconsciente trataba de eliminar lo único que se reflejaba en mi cerebro que no debía de ser desagradable. Pero lo era. Era lo más desagradable de todo. Su pelo negro, sus ojos azules, más fríos que nunca, sus ojeras, su indiferencia. Era impensable todo aquello. Era insoportable y me hacía olvidar que necesitaba respirar. Dormí. O me desmayé. Solo sabía que no era capaz de mantenerme consciente, que la ansiedad me atenazaba el pecho con todas sus fuerzas y no me permitía moverme. Pude ver el cambio de luz en el ambiente. Ya debía de ser de noche, o al menos querían hacérmelo creer. No me importaba. No iba a salir de aquel montón de mantas entre las que había enrollado mi cuerpo. No iba a volver a salir de allí nunca más. No era capaz de enfrentarme a la realidad que me rodeaba, a aquellas imágenes, a toda esa sangre. No era capaz de enfrentarme a Pablo y a Alex y a mí misma. Todo aquello era por mi culpa. No podía ser de otra manera. Yo había huido, había confiado en aquellos dos chicos que me habían sacado del calabozo y me había escondido consiguiendo que todo desembocara en la muerte de mis amigos y en aquel secuestro insufrible. Si me hubiera quedado en comisaría no habría tenido que pasar por todo aquello. Podría haber vivido sin saber que Pablo era un maldito psicópata, que a mí me inyectaron algo extraño cuando era un bebé y que Alex, el chico del que creía estar enamorada, era el que había acabado con las vidas de aquellas personas. Por un momento me alegré de que Luis se hubiera suicidado. Por un momento me alegré de que todos ellos estuvieran muertos porque así no tendrían que sufrir lo que estaba sufriendo yo. No tendrían que seguir viviendo en un mundo que nos había destrozado de aquel modo tan cruel y despiadado. Pero no me alegraba que hubieran muerto de ese modo, sufriendo, agonizando eternamente. No me alegraba que hubieran visto como se desangraban poco a poco y aquel monstruo les arrancaba la piel a tiras como si nunca hubieran sido humanos. Como si nada importara. ¿Desde cuándo Alex era un maldito psicópata de lo más sádico? ¿Cómo había sido capaz de querer a esa persona? ¿Cómo había sido él capaz de convivir conmigo, de fingir amor y cariño cuando estaba acabando con todo lo que me importaba en el mundo? ¿Cómo había sido capaz de hacerlo delante de mí? Pablo era policía. Sí, era cierto que estaba loco, que me tenía secuestrada, que era un maldito enfermo mental, pero ¿hasta tal punto? ¿Hasta el punto de observar impasible el asesinato y desollamiento de una persona viva? ¿Cómo sabía Alex que aquello no era teatro, que no le engañaría y lo detendría después? «Se conocían de antes, estúpida», pensé. Los dos son unos malditos enfermos. Alex me dio la nota que decía que acabaría con la señora Marisa, ¿por qué no seguí desconfiando de él y culpándole de todo aquello?, ¿por qué tuvo que convencerme? Desde el principio habían sido cómplices de todo. Ana decía la verdad cuando afirmaba que Pablo los había ayudado a salir de la prisión, que Alex le había entregado a él los archivos del caso, pero ¿por qué? Solo era una tortura. Querían hacerme sufrir, aunque no llegaba a entender sus razones. Ver cómo mi vida se destruía por completo mientras lo perdía todo y luego reírse a la vez que me observaban en aquel estado. Y les había salido genial. No habían fallado en nada. Habían conseguido destrozarme y que dejara de sentirme viva. Habían logrado que perdiera por completo la noción del tiempo, la capacidad de razonamiento e incluso la movilidad y el aire de mis pulmones. No sabía cuándo tiempo pasaría allí, debajo de las mantas. Pero no me importaba. No iba a moverme. Escuché sonidos, percibí luces. A veces incluso voces y el tacto de unas manos que me agitaban como si quisieran comprobar que seguía viva. Por desgracia lo seguía estando. Deseé que hubieran pasado ochenta años y estuviera al borde de la muerte cuando, en algún momento, después de horas y días en silencio y profunda quietud, la voz de Pablo me exigía que me moviera y saliera de la habitación mientras desenrollaba las mantas de alrededor de mi cuerpo. CAPÍTULO XIX No podía hablar. O no quería. Me encontraba tumbada sobre la cama de aquella asquerosa habitación apretando los párpados como si nada de lo que pudieran ver mis ojos mereciera la pena. Y así era. Al fin y al cabo, mirar fuera de mí no merecía la pena. Aunque lo de dentro tampoco fuese muy agradable. Escuchaba lejana la voz de aquel monstruo, como si me hablase desde la habitación contigua a la que dormía. Pero ya sabía que no podría escuchar nada si me hablase desde allí. —... que supieras la verdad... Alex... no lo tengas en cuenta... —Oía palabras sueltas, pero era como si mis oídos no soportasen aquella voz y bloquearan parte de las frases. Algo zumbaba dentro de mi cabeza. —Quítamelo... —murmuré casi inaudiblemente. —¿Quitar qué? —preguntó aquella voz. Me hablaba con dulzura, como si sintiese pena por mí. Como si yo fuera una niña pequeña que ha pasado por un mal trago y a la que hay que cuidar y dar amor. No quedaba odio en mí y quizá fuera un poco niña pequeña. Solo quedaba pánico, pena y temor. Depresión y oscuridad. Y aquel color rojo en el que evitaba pensar. Automáticamente me llevé una mano a la cabeza. Casi esperé que una manta o sábana limitara mis movimientos, pero Pablo las había retirado todas de mi alrededor. No sabía lo que decía ni a qué me refería. Mi cuerpo actuaba solo. Yo seguía paralizada. —Quítamelo... —repetí. Escuché su sonrisa, casi triste. —Ojalá pudiera, Sara. Ojalá pudiera. —Fue toda su respuesta. Me levantó, tirando de mí hacia arriba, casi abrazándome, y me incorporó en la cama. Me sentí muy pequeña e indefensa entre sus brazos, sobre todo cuando me apretó contra su pecho y pude sentir que me rodeaba por completo. Entonces un líquido caliente comenzó a recorrer mis muslos encharcando la cama y mojando al hombre que estaba sentado en ella. No me importó. No di muestras de ello. Él chasqueó la lengua. —¿Te hacías pipí? —preguntó con delicadeza, como si le hablara a un bebé. Solo entonces mi mente fue consciente de lo que estaba ocurriendo y noté que mi vejiga se vaciaba por completo. Impulsivamente me aparté de él y me dejé caer en el suelo. Abrí los ojos, sin importar que de tanto tiempo apretando los párpados todo se viese borroso, y me arrastré hasta la pared más lejana de la habitación evitando mirar al cristal que daba al exterior. No sabía si seguiría siendo transparente. —Lo siento, lo siento, lo siento —comencé a murmurar una y otra vez mientras sentía que las lágrimas inundaban mis ojos. Escuché sus pasos dirigiéndose hacia a mí y alcé la mirada con el corazón latiéndome aceleradamente. Pude ver la mancha húmeda en sus pantalones marrones y grité esperando a que me golpeara, pero simplemente se agachó a mi lado y pasó su mano por mi cabeza despeinada. —No pasa nada, Sara, estás asustada. Lo entiendo. No voy a hacerte daño. —Se levantó y me tendió su mano—. Voy a sacarte de aquí y te ayudaré a lavarte. —Negué con la cabeza—. De acuerdo, te llevaré a las duchas, tú te lavarás sola. Luego comerás algo y hablaremos sobre lo que has visto. — Volví a negar—. Es necesario —pronunció con algo más de rotundidad. No tomé su mano. Terminé por levantarme apoyando las mías en la pared sobre la que tenía la espalda y me impulsé hacia arriba. Él asintió como si me diera su aprobación. Pocos minutos después de echar a andar empecé a notar la humedad en mi entrepierna. Comencé a percibir mi alrededor, cosa que hacía tiempo que pretendía ignorar: el suelo bajo mis pies descalzos, la falda de volantes balanceándose en torno a mis piernas, el sonido de nuestros pasos, las paredes blancas. No quería dirigir la mirada al hombre que tenía delante. —Espera aquí —pronunció de repente. Obedecí y me quedé fuera mientras entraba en una habitación. Salió con un vestido rosa liso, de falda algo holgada, y un conjunto de ropa interior blanca—. ¿Te parece bien? — preguntó mientras me mostraba la ropa. No respondí y terminó por asentir y volver a andar, como si mi silencio fuera suficiente. Más tarde se abrió ante nosotros una puerta; la primera que veía transparente. Tras un largo pasillo el suelo cambiaba y empezaba a ser de un material diferente. A mi alrededor se repartían decenas de taquillas parecidas a las de la universidad y un poco más adelante, al girar una esquina, comenzaba la zona de las duchas, que estaban colocadas unas junto a otras sin nada que las separase. Pablo abrió una de las taquillas y me ofreció una toalla y varios botes que, supuse, se trataban de geles de baño y champús y extendió la mano como invitándome a entrar en la zona de duchas. Negué. —Joder, Sara, no sé qué piensas de mí, pero no soy ningún pervertido. Esto no es ningún juego —dijo serio de repente—. Voy a salir, te dejo sola. Cuando te asees sales y yo estaré en la puerta esperándote. No hice movimiento alguno más que para recibir lo que me ofrecía y posar la ropa en el suelo, lejos de las duchas. Esperé cinco minutos después de que se fuera y me dirigí a los mandos para graduar el agua. Apenas podía sentir la temperatura, pero supe que estaba bastante caliente ya que la habitación se llenó de vapor casi al instante. Me enjaboné automáticamente, como si la situación fuera de lo más normal, y cuando estuve limpia me senté bajo la catarata de agua caliente y abracé mis rodillas. No supe cuánto tiempo pasé allí, en aquella posición, pero no me importaba. Simplemente sabía que necesitaba esa soledad. No me preocupé de si alguna cámara me vigilaba, de que Pablo pudiera entrar en cualquier momento, ni siquiera pensé en todo lo que había acontecido y en los sentimientos que no podía soportar. Solo pude concentrarme en la sensación del agua cayendo sobre mi cabeza recorriendo el resto de mi cuerpo y en el vapor que este soltaba. Quizá lloré. Por un momento unas gotas aún más calientes recorrieron mis mejillas y me sentí triste, pero no pude saber el porqué. Mi mente estaba embotada y ya nada importaba. Lo que parecieron ser horas después volvía a andar por aquellos largos pasillos tras Pablo en dirección al comedor. El vestidito rosa se balanceaba a mi alrededor y el cabello mojado me humedecía la espalda. Sentía una continua presión tras los ojos que una parte de mi mente identificó como jaqueca. También tenía un tremendo vacío en el estómago. Pero no pude pensar siquiera en el concepto del hambre. Cuando llegamos al comedor pude dirigirle una breve mirada al hombre que tenía delante y me percaté de que también se había cambiado de ropa. Sobre una de las mesas ya estaba servida la comida o la cena. Quizás el desayuno, ¿qué hora era? Había gran variedad y cantidad de comida, y sentí que se me volcaba el estómago. Tuve que reprimir una arcada ante el olor de aquel festín. Él se sentó e hizo un gesto para que yo también lo hiciera. Obedecí sin rechistar, pero también sin pensar. Comenzó a engullir y tuve que apartar la vista. Me pidió varias veces que probara bocado, pero solo pude negar con la cabeza. Solo el olor de aquella comida me daba náuseas, aunque también hacía rugir mi estómago. No lo entendía. Terminó por servirme un plato de caldo humeante amenazando con enfadarse si no comía al menos eso. Sentí que iba a pasar media vida entre una cucharada y otra, y para cuando fui a dar los últimos sorbos aquel líquido ya estaba helado. Posé la cuchara sonoramente en el plato y volví a bajar la mirada. —Y bien, ¿cómo te encuentras? —preguntó. No respondí. Me parecía absurdo y lo cierto es que seguía sin saber qué decir. O sin querer decir nada. Sin querer pensar en general—. ¿No vas a hablar? —Dirigí mi mirada hacia él y me di cuenta de que no sentía nada. Todo se había ido de repente—. Está bien, hablaré yo. —Hizo una larga pausa como si realmente esperase que dijera algo—. Alex no tiene la culpa. —Entonces mis labios se curvaron en una sonrisa irónica. No lo hice a propósito. Mi cuerpo actuaba por voluntad propia—. ¿Qué es tan gracioso? —Borré aquella sonrisa. —No hay nada que sea gracioso. —Mi voz sonó como si llevara siglos sin hablar y sentí un escalofrío cuando noté en ella una insondable oscuridad. —Has sonreído —dijo arrogante. —Que te follen. —No está bien que digas esas cosas. —¿No? —Volví a sonreír, esta vez voluntariamente—. Que te jodan, Pablo. Que te jodan. Deberían arrancarte la piel a tiras y echar el resto de tu cuerpo de mierda a los cerdos. Deberían echarte ácido en las putas cuencas vacías de tus ojos, deberían cortarte la... —¡Cállate! —gritó dando un golpe, y me sobresalté visiblemente—. No sabes lo que estás diciendo —comenzó a decir levantándose de un salto y quedándose a centímetros de mí. Traté de no dejarme intimidar, pero sentía que el corazón se me iba a salir del pecho—. ¡Yo te he dado la vida! ¿Lo entiendes? —Y crees que eso te da derecho a quitármela —afirmé calmadamente, aunque sin entender a qué se refería. —¡Yo no te he quitado nada! —Joder... —murmuré. —Escúchame. —Sentí que trataba de calmarse y volvió a su asiento. También comencé a calmarme yo—. Tienes que entenderlo, no sé si recuerdas algo y necesito que me lo digas. —No voy a decirte una mierda. —Sara, cría estúpida, aunque te cueste creerlo estoy aquí para ayudarte. —Pablo, puto psicópata; aunque te cueste creerlo, después de que tú y Alex hayáis matado a todas las personas que me importan, después de que me hayas encerrado, maltratado y torturado, se me hace difícil confiar en tu persona. —Todo es parte del plan. —Oh, vale, entonces no hay problema, confío en ti. Si todo es parte del plan, no tengo nada más que decir. —El hombre se echó las manos a la cabeza y soltó un largo suspiro, como si tratara de controlar un impulso. —Está bien. Intentaré explicártelo, aunque ya sabes que las respuestas llegan poco a poco. —Volvió a resoplar—. Alex es un psicópata —zanjó. —No me digas —pronuncié con indiferencia, a pesar de que escuchar aquellas palabras hizo que se me partiera el corazón. —Lo que quiero decir es que es una especie de enfermedad. No puede controlarlo, solo hace lo que debe de hacer. —Él mató a Lola. —Deseé que desmintiera aquello. —Sí, mató a Lola. Y a la señora Carrión, y a Carlos. Como habrás comprobado siempre lo hace del mismo modo. Es una especie de ritual. —No me puedo creer que me estés hablando de esto como si hablaras de un experimento científico. —Es exactamente lo que es. —¿Qué? —pregunté, por primera vez con curiosidad. —Es un experimento científico. —Abrí los ojos con incredulidad y le devolví la mirada—. Tú también lo eres. Blanco Oscuro es eso, un lugar donde se experimenta con vosotros. Los niños de Blanco Oscuro. —¿Y qué experimentáis conmigo? —Aún no te lo puedo decir. Las respuestas llegarán poco a poco —zanjó. —Estoy harta de esa frase. —Lo sé. Pero no quiero estropearte más. —Poco a poco sentía que mi mente despertaba, a pesar de notar que una parte de ella estaba cerrada a cualquier pensamiento sobre aquello que había visto y sufrido. — Y no te pienso llamar Lucas. —Sentí que se frustraba, pero finalmente accedió. ¿Sentía algún tipo de empatía por mí? —Todo este rollo científico, los aparatos, los comportamientos extraños. Todo forma parte de los experimentos de la corporación Blanco Oscuro. —Hizo una pausa y se inclinó hacia adelante. —Te lo explicaré de modo que lo entiendas: tú no tienes una personalidad real, tu mente ha sido transformada y creada a partir de un líquido que habrás visto alguna vez. Se llama líquido R.P. Es un regulador de la personalidad del cual existen diferentes variantes y dependiendo de cuál se inyecte en vuestro cerebro os crea unas personalidades, actitudes y recuerdos diferentes. —Se hizo un silencio absoluto. —¿Te crees que soy estúpida? —pregunté por fin con total sinceridad. —Lo eres, pero no es culpa tuya, el líquido R.P. te hace ser así. —No pude saber del todo si era un intento de broma, pero no me hizo gracia en absoluto. —Me estás diciendo que soy un experimento científico, que me has inyectado un líquido en la cabeza que me crea recuerdos que no son reales y me hace ser como tú decidas en cada momento. Como si fuera un juguete. — Al decir eso recordé aquel sueño, aquel recuerdo en el que, siendo solo un bebé, sentí cómo un extraño líquido recorría mi cabeza y me estremecí. ¿Y si era verdad? Pero era imposible. Seguramente había practicado conmigo algún tipo de hipnosis o había usado mensajes subliminales para provocarme aquel sueño y ahora poder darme aquella absurda explicación. Según mi teoría no dejaba de ser un experimento, pero era mucho más lógico que toda la retahíla que me estaba contando. —Lo cierto, Sara, es que todos tus recuerdos son reales. Nunca hemos instalado recuerdos adicionales en tu mente y creo que no se puede hacer. —¿Por qué? —Decidí seguirle el juego. —Estás estropeada. —¿Qué demonios significa eso? ¿Qué soy? ¿Un juguete?, ¿un robot? — Sonrió. —Mi padre quería que pensara en los niños de Blanco Oscuro como tal, pero se os coge cariño. Sois personas programables. Pero tú no lo eres. Al principio solo queríamos crear niños a los que se pudiera dar una personalidad concreta y elegible. Pero la ambición de mi padre iba más allá. Quería que se os pudiera reprogramar, cambiar vuestra personalidad a su antojo y en cualquier momento. Como si fuerais, efectivamente, robots. —¿Cómo voy a creerme todo ese rollo? —pregunté casi para mí misma. —Lo cierto, Sara, es que no tienes que creerte nada. Los niños de Blanco Oscuro tenéis algo en común, y es que tenéis el subconsciente más desarrollado que los seres humanos comunes. Algunos se dan cuenta de que algo falla, de que no son como el resto. Otros conservan recuerdos. Otros son conscientes, incluso desde que nacen, de que son experimentos científicos. A muchos los tachan de locos por ese pensamiento, pero ¿qué más da? En cualquier caso, tu subconsciente sabe que todo lo que te digo es cierto. Nunca te he mentido. —Dijiste que eras poli. —Soy poli —dijo como si fuera obvio. Nos mantuvimos unos minutos en silencio en los que Pablo aprovechó para picar unos frutos secos que aún había sobre la mesa. —Alex también es un experimento —dije sin preguntar. —Sí, tiene mentalidad de psicópata. A veces es un poco difícil porque, claro, una cosa es la personalidad de cada sujeto y otra cosa es la experiencia del mismo. Las experiencias cambian y hacen que a veces la personalidad que le otorgamos a través del líquido R.P. se transforme. A veces les inyectamos una nueva dosis de R.P. para tratar de equilibrar la personalidad original, pero se complica con la edad y el paso de la vida en general. — Chasqueó la lengua como si diera por hecho que no se estaba explicando bien. Realmente no era así. Yo creía entender todo lo que estaba diciendo, simplemente me parecía un disparate—. Lo que quiero decirte es que Alex está sufriendo porque no quiere matar gente. Bueno, querer quiere, al menos una parte de él, pero otra quiere evitarlo, la parte de la experiencia a lo largo de la vida. Es complicado. —¿Alex está sufriendo? —pregunté indignada. —Solo es su mente la que disfruta cuando asesina a una persona. —Su corazón en cambio se siente muy arrepentido —dije con ironía. —Exacto. —Estaba claro que no había captado la intención de la frase. —Bueno, ¿y por qué ha matado a toda la gente que me importa? ¿Por qué me han culpado a mí? ¿Impulsos de psicópata? ¿Y por qué no has dicho desde el principio, tú que eres poli, que yo no era culpable? —Sería absurdo entregar a Alex, ya que trabaja para mí. Soy cómplice de todos esos asesinatos. —Sentí que me hervía la sangre al escucharle pronunciar aquellas palabras con tal tranquilidad, como si fuera lo más normal del mundo, pero no cambié mi expresión en absoluto—. Esas muertes eran necesarias. No solo las muertes, si no el modo en que se efectuaban. Alex está programado con la actitud y los impulsos de un psicópata y era necesario ponerle a prueba y ver hasta dónde llegaba haciendo daño a gente que te importa. —Y tenía que ser yo —dije con egoísmo. —Tú eres especial para él. Así le resultaría más difícil y podríamos observar los cambios que se producían en su mente y de paso ver tus reacciones. —Me limité a asentir con incredulidad, aunque me resultaba sorprendente que todo encajara con tal facilidad. Lo cierto es que no me parecía posible todo aquello a pesar de que con esas palabras se explicaran muchas cosas. Pero ¿por qué iba Alex a hacer daño a quien me importaba si, como decía Pablo, yo era especial para él? Además, yo era especial desde que nos conocimos, desde el día en que me sacaron de la prisión para encerrarme en la casa de campo. Él mató a la señora Marisa antes de saber nada de mí. Antes de enamorarse de mí. Si es que a aquello se le podía llamar amor. Sería absurdo ponerle a prueba cuando, en teoría, no sentía nada por mí. —Esto es una locura. —Me limité a responder. —No, Sara, esto es ambición. Y lo comprendes mucho más de lo que crees ahora mismo. Poco a poco entenderás. —Entonces se levantó de su asiento y se dirigió a la puerta haciéndome un gesto para que le siguiera—. Vamos a dar una vuelta. Ni sabía a dónde me quería llevar ni me importaba. Una parte de mí estaba saturada de información, otra simplemente no creía absolutamente nada de lo que aquel hombre había dicho. Si Alex era un psicópata lo era porque estaba enfermo o simplemente porque era una mierda de persona, no porque le hubieran instalado en el disco duro mental la personalidad de un psicópata para ver cómo actuaba matando a la gente que me importaba. Todo aquello me olía fatal. Como si quisieran convencerme de que todo era por el bien de la humanidad. Como si aquellos experimentos fueran súper importantes cuando, en el fondo, simplemente eran mentes sádicas intentando divertirse torturando y asesinando a personas inocentes. En cualquier caso, no entendía por qué se tomaba Pablo el derecho de hacer aquellas cosas, de secuestrarme y mantenerme allí encerrada y contarme todo aquello de repente. No entendía qué pretendía con aquellos actos aparte de volverme loca y comprar todas las papeletas de la rifa para ir directo a la silla eléctrica. Tras un rato andando me empecé a preguntar a dónde íbamos, pero no pronuncié palabra alguna. Seguía resultándome extraño no ver a nadie por aquellos pasillos, no escuchar absolutamente ningún ruido. Ni voces, ni golpes, ni pasos. Me llegué a preguntar si no me habría mentido Pablo para que no hiciera siquiera el intento de escapar cuando me dijo que había más personal que él mismo en el edificio. Finalmente entramos a una sala parecida a todas las demás, aunque un tanto menos fría a simple vista. Todo estaba repleto de camillas metálicas, material médico y, por supuesto, aquel líquido azul que encontrabas en todas partes. Pero las camillas tenían colchones y mantas y había un par de cuadros decorando la estancia. Me pregunté si aquel era el famoso líquido R.P. como Pablo lo llamaba. —Espera aquí —pronunció nada más entrar, y me acercó una silla metálica para que tomara asiento. No le hice caso y me mantuve de pie mientras él salía por la puerta. Recorrí lo que me rodeaba con la mirada y pude ver sobre una de las mesas metálicas una gran cantidad de material quirúrgico. Me acerqué a ella lentamente y agudicé el oído por si escuchaba los pasos de Pablo de vuelta a la habitación. Miré a mi alrededor, a cada rincón del techo, en busca de alguna cámara de vigilancia, pero no vi absolutamente nada. Estaba sola, totalmente sola. Agarré un fino bisturí, sintiendo que el corazón se me iba a salir del pecho y lo introduje bajo mi vestido, entre la tira izquierda del sujetador y mi hombro. Me aseguré varias veces de que era imperceptible y volví donde estaba antes, junto a la silla. Pablo tardó más de lo que esperaba, pero finalmente escuché sus pasos en la lejanía y la puerta de la habitación se abrió. El hombre entró acompañado de la última persona que esperaba volver a ver. Pero allí estaba. Llevaba un vestido parecido al mío, pero blanco y con más volantes y, sobre su cabeza rubia y despeinada, una corona plateada con adornos de imitación de joyas. Tenía los ojos algo hinchados, pero solo parecía cansancio, y en una mejilla aún lucía la marca de la cicatriz de algún puñetazo que yo misma le propiné. Avanzó hacia a mí con la mirada perdida. —Ana... —pronuncié en un susurro. Hice el amago de dirigirme hacia ella, pero tanto mi propia mente como un gesto rápido de Pablo hicieron que me mantuviera en el sitio. El hombre llevó a la chica hacia una camilla y la tumbó. Ella se mantenía impasible. Un escalofrío me recorrió la columna al pensar que me recordaba a un robot. No era la Ana hiperactiva y loca de siempre. Se movía por inercia y no parecía pensar en lo que ocurría a su alrededor. —Ana... —Volví a murmurar en voz baja, esperando una reacción por su parte. Pero ella miraba solo al frente y no parecía percibir nada más. Clavé mis ojos en su mirada perdida y me limité a observar. No sabía si aquella chica también era cómplice, al igual que Alex, de todo aquello o si realmente estaba siendo manipulada. Pablo la ató de pies y manos a la camilla como yo lo había estado cuando llegué a aquel edificio, solo que ella estaba sobre un colchón y un puñado de mantas y no se encontraba en ropa interior. Aunque tampoco era aquella la forma de vestir de Ana y me pregunté si también la habría drogado para ponerle aquel vestido. Cuando la chica se tumbó la corona de plástico cayó al suelo y Pablo la recogió. En aquel momento, cuando el hombre no miraba, pude ver algo en Ana, algo que me decía que no saldría bien. Aunque, ¿qué podía ir peor? Ella me miró y vi lo que me pareció una sonrisa maliciosa, de esas que ella mostraba cuando estaba a punto de hacer una travesura, pero en menos de un segundo volvió a plasmar aquella expresión robótica e inerte que daba escalofríos y apartó la mirada de mí para clavarla en el techo de la habitación. Yo me mantenía de pie mirando la escena. En algún momento dije algo, pero casi no me escuchaba a mí misma. Preguntaba qué ocurría y qué iba a ocurrir. Pero no se lo preguntaba a nadie. Sentía un pánico irracional del que apenas era consciente. Pablo colocó en una mesa metálica cercana un puñado de material médico y una jeringuilla con la que automáticamente le suministró algo a la chica. Me pregunté si aquella sería la droga que la mantenía en ese estado de indiferencia. Un minuto después inclinó la camilla hacia adelante, con lo que me di cuenta de que no era una de esas mesas metálicas robustas, si no que tenía diferentes ángulos de inclinación. Sacó un extraño artilugio que sujetó la cabeza de Ana y la mantuvo en una incómoda postura, prácticamente sentada, con el cráneo inclinado hacia adelante. El pelo cubriendo su rostro y su nuca al descubierto. Pude sentir una especie de deja-vu. Por último, le introdujo en la boca una especie de bola de tela y se la ató pasando una cuerda alrededor de su cabeza. —Lo hago por ti, yo estoy acostumbrado a los gritos —dijo girándose hacia mí—. No quiero que te traumatices más. —Espera —dije en la voz más alta que pude cuando vi que se dirigía de nuevo hacia Ana—. ¿Por qué tengo que verlo? —¿Sabes lo que vas a ver? —preguntó con verdadera curiosidad. Había algo de triunfo en su mirada. Yo negué con la cabeza, era cierto. No sabía lo que vería, pero ya había visto demasiado y quería acabar con aquello—. Tienes que verlo para recuperar tus recuerdos. —No quiero que le hagas daño —dije en voz baja. —Ella te ha hecho daño a ti, Sara, todos lo han hecho. Todo forma parte del mismo plan. —No me importa. —Traté de decir con rotundidad—. No quiero que le hagas daño a nadie más. Haz lo que tengas que hacer conmigo y déjalo ya. — Entonces se dirigió hacia a mí y posó una mano en mi mejilla acariciándola lentamente. Mi primer impulso fue apartarme, pero mi cuerpo quedó paralizado. —Lo siento, pero tengo que hacerlo —dijo fingiendo tristeza y volvió junto a Ana. Agarró un bisturí y observé cómo hacía una pequeña incisión en la parte alta de su nuca, bajo el cráneo. La chica gimió y pude ver la sangre manchando el vestido blanco y las lágrimas mojando su largo pelo. No lograba verle el rostro, pero podía imaginar su expresión. Traté de contenerme y mantenerme donde estaba, al pie de la cama, pero el corazón me latía demasiado rápido y tenía que hacer algo para parar aquella situación. Al menos en aquel momento no me encontraba tras un cristal desde donde no podía hacer nada. Impulsivamente terminé por acercarme dispuesta a apartar las manazas de aquel monstruo de la chica, pero cuando me acerqué lo suficiente para ver la escena de cerca mi cuerpo no pudo dar un paso más. A través del corte que tenía en la parte baja del cráneo sobresalía una especie de tubo pequeño, del tamaño de un hilo grueso, manchado de sangre e introducido de forma desagradable en el interior de su cabeza. Pablo lo sostenía entre los dedos y me pregunté si aquello recorrería el cerebro de la chica por completo. Ella gritaba con una voz aguda, oprimida por lo que llevaba en la boca. Reprimí un desagradable mareo y un vuelco de estómago en el momento en el que el hombre empezó a hablar. —El líquido R.P. es un catalizador. Para crearos solo necesitamos ADN humano y este líquido para lo neuronal y psicológico, los efectos van directos al sistema límbico. En resumen y de forma más sencilla: dependiendo de la composición del líquido R.P. tenéis unas u otras personalidades, sentimientos y emociones generales. —Yo observaba sin dar crédito a sus palabras, viendo cómo la sangre seguía derramándose por la espalda de la chica—. Esto que ves aquí —agitó el pequeño tuvo que se asomaba por la piel, haciéndola gritar aún más. Sentí un escalofrío— recorre vuestro cerebro de principio a fin controlando dónde soltar cada célula R.P. Maravilloso, ¿verdad? Lo es, aunque quizá no lo veas ahora. Esto son años y años de estudios. Nunca antes se había conseguido algo así —suspiró con melancolía—. Ojalá podamos recuperar el equipo pronto. —¿Recuperar...? —pregunté. Él se apartó un instante, sin soltar aquel tubo, para agarrar una jeringuilla y volvió a dirigirse a mí. —Sí, recuperarnos. Ya lo comprenderás. Las respuestas llegan poco a poco. —Comenzó a inyectar algo azul dentro de aquel tubo y Ana comenzó a convulsionar y a gritar de un modo que hacía daño. Me pregunté cómo sonaría si no hubiera tenido la boca tapada. —¡Dame eso! —ordenó de repente presuroso. Pero me quedé paralizada mirando a la chica. La sangre salpicaba toda la camilla y las lágrimas no dejaban de brotar de sus ojos hinchados. Negué con la cabeza y retrocedí dos pasos. El hombre resopló y finalmente se retiró para alcanzar una nueva jeringa. La clavó directamente en el brazo estirado de la chica y esta se calmó un tanto, aunque no dejó de gemir. —Gracias por la ayuda —dijo sarcásticamente. Yo volví a negar sin poder apartar la vista de aquella escena. El caso es que aquello me hacía mantenerme en una especie de deja-vu constante. Estaba segura de que nunca había visto aquello. Quizás en sueños, pero nada más. Y aun así era como si supiera cada uno de los pasos de todo aquel procedimiento: inmovilizar, el brazo estirado y las venas localizadas, destapar el tubo R.P., inyectar el líquido y mantener al sujeto despierto. Si pierde la conciencia en el momento en el que el líquido se distribuye por su cerebro puede morir o sufrir un derrame. Pero ¿cómo sabía yo todo aquello? ¿Y cómo podía ser cierto? Realmente éramos experimentos. Mi personalidad no era real, solo era un robot de aquellos enfermos mentales. De hecho, si Paul decía la verdad, no solo mi personalidad era artificial, sino yo entera. Me habían creado a su antojo, pero ¿por qué?, ¿por qué me volvía a secuestrar ahora y quería que viera todo aquello? Sabía que las respuestas llegarían poco a poco, pero no estaba segura de querer saberlo todo. Solo quería que todo acabase. Solo quería saber quién había acabado con las vidas de las personas que me importaban y aquello era algo que ya había descubierto. Entonces me di cuenta. Casi ignorando el resto del proceso que llevaba a cabo Pablo con aquella chica, me llevé la mano a la nuca, bajo el cráneo, y volví a palpar aquello que parecía una espinilla. —¿Ahora lo entiendes? —preguntó el hombre. No me di cuenta de que me estaba observando. Seguía inyectando lentamente aquel líquido en la cabeza de Ana mientras me miraba con una sonrisa de satisfacción—. Hace años que nadie te abre la cabeza, Sara, no te preocupes. ¿Cómo era posible que no me hubiera dado cuenta? De la raíz de mi melena se asomaba aquel minúsculo punto. Un pequeño bulto sobresaliente que no podía ser más que una picadura de mosquito, pero lo era. Apreté con todas mis fuerzas intentando sentir el tubo, pero no lo sentía. Quizás estaba siendo engañada, quizá simplemente era un estúpido grano. O quizás hacía tanto tiempo que no se me abría la cicatriz que casi había desaparecido. En cualquier caso, volví a sentir aquel extraño mareo. Aquella extraña sensación de que todo aquello tenía algo que ver conmigo, de que conocía todo lo que tenía alrededor y podía identificarlo, pero mi mente no era capaz de asimilarlo. Necesitaba desconectar mi cerebro. —¿Cuánto? —pregunté casi involuntariamente. —Desde que naciste. Estás estropeada. —Pablo, no soy un maldito juguete, ¿por qué dices eso? —Verás... —comenzó a decir, pero hizo una pausa para soltar una toalla ensangrentada y agarrar una especie de soplete para cerrar el corte de la chica —. Al principio pensábamos que los defectuosos eran ellos. Ana. Me presentaron a Ana antes de nacer como un sujeto estropeado, así lo llamaban. Considerábamos que sus mentes no funcionaban como debían y es cierto. Ninguna personalidad cala en ellos como en el resto de sujetos. Tienen cambios de humor graves, inestabilidad emocional, etcétera. Supongo que ya te habrás dado cuenta. —Soltó una risita que me sentó como un puñetazo en el estómago—. Luego nos dimos cuenta de que nos equivocábamos. Era cierto que se trataba de sujetos inestables, pero eran los únicos a los que podíamos inyectar una rama totalmente blanca del líquido R.P. después de la primera vez. —Blanca. —Quiere decir original. A la mayoría de sujetos les puedes modificar algún detalle de la personalidad, pero no borrarle la primera personalidad e introducirle una nueva creada desde cero, a ellos sí. A Ana sí. —¿Y a mí? —pregunté sin estar segura de si quería saberlo. —En teoría no, y no me la puedo jugar contigo. Eres especial. —Reprimí un gesto de incredulidad—. Según hemos estudiado solo los sujetos defectuosos en un nivel superior al dos de cinco pueden ser modificados de ese modo. Tú solo estás en el primer nivel. Ana es un nivel cuatro. —¿Y Alex? —Me pregunté por qué seguía pensando en él. Simplemente debería odiarle. Pero una parte de mí quería convencerse de que aquella manipulación, aquel sadismo y aquellos asesinatos eran cosa de Pablo. —¿Quién ha dicho que Alex sea modificable? —Dijiste que estaba estropeado. —No de nacimiento. Está estropeado en el sentido de que su personalidad está teniendo errores. —No es un programa informático, Pablo —dije, como si realmente tuviera alguna experiencia en el tema. —En realidad es algo muy parecido —concluyó mientras soltaba la aguja y comenzaba a incorporar a Ana desatando sus brazos y piernas. Su rostro estaba cubierto de lágrimas y enrojecido por el esfuerzo y el dolor, pero había dejado de gritar y ya tampoco lloraba. Solo estaba agotada y con los ojos hinchados más aún que cuando había llegado. Pude ver que me dedicaba con esfuerzo una sonrisa pícara para luego volver a adquirir aquella expresión impasible y exhausta. —¿Tienes alguna duda? —preguntó Pablo finalmente mientras limpiaba todo alrededor y sacaba de la boca de Ana lo que la impedía gritar. Sentí que me enrojecía y comprendí el porqué. Había entrado en su juego. Había hecho preguntas y me había interesado en aquel oscuro tema tal y como él había pretendido desde el principio. Negué con la cabeza—. Solo quiero que sepas que Ana no te reconoce. Una vez que le actualizas el R.P. tiene un plazo de un par de horas en el que los recuerdos y emociones llegan poco a poco. Sabe dónde está, sabe lo que ha ocurrido, pero no le afecta. Más tarde llegan los nuevos recuerdos insertad... —Cállate —murmuré. —¿Cómo? —preguntó extrañado. —No quiero saber nada, Pablo. Más tarde pude ver que la encerraba en una habitación y quise hacer mil preguntas, pero me reprimí. No debía. Tenía que convencerme a mí misma de que no quería saber nada a pesar de las dudas que tenía, a pesar de que la curiosidad me comía por dentro. Aunque todo aquello realmente tuviera algo que ver conmigo y con mi vida no quería darle la satisfacción de interesarme por ello. Sí es cierto que me pregunté qué sería de Ana cuando recuperase la memoria y los recuerdos que fuera que Pablo había introducido en su cabeza. También es cierto que quería saber más aún después de que me explicara todo aquello, por qué me mantenía a mí en aquel lugar y por qué pretendía que fuera consciente de todo lo que pasaba allí. Lo que más me frustraba era que no me dijera todo de golpe y me dejara salir por la puerta y tomar mis propias decisiones. —¿Dónde está Alex? —pregunté desde mi habitación de princesitas una vez que Pablo me acompañó allí. —No tengo ni idea, no os controlo continuamente —dijo casi con indignación. Yo resoplé. —Quiero saber si está bien —dije sin pensar. —Algo confuso, pero seguro que está bien. Al fin y al cabo, está enamorado y el amor duele —pronunció con una sonrisa de suficiencia antes de cerrar de un portazo. Volví a verme rodeada de todos aquellos peluches de color rosa. Necesitaba la nicotina y me pregunté si realmente había pasado tanto tiempo como a mí me parecía desde que Pablo me había desenredado de las sábanas. Lloré de nuevo casi sin sentir y sin saber por qué. Solo sabía que estaba confusa. Tenía miedo, verdadero miedo, y esta vez el saber que iba a morir no me consolaba. No quería simplemente morir y que todo acabase pronto. Quería salir de allí, respirar. Aquel lugar me estaba volviendo loca. Saber que estaba en un edificio bajo tierra en el que se estaba experimentando con personas, en el que yo misma era un experimento, me hacía sentir una ansiedad insoportable. Ya tenía las respuestas. Aunque no todas, era suficiente. Me sobraba información. Ya sabía quién había acabado con las personas que me importaban y me había hecho la vida imposible durante los últimos meses. ¿Cuánto tiempo había pasado? No me importaba si era modificable, si mi personalidad no era real, si todo era un juego estúpido, si Ana o Alex sufrían. Alex. Alex sí me importaba y no entendía por qué. Una parte de mi mente me obligaba a pensar que todo aquello no podía ser real, al menos no con él. Me decía que, a pesar de haber acabado con Lola, con Carlos y con la señora Marisa, todo había sido un error, que le habían chantajeado, que habían jugado con él. Me pregunté si yo habría hecho lo mismo en su situación. Me pregunté hasta qué punto aquel chico no podía controlar la psicopatía instalada en su cerebro. En cualquier caso, dolía. Dolía saber que había sido él. Y, ¿por qué Pablo decía que estaba enamorado? ¿Realmente me quería de esa manera? ¿Estaba «estropeado» porque aun estando enamorado de mí se había visto obligado a cometer aquellos crímenes tan sádicos? No sabía qué sería de mí: si algún día saldría de allí, si descubriría algo nuevo, si entraría en el juego de Pablo, fuera cual fuese o si acabaría siendo asesinada; un escalofrío me recorrió la columna cuando me imaginé a Alex arrancándome la piel a tiras. Me envolví en las sábanas y tapé mi cabeza con las mantas buscando toda la intimidad que podía pedir en aquel lugar y, llegado un momento, oí aquella rendija abrirse y el sonido de una bandeja de comida arrastrándose en el suelo, pero no me importó. Lo ignoré totalmente y me sumí en aquella tenue oscuridad deseando que apagaran las luces y pasara la vida. Pensé que era de madrugada cuando una mano agitó el montón de sábanas y mantas que me rodeaba. Me había sumido en un sueño extrañamente profundo para lo que acostumbraba a dormir últimamente. Casi perdí la orientación y había olvidado dónde me encontraba. Pero cuando fui consciente me desperté de un salto. —¿Ahora qué? —pregunté sin destaparme, pero ya totalmente consciente. —Levántate, Sara, joder. Vamos a salir de aquí. —No le dio tiempo a pronunciar la primera palabra cuando rápidamente me retiré las mantas del rostro y fijé mi vista en su silueta. Su rostro, grisáceo en la oscuridad, sonreía travieso. Era como una niña pequeña a punto de desobedecer un castigo. —¿Ana? —pregunté aún en la cama. —No hay tiempo para preguntas. ¡Vámonos! —decía en susurros rápidos. Pero no podía confiar en ella. Había visto cómo Pablo le inyectaba el líquido R.P. y cambiaba su personalidad o quizás algo peor. Quizás aquella chica iba a intentar matarme en cualquier momento. Quizá fuera una trampa. Quizá Pablo quería ver mi reacción en aquella situación. Dirigí la vista hacia la cámara de la esquina del techo y pude ver que la luz roja no parpadeaba. —Las he apagado todas —dijo con una sonrisa de oreja a oreja. Sus dientes brillaron en la oscuridad. —No puedo ir contigo, Ana —zanjé mientras me incorporaba en la cama. —¿Es porque no tengo tarjeta feliz? —preguntó irónica. Al principio no lo comprendí, pero más tarde recordé el momento en que Pablo me dijo que no fuera con nadie que no tuviera aquella colorida tarjeta. —Tengo esto—. Agitó con orgullo algo que reconocí. Era la tarjeta con la que Pablo abría las puertas del edificio. —¿Cómo sé que no es una trampa? —pregunté aún desconfiada. —No lo sabes —dijo finalmente, y me agarró del brazo con fuerza para arrastrarme a través de la habitación hacia la salida. Pero ¿dónde estaba la salida? CAPÍTULO XX —Ana... —susurré a la chica que iba trotando por delante de mí. Aceleré el paso—. Ana —insistí, pero no respondió—. ¡Eh! —Le llamé la atención levantando aún más la voz. La chica se giró entonces y plantó su cara a pocos centímetros de la mía, seria de repente. —Tienes que callarte, ¿quieres que nos pillen? —Apenas pude escuchar su voz, ya que hablaba en un tono exageradamente silencioso. —Pues no sé. Quizá sí. La última vez que me dejé secuestrar por ti mi vida se fue a la mierda y perdí todo lo que me importaba. —Ya tendremos tiempo de hablar de eso —zanjó mientras echaba a andar de nuevo. Los pasillos estaban alumbrados tan solo por las luces de emergencia y le daban a la chica un aspecto bastante espectral. Su pálida piel parecía más blanca aun que las resplandecientes paredes de aquel edificio, y sus ojos verdes y el pelo rubio y despeinado reflejaban una chispa de locura tenebrosa en la que nadie habría confiado. Su nueva falda blanca de bailarina se balanceaba a su alrededor a cada paso rápido que daba. Alguien había sustituido la ropa manchada de sangre. Sabía que no debía confiar en ella. Que me iba a meter en un lío. Además, había visto con mis propios ojos cómo Pablo le inyectaba el líquido R.P. para darle la personalidad que quisiera. Sabía que seguramente todo aquello era una prueba para asegurarse de hasta qué punto obedecía a Pablo. Vi cómo Alex había acabado con la vida de Carlos arrancándole la piel a tiras con toda la frialdad del mundo. Casi había llegado a creerme eso de que si te programan para algo era imposible que hicieras nada por cambiarlo. Aunque ¿quién me aseguraba que Alex no me hubiera mentido durante aquellos meses y el líquido R.P. no era solo una excusa? Estaba segura de que Ana me estaba guiando hacia otra demostración, otro experimento o hasta el mismo Pablo. Todo aquello era un juego y estaba cansada de jugar. Tremendamente cansada. Me llevé la mano al hombro para comprobar que el bisturí que había robado hacía unas horas seguía allí. No había querido moverlo de aquel lugar para no levantar ningún tipo de sospecha. Aunque me preguntaba si el hombre no se había dado cuenta de que aquella pequeña cuchilla había desaparecido de su juego de materiales cortantes. Sentí el filo frío sobre la piel y me sentí más segura. Fuera lo que fuese que ocurriese a continuación estaría algo más protegida que yendo con las manos vacías. No sabía por qué la seguía por aquellos largos pasillos. Quizá porque había llegado a un punto en el que me había concienciado de que cualquier resistencia era inútil y sabía que, a aquellas alturas, pasase lo que pasase, no iba a ser yo quien decidiera mi próximo movimiento o quizá seguía siendo tan estúpida que conservaba algo de una esperanza que debí perder hacía mucho. Solo esperé que todavía fuera pronto para mí. Que aquella noche en la que ni siquiera sabía si era de noche no fuera la última de mi vida. Aunque una parte de mí se hubiera vuelto aún más suicida, otra no quería que todo acabase de aquel modo. Si tenía que morir no sería allí dentro. No les daría esa satisfacción. La rubia fue abriendo una puerta tras otra con aquella tarjeta y recorrimos decenas de pasillos en silencio. Apenas hacíamos el mínimo ruido, ya que tanto ella como yo íbamos descalzas. Casi no era audible el leve chasquido que producían las puertas de metal al ser abiertas. Era como si esa chica hubiera andado por aquellos pasillos durante toda su vida y conociera todos y cada uno de los caminos a recorrer. Quizá fuera así. Por un momento recordé que al despertar me aseguró haber apagado todas las cámaras de vigilancia y me pregunté si aquello no sería sospechoso y daría motivos a los vigilantes para ir a comprobar que seguíamos en nuestras habitaciones. Las salas que atravesábamos me parecían iguales entre ellas y me preguntaba cómo era posible que Ana no se perdiera en aquel enorme edificio. Yo hacía rato que había perdido la orientación, y si me hubieran dejado en alguno de aquellos lugares nunca habría sabido volver al dormitorio. Todas las habitaciones seguían el mismo patrón. Cubos y cubos de aquel líquido azul viscoso, pantallas de ordenador, material quirúrgico, camillas y sillas metálicas. A través de las paredes transparentes de algunos de aquellos habitáculos podía observar más dormitorios como el mío adornados con juguetes y colores llamativos. Pero continué andando sin pausa detrás de Ana, que aceleraba el paso cada vez más, como si se impacientara o realmente tuviera miedo de que nos atraparan. Quizás ella creía que no era una trampa. Quizá la chica estaba convencida de que estaba ayudándome a escapar cuando realmente estaban manipulando todas sus acciones. Llegué a darme cuenta, analizando mis emociones, de que la seguía por miedo. Salí de aquella habitación y recorrí esos pasillos porque discutir con Ana significaría indiscutiblemente que la atraparían en mi habitación al escuchar el jaleo. No quería que Pablo actuase de nuevo de aquel modo tan agresivo y le hiciera daño a la chica, ya fuera por sacarme de allí como por no lograr convencerme de que la siguiera. No podía quitarme de la cabeza la imagen de Ana, con su rostro escondido tras la melena, atada a una camilla de pies y manos, ahogando los gritos que le producía aquel sádico al abrirle la cabeza delante de mis narices. Poco a poco, casi imperceptiblemente, el entorno empezó a cambiar. Las habitaciones estaban cada vez más vacías hasta que finalmente llegamos a un trecho en el que ninguna de ellas contenía objeto alguno. Ninguna decoración. Incluso alguna prescindía de pintura en las paredes. Y según avanzábamos los habitáculos estaban más y más abandonados. Me sorprendió que hasta entonces absolutamente todas las puertas que habíamos abierto necesitasen de aquella pequeña tarjeta para darnos paso. Pero desde aquel momento las puertas eran simples, solo hacía falta girar un pomo y nos comenzamos a desplazar a más velocidad. Llegó un punto en el que la luz desapareció por completo y ni siquiera las suaves luces de emergencia iluminaban nuestro camino. Sentí la mano de Ana rodeando mi muñeca y mi primer impulso fue apartarme. —Soy yo —susurró en la oscuridad con un tono algo más despreocupado que el anterior, y enlacé mi mano alrededor de su muñeca a la vez que ella hacía lo mismo—. Vamos a desviarnos —avisó. —¿De dónde exactamente? —pregunté, sin saber aún a dónde nos dirigíamos. Aunque cuanto más tiempo pasaba más ingenuamente me convencía de que íbamos a huir del edificio. —Sígueme. —Se limitó a decir. Aunque hubiera querido dejar de hacerlo para entonces no me quedaba otra opción. Atravesamos un par de pasillos más, que más bien eran túneles, y la chica frenó. Me resultó extraño que la última puerta por la que pasamos también necesitase de aquella tarjeta para abrirse, ya que Ana llevaba un tiempo sin usarla. Sentí cómo se agachaba y mis ojos se habían acostumbrado a la oscuridad, por lo que podía distinguir, con esfuerzo, su silueta fundiéndose con esta. —Es por aquí. —Presionó la parte baja de una pared, que con un chasquido se deslizó hacia alguna parte. No pude ver a dónde había ido a parar aquel trozo de muro, pero sí el hueco que había dejado, aún más oscuro que mi entorno—. Vamos —dijo y soltó mi mano. —¿Qué haces? —pregunté en un tono casi normal cuando vi que comenzaba a deslizarse por la pequeña abertura de la parte baja del muro. —Es por aquí —dijo sin darle mucha importancia a mi curiosidad—. Sígueme. Puedes confiar en mí. —Entreví la expresión que dibujó su rostro. Esa sonrisa traviesa que solía adornar su mirada cada vez que hacía algo con ilusión. A pesar de todo, le hice caso y me tiré al suelo, deslizándome a través del oscuro hueco. Solo entonces me di cuenta de lo pequeño que era y de lo sucio que estaba. Esperaba que el suelo fuera aún de aquel mármol liso y brillante que envolvía todo el edificio, pero no era más que tierra y gravilla. Aún llevaba aquel vestidito que Pablo me había ofrecido, por lo que segundos después de pasar por el hueco deseé que aquel estrecho túnel llegase a su fin y pudiera dejar de arañarme las piernas con todas aquellas piedrecillas. Sentía cómo se me levantaba la piel cada vez que hacía el esfuerzo de arrastrarme un solo centímetro a través de la oscuridad. Me pregunté si sería muy largo y a dónde llevaría. Pero deseaba que fuera al exterior. Tras lo que me pareció una eternidad arañando mi cuerpo con piedras y arena, me di cuenta de que aquel trozo de pared que Ana había deslizado para abrir el hueco no había desaparecido, si no que la chica lo empujaba durante todo el trayecto hacia adelante, con los brazos estirados y provocando un sonoro chirrío continuo. Pero a pesar de la claustrofobia que sentía en aquel lugar, me sentía más segura que correteando por los amplios pasillos. Estaba convencida de que Pablo nunca atravesaría aquel hueco sin quedarse atascado en el caso de que descubriera nuestra huida y decidiera atraparnos. «Quizá Pablo no, pero Alex es posible que sí», pensé sin querer, y deseché aquella idea de mi cabeza automáticamente. No quería pensar en él, no quería volver a verlo nunca. A pesar de que una parte de mí quería creer que había sido obligado a cometer aquellas atrocidades, nunca sería capaz de perdonar lo que les había hecho a esas personas. —Ya estamos aquí —pronunció Ana cuando menos me lo esperaba. Pude ver cómo salía del hueco arrastrando la enorme roca cuadrada y dejándola en el exterior. Aunque no lo era. Seguíamos dentro del edificio. Me ofreció la mano y se la tomé, levantándome lentamente. Sentí un pinchazo en ambas rodillas al incorporarme. Seguíamos dentro de Blanco Oscuro, pero aquel lugar era diferente. La habitación era prácticamente una celda. En uno de los rincones había un colchón viejo y raído sin más que una fina manta cubriéndolo. En el otro extremo del habitáculo un inodoro con la tapa rota, y repartido por todo el suelo del lugar un puñado de platos y vasos vacíos. No había nada más que aquello y un tremendo olor a orina, heces y suciedad. —Has vuelto —dijo una voz rasgada a mi espalda provocando que me sobresaltara. Me alejé de la persona que tenía al lado y me cubrí un poco junto a Ana, como si aquella flacucha pudiera defenderme mejor que yo misma. Aunque en aquel momento lo que estaba claro es que tenía menos miedo que yo. Ana le dedicó una sonrisa a un chico andrajoso. Tenía el pelo sucio y largo, a la altura de los hombros, y una poblada barba que casi le llegaba al pecho. Él también sonreía, casi con tristeza, complacido por nuestra presencia. —Hola, Sara —dijo dedicándome una mirada amistosa. De repente no podía creer lo que estaba viendo. Aquella mirada, aquellas arrugas que se le formaban alrededor de los ojos color café cuando sonreía, el gesto curvo de su boca, el balanceo que era casi un tic que no podía evitar cada vez que se mantenía de pie y quieto en algún lugar. —Santi... —murmuré sin poder creerlo—. Santi —repetí unos segundos después como si aquello fuera un sueño en el que desaparecería si no gritaba su nombre—. No puedes ser tú. —El chico abrió los brazos como si fuera obvio y no hubiera nada de extraño en aquella situación. Pero lo había, nada de aquello era posible. Santi había muerto hacía tres años. Se había suicidado en el orfanato en el que los dos nos habíamos criado. Yo había ido a su funeral. Yo y todos los cuidadores del orfanato. Muchos chicos y chicas que lo conocían. Alberto, el psicólogo, había estado allí y había asegurado que no era de extrañar, ya que Santi llevaba un tiempo con más actitudes suicidas de lo que parecía ser normal en él. Por un momento estuve segura de que alguien estaba jugando conmigo, de que aquello era una prueba más de Pablo para ver mi reacción, para volverme loca y tener la excusa perfecta para abrirme la cabeza o matarme. Pero en el fondo sabía que no era así. Sabía que Santi, mi amigo de la infancia, mi amigo suicida y depresivo, estaba allí, delante de mí. Extremadamente cambiado, andrajoso, con el pelo largo, con barba, sin gafas, cubierto de tierra y porquería y un asqueroso olor impregnando todo su cuerpo. Pero era él. Era mi Santi. Corrí, como si el espacio que nos separase fuera infinito, a toda velocidad y me lancé a sus brazos, apretándolo contra mí. —Estabas muerto —dije contra su mejilla. Pude sentir que se le dibujaba una breve sonrisa al escuchar mis palabras—. Lo siento mucho, Santi. Lo siento. Debí de ir a verte más a menudo, sabía que estabas mal, pero mi vida cambió tanto de repente... Te he echado mucho de menos. Lo siento muchísimo —pronuncié al borde de las lágrimas, que ya estaban amenazando con rebosar. —Eh —dijo rotundo, y me apartó de él por los hombros, fijando sus ojos en los míos—. No has hecho nada mal. Sé lo que supuso para ti el creer que había muerto. Sé cómo eres y sé cómo has sido conmigo. Sara, tú me has salvado la vida montones de veces. —Pero en esa época... —comencé a decir. —Sara, no estoy muerto —afirmó. Y tenía razón. Por mucho que me costara creerlo, no estaba muerto. Estaba allí. En carne y hueso, delante de mí. Volví a abrazarle con todas mis fuerzas. Minutos después nos encontrábamos los tres sentados sobre el mohoso colchón que había en la habitación. Ana sacó una cajetilla de cigarrillos y un mechero de su sujetador y nos ofreció uno a cada uno. —No fumo, gracias. Después de tanto tiempo no me voy a volver a enganchar —dijo Santi—. Además, no me gusta contribuir a crear mal olor en mi habitación. —Los tres reímos disimulando la pena y yo acepté el mío. Tras la primera calada sentí que hacía siglos que no tocaba un cigarrillo. —¿De dónde lo has sacado? —pregunté a Ana. —Del despacho de las cámaras. Se lo habrá dejado Pablo allí. —O cualquiera de los vigilantes —dije. Ana soltó una carcajada—. ¿Qué pasa? —No hay ningún vigilante —dijo ella como si fuera obvio. —Sí los hay —desmintió Santi, que se sentaba a mi derecha. Yo me mantenía en medio de los dos escuchando atentamente—. No fue solo Lucas quien me metió aquí. —Querrás decir Pablo. Y bueno, quizá los habría cuando te encerraron a ti. Yo hace siglos que no veo a ningún vigilante. —No quise entrar en aquella conversación, ya que creía que había mil temas más importantes de los que hablar que aquellos. —¿Desde cuándo estás aquí, Santi? —pregunté. —Desde que morí. Supuestamente, claro. Evidentemente sigo vivo. — Sonrió de nuevo. Era curioso, pero no recordaba haber visto nunca a Santi sonreír tanto. Puede que jamás lo hiciera—. Perdí la noción del tiempo al principio. Hicieron mil pruebas conmigo. Mil experimentos. Me abrieron la cabeza un montón de veces. Al parecer llegaron a la conclusión de que no les servía de mucho. Me inyectaron el líquido R.P. decenas de veces y jamás pudieron cambiar lo que era. Entonces me encerraron aquí con la esperanza de que aquellos experimentos me matasen, como hicieron con el resto de los chicos. Pero aquí sigo. Dos años y sumando. Solo vienen a dejarme agua y comida. —Entonces caí en que no se me había pasado por la cabeza que Santi también pudiera ser un niño de Blanco Oscuro. Un robot programado. Sentí una punzada de decepción. —¿Puedo confiar en ti, Santi? —pregunté tristemente tras una pausa y me mantuve mirando fijamente el cigarrillo que se consumía entre mis dedos. —¿Puedo confiar yo en ti, Sara? —Le dirigí una breve mirada y me encogí de hombros—. Supongo que no —concluyó—. Al fin y al cabo, los dos, bueno, los tres, somos experimentos y podríamos estar programados para matarnos entre nosotros. Solo podemos confiar a ciegas o no hacerlo. Volver a nuestras celdas, a nuestras habitaciones, dejar que nos abran la cabeza o intentar huir de aquí con el miedo y la desconfianza de que en cualquier momento uno de nosotros se vuelva loco y mate a los demás —pronunció, e hizo una pausa—. No sé tú, pero yo necesito una ducha y la verdad, me merece la pena jugarme la vida por ella. —Los tres volvimos a reír. Quizá por no llorar. CAPÍTULO XXI Dos cigarros más y unas cuantas conversaciones después volvimos a vernos recorriendo aquellos pasillos tras pasar por el estrecho túnel que me haría tener las piernas llenas de rasguños durante semanas. Aún no podía creer que Santi estuviera vivo. No podía creerlo después de haber ido a su funeral, después de haber llorado su muerte y de haberme sentido culpable por él. Y mucho menos podía creer que, como yo, fuera un niño de Blanco Oscuro y formara parte de aquellos experimentos tan atroces. Era como si el destino de todos nosotros hubiera estado conectado desde el primer momento. Pablo, Lucas o quien fuera el equipo que nos había hecho aquello, que nos había trastocado la mente como si se tratase de ordenadores abiertos, se había encargado de que terminásemos estando juntos de nuevo. Santi, Ana y yo habíamos vivido en el mismo orfanato casi desde el día de nuestro nacimiento y, pese a que nos habíamos separado con el tiempo, misteriosamente nuestros caminos se habían vuelto a cruzar, aunque fuera de aquel modo tan desagradable. Ana me recordó a Pablo cuando esquivaba muchas de las preguntas que le hacía, asegurándome que no era el mejor momento para responderlas. Pero aun así prometió que me contaría absolutamente toda la historia cuando saliéramos del edificio de la corporación Blanco Oscuro y pudiera asegurarse de que estábamos a salvo y no nos podrían capturar. A pesar de ello saqué muchas respuestas en los pocos minutos que habíamos estado en aquella apestosa habitación. Al parecer, el orfanato Dos cielos llevaba años colaborando en secreto con Blanco Oscuro recibiendo niños experimentales de ellos, acogiéndolos sin hacer preguntas, sin saber la mitad de lo que ocurría en aquel lugar siniestro escondido bajo tierra. Y fueron ellos mismos los que organizaron el falso funeral de Santi cuando Pablo, al que Santi se había acostumbrado a llamar Lucas, ya que no había conocido nunca su nombre real, lo reclamó como tutor legal. Parecía ser que aquel hombre era el tutor legal de todos nosotros y quienes conocían la verdad en Dos cielos se habían encargado de ocultarlo hasta el momento en que alguien volvía a reclamar a los niños. Cuando Santi volvió a aquel edificio, al que no había vuelto desde el momento en que lo entregaron al orfanato, averiguó muchas cosas sobre la historia de la corporación. Sabía que querían experimentar con él, de nuevo, como último recurso, aun sabiendo que no debía ser apto para la renovación del líquido R.P. porque el resto de chicos que habían vuelto allí y habían tratado de «actualizar» habían muerto a causa del maldito líquido azul. Pero lo cierto es que no funcionó en ningún momento, por lo que lo encerraron en uno de aquellos dormitorios igual a aquel en el que yo había pasado los últimos días. Fue una sorpresa para los trabajadores de Blanco Oscuro ver que el chico no había muerto al cabo de unas semanas y decidieron encerrarle en aquella celda oscura y descuidada en la que recibiría menos atenciones y según aseguró escuchar «estorbaría menos». Me pregunté en qué medida podía llegar a estorbar un chico metido en una habitación durante el resto de su vida si tan solo tenían que darle de comer y poco más. Pero, al parecer, a los chicos creados a partir de aquellos malditos experimentos que no servían para lo que ellos se proponían los trataban como juguetes estropeados, como si realmente no fueran personas. El chico aseguraba que había llegado a tener una relación cordial con Pablo, el cual en ocasiones respondía sus preguntas como si no importara en absoluto, como si hablara con una pared. Y le decía que no podía dejarle suelto en la sociedad como si fuera un animal mal adiestrado, que no podía arriesgarse a que contara a nadie todo lo que ocurría allí dentro, pero tampoco quería matarle porque, al fin y al cabo, todos ellos eran creaciones más que valiosas para la ciencia. Me sentí como un maldito virus en una probeta. Algo que hay que mantener vivo, pero igualmente se considera detestable para el mundo. Por su parte Ana me explicó muy por encima que hacía semanas que planeaba aquella huida. Dijo algo sobre que Pablo había cometido un grave error al confiar tanto en ella como en sí mismo, pero no llegué a entender bien a qué se refería. Una parte de mí seguía pensando que todo aquello era una prueba, un juego, algún tipo de emboscada. Pero el haber vuelto a ver después de tanto tiempo a mi amigo Santi me había devuelto algo de esperanza. Nadie podía asegurarme que el propio Santi no estaba programado para jugar conmigo, pero ¿cómo podía desconfiar de él? Era el mismo de siempre. Aquellos gestos, aquella alegría triste y forzada cada vez que estaba conmigo, aquella mirada... No había cambiado ni un ápice, más que en la suciedad que lo cubría y el pelo largo y descuidado. Me pregunté si aún tendría las depresiones y pensamientos suicidas de antaño, pero no pensé que el momento fuera el más indicado para preguntar algo al respecto. Aun así, me sentía como si dentro de aquel envoltorio de desesperación quedara algo de la Sara del pasado. La Sara dura que nunca dejaba de luchar por ser ella misma y mantenerse en su lugar. Y todo por recuperar ese trozo de mí que era aquella persona que, de tan pocas, había sido tan importante para mí. Por un instante deseé que Lola siguiera viva para que pudiera verlo con sus propios ojos. Me llamó la atención el hecho de que Santi no pareciera tener miedo. Quizás incluso estaba más seguro de sí mismo que la propia Ana. Posiblemente fuera porque, si era cierto que había pasado más de dos años encerrado en aquel lugar y en aquellas condiciones, no esperaba nada peor al salir de allí. Hubo un momento en el que pensé en Alex y quise preguntarle a Ana por él. Una de las cosas que más me importaban en ese instante era saber si en aquel engaño habían estado participando los dos o solo aquel chico que supuestamente estaba enamorado de mí. Quería saber si Ana era consciente de que Alex había acabado con aquellas personas que tanto me importaban. Era evidente que ella formaba parte de los experimentos de Blanco Oscuro, pero ¿había sido engañada como lo había sido yo, o simplemente era una más de aquel atajo de locos psicópatas? En cualquier caso, tampoco hice pregunta alguna sobre el tema, pero me prometí a mí misma averiguar todo lo posible sobre Alex en cuanto tuviera la oportunidad; algo dolía dentro de mí cada vez que pensaba en él y evité pensar en ello más de lo justo y necesario. Andamos lo que pareció ser casi una hora a través de pasillos y túneles parecidos a aquellos que llevaban a la habitación de Santi. Tuvimos que volver atrás y desviarnos de nuevo para llegar a nuestro desconocido destino. Poco a poco las paredes se iban estrechando y cada vez daba más la sensación de que caminábamos a través de cuevas bajo tierra. Hacía tiempo que ya no había un solo azulejo en la pared, y el suelo se componía de barro y pequeñas piedras. Llegados a cierto punto del trayecto, Ana sacó una pequeña linterna de la parte trasera de su falda para alumbrar nuestro camino. —¿No podrías haber sacado eso antes? —pregunté de mal humor. —No podía arriesgarme. Sé desactivar las cámaras nuevas, pero no sé si las antiguas estarán activas. No tienen visión nocturna, así que no nos podían ver en la oscuridad en caso de que aún estuvieran activas, pero encender un foco nos habría delatado —explicó—. —No hay cámaras en los pasillos —discutí. Pude ver que sonreía levemente, con suficiencia. —Que no las veas no significa que no las haya. —Decidí guardar silencio ante su respuesta. Me pregunté cómo sabía Ana todo aquello. Cómo había aprendido a desactivar las cámaras. Cómo sabía siquiera dónde estaban y el motivo por el que conocía la existencia de cámaras antiguas colocadas en aquel lugar. Di por hecho que había pasado las últimas semanas investigando aquel sitio, pero me parecía poco creíble teniendo en cuenta la seguridad que realmente tenía el lugar. Ni siquiera podía explicarme a mí misma cómo habíamos sido capaces de llegar tan lejos sin que nadie se percatara de nuestra ausencia. Sin que nos hubieran atrapado aún. Quizá fuera verdad lo que decía Ana de que la historia de los vigilantes era solo un cuento. O quizá no hubiera suficientes. —¿A dónde vamos, Ana? —pregunté tras un buen rato andando tras los chicos. —Ya casi estamos —respondió ella, evadiendo mi pregunta. Entonces dejé de andar. —Oye, eso no me vale. Estoy cansada de juegos y de trampas sádicas. Solo quiero largarme. Sácame de aquí, dame algo de dinero para coger un avión y largarme lejos y seguid con vuestros experimentos. —Sentí que Santi me miraba con un brillo de tristeza en la mirada, o quizá fuera indignación. No podía ver bien en la oscuridad. Ana se giró y se encaró conmigo. —Oye, bonita, te he sacado de Blanco Oscuro. No estoy jugando a nada. Si lo que quieres es deshacerte de mí y encerrarte en desconfiar de todo el mundo vuelve a tu habitación de princesitas, si es que la encuentras —dijo con brusquedad. Me sorprendió aquella reacción. Esperaba más decepción por su parte que por la de Santi. La tenía por alguien extremadamente sentimental, ya lo había demostrado y no esperaba tal indiferencia. Ella siguió andando y yo me mantuve quieta viendo cómo el haz de luz de la linterna iba desapareciendo en la oscuridad y junto a ella la silueta de Santi, que se quedó quieto frente a mí. —Sara, confía en mí. No confíes en ella si no quieres, pero confía en mí. Nadie me ha tocado desde que nací. Quiero decir, soy el mismo chico que conociste en Dos cielos. Sé que esta situación es complicada y que tienes la idea de que todo es una treta y todo puede estar planeado, pero yo también la tengo, ¿sabes? Creo que merece la pena arriesgarse. Lo peor que puede pasar es que muramos. Y bueno, yo ya lo he hecho. —Casi pude sentir su sonrisa en la oscuridad. Unos dedos delgados y ásperos rozaron los míos. Tomé su mano con un suspiro y seguimos adelante, tratando de alcanzar la luz de la linterna. Seguimos andando hasta llegar a un callejón sin más salida que una escalera de madera vieja apoyada en la pared. Alcé la vista cuando Ana levantó la linterna. El espacio entre el suelo y lo que fuera que hubiese arriba parecía infinito. —Yo llevaré la linterna, pero os iré alumbrando desde arriba. No vayáis con prisa —dijo antes de colgarse de aquellos viejos palos de madera y dar un par de tirones fuertes, comprobando si resistiría. Pensé que por mucho que resistiera aquella zona quizá más arriba estaba hecha pedazos y nos quedaríamos a medio camino. Vi cómo empezaba a subir con tranquilidad y confianza. —Ana, ¿seguro que es por ahí? —pregunté. —No hay otro camino. —Eso no responde a mi pregunta —insistí. —Es por aquí, joder, Sara, no seas impertinente. Haz caso y punto —dijo con brusquedad mientras se alejaba con movimientos seguros y firmes. Sentí que me hervía la sangre de rabia y me sentí de nuevo, aunque fuera por un instante, yo misma. A pesar de todo lo que había pasado, de los días traumáticos que había tenido y de haber sufrido tanto seguía siendo la estúpida gruñona que no soportaba que le dieran órdenes. Aunque en lugar de enfadarme y discutir con aquella chica que seguía resultándome insoportable terminé por sonreír y aceptar la invitación de Santi de pasar delante de él. Los peldaños crujían a cada movimiento y a cada paso que ascendíamos, pero no tenía demasiado miedo. A pesar de ello parecía ser resistente y la madera no estaba tan astillada como pensaba a simple vista. La chica apuntaba hacia abajo con la linterna a ratos, y aunque me deslumbraba no dije nada puesto que también me ayudaba a asegurarme de que agarraba el escalón correcto en cada momento. Tras lo que me pareció un largo rato a causa de la incomodidad de la situación, la humedad del ambiente y tras toda aquella caminata que habíamos dado a través de cuevas subterráneas, por fin Ana nos avisó de que debíamos dejar de ascender. —Esperad —pronunció con un elevado tono de voz. Casi me había acostumbrado a que habláramos en un punto intermedio entre los susurros y la voz baja. Un sonido metálico retumbó sobre nosotros al deslizarse por el suelo lo que teníamos sobre nuestras cabezas y Ana volvió a ascender con visible esfuerzo. —Tened cuidado —advirtió—. No hay donde agarrarse. Sujetaos bien al borde. Justo después de decir eso la perdí de vista durante unos segundos, a ella y a la luz. Pero al instante volvió a aparecer con el brazo extendido invitándome a que me agarrase a él. Negué con la cabeza, pero insistió con una mueca de rabia y finalmente accedí. Solo miré alrededor cuando, entre las dos, ayudamos a subir a Santi y me di cuenta de que nos encontrábamos en una estrecha habitación completamente oscura y vacía. Lo único que contenía el habitáculo era un agujero en el suelo, aquel por el que habíamos entrado, y la tapa redonda y metálica que lo cubría y que Ana volvió a colocar tras Santi. El chico estaba a mi lado, jadeante. Le lancé una mirada preocupada, pero le quitó importancia con un gesto. —Mucho tiempo sin hacer ejercicio —bromeó. Me pregunté si en algún momento dejaría la ironía a un lado. Pero deseaba que no fuera así. Eso era lo que más me gustaba de aquel chico. Era capaz de reírse de las peores situaciones, aunque luego también fuera capaz de suicidarse por ellas. —¿Dónde estamos? —pregunté. —En casa —dijo la rubia con una sonrisa, y abrió la única puerta que tenía la habitación de una dramática patada—. ¡Tachán! ¡Sorpresa! —exclamó mientras salía hacia el pasillo con los brazos en alto y una sonrisa de oreja a oreja. Entonces pude ver dónde estábamos y me quedé con la boca abierta y sin poder articular palabra. A mi derecha estaba la habitación en la que había dormido, bebido y fumado durante tanto tiempo hacía semanas. La habitación en la que me había acostado con Alex por primera vez. A mi izquierda la de Ana, en la que había dormido un par de noches, en la que había llegado a convencerme de que aquella chica insoportable no era tan despreciable como me había parecido al principio. Y al final del pasillo podía verse un trozo de la escalera de madera podrida y mohosa por la que había subido y bajado tantas veces. Estábamos en la casa de campo de Ana. En el último lugar en el que había dormido antes de que Pablo me secuestrara para llevarme al edificio de la corporación Blanco Oscuro. Me giré entonces para mirar a mi espalda y pude ver la puerta cerrada. La puerta por la que habíamos salido y la que siempre había creído que daba acceso a un aseo estropeado. Entonces sentí un escalofrío y una sensación de pánico que me recorrió el cuerpo de arriba a abajo. —No puedo volver a entrar ahí —murmuré para mí. —Yo tampoco. Ninguno podemos —explicó Ana, aún sonriendo, como si fuera algo tan divertido como curioso—. Supongo que será alguna de esas porquerías que nos ponen en el cerebro. Como hipnosis. Algo nos impide traspasar esa puerta desde aquí. En cambio, sí que podemos salir por ella. ¿No te resulta un error estúpido? —No pensé en ese momento a qué se refería, aunque más tarde llegué a la conclusión de que tenía razón. Habían evitado que los niños de Blanco Oscuro entraran al edificio por los pasadizos subterráneos a través de aquella casa, pero no se habían encargado de que el mismo repelente mental que usaran para aquello hiciera que no pudieran escapar—. Lo que está claro es que no podemos volver. Al menos por aquí. Y el resto de entradas tienen cámaras por todas partes. Además, están muy lejos. —Se trata de alejarnos. No importa si no podemos volver a entrar —dijo Santi. Bonita casa, por cierto —mintió. No supe identificar si era sarcasmo. —Gracias —dijo la chica con orgullo. —¿Por qué hay un camino directo desde Blanco Oscuro hasta este sitio? — pregunté con desconfianza. —Bueno, ahora sí puedo explicártelo. Pero solo podemos quedarnos aquí un día, así que no hay demasiado tiempo —aseguró. Me asomé un poco hacia mi habitación para poder ver la ventana desde la puerta y saber si era de día o de noche. Al parecer aún era madrugada cerrada. —¿Cómo sabes el tiempo que tenemos? ¿Y a dónde iremos después? —Pablo duerme por la noche y trabaja por la mañana. Debemos salir de aquí antes de que amanezca. Iremos en dirección contraria, no atravesaremos el bosque ni los alrededores, así nos aseguraremos de que siempre le llevamos ventaja. Aunque lo cierto es que no creo que este sea el primer sitio en el que se le ocurra buscarnos. Hace siglos que nadie pasa por esos pasillos y quizá Pablo ni siquiera sepa llegar hasta aquí. —¿Y cómo sabes hacerlo tú? —Quise saber. Ella sonrió y comenzó a andar hacia la planta baja, encendiendo las luces. Tanto Santi como yo la seguimos. —No sé vosotros, pero yo estoy muerta de hambre y necesito una ducha. Y diría que no soy la única —dijo dándole un golpecito amistoso a Santi. ¿Desde cuándo eran tan amiguitos?—. Sacaré un par de pizzas y las meteré en el horno mientras os limpiáis un poco y hablaremos en la cena. —Asentí, aunque sin conformarme del todo, y me dirigí hacia la planta superior, recordando que, en mi habitación, o la que me había adjudicado, había no solo toallas, si no prendas de ropa que no llevaban unicornios ni arcoíris dibujados. Había perdido mi chaqueta de cuero, pero conseguí recuperar de entre el puñado de ropa que había tirado en el suelo unos pantalones vaqueros y un jersey negro. Cuando tuve todas las cosas bajé de nuevo al baño dispuesta a darme la primera ducha medianamente agradable en lo que parecían ser mil años. Abrí la puerta con la seguridad de que yo sería la primera en asearme, pero me equivocaba. Santi ya se encontraba allí, semidesnudo, sin camiseta y con los pantalones a medio bajar. —¡Lo sient...! —comencé a decir y fui a cerrar la puerta de golpe, pero lo que vi me paralizó. Todo su cuerpo estaba cubierto de costras, cicatrices y arañazos, tenía zonas en carne viva y la mayoría de la piel había adquirido un tono entre rojo, negro y morado parecido al de la gangrena. El chico agarró la toalla más cercana y se cubrió el torso con ella para evitar que pudiera verle, pero era tarde para eso. —Santi... —dije pensando en reprenderle por ocultarme aquello. —No tienes que preocuparte —aseguró—. Me curaré pronto. —Pude ver que su rostro enrojecía de vergüenza y pudor, como si fuera error suyo el tener el cuerpo destrozado por los malos tratos y las malas condiciones en las que había estado viviendo durante tanto tiempo—. Solo necesito un baño. —Métete en la bañera —ordené. —¿Cómo dices? —preguntó el chico perplejo. —Que entres a la bañera —repetí. —Sara, no me vas a ver desnudo. —Sonrió tratando de camuflar la incomodidad que sentía en aquel momento. —No te quites eso. —Señalé a su entrepierna—. Pero métete en la ducha. —Volví a decir, y me quedé quieta para asegurarme de que lo hacía. Después abrí el grifo con agua templada y salí del baño para buscar el botiquín que sabía que debía estar en aquella casa. Cuando volví al baño el chico estaba sentado bajo el chorro de agua, casi temblando del esfuerzo de tener que aguantar el dolor que producía aquel simple roce contra su piel. Saqué gasas y alcohol de la pequeña cajita de primeros auxilios y comencé a limpiar aquellas heridas lentamente. Poco a poco. —Coge mi mano —dije ofreciéndola—. Apriétala si te duele. CAPÍTULO XXII Ana no nos interrumpió en todo el tiempo que pasamos allí dentro. Calculé que habrían pasado casi dos horas cuando Santi se empezó a vestir. Yo limpiaba la bañera con un estropajo viejo y rascaba allí donde la sangre se había endurecido. El chico no dijo palabra alguna mientras le curaba las heridas y le limpiaba el cuerpo, pero al cabo de un rato comprendió que no era ninguna vergüenza haber pasado por aquello, que él no tenía culpa de sus heridas y cicatrices y que no era malo aceptar mi ayuda para el aseo después de años en los que solo tenía un cubo de agua diario. Estaba frente al espejo, afeitándose y observándome disimuladamente a través de él. —¿Vas a quedarte mientras me ducho? —bromeé soltando el estropajo y aclarándome las manos a su lado. —¿No vas muy rápido? —respondió. —Pues no tardes mucho, estoy deseando comer algo. La chica rubia no hizo ningún comentario al respecto sobre el tiempo que habíamos pasado a solas en el baño. Me preguntaba si sabría que estaba echando una mano a Santi o si se habría imaginado cualquier otra cosa. En cualquier caso, no le di demasiada importancia. Me preocupaba más ser la última en ducharme porque Ana se me hubiera colado. Me sentía sumamente cómoda de nuevo con mi ropa. Mucho más libre que con aquellos vestiditos y falditas ridículas. Y por supuesto me sentía más libre que con aquella ropa interior que parecía estar hecha expresamente para pedófilos. —Así da gusto —dije mientras salía del baño y lanzaba la ropa sucia al suelo. —Sara.. —empezó a decir Ana casi en un susurro, entonces levanté la cabeza e instintivamente me llevé la mano al hombro, donde había vuelto a colocar, después de ducharme, aquella cuchilla que había robado de Blanco Oscuro. Allí estaba él. De pie junto a Ana. Y sentí que se me rompía el corazón en mil pedazos. Sus ojos azules me miraban sobre unas ojeras extremadamente pronunciadas, y tenían tal brillo de arrepentimiento que me atrevería a decir que se trataba de lágrimas. En aquel momento sentí todo a la vez. Una presión me atenazó la garganta. Mis dedos acariciaban por encima de la ropa la cuchilla que reposaba bajo una tira de mi ropa interior. Quería despertarme de una pesadilla, quería llorar, quería preguntarle por qué lo había hecho. Quería matarle y descuartizarle como él lo había hecho con todas aquellas personas. —Alex —dije fríamente. O lo intenté. Algo de mi voz se perdió por el camino en tan solo aquella palabra. Él asintió lentamente con la cabeza mientras me observaba con los ojos muy abiertos. —Sara... Necesito que me dejes explicártelo... —Deberías morirte —pronuncié mientras sentía que se me deshacía el nudo de la garganta y las lágrimas se empezaban a acumular en mis ojos y me emborronaban todo. —Sara, de verdad, tiene una explicación —comentó Ana con tono de comprensión. Nunca pensé que aquella chica loca fuera capaz de llevar una situación así con tal entereza. Así que sabía todo lo que había hecho Alex. Me acerqué lentamente al chico y sentí que se ponía tenso. Las lágrimas resbalaron por las mejillas de ambos a la vez. —Lo siento... —susurró cuando estuvimos a apenas unos centímetros. Sabía que a mi alrededor todos estaban en tensión, que tanto Ana como Santi estaban de parte de aquel maldito psicópata y que no me permitirían matarle ni darle diez puñetazos en la boca. Sabía que apenas tendría tiempo de rozarle antes de que saltaran sobre mí para agarrarme. Pero a pesar de todo, a pesar de las ganas que tenía de acabar con él, algo dolía dentro. Algo me decía que no lo haría. Que no saltaría sobre él dispuesta a rajarle esa preciosa cara con la cuchilla que llevaba escondida. Sentía el corazón en un puño y la decepción y la tristeza eran aún más fuertes que el odio. Quería preguntarle por qué lo había hecho y escuchar su explicación, pero una y otra vez volvían a mi cabeza las imágenes de mis amigos muertos, las imágenes de Alex arrancando la piel de Carlos a tiras mientras aún vivía. Era demasiado doloroso. Por un momento me dejé llevar y cerré los ojos con fuerza para permitir que resbalaran todas las lágrimas necesarias antes de perder el control. —Me duele odiarte…y no sé por qué —pronuncié con la voz rota y una mano en su hombro. —No lo hagas... —suplicó, y sentí que posaba su mano sobre la mía para acariciarla con dulzura. Me aparté de él y subí a la planta superior, dispuesta a encerrarme en la que consideraba mi habitación hasta que pudiéramos irnos de allí. No sabía lo que sentía, no entendía nada. Una parte de mí odiaba a Alex con todas sus fuerzas y quería verle sufrir. Algo me decía que aquella parte de mí era la más real, que de no haber pasado por todo aquello simplemente querría verle sufrir mientras hacían con él lo mismo que había hecho él con las personas que me importaban. Pero había una parte extraña de mi mente, una parte tan cálida, emocional y estúpida que nunca había reconocido en mí, una parte que se preguntaba por qué una y otra vez. Que trataba de buscar una explicación lógica a todo, que quería entenderlo y perdonar, preguntándome una y otra vez si eso sería posible. Y esa era la parte que dolía. Esa era la parte que me atenazaba la garganta y me oprimía el corazón. Esa era la parte que me hacía sentir un inmenso vacío en el pecho. Levanté la almohada de la cama para recuperar unos cigarrillos que recordaba haber dejado allí y me encendí uno con un suspiro mientras observaba el bosque que rodeaba la casa a través de la gran ventana. Me sobresalté cuando escuché la voz de Ana a mi espalda. No la había escuchado abrir la puerta. —Sara, te traigo esto. Nos vamos en media hora —dijo muy seria sosteniendo un plato con varias porciones de pizza en una mano y un vaso de agua en la otra. Lancé el cigarrillo por la ventana y me senté en el borde de la cama, donde ella estaba posando el plato. Cogí el vaso que me ofrecía y le di un trago. —¿Cómo estás? —preguntó—. Santi está preocupado. —Pero intuí que ella también lo estaba. —La verdad es que no lo sé —me sinceré—. No sé lo que siento — comencé a comer poco a poco y comprobé que me sentaba bien llenar el estómago vacío. —Sara, no es tan sencillo como te crees —explicó. —No creo que sea sencillo, solo quiero entenderlo. Pero de momento nadie se ha dignado a darme la más mínima explicación. Todo lo dejáis para más tarde y yo, que soy la que más está perdiendo en este estúpido juego, soy la que menos sabe de todo. No entiendo nada, no sé por qué Alex ha matado y torturado a las personas que quiero y ahora tiene que estar aquí como si nada. No sé por qué he sido perseguida por la policía y aún lo estoy siendo. No sé por qué eso es lo que menos me preocupa ahora. Solo quiero entender, pero parece ser que no lo voy a hacer nunca. Que jamás voy a tener una explicación decente sobre todo esto. —Hice una pausa y solté un suspiro—. Por eso solo quiero irme. Quiero alejarme de esta historia. —Puedo explicarte todo lo que quieras, Sara. —Bajó la mirada y supe que estaba mintiendo. Casi no conocía a aquella chica. ¿Dónde había quedado la chica loca e hipersensible con la que era imposible hablar sin hacerla llorar? —Quiero saber qué tiene que ver todo esto conmigo y con las personas que han muerto. —Traté de sonar fría, pero tuve que agachar la cabeza mientras esperaba su respuesta, fingiendo que me concentraba en la comida. —Exactamente lo mismo que con todos nosotros. Somos experimentos. Somos experimentos que Pablo quiere recuperar para seguir con sus estudios. —Sus estudios... ¿Qué sabes de los estudios de Pablo? —Pude ver que se ponía tensa de repente y acto seguido dibujaba una sonrisa tierna y complaciente. Me recordó a Pablo cuando le conocí. Cuando me detuvieron. Cuando aún confiaba en él. —Verás, Sara, para que entiendas cómo lo sé y confíes en que no te miento debes entender cómo he podido sacaros de Blanco Oscuro sin que nos descubran. —Hice un gesto invitándola a seguir hablando. Me limitaría a escucharla y guardar silencio. Al fin y al cabo, quería saber—. Llevo años trabajando para Pablo. «Evidentemente no lo he sabido hasta ahora. Yo he sido un experimento más. Como tú, como Santi o como Alex. Todos nosotros hemos sido experimentos. Ya sabes cómo va esto, el líquido R.P. regulador de la personalidad introduce recuerdos y actitudes en nuestro cerebro, cosas que pueden ser verdad o no. Puedes inventarte cualquier personalidad, cualquier recuerdo, cualquier vida y hacer creer al sujeto que es real. No es sencillo y los sujetos no controlamos eso. Perdón por usar esa palabra, pero es lo que somos. Somos sujetos experimentales de algo que empezó hace muchos años y que, por mucho que nos hayan intentado hacer creer, ha seguido su curso durante todo este tiempo. Los experimentos con los niños de Blanco Oscuro no han tenido ningún tipo de pausa. Pablo ha seguido trabajando en ello desde que Lucas desapareció… perdona, iré al grano. Lo siento mucho, pero todo este tiempo he sido una marioneta de Pablo. Por lo que sé soy la única de todos los niños con los que experimentaron a la que le pueden cambiar la personalidad a su antojo. Normalmente hay errores, errores que llevan a la muerte son de lo más común. La mayoría de niños sujeto han muerto al intentar reformar su personalidad con el líquido R.P. El cerebro se atrofia al no aceptar el intercambio de células y terminan provocándose derrames y tumores. Debo dejar claro que no he sido consciente de estar siendo manejada continuamente hasta ahora. Claro que había momentos en lo que Pablo no podía prever mis reacciones. Introducía en mí una personalidad tras otra tratando de dar con la adecuada; con la que más se adaptase a sus necesidades. Introducía recuerdos en mi cabeza y yo creía que eran reales. ¡Demonios! Esta no es mi casa. Nunca he vivido aquí. He montado un par de fiestas con la seguridad de que esta casa era de mi familia, os he traído aquí creyendo que os ponía a salvo de la policía. He creído esconderte de Pablo cuando su padre y su abuelo fueron los que construyeron el pasadizo que nos ha conducido a esta casa. ¡Ellos construyeron esta casa! Ha sido un absurdo, pero no lo hice con mala intención. Creía que era una chica normal, un poco loca, que hacía lo que quería. Que tenía una familia, unos estudios, un maldito perro. Nunca he tenido nada de eso. Pero Pablo ha cometido un error. El error que hace que estemos aquí y, por primera vez, fuera de su control. Pablo se ha sentido solo durante todos estos años y ha querido de mí más de lo que debería. Se ha equivocado al querer hacerme consciente. Ahora sé más de lo que a él le conviene que sepa. Resulta que los trabajadores de Blanco Oscuro ofrecieron hace años sus conocimientos sobre la corporación y sus distintos tipos de investigaciones para futuros sujetos. Me explico: si fueras de los que acepta bien la trasfusión del líquido R.P. a estas alturas podrían instalarte los conocimientos de cualquier enfermera de Blanco Oscuro o incluso del mismísimo Lucas. Pablo cometió ese error conmigo. Quería que fuera su ayudante, su mano derecha. Al fin y al cabo, era la única que reaccionaba no solo aceptablemente, sino a la perfección, ante el líquido. Pensó que podía moldear mi mente hasta convertirme en alguno de los antiguos trabajadores de la corporación y mejorar cualquier fallo. Lo que no pensó es que quizá no todos los ayudantes de la corporación estuvieran de acuerdo con lo que se hacía allí abajo. Algunos trabajaban allí por dinero, otros por obligación y unos pocos locos por placer y ambición. No puedes detectar eso en el líquido R.P. puedes elegir una rama e inyectarla en un sujeto, puedes leer la ficha que acompaña al código de la variante y creer lo que pone en ella. Las personalidades solo pueden verificarse a través de las palabras y acciones de una persona, pero lo que hay más adentro, en lo más profundo de sus mentes, eso no lo puedes saber. Pablo no sabía que había instalado en mí la personalidad de una ayudante de Blanco Oscuro que no estaba en absoluto de acuerdo con las cosas que se hacían allí. La chica en cuestión había empezado a trabajar por dinero. Evidentemente pagaban un pastizal a cualquiera de los trabajadores por el simple hecho de que guardaran el secreto. Ella sabía que si se iba de la lengua no le permitirían ser libre durante mucho tiempo. Incluso temía por su vida. Y la falta de libertad era lo mejor que le podía pasar. Así que se mantenía en silencio procurando aprender de los jefes poco a poco e ir ascendiendo para así al menos sentir que le servía de algo trabajar en aquel lugar para aquellas personas. Todos somos egoístas en el fondo, ¿no crees? En cualquier caso, incluso los sujetos en los que funciona el líquido R.P. tienen una personalidad y conciencia original. La conciencia con la que nos crearon. O con la que pretendieron crearnos. Ya sabes que hay fallos de fábrica y esas cosas. Mi personalidad original es bastante sumisa, pero inestable. De sentimientos y emociones exaltados e impulsividad. Mezclar mi personalidad con la de una persona que no está conforme con lo que la rodea no podía salir demasiado bien para Pablo. Más aún si asumo conocimientos sobre el líquido R.P. y la forma de suministrarlo. Por no mencionar información sobre decenas de investigaciones sobre los niños de Blanco Oscuro. Accedí a las variaciones del líquido, a las distintas ramas y distintas personalidades y a los informes sobre ellas e introduje en mí misma lo que me convenía. Tengo en mi cabeza todos los conocimientos necesarios para movernos por el edificio de la corporación a nuestro antojo, sé hacer un cambio de personalidad, sé cómo funcionan todos esos malditos aparatos. Conozco varias fórmulas para crear variaciones del R.P. Podría jurar que sé más que Pablo sobre estos experimentos y sobre la corporación». —¿Te has inyectado tú misma el líquido R.P.? —pregunté sorprendida. Aquella historia casi me había hecho olvidar el malestar emocional que sentía. Terminé mi último pedazo de pizza y me encendí un cigarrillo. Ana sacó otro de su bolsillo y me acompañó. —No ha sido fácil. —Dibujó una sonrisa cansada—. Ni poco doloroso. Pero sí, lo he hecho y no me arrepiento. Quizás ahora no sepa del todo quién soy yo. Quizá nunca he sido nadie, solo una cáscara vacía que han rellenado como han querido a conveniencia. Pero hay algo que sé que es mío. Sé que esto que siento, lo que me empuja a acabar con esto y alejaros a los tres de aquí, es mío. —No era la Ana que yo había conocido, pero era Ana—. Antes has dicho que eras la que más estás perdiendo en este juego. Deja que te diga algo, Sara, ojalá tuviera algo que perder. Ojalá hubiera tenido una vida que apreciar, una vida en la que creer sin que fuera una ilusión. Duele perder, pero créeme, también duele darte cuenta de que nunca has tenido nada. De que nunca has sido nadie. —Ana, eres alguien. —Traté de consolarla. —Soy muchas personas —respondió sonriendo con ironía. Entonces saltó una chispa en mi cabeza. —¿Cómo puedo estar segura de que no es una trampa de Pablo? Dices que ha estado manipulándote toda la vida. Quizás haya introducido toda esta historia en tu cabeza para jugar de nuevo conmigo. —No puedes estar segura, Sara —dijo tristemente, del mismo modo en que Santi me había respondido unas horas atrás—. No puedo asegurarte nada y no tienes por qué creer en mí. Solo puedo decirte que sé la respuesta a muchas de tus preguntas. Las sé ahora y no sé si Pablo terminará por encontrarnos y borrando todo esto de mi mente. Solo espero poder alejaros lo suficiente antes de que eso ocurra. Sois los últimos niños de Blanco Oscuro. —Somos. —¿Perdona? —Somos los últimos niños de Blanco Oscuro. CAPÍTULO XXIII Ana y yo esperamos en los asientos delanteros del coche de Alex algo más de media hora más tarde. Santi había propuesto que descansáramos unas horas, pero Ana no quería arriesgarse lo más mínimo y decidió que lo mejor sería salir bastante antes de que amaneciera. Habíamos cogido la gran mayoría de los alimentos que había en la casa y varias botellas de agua. Junto a mis pies reposaba una bolsa con un puñado de ropa que había cogido de mi habitación. Mi ropa. La de Ana. Alex decía haber conseguido todo el dinero que le fue posible, pero todos sabíamos que eso significaba muy poco y que pronto tendríamos que buscarnos la vida. El plan era salir del país con la esperanza de no haber salido en el telediario y así alejarnos de la ley. Deseaba realmente ser la única buscada por la policía. Sería más fácil camuflarme si solo era yo que si los cuatro llegáramos a estar en busca y captura. —No nos van a buscar a todos. A Pablo no le conviene que la policía sepa que experimenta con personas —decía Ana mientras tamborileaba en el volante con los dedos, impaciente. A punto estuve de proponer que contáramos la historia a la policía, pero entonces recordé que era la principal sospechosa de los asesinatos de Lola y la señora Marisa. —¿Quieres saber una curiosidad sobre los niños de Blanco Oscuro?—dijo la chica rubia con un aire infantil. Por un momento me recordó a la Ana que yo conocía. No respondí—. La caligrafía. —¿Cómo dices? —pregunté ya con curiosidad. —Todos tenemos la misma letra. —Asintió con satisfacción, como si saber aquello fuera de lo más importante. —Vaya —respondí con indiferencia—. ¿Cómo es eso? —pregunté al cabo de un rato sintiéndome culpable por no darle importancia. —Curiosamente es un fallo, como cualquier otro de los muchos que tenemos. Cualquiera diría que somos un gran experimento —añadió sarcásticamente—. Supongo que en todas las inyecciones de R.P. sea cual sea su variable hay un factor común. Digamos que hay un R.P. plantilla, sin desarrollar. La caligrafía se incluye en esa plantilla. Todos escribimos con exactamente la misma letra. Es curioso. Tampoco nos gusta la mermelada de kiwi —agregó, y me miró esperando una respuesta. —No, no me gusta la mermelada de kiwi —admití. Ella chasqueó la lengua, orgullosa. —Por eso fue tan sencillo falsificar tu letra en la nota que te entregó Alex y en el cuaderno que Paul te dejó en la casa de testigos protegidos —zanjó. No lo había pensado hasta aquel momento. Simplemente me había parecido un dato curioso, pero al decírmelo Ana no se me había ocurrido pensar en la nota. —¿Fuiste tú? —pregunté dolida, aun sabiendo que ella no tenía culpa de sus acciones. —No, fue Alex. Además, también tenemos las mismas huellas dactilares, por eso relacionaron las huellas de la nota contigo —respondió. Y aquello me dolió aún más. Así que Alex me había inculpado falsificando mi letra en el cuaderno y tampoco se molestó en confesar que sus huellas también estaban en la nota que me dio aquel día en la universidad. Aunque claro, ¿por qué iba a hacerlo?, ¿cómo iba a hacerlo? Los chicos subieron a la parte trasera del vehículo cuando iba a hacerle a Ana más de una pregunta. Guardé silencio automáticamente. No quería hablar delante de Alex y aún menos sobre él mismo y las cosas que había hecho. Desde que había aparecido en la casa no le había dirigido más palabras que las primeras. Ya era demasiado aceptar su simple presencia; pero no tenía otra opción. Era Ana quien tenía todas las respuestas e información y era ella quien decidía nuestros movimientos. Ya me había dicho que si no me sentía conforme con la situación estaba en mi derecho de huir por mí cuenta y alejarme de ellos. Pero lo cierto es que me sentía más segura allí que vagando yo sola hacia quién sabía dónde. Curioso; teniendo en cuenta que viajaba con el psicópata que había matado a todas las personas que quería y con una chica que no podía asegurarme que no estaba programada para matarme. Me consolaba pensando que al menos tenía a Santi y que no tenía otra forma de salir de allí que no fuera en aquel coche. Ese era el plan: salir de la provincia y recorrer la máxima distancia posible para así evitar que nos encontraran. Una vez estuviéramos lo suficientemente lejos ya pensaría qué hacer. —Alex dice que el depósito está lleno, no deberíamos parar en ningún establecimiento hasta que salgamos de la provincia al menos —explicó Santi. Con eso debería sobrarnos. —¿Todo listo? —preguntó Ana como si no hubiera escuchado al chico. El ruido de bolsas y mochilas sonó en la parte de atrás. Los dos chicos respondieron afirmativamente y yo asentí ante la mirada de aquella rubia lunática que arrancaba el coche. Ana y Alex habían acordado conducir por turnos. Eran los únicos que tenían permiso. Pero la chica había asegurado, supongo que para tratar de transmitir tranquilidad, que Alex cogería el volante lo menos posible. Este no puso objeción alguna. Prácticamente se limitaba a asentir, obedecer y poner ojos de cordero degollado. Yo sí que le habría degollado. Se palpaba la tensión en el ambiente y el hecho de que Ana se negase a poner música no ayudaba. Decía que no se concentraba en conducir si iba cantando y que no podía evitar cantar. Seguía estando un tanto loca, pero teníamos que conformarnos. —Supongo que tendremos que parar en algún sitio —dije tras dos horas de viaje en tenso silencio. Los chicos dormían en la parte de atrás y el sol ya despuntaba por el horizonte. —No, no vamos a parar —zanjó—. Dame uno. —Señaló un cartón con varios paquetes de Chesterfield que Alex había traído para el viaje. Saqué dos y le ayudé a encender el suyo para evitar que apartase la vista de la carretera. Luego bajé mi ventanilla hasta la mitad. Agradecí el viento fresco después de tanto tiempo allí encerrada—. Pararemos cuando alguien esté reventando. —¿Cómo? —pregunté sin comprender. —Cuando alguien esté a punto de mearse o cagarse encima. Pararemos en la cuneta y todos haremos nuestras necesidades. No vamos a parar en ningún bar ni gasolinera hasta que el coche me obligue y estemos lo suficientemente lejos. —Asentí conforme. —¿De quién huimos realmente, Ana? —pregunté al cabo de un rato. —De Pablo, obviamente. —No me refiero a eso. —Sé a lo que te refieres. —No terminaba de estar segura de que me gustase aquella nueva Ana. Si bien era cierto que agradecía poder tener una conversación con ella sin miedo a que se echara a llorar en cualquier momento, me irritaba aquella superioridad que desprendía continuamente—. Huimos de la manipulación. Huimos del líquido R.P. que hace que no sepamos quienes somos. Guardé silencio durante unos minutos. No quería decir lo que pensaba realmente. No quería decir que tan solo era ella la que huía de aquello, puesto que era la única de los cuatro que había sido manipulada durante toda su vida. O quizá no. Me incliné para mirar a mi espalda y asegurarme de que el resto de pasajeros dormía profundamente. —Ana...—dije en un susurro. —¿Sí? —Ella mantenía la vista fija en la carretera y de vez en cuando daba una pequeña calada a su cigarrillo sin importarle dónde cayera la ceniza. —¿Alex es como tú? —Por fin lo preguntas. —Sonrió—. Alex no es como yo. Es una lástima. —Hice una mueca de confusión y vi que por un instante me miraba de reojo —. Quiero decir que al menos yo nunca he sido consciente de estar siendo manipulada. Asumía mi personalidad y mis recuerdos una y otra vez sin saber lo que había vivido y olvidado anteriormente. Alex ha sido consciente todo el rato. —Aquello avivó mi enfado—. Pero no ha podido controlarlo. Cuando desperté el reloj digital que parpadeaba en una pequeña pantalla frente a mí marcaba el medio día. No recordaba haberme quedado dormida y casi entré en pánico al pensar que podrían haberme vuelto a drogar. Pero al mirar alrededor vi que seguía en el coche de Alex. Por desgracia, él ocupaba ahora el asiento del conductor. Suspiré con pesar y me encendí un cigarrillo, pero tras la primera calada hice una pausa para beber varios tragos de agua de golpe. Tenía la boca seca como si acabara de despertarme después de una noche de fiesta. —¿Me das uno? —preguntó Alex mientras hacía un gesto hacia el paquete de tabaco abierto. No le respondí y tampoco hice gesto alguno. Unos segundos después estiró el brazo por delante de mí y lo cogió él mismo. Aproveché el momento para volver la vista y comprobar que tanto Santi como Ana estaban dormidos en la parte de atrás. —Sara, tenemos que hablar —dijo cuando empezaba a caer la tarde. Su tono era de pesar, como si algo dentro de él lo estuviera desgarrando, como si a la mínima palabra que dijera se fuera a romper por dentro y fuera a echarse a llorar. Casi consiguió que también me doliera a mí, pero la rabia era mayor. —Y una mierda. —Por favor... —Alex. —Quise desearle la muerte, de nuevo, mirándole a los ojos, pero en aquella ocasión no fui capaz de hacerlo. Algo terminó de derrumbarse dentro de mi pecho. Volví a soltar un suspiro, mucho más largo que el primero y me eché las manos a la cabeza. —¿Qué? —Nada. No pienso hablar contigo. —Me gustaría que trataras de entenderlo. —Intenté contener la ira, pero no pude aguantar más. No podía escuchar su voz. No podía tenerle cerca. —A la mierda, Alex. Para el coche. —¿Qué dices? —preguntó con perplejidad. Casi me enfadó más que su tono de voz cambiase tan rápidamente. —Que pares el coche. —¿Para qué? No podemos parar, Sara, Ana ha dicho que no pararíamos hasta salir del país, apenas quedan cien kilómetros. —Me importa una mierda lo que haya dicho Ana. Me ha dado permiso para largarme cuando quiera y quiero que pares el puto coche ahora mismo. —No voy a hacerlo —dijo casi en un susurro. —¡Para el coche ahora! ¡Ya! De repente el vehículo paró tan en seco que no me abrí la cabeza contra el cristal que tenía delante por apenas unos centímetros. —¡¿Estás loco?! —¡¿No querías que parase?! —respondió también a voz en grito. —¿Qué demonios pasa? —preguntó Ana desde atrás. —¡¿Nos han encontrado?! —Sonó la voz de Santi con evidente tono de terror. Pude escuchar que Ana reía ante sus palabras, pero a mí la situación no me hacía ninguna gracia. Un coche pasó a toda velocidad por nuestra izquierda haciendo sonar su claxon como si nos reprendiera por pararnos en medio de la autopista. —Iros a la mierda —pronuncié finalmente mientras agarraba la mochila con ropa y las pocas pertenencias que tenía y salía del coche. —¿A dónde va? —Escuché a Ana antes de cerrar de un portazo y echar a andar por el borde de la carretera. Eché a andar sabiendo que aquella pataleta podría salirme muy cara, pero sin importarme en absoluto. Definitivamente no estaba dispuesta a pasar mi tiempo cerca de aquel cabrón. Era la persona que más daño me había hecho en la vida. Quizá mi mente intentaba convencerme de que aquella historia de la manipulación mental era excusa suficiente para destrozarme, pero en el fondo no podía excusarle. Jamás podría perdonarle. O eso pensaba en aquel momento. Quince minutos después nos encontrábamos en el interior de un extenso bosque montando unas tiendas de campaña que no me molesté en preguntar de dónde habían salido. Ana había venido detrás de mí y me había hecho entrar en razón mientras Alex conducía lentamente junto a nosotras esperando a que decidiéramos volver al coche. Había terminado prometiéndome que aquello se solucionaría esa misma noche, aunque yo dudaba que hubiera otra solución para semejante situación que no fuera abandonar a Alex o que me abandonasen a mí. Ella lo dudó y yo di mi ultimátum. No sabía cuál sería el plan, pero no me importaba mucho. Al día siguiente me iría si Alex seguía con nosotros. —No creo que esto sea buena idea —dijo Santi mientras ocultaba el coche entre un puñado de ramas. —No es buena idea en absoluto —respondió la chica rubia—, pero no podemos pasar el día entero en el coche con estos dos. Es más fácil que nos pillen en carretera si armamos jaleo que si nos escondemos en el bosque. —¿Tú crees? —Eso espero. Alex no volvió a hablarme en toda la tarde, aunque intercambió alguna que otra frase con los chicos mientras yo posaba en él mi mirada de más absoluto desprecio. Nuestra cena se basó en varios paquetes de patatas fritas y unas cuantas salchichas crudas. Al parecer a la gran mente que se le había ocurrido la genial idea de hacerse con tiendas de campaña no había pensado en conseguir algo para calentar la comida. Quién sería. —Espero que no faltes a tu palabra, Ana —dije aprovechando que Alex se había alejado para hacer sus necesidades. Fueron mis últimas palabras antes de meterme en una de las tres tiendas dispuesta a dar alguna cabezada. —Tranquila —pronunció ella con una sonrisa. Entré en la tienda más pequeña que vi. Pretendía estar sola, y como las otras dos eran más grandes supuse que cualquiera de ellas sería para compartir. Casi me sentí mal por dejar a Ana en aquel aprieto de tener que compartir su tienda con uno de los dos chicos, pero no creí que le importara demasiado realmente. Traté de evitar pensar, pero no pude. De nuevo en mi cabeza se agolpaban todos aquellos sucesos, aquellos días, aquella información y la situación en la que me encontraba. Si bien era cierto que en aquel momento podía decir que sabía mucho más de lo que estaba ocurriendo, y eso me hacía sentir menos estúpida e impotente, seguía estando en un aprieto bastante importante. No podía creer que meses atrás estuviera de fiesta con mis amigos, trabajando para la señora Marisa y haciendo una vida alocada, pero normal, y que de repente me encontrara en la frontera dispuesta a salir del país para huir de un puñado de psicópatas que manipulaban mentes para crear personas robots, o lo que fuera. No tenía ni idea de lo que pasaría al día siguiente o tan siquiera unas horas después. Qué pasaría si nos atrapara Pablo o cualquiera de sus agentes, ayudantes o «personal de mantenimiento», si es que los había. Si me atrapara la policía o si aquellos chicos me abandonaran allí, en medio del bosque. Al fin y al cabo, sería una buena forma de solucionar mi problema con Alex. Podría alejarme de él. Creía a Ana capaz de aquello, pero no a Santi. No había intervenido en aquel tema en ningún momento y aunque sabía que era partidario de pensar en frío, nunca dudé que estaría de mi parte si las cosas se ponían feas. No, seguramente si decidían abandonarme a la mañana siguiente me encontraría sola con Santi en medio de aquel bosque. Seguro que Alex y Ana se alejarían con el coche y dejarían que nos buscásemos la vida. Me tumbé sobre una especie de saco de dormir y enrosqué un puñado de mantas alrededor de mi cuerpo, sin pretender arroparme demasiado y sabiendo que tardaría en coger el sueño. Entonces empecé a escuchar las voces de mis compañeros y Alex en la lejanía. Me dio la impresión de que discutían, puesto que Alex hablaba a voz en grito y Ana trataba de no hacerlo sin mucho éxito. Agudicé el oído, intentando escuchar la discusión con la esperanza de que estuvieran diciéndole a Alex que no podía continuar con nosotros. Al fin y al cabo, él era el psicópata. Pero pronto empecé a escuchar las voces más y más cerca. El chico al que odiaba se negaba a algo una y otra vez mientras Ana y Santi insistían en que debía hacerlo. En que era la única solución. Cuando estaba a punto de salir de mi tienda para entender de qué iba aquello, el cuerpo de Alex me aplastó contra el suelo cubierto de mantas. Lo habían lanzado dentro de mi tienda de campaña justo en el momento en que yo iba a salir de ella. —Pero, ¡¿qué haces?! —pregunté impulsivamente. Acto seguido me corregí—. Pero ¡¿qué hacéis?! ¡¿Estáis locos?! —grité mientras me quitaba a Alex de encima, el cual trataba de mantener el equilibrio a gatas dentro de aquella tiendecilla que apenas tendría un metro de altura. Cuando fui a salir de la tienda comprobé que la cremallera no cedía. Mi cabeza negó una y otra vez la situación. —Lo siento, Sara, he puesto un candado en las cremalleras que cierran y abren la tienda —dijo la voz de Ana desde fuera. Definitivamente seguía estando loca—. Esto es un poco infantil, lo sé, pero es la única forma de que solucionéis vuestros problemas. Pasaréis la noche en la tienda y hablaréis lo que tengáis que hablar. Por la mañana decidiréis que hacer. Si quieres irte, te vas —zanjó—. Nadie va a echar a nadie —añadió. —¡Santi! —grité esperando que él hiciera algo por impedir aquello. —Lo siento, Sara —pronunció casi inaudiblemente con culpabilidad. —¡Estáis locos! ¡Me estáis encerrando con un psicópata! —Miré a mi espalda para ver a Alex sentado con las rodillas encogidas y mirando hacia abajo, en una esquina del habitáculo—. ¡Esta tienda es muy pequeña! CAPÍTULO XXIV Y allí estaba. Allí estábamos. Yo pegada a la entrada de tela de aquella tienda con el chico que había matado a mis amigos a un metro de distancia. Pensé en lo sencillo que sería recurrir a la cuchilla que escondía en la tira de mi sujetador para rajar la tela y salir de allí o incluso para defenderme si a aquel monstruo le daba por asegurar que su psicopatía inducida había vuelto a aflorar y decidía atacarme. Pero lo cierto es que aquella parte de mí que consideraba débil incluso quería estar allí. Quería escuchar y entender. Quería perdonarle y volver a besarle y abrazarle como habíamos hecho tiempo atrás. ¿Qué demonios me pasaba? Quería amarle y matarle a partes iguales, y me odiaba por ello. Me odiaba por estar dispuesta a escucharle y no salir de allí destrozando la tienda. Me odiaba por obligarme a mí misma a creer que salir corriendo de allí era una locura. —Lo siento —pronunció finalmente. —¿Sabes decir otra cosa que no sea «lo siento», Alex? ¿Sabrías darme una explicación aceptable de por qué has matado a las personas que me importaban? ¿De por qué descuartizaste delante de mis narices a Carlos? —¿Qué? —Su mirada se oscureció y casi pude ver como volvía a empañarse. Era guapo incluso con aquellas inmensas ojeras, con los ojos anegados en lágrimas y con esa expresión triste que hacía que las comisuras de sus labios se inclinaran levemente hacia abajo. Me obligué a apartar la mirada de él y fijarla en cualquier otro punto. —Ana ya me ha dicho que has sido consciente en todo momento de lo que hacías. Ya que has cometido todas aquellas atrocidades y me han culpado a mí por ello, podrías intentar no mentirme. —No es eso, Sara. —Hizo una pausa y sentí cómo tragaba saliva—. No… maté a Carlos delante de ti. —Tuve que reprimir el impulso de abofetearle casi tanto como el de echarme a llorar. —Sí, sí lo hiciste —pronuncié lentamente tratando de no levantar la voz. Era evidente que no servía de nada. —¿Cómo...? —Estaba tras el cristal, ¡maldita sea! Grité hasta que perdí la voz, golpeé aquel maldito cristal un millón de veces, te rogué que pararas y tú... —Sentí que se me empañaba la mirada y tuve que pestañear rápidamente para no empezar a llorar—. Tú me miraste, Alex. Me miraste y seguiste haciéndolo. —Se hizo un largo silencio y creí que no íbamos a pronunciar una sola palabra más. —No lo sabía, Sara. Desde fuera no se ve ni se oye lo que hay tras los cristales. —De acuerdo —dije mientras asentía con rabia—. Entonces no pasa nada. Lo siento, estaba equivocada. Descuartizaste a mis amigos, pero no sabías que yo estaba presente. Vale. En ese caso todo está bien. Ha sido un malentendido. —Escuché cómo soltaba todo el aire de su cuerpo. Aquel cabrón conseguía incluso hacerme sentir que le estaba haciendo daño—. ¿Por qué diablos me dijiste que me querías? —solté sin poder reprimirme. —Te quiero —murmuró con vergüenza. Entonces una lágrima resbaló por mi mejilla. La sequé rápidamente con mi manga sin importarme si él me veía llorar. A aquellas alturas me daba igual. Volví a asentir con incredulidad—. Déjame contártelo todo, por favor. Te lo ruego. —¿Cuántas veces te rogué yo que dejaras de arrancarle la piel a tiras a mi amigo? —pregunté con frialdad y la voz rota. —Por favor... —Habla —accedí tras una pausa. Al parecer no esperaba que aceptara escucharle, puesto que tardó varios minutos en empezar a explicarse. —No somos tan diferentes... —comenzó a decir. Ya desde aquel momento quise discutirle, pero decidí dejar que acabase. O al menos intentarlo. Por largo que fuera su discurso—. He vivido una vida normal mucho tiempo. Y lo cierto es que no tengo ni la más remota idea de lo que pretenden con todo esto. Lo siento. Lo siento muchísimo, Sara. Sé que te he hecho daño. Sé que te he hecho todo el daño que alguien te podría hacer. Pero cuando te digo que lo siento lo digo de corazón, si es que tengo algo de eso. «El día que nos vimos en la biblioteca de la universidad ni siquiera recordaba haber visto a Pablo en toda mi vida. Como Ana o como tú. Yo era un chico flirteando y no sé si estaba programado para eso. Estoy sufriendo, Sara. Estoy sufriendo porque no sé quién soy ni lo que es real en mí. No sé si Pablo quiso que me acercara a ti aquel día en que Ana aseguró acordarse de ti. No sé si Pablo nos puso allí. Quizás a los tres. No tengo ni idea. Solo sé que aquella mañana desayuné con mis padres. Las personas que me adoptaron con apenas unos meses. Nunca quise saber nada de mis padres biológicos porque supuse que estarían muertos y jamás sabría de ellos. No me interesaba. Era un chico normal, con una vida normal. Salía de fiesta, estudiaba durante horas y mi mayor preocupación era suspender historia. Puede que no hayamos vivido lo mismo, pero ninguno de los dos esperaba esto. Ninguno de los dos tenía la más remota idea de lo que estaba pasando a nuestro alrededor. Los dos teníamos amigos y una familia. O al menos algo parecido. ¿Sabes lo peor de todo, Sara? Algo que ni siquiera le he dicho a Ana. Algo más que me destroza por dentro. Lo peor de todo es que ahora creo que mis padres pertenecen a Blanco Oscuro. Cuando Pablo apareció en mi casa por primera vez ellos no parecieron extrañarse en absoluto. Dijeron que era un asistente social o algo parecido. Cosa que, aunque carecía totalmente de sentido, no me inquietó en absoluto. Al menos no hasta que ese hombre me drogó en mi propia casa y me abrió la cabeza. Soy eso que llaman «sujeto modificable pero no programable». Pablo puede decidir cómo quiere que actúe, puede modificar mi personalidad y decidir mis acciones durante un breve periodo de tiempo, pero luego siempre vuelvo a ser yo. Incluso durante ese lapso soy yo. Sé todo lo que hago, lo veo todo, lo siento todo y tengo la sensación de que mi cerebro se va a partir en dos. Intento evitarlo, pero no puedo. Mi cuerpo actúa solo, pero tampoco solo. No es como si fuera una marioneta, como si hubiera una persona dentro de mi cabeza diciéndome a la vez lo que está bien y lo que está mal y las dos cosas son la misma. Sé que esta explicación no te sirve de excusa, Sara, porque te he destrozado la vida. Pero a mí también me la han destrozado. Y lo peor de todo esto, lo peor de que me odies y de que estemos aquí encerrados es que realmente te quiero. No te mentí cuando te entregué a Pablo. No quería hacerlo. Quería quedarme contigo y protegerte. Pero ¿cómo puedo protegerte de mí si soy la última persona en el mundo que puede hacerlo? Cuando estábamos en la casa de campo, al principio, después de ayudar a Pablo a tenerte vigilada y controlada, después de conseguir que te acercaras a él e implicarte en el asesinato de la señora Carrión, traté de dejarme llevar. Una parte de mí pensaba que quizás era lo que tenía que hacer. Quizá mi naturaleza era aquella psicopatía, aquella frialdad. Lo intenté y no me siento orgulloso de ello. No me sentí bien, pero intenté ser simplemente como la parte oscura de mi mente me decía que debía ser. Incluso mis padres lo decían. Al principio lo achacaban todo a mi mente. No se equivocaban, aunque supongo que eso ellos ya lo sabían. En cualquier caso, fingieron estar preocupados por mí. Decían que quizá tuviera algún tipo de esquizofrenia y aseguraban no saber quién era aquel tal Pablo. ¿Te suena? Pero curiosamente se negaban a llevarme a un especialista. El caso es que lo dejé estar hasta el punto de auto convencerme a mí mismo de que eran alucinaciones. Que todo aquello no estaba pasando y que lo mejor que podía hacer era esperar y dejar que el tiempo trascurriera. Pero luego estuve contigo en aquella casa y supe que nada de aquello era una alucinación, nada era sostenible o soportable. Supe tu historia y conocí tus sentimientos y, Sara, me enamoré de ti. No quería seguir con aquello y empecé a romperme por dentro. No quería seguir dejándolo estar. No podía. Quizá si no hubiera sido por ti habría terminado siendo un psicópata frío e indiferente al que no le importa hacer daño y asesinar achacándolo a que es su naturaleza. Ahora soy un asesino, pero al menos tengo el sufrimiento que merezco por ello». —¿Cómo te permite Pablo contarme todo eso? —pregunté aún sin mirarle a la cara. Ya tenía las mejillas empapadas en lágrimas y no me molestaba en secarlas. —Pablo no me permite nada. Él intenta controlarme, pero como te he dicho, no soy simplemente una marioneta. No soy Ana. Soy yo y puedo tratar de resistirme. Ya me obligó a entregarle el archivo sobre tu caso. Solo pretendía que desapareciera la información sobre mí, la cual solo aparecía en aquellos papeles. He sido su cómplice, y supongo que no quería perderme. Y quería decírtelo, quería contarte que Ana decía la verdad, pero una parte de mi cerebro me lo impedía. La parte que trato de controlar continuamente. —Hizo una pausa que presentí un amago de sonrisa—. A veces lo consigo. —¿Qué hacemos ahora? —dije finalmente sin saber bien si se lo preguntaba a él o a mí misma. No era tan sencillo perdonarle. No era suficiente con que me dijera cuatro palabras bonitas y me diera una explicación triste y conmovedora para que olvidara las imágenes que se mantendrían en mi cabeza el resto de mi vida. —Intentamos huir. —¿Intentamos? —Por fin le miré y pude ver como también su rostro estaba brillante por las lágrimas. Poco a poco me acerqué a él hasta colocarme a su lado. —No sé hasta dónde llegaremos. —Estamos a punto de salir del País. Y Pablo está solo... Bueno, con… tus padres —pronuncié incómoda. —No sé si mis padres pertenecen a Blanco Oscuro o solo mantienen la boca cerrada ante esta mierda. Y no sé si Pablo está solo. —Bueno, tenemos entre nosotros a su asesino personal. —Traté de bromear, pero al instante comprendí que no era gracioso, ni siquiera para mí. Sentí una punzada de dolor en el pecho. —¿Podrás perdonarme? —murmuró al cabo de un rato. —No lo creo, Alex. Pero quizá pueda tratar de vivir con ello. No dormí en toda la noche. O, mejor dicho, en las horas que Ana nos concedió para que durmiéramos, puesto que antes de que amaneciera estaríamos desmontando las tiendas y arrancando el coche. Según pasaban las horas dentro de la tienda, la tensión entre Alex y yo se iba disipando. A ratos no podía creer que estuviera teniendo una conversación con él sin intentar matarle. En ocasiones la imagen de él frente a mí, a través de aquel cristal, se colaba en mi cabeza y hacía que el corazón me diera un vuelco. Sentía el mayor desprecio del mundo hacia él, pero trataba de ponerme en su lugar y comprender su sufrimiento e impotencia. Era algo que no había hecho jamás con nadie. Siempre había sido egoísta. Unos meses atrás en aquella misma situación le habría destrozado sin dudarlo. Pero había llovido mucho desde aquello. Habían ocurrido tantas cosas que me habían hecho dudar de mí misma, crecer, evolucionar o simplemente cambiar. Había pasado por demasiado. Demasiado dolor, demasiada soledad, demasiados momentos en los que estuve al límite de mis fuerzas. En los últimos meses había llegado a ser la persona más cobarde del mundo. También la más valiente. Había sabido lo que era morir de tristeza y me habría gustado hacerlo. Por otra parte, había sido más fuerte que nunca al no rendirme a pesar de desearlo. Había sido más fuerte que nunca al seguir allí. Huyendo, sí. Pero luchando. Alex había dormido unas horas, pero no lo suficiente y la primera en ponerse al volante fue Ana. —¿Quieres ponerte atrás con él ahora que habéis hecho las paces? —dijo con una sonrisa de oreja a oreja cuando empezaba a arrancar el coche. —No —contesté secamente. En el fondo aún escocía dentro de mí todo aquello que tuviera que ver con Alex. Esperé a que él se durmiera porque aunque me avergonzaba hablar de ello delante de Santi (de hecho, también de Ana), necesitaba desahogarme. Tal vez una segunda opinión. —Hemos hablado —resumí. Entonces la cabeza de Santi apareció entre los dos asientos delanteros con una sonrisa de oreja a oreja y una expresión de sumo interés. —¿De verdad estabais juntos? —preguntó, y sentí que me sonrojaba. —¿Lo conocías de antes? —Traté de cambiar de tema. —De vista. Estuvo varias veces en Blanco Oscuro cuando aún me dejaban dormir en habitaciones decentes, pero creo que nunca estuvo consciente del todo. Siempre lo vi tumbado en una camilla mientras Pablo le inyectaba el R.P. No le conocía como a Ana. —Ella sonrió complacida. —¿Y cómo conocías a Ana? —Ya te lo dije —intervino la chica—, Pablo ha buscado ayuda de mí en numerosas ocasiones. Pero no mientas, Santi, no nos conocíamos tanto. —¿En serio? —preguntó ofendida aquella cabeza entre los asientos. —Intimamos los últimos días, cuando yo empecé a conspirar contra la corporación. —Apartó las manos del volante durante unos segundos para hacer un gesto infantil al usar aquel verbo—. Me propuse sacarle de allí y manteníamos breves conversaciones cuando iba a llevarle la comida. —Un silencio repentino inundó el vehículo mientras cientos de preguntas rondaban mi cabeza. —¿Estás segura de que Pablo no trabaja con nadie más? ¿Es el único en Blanco Oscuro? —Es el único en el edificio de la corporación. Blanco Oscuro ya no es lo que era, ¿sabes? Antes eran decenas de niños los que había que vigilar y controlar. Ahora solo somos nosotros. Quería contar aquello que Alex me había confesado la noche anterior, pero me pregunté por qué él jamás lo había mencionado. Quizá solo fuera vergüenza de admitir que sus padres podrían estar compinchados con Pablo, o quizás es que en el fondo no quería que se relacionara a sus padres con aquellos experimentos y nuestra situación. ¿Era posible que sintiera algún tipo de cariño por sus padres después de todo? Aunque bueno, ¿era posible que yo sintiera algún tipo de cariño por Alex después de lo que me había hecho? La respuesta, aunque dolorosa, era sí. —Es cierto que a veces menciona a sus ayudantes. —Señaló Santi sacándome de mi burbuja. —Yo era su ayudante —explicó Ana con disgusto. Supuse que Ana era más capaz de hablar de aquello que Alex porque no había sido consciente en ningún momento de lo que hacía, pero se suponía que en aquel momento recordaba absolutamente todo lo que había hecho, ¿por qué no se sentía tan arrepentida como él? —Aunque no lo fuera por voluntad propia —siguió. Entonces lo entendí. La fuerza de su ira no dejaba cabida para la tristeza—. En Blanco Oscuro solo se han dedicado, durante toda su existencia, durante todas sus generaciones, a jugar con humanos, a la experimentación en personas vivas. Nunca les ha importado destrozar vidas ni mentes ni cometer crímenes atroces. Y, ¿sabéis lo peor? Son independientes. Una compañía privada. Sí, lo peor es que no trabajan por ningún bien. Pablo, Lucas, siempre han insistido en eso de que lo que ellos tratan de descubrir y crear es un avance increíblemente importante para la ciencia, para la humanidad. Dicen una y otra vez que es algo que cambiará el mundo. Pero ningún gobierno aprueba esos experimentos. Aunque lograran algo solo podría acabar en malas manos. En manos crueles y egoístas. —Antes has dicho en el edificio —comenté pensando en sus anteriores palabras. —¿Cómo dices? —Has dicho que solo queda Pablo en el edificio de la corporación. No has respondido a mi pregunta. ¿Quién pertenece a Blanco Oscuro aparte de Pablo? CAPÍTULO XXV Se hizo un silencio sepulcral, y tanto Santi como yo supimos que Ana estaba ocultándonos información. Me preguntaba hasta qué punto sabría ella toda la verdad sobre la corporación. Si teniendo aquella información era recomendable confiar cuando todo lo que sabía venía del R.P. de trabajadores de Blanco Oscuro. Estuve tentada a preguntar de nuevo, pero su mirada indicaba que no estaba dispuesta a hablar y, por otra parte, di por hecho que los trabajadores que la chica no quería mencionar eran los padres de Alex. No tenía por qué saber que el chico me lo había confiado a mí la noche anterior. Así que decidí abordar el siguiente tema que me interesaba, a pesar de dudar de su sinceridad. —¿Cuántos R.P. te has inyectado? —¿Cuántas variables? Puedo intentar explicarlo de forma sencilla. Realmente no es ninguna barbaridad. Te diré que más de quince. Pero no es lo mismo inyectarte una variable completa que define una personalidad concreta que simplemente recuerdos. Yo solo me he inyectado recuerdos y he dejado mi base. Soy yo, con los recuerdos de más de quince trabajadores de Blanco Oscuro. —¿Tienes recuerdos de Lucas? —intervino Santi. De nuevo un silencio tenso. —Sí. —Terminó ella por admitir en voz baja y tratando de quitarle importancia—. Pásame un cigarrillo. —Lo hice—. Oye, dejemos todo esto, estamos a punto de cruzar la frontera. Empecemos una vida nueva, busquemos un trabajo, una casa. Olvidemos toda esta mierda. —Terminó sonriendo—. Despierta a Alex, Santi, tiene que darme los papeles. —¿Qué papeles? —pregunté curiosa mientras en la parte de atrás ya se escuchaba a los dos chicos, uno insistiendo y el otro refunfuñando. Ella señaló al frente, hacia un enorme cartel con luces luminosas que abarcaba toda la autopista. A sus pies una especie de peaje dividía la carretera en cuatro partes. —Alex ha creado documentaciones falsas. —Pero ¡¿qué dices?! —grité de repente sintiendo que el corazón se me iba a salir del pecho—. No sabía que teníamos que llevar documentación. —¿Pretendías salir del país sin presentar siquiera el D.N.I.? —dijo ella con una sonrisa de burla. El coche empezó a frenar y mi corazón comenzó a acelerarse. Delante de nosotros había una fila de al menos cinco coches más esperando a que los dejaran traspasar la frontera. —Ana. —Sentí que me faltaba el aire. Alex le ofrecía a Santi un puñado de tarjetas y papeles que él a su vez ofrecía a la chica rubia que ocupaba el asiento del conductor—. Ana, por Dios, llevo meses saliendo en las noticias. ¿Esperas que no me reconozcan? —Ella empezó a hojear los papeles y comenzó a repartirlos entre nosotros junto con unas pequeñas tarjetas plastificadas idénticas al documento de identificación que siempre había llevado en mi cartera. —Esperemos que no. —Se limitó a decir con un suspiro. —Por Dios, ¡¿Esperemos que no?! ¿Nos la estamos jugando? ¡Podría haber salido del coche y haber andado un kilómetro a través del bosque, no es necesario que hagamos esto! ¡Me van a reconocer! —¡Sara, cállate! —gritó dirigiéndome una mirada severa—. Recoged un poco ahí detrás, no quiero que vean el coche hecho un desastre. Escucha, Sara. No sabes lo que dices. Piensa y tranquilízate. Esto no es Burjasot ni Valencia. No es un pueblucho donde las noticias vuelen. Hemos recorrido más de mil kilómetros y hace meses que la policía te buscaba como sospechosa de esos asesinatos. No es tan fácil que te reconozcan como en casa. —Algo en su mirada brilló al decir aquella palabra. Una tristeza latente—. No es fácil que te reconozcan en absoluto. Y si lo hacen, no sé, creo que es mejor que te capture la policía aquí a que lo haga Pablo, ¿no crees? —No sabía qué responder a aquello. —¿Cómo sabes que las identificaciones funcionarán? —respondió dando unos toquecitos en su sien. —Soy como un ordenador —dijo con algo parecido al orgullo—. Tengo aquí toda la información. Yo enseñé a Alex a hacerlo. En Blanco Oscuro se hacía mucho. —Su risa me sobresaltó—. Acordaos al menos de vuestros nombres y apellidos —dijo señalando las tarjetas que teníamos en las manos. No creo que os lo pregunten, pero más vale prevenir que curar. —¿A dónde vamos? —interrogó Santi. Tardé unos instantes en comprender su pregunta. —De turismo. Fiesta. Somos estudiantes y nos lo merecemos. —Los tres sonrieron, yo no podía. Estaba completamente segura de que iban a reconocerme. Si bien era cierto que yo no había visto las noticias desde hacía meses me habían contado en montones de ocasiones lo mucho que se hablaba de mí en ellas. Lo mucho que se hablaba de la asesina de Marisa Carrión y Lola. A cada metro que el coche se acercaba al control sentía cómo mi cabeza daba vueltas. No podían volver a detenerme. No podía volver a pasar por aquellos interrogatorios en los que se me acusaba de ser la asesina de aquellas personas, de las únicas que me importaban. No podía explicar toda aquella historia. ¿Por qué Alex no confesaba que había sido él quien me había involucrado en aquello? ¿De verdad quería yo que Alex fuera a la cárcel por aquellos crímenes? Pero esa sería una buena forma de enmendarlo. Maldita sea, ¿cómo íbamos a explicarlo? ¿Hablaríamos de los experimentos? ¿De Blanco Oscuro? Ahora Ana tenía toda la información. ¿Qué hacíamos allí cuando podíamos haber ido a la policía y contar todo lo que sabíamos? Me eché las manos a la cabeza y me pregunté en qué estaba pensando. ¿Acaso tendría tiempo de demostrar nada a la policía antes de que Pablo nos secuestrara y nos inyectara un maldito líquido azul en el cerebro que nos dijera asegurar que, no sé, éramos los reyes magos? Sabía que aquella situación, que aquellas preguntas eran un disparate, que simplemente debía hacer caso a Ana y rezar para que todo saliera bien. «Ojalá», fue lo último que pensé cuando el coche por fin paró frente a aquella especie de caseta metálica. Después mi mente volvió a quedarse en blanco. —Buenos días —dijo Ana bajando la ventanilla. —Buenos días, ¿me deja su documentación y pasaporte, por favor? —dijo el hombre a través de una apertura rectangular a unos centímetros por encima de la mirada de Ana. —Por supuesto. —Ella le ofreció el suyo y sentí el impulso de lanzarle a aquel estúpido y lento ser todas nuestras identificaciones y salir corriendo de allí. ¿Podía ir más rápido? El hombre echó una ojeada y salió por una puerta a su izquierda. Se acercó a la ventanilla de Ana y echó un vistazo al interior del vehículo mientras le devolvía su documentación. Era corpulento y parecía a punto de echarnos la bronca de nuestra vida, puesto que tenía permanentemente el ceño fruncido bajo una brillante calva. Cuando pude verle completamente y advertí que vestía de uniforme tuve que reprimir las ganas de vomitar que me estaban provocando los nervios. Aquel hombre era policía e iba a detenerme. —Bajad del coche, por favor —pronunció tras unos instantes. —Ana... —murmuré yo. Pero ella se limitó a darme unos toquecitos en el hombro, como si aquello fuera a tranquilizarme. —Vamos. —Escuché decir a Alex, y supe que iba dirigido a mí. Cuando bajamos nos pidió la identificación uno a uno. Sentía que me mareaba. ¿Por qué hacían eso con nosotros? Veía alrededor al resto de vehículos entregar sus malditos documentos y pasar de largo. Ni siquiera salían de sus casetillas prefabricadas para asomarse a las ventanillas de los coches. Me habían reconocido. Pensé en si no le haría un favor al resto de chicos entregándome, contando una treta sobre que no los conocía de nada y simplemente me habían recogido mientras hacía autostop. Pensé si no debería salir corriendo. Sentí que un sudor frío comenzaba a resbalar por mi espalda y llegué a darme cuenta de que mi mayor miedo no era que la policía me detuviera, si no volver a encontrarme con Pablo. Volver a Blanco Oscuro Y sabía que seguramente una cosa llevaría a la otra. El hombre hizo un gesto a otro, que se acercó con un perro y este empezó a olfatear todo el vehículo, por dentro y por fuera. —¿Lleváis alguna sustancia estupefaciente? —preguntó el del ceño fruncido, que aún se encontraba frente a nosotros echando un vistazo a los papeles que le habíamos ofrecido. Los tres respondieron negativamente y yo lo intenté—. ¿Estáis seguros? —Y se repitió la escena—. Bien. ¿Vacaciones? —Sí —dijo Ana—. Cogeremos algún hotel en Andorra, cerca del centro y la zona comercial. Un par de semanas. Luego volveremos a casa. —No tenía ni idea de lo que Ana estaba diciendo, nunca había salido de la ciudad y mucho menos del país, pero al parecer ella sabía incluso cuál era la zona más visitada por estudiantes con ganas de fiesta. —Muy bien. Sed responsables y pasaos por comisaría. Pedid un folleto orientativo sobre leyes. Cambian de un país a otro. —Sentí que el corazón poco a poco volvía a su ritmo normal mientras el hombre se daba la vuelta para regresar a su puesto cuando, sin previo aviso, un grito escapó de mi garganta al sentir algo rozar mi mano de repente. Todos dirigieron hacia mí su mirada, incluso el hombre gordo del ceño fruncido. —No te preocupes —pronunció una voz masculina con tono simpático—. No hace nada. —Entonces me percaté de que aquello que había rozado mi mano era tan solo el perro que había estado olisqueando el coche por todas partes. Al parecer habían concluido y simplemente pasaban por mi lado para retirarse del camino—. Oye... —comenzó a decir el hombre que sujetaba al animal, mirándome fijamente. Pero justo cuando iba a salir corriendo, justo cuando mi cuerpo decidió que no soportaba más aquella presión, continuó—. ¿Te encuentras bien? Estás sudando. ¿Quieres una pastilla para el mareo? Mi mujer también suele marearse en los viajes largos. Y yo suelo llevar alguna cuando me toca turno aquí. Te sorprendería la cantidad de gente que nos decora el suelo cuando paran a entregar los papeles. —Me ofreció una pequeña pastilla de un color blanco azulado que me guardé automáticamente en el bolsillo. —Gracias —dije. Y me reproché a mí misma no parecer más simpática—.Me vendrá bien. —Traté de sonreír. —Buen viaje —concluyó. —Gracias —respondimos al unísono mientras volvíamos al coche. Una vez que mi trasero tocó el asiento sentí que me hundía en él. Cuando Ana arrancó y la barra que nos bloqueaba el camino nos dio paso sentí que renacía. —¿Ves como no era para tanto? —dijo ella tras unos segundos con una sonrisa divertida. —Pues yo casi me cago en los pantalones —reconoció Santi. Y Alex le acompañó con un suspiro de liberación. —¡Venga ya! ¿En serio? ¡Pero si no ha pasado nada! —Aparte de que Sara ha pegado un grito sin venir a cuento —dijo Santi, y por fin rió mientras yo me sonrojaba. —Aparte de eso —admitió la rubia. —¿A dónde vamos? Alex estaba al volante, pero el coche no estaba en marcha. Habíamos decidido tomarnos un descanso a un lado de una carretera secundaria para estirar las piernas y devorar unos bocadillos que ya estábamos a punto de terminar. —A Andorra —respondió Ana desde el asiento trasero mientras lanzaba por la ventanilla una bola de papel plateado. —Creía que lo habías dicho para engañar a aquel tío —discutió Santi. —Sí, no nos vamos a quedar dos semanas allí, pero sí podemos pasar esta noche. Creo que todos estamos de acuerdo en que necesitamos relajarnos un poco. —¿Quieres que nos vayamos de fiesta? —protestó Alex. —¿Por qué no? Solo es un día, no creo que Pablo sepa que estamos de fiesta en el centro de Andorra. Además, aunque lo supiera, ¿crees que nos encontraría? Es viernes, esta noche aquella zona debería de estar repleta de universitarios borrachos. —Todos suspiramos como si no nos apeteciera tomar unas copas, como si no fuera el momento. Pero, siendo honestos con nosotros mismos, todos pensábamos en la posibilidad de que esa noche fuera la última que pasáramos libres. Tardamos un par de horas en llegar al centro de Andorra y encontrar un hotel que pudiéramos permitirnos pagar. Alex no mintió cuando dijo que había conseguido suficiente dinero, pero tampoco es que nos sobrara. Con aquello tendríamos para un par de fiestas y para sobrevivir decentemente en hostales cutres durante, como mucho, una semana. Consolaba saber que llevábamos el maletero lleno de comida y un cartón de tabaco, pero eso ya entraba en las cuentas aunque allí fuese más barato, por lo que tampoco podíamos dar saltos de alegría. Pagamos por un par de habitaciones conectadas, ambas con camas de matrimonio. Y creo que no fui la única que se preguntó por qué un hotel tenía aquel tipo de habitaciones a disposición de los clientes. La única idea que se me ocurría era que fueran habitaciones familiares. Ambas tenían la misma decoración, y en el centro de la pared que las separaba había una puerta de madera que cualquiera podría tumbar de una patada. Cada una de ellas disponía de un cuarto de baño bastante lujoso, pero era lo único digno que había allí. La madera del suelo estaba claramente podrida, al igual que la que sostenía las camas de matrimonio que, además, tan solo poseían un par de sábanas cutres y una manta exageradamente fina. La ventana que daba al exterior era diminuta, pero serviría para fumar en mitad de la noche sin que saltara la alarma de incendios. No, por desgracia no estaba permitido fumar en las habitaciones, pero cualquiera que haya estado en un hostal cutre sabrá que todos los clientes lo hacen y que las alarmas suelen estar apagadas, estropeadas o tener bastante poca sensibilidad. Tanto Ana como yo nos dimos una ducha en nuestra habitación y nos adecentamos como hacía tiempo que no hacíamos. Volví a sentirme yo cuando tuve el pelo limpio, una chaqueta de cuero que Ana había sacado de quién sabía dónde y los ojos pintados de negro, de manera que parecía la mujer más peligrosa del mundo. Nadie que me viera habría podido imaginar lo mucho que lloré en los últimos meses. —¿Lista? —preguntó la chica rubia mientras terminaba de aplicarse máscara de pestañas. Era preciosa, y aquella situación me recordó a mi amiga Lola. Me recordó a aquellos días en los que la veía ponerse guapa para salir, peinarse y maquillarse y parecer una princesa, una muñeca preciosa. No sentía envidia por ella, sabía que yo me vería ridícula a mí misma con aquellas pintas, pero a veces deseaba ser capaz de verme bien sin parecer una chica dura. Era admiración. —¿Crees que es buena idea? —Creo que es la mejor idea que he tenido en mi vida, Sara. —Agaché la cabeza desde el borde de la cama en el que estaba sentada—. Oye, no nos van a pillar. —No es eso. Es solo que... no creo que sea el momento para irse de fiesta, Ana. —Entonces la miré y supe que me encontraba más débil de lo que yo misma creía—. Quiero decir, mi situación con Alex, el hecho de que no seamos nosotros mismos —dije sin querer admitir que me refería tan solo a ellos dos—. El haber perdido a tanta gente... ¿es para celebrarlo? —Es para querer vivir —contestó sorprendiéndome. Entonces se sentó a mi lado y pude ver que seguía siendo ella. Definitivamente lo seguía siendo. Sus ojos estaban empañados por las lágrimas que luchaban por derramarse mientras que ella lo impedía tratando de no parpadear para que no se le estropeara el maquillaje—. Hemos pasado por mucho, Sara, y merecemos estar aquí. Merecemos emborracharnos y follar y fumarnos un par de porros y qué importa qué más. Merecemos vivir lo que no hemos vivido en todo este tiempo y lo que no sabemos si volveremos a vivir pronto. —Le dediqué una sonrisa triste y de repente se lanzó sobre mí abrazándome fuertemente—. Ojalá hubiéramos sido normales, Sara. Ojalá hubiera podido ser simplemente tu amiga de la infancia y no tener que pasar por todo esto. —Eres mi amiga de la infancia —respondí en voz baja, pero supe que me había escuchado, porque noté su sonrisa en mi hombro—. Gracias —dijo mientras se apartaba de mí y se levantaba de la cama con el maquillaje hecho un desastre—. Ahora tendré que empezar de cero —pronunció dirigiéndose hacia el espejo del baño. CAPÍTULO XXVI Ana no se equivocaba cuando aseguró que las calles estarían repletas de jóvenes que buscaban una noche de fiesta. Eran las diez de la noche cuando, después de cenar en una pizzería, nos dirigíamos en busca de algún local en el que empezar a beber y, como dijo aquella rubia lunática: lo que pudiera surgir. Parecía que había llovido recientemente puesto que las aceras estaban húmedas y había algún que otro charco. Es más, observando a las personas con las que nos cruzábamos pude ver que alguna de ellas llevaba paraguas e incluso botas de agua para prevenir. Pero no parecía que fuera a llover de nuevo. Corría un viento fresco y agradable, y el cielo estaba totalmente despejado. Tanto que incluso en el centro de aquella abarrotada ciudad podías pararte a contar las estrellas. Pero yo nunca fui de hacer ese tipo de cosas. Aunque sí pude ver que Ana levantaba la cabeza en varias ocasiones para fijarse en ellas y su brillo. Yo observaba las tiendas de alrededor, sorprendida de que aún se encontraran abiertas al público; la multitud de bares, pubs y discotecas que ya se encontraban hasta los topes. En la cena habíamos hablado sobre aquella ciudad. Decían que era donde cientos de jóvenes pasaban la mayoría de las fiestas y celebraciones por el ambiente festivo que tenía durante todo el año, aunque principalmente la gente venía a comprar tabaco y alcohol. Pasé algo tensa la primera hora que estuvimos fuera del Hostal. Miraba alrededor continuamente buscando alguien que se fijara en mí, que me hubiera reconocido por las noticias, aunque no era demasiado probable que mi cara hubiera salido en las noticias en aquel país. De todos modos, era posible que muchos de los jóvenes de por allí fueran turistas, como en teoría lo éramos nosotros, y supieran que estaba en busca y captura. Por otro lado, mi paranoia se acrecentaba en el momento en el que mi mente empezaba a pensar en que cualquiera que tuviera cerca podría pertenecer a Blanco Oscuro. ¿Y si nos habían seguido y no nos habíamos dado cuenta? ¿y si nos estaban espiando? ¿y si alguien más estaba colaborando con Pablo aparte de los padres de Alex? Tardé una hora y varios codazos de Ana en darme cuenta de que estábamos seguros y de que podía relajarme, aunque sabía que no lo haría totalmente hasta que estuviéramos en el hostal. O, mejor dicho, en la otra punta del mundo. Tras más de media hora deambulando por la zona, cuando creía que nunca nos íbamos a decidir por entrar en ningún local, Ana empezó a dar saltos y grititos de alegría. Me gustaba verla tal y como la conocí. Su parte buena, claro. Esperaba que no se echara a llorar de un momento a otro porque alguien la había ofendido. —¡Aquí!, ¡aquí! —gritaba con una voz tan aguda que casi dañaba los oídos mientras señalaba la puerta de una discoteca cuya entrada estaba decorada con luces de neón rojas y un letrero que rezaba «aquí». Casi sonreí. Santi lo hizo. —Parece un puticlub —dijo el chico sin borrar la sonrisa de su cara. —¿No lo escucháis? —preguntó ella torciendo la cabeza hacia la puerta, y todos agudizamos el oído. El ritmo que llegaba desde su interior me era familiar, pero no era capaz de reconocer la canción. —Vamos —dijo Alex finalmente, y todos nos dirigimos a la puerta, la cual sostenía un enorme gorila con expresión demasiado seria que, sin pronunciar palabra alguna, nos decía que tuviéramos cuidado con lo que hacíamos allí dentro. Una vez en el local reconocí de inmediato aquella música. Era Nirvana. Lithium, para ser exactos. Pero aquel sitio no parecía cuadrar mucho con aquella canción ni con aquel estilo de música en general. El lugar sencillamente parpadeaba. Luces rojas, verdes y amarillas rodaban por toda la estancia una y otra vez, y una extraña sensación me recorrió el pecho: nostalgia. Una nostalgia triste y a la vez alegre que me recordaba a tiempos pasados en los que la autodestrucción era mi forma de vida. Habría dado mi alma por volver a aquellos tiempos a pesar de saber que no era bueno, que había cosas peores en la vida que ser una delincuente y no encajar en el mundo. De saber que no habría tenido motivos para exacerbar aquella rebeldía impuesta por mí misma. Habría dado mi alma por aquella despreocupación. —Vodka —murmuré automáticamente. —¿Cómo? —preguntó Alex, que era quien estaba más cerca de mí. —Quiero un vodka. Solo. —Vale. Nos sentamos alrededor de una mesa alta y cuadrada y dejé a Ana y Santi con su charla mientras observaba todo a mi alrededor. La barra estaba atestada de gente, algunos solo iban a pedir su consumición y retirarse, pero la mayoría se mantenían ahí, quietos, charlando en pareja o en grupo. No vi a nadie realmente solo. Olía a humo y traté de averiguar si se podía fumar en el local. Aunque ciertos carteles rezaban prohibiciones, pude ver a un par de personas dando caladas despreocupadamente y supe que no habría problema alguno. También olía a alcohol y aquel asqueroso desodorante que usan todos los jóvenes creyendo, como dice la publicidad del mismo, que todas las mujeres caerán rendidas a sus pies en cuanto se acercasen. Nunca me gustó. La pista era enorme. Si es que se podía llamar pista. En el centro del local había un enorme espacio vacío en el que la gente bailaba o hacía un intento de ello, con sus copas en la mano, mientras movían las caderas de lado a lado. Estaba claro que las luces de neón engañaban. No era una discoteca para personas a las que les gustase reggaetón o la música electrónica. Era de las mías. Toda la gente allí vestía de cuero o con ropa ancha, botas militares y adornaban sus cabezas con crestas o peinados excéntricos y coloridos. Llevaban las manos y los cuellos repletos de cadenas, lo que les daba un aire atractivamente heavy. Tres canciones después, todas buenas, llegó Alex con las bebidas. —Podíais haberme echado una mano. —Empezamos fuerte, ¿no? —preguntó la rubia, sentada a mi izquierda, sacándome del ensimismamiento. —¿Cómo? —Eso, es vodka solo, ¿no? —Escuché que Alex resoplaba molesto porque su comentario pasara desapercibido. —Sí —respondí dibujando una sonrisa y tratando de que no pareciera fingida—. ¿No dijimos que merecíamos una noche de fiesta? Pues hagámoslo bien. —Levanté mi copa esperando que las cuatro entrechocaran en una especie de brindis cutre. La noche se fue nublando y me sentí como en casa. Poco a poco el alcohol y la música me hicieron olvidar que debía estar en guardia; por unas horas olvidé aquella situación. Olvidé que huíamos. Que estábamos a más de mil kilómetros de casa, si es que en algún momento había tenido casa. Olvidé mi conversación con Alex y todo lo que me hacía preocuparme; por unas horas volví a ser yo. Con un vacío en el corazón por la ausencia de las personas que siempre me habían acompañado en aquellas ocasiones, pero con la fuerza que siempre me había caracterizado. El alcohol rodaba por mis venas haciéndome sentir invencible. Podía contar por decenas los chicos que se acercaban a bailar conmigo cuando estábamos en medio de la pista. Pero me los quitaba de encima. En las primeras ocasiones me sentí rara. Nunca había rechazado un baile en una discoteca. Nunca había rechazado un buen rato con un hombre estando borracha. Pero a partir del tercero o el cuarto ya le había pillado el truco: un breve gesto y el semblante serio y la mayoría captaba la indirecta. Un par de ellos insistieron algo más hasta el punto en que cualquier chica se habría sentido incómoda. Pero yo no era cualquier chica y sabía cómo formular una amenaza de muerte de forma que se me tomara en serio. Quizás en otras circunstancias le habría dado mil vueltas a la cabeza preguntándome a mí misma por qué actuaba así, pero en aquel momento lo tenía claro y no pensaba torturarme de nuevo intentando comprender si lo que hacía estaba bien o mal o si me estaba volviendo loca. Alex estaba apoyado en la barra dando pequeños sorbos a su copa. A aquellas alturas de la noche quedaban ya pocas personas que fueran capaces de mantenerse sentadas o simplemente quietas, por lo que la zona estaba bastante despejada. A diferencia de la pista, que parecía haber reducido diez veces su tamaño. Me dirigí hacia él desde la otra punta de la sala, esquivando parejas de baile y cigarrillos encendidos que amenazaban con estropear mi chaqueta de cuero. —¿Me das uno? —pregunté cuando llegué a su lado. —¿Qué? —Ni siquiera me había visto llegar. —Un cigarrillo, tienes tú el paquete, ¿no? —Ah, sí. —Reaccionó y se llevó una mano al bolsillo de la chaqueta. Podría achacarlo al alcohol, pero en aquel momento Alex me pareció la persona más hermosa del mundo. Y yo nunca pienso que alguien sea hermoso. Eso se lo dejo a las canciones y a los libros. Tenía el pelo hacia un lado de un modo que le hacía parecer casi inocente, y sus ojos azules tenían un brillo especial sobre aquella naricilla y aquellos labios que, aunque no quisiera admitir, echaba de menos. Me sonreía tímidamente, como si fuera un adolescente virgen al que se acaba de acercar la mujer más sexy del mundo. Pero él era la persona más sexy del mundo. Nunca le había visto con chaqueta de cuero. Pareciera que estábamos hechos el uno para el otro. Sacudí la cabeza para vaciarla de ideas de adolescente enamorada y dejé que me encendiera el cigarrillo mientras apoyaba mi copa en la barra. —¿Estás bien? —Claro, ¿y tú? —respondió casi a gritos para que pudiera escucharle entre tanto ruido. Asentí. —¿Y qué haces aquí solo? —Bueno, tú estabas allí sola. Podría hacerte la misma pregunta. —Señaló al rincón en el que había permanecido un buen rato minutos atrás. Así que había estado observándome. —Te estaba buscando —respondí. Él sonrió con suficiencia. —No lo parecía. —Resoplé y me centré en la bebida. Quería charlar con él. Pero era evidente que aún había tensión entre nosotros. Por no hablar de lo imposible que podía llegar a ser tener una conversación en una discoteca atestada de gente y con la música a todo volumen—. Oye. —Me giré hacia él más rápido de lo que mi orgullo habría querido—. Esa conversación de anoche... ¿estás bien? Era evidente que la pregunta no era si yo estaba bien, sino si estábamos bien entre nosotros. Traté de responder lo más sinceramente que pude. —Estamos bien —dije después de soltar un largo suspiro. Pude ver claramente su intención de continuar con la conversación y lo paré antes de que empezara a hablar—. Alex, déjalo. Es absurdo darle vueltas a este tema. Lo hecho, hecho está, y nunca va a dejar de dolerme. Lo único que puedo hacer es tratar de adaptarme a la situación. El chico se limitó a asentir muy serio y acto seguido le hizo un gesto a una de las camareras; alta, rubia, de ojos verdes, exageradamente sexy. —¡Otra de estas, por favor! —pronunció en voz tan alta que tuve que contener un sobresalto—. Y tú, ¿quieres algo? —Señalé mi copa casi vacía —. ¡Y un vodka con limón! —Volvió a gritar y dejé pasar el hecho de que hubiera suavizado mi petición. Cuando nos sirvieron las copas levanté la mía de la barra y le agarré de un brazo. Atravesamos la pista abarrotada de gente mientras ambos dábamos pequeños sorbos de nuestros vasos para evitar que se derramase la bebida a causa de los empujones del gentío. Tuve que soltar al chico cuando me di cuenta de que le impedía llevar a cabo aquella acción. De todos modos, ya me seguía. Me pareció oírle preguntar dónde íbamos, pero decidí seguir adelante. Había demasiado ruido para dar explicaciones. Me sobresalté cuando Ana se nos echó encima sonriendo de oreja a oreja. —¿A dónde van estos dos tortolitos? —preguntó sin dejar de contonearse. Yo busqué a Santi con la mirada, pero me rendí a los pocos segundos. Estaba demasiado ebria como para preocuparme. —Solo vamos a tomar el aire —respondí levantando la voz. Le devolví una sonrisa pícara cuando me miró de nuevo después de comprobar en qué dirección íbamos. A solo unos metros de nosotros se extendía un estrecho pasillo que llevaba a los baños. Pero no era esa mi intención. —Tened cuidado —concluyó, y me pareció ver en su mirada una chispa de preocupación. Asentí tranquilizadoramente y continué andando esquivando personas. Pero tardé varios minutos en borrar de mi mente aquella mirada. Al final del pasillo, más allá de los aseos, había una salida de emergencia y recé para que no saltase ninguna alarma cuando abrí la puerta. —¿Has estado aquí antes? —preguntó el chico de los ojos azules cuando ya nos encontrábamos en el exterior. —No, pero casi todas las discotecas son iguales. Busca los baños y encuentra la puerta trasera. —Sonreí con orgullo. Perdí la noción del tiempo cuando empezamos a hablar apoyados contra el muro exterior del local. Podríamos habernos llevado horas hablando de todo y de nada a la vez. Riendo, coqueteando. A la mierda Blanco Oscuro. A la mierda los asesinatos. A la mierda todo aquello que nos había hecho la vida imposible los últimos meses. Por un momento me sentí libre de todo aquello. Me sentí una chica normal que disfrutaba de una noche de fiesta con un chico que le gusta. Pero era más que eso. Era irracional. Estaba enamorada de él hasta el punto de estar dispuesta a asumir todo lo que había hecho. Estaba dispuesta a vivir con ello y aceptarlo por volver a besarle. Pero fue él quien me besó. Fue él quien pegó mi cuerpo al suyo y me hizo el amor. Y aunque fuera en un callejón oscuro, repleto de colillas de cigarros, con olor a alcohol y con miedo a que alguien nos viera, supe que eso era hacer el amor. No fue menos que eso. Fue grandioso. Más allá de lo físico. Sentir sus caricias, sus labios, su mirada, su cuerpo, sus «te quiero» al oído. Nunca había hecho aquello con nadie y algo dentro de mí me decía que aquel momento solo podría disfrutarlo una vez en la vida. —Tengo que ir al baño —dije después de un rato, tras recuperar el aliento —. ¿Me esperas dentro? —En cuanto me termine esto. —Levantó medio cigarrillo humeante y me dedicó la sonrisa más bonita del mundo. Ana salía del baño de las chicas cuando yo entraba por el pasillo y me miró con gravedad. —¿Qué pasa? —Me limité a preguntar. —Tenemos que hablar. —Una chica entró antes de que yo pudiera hacerlo y mi amiga rubia puso los ojos en blanco como si su intención fuera volver a atravesar la puerta, esta vez conmigo, y tener una conversación íntima—. Búscame luego. Es importante. Te espero por la barra. —Asentí y entré tras unos minutos. Cuando salió la joven que se me había colado nos dedicamos una mirada de superioridad la una a la otra que me pareció tan absurda como vergonzosa y me arrepentí al instante. Los aseos daban asco, como los de cualquier discoteca. Y aunque me supuso un reto aliviar mi vejiga podría jurar que lo hice en tiempo récord. Solo quería volver con Alex y saciar mi curiosidad por lo que Ana tuviera que decirme. Pero apenas me había subido los pantalones cuando la puerta se abrió con un golpe estruendoso y tuve que ahogar un grito. Me alivió ver a Alex frente a mí. Al menos hasta que observé su expresión de terror. —Sara, tenemos que irnos. Nos han encontrado. ¿Qué demonios estaba ocurriendo? Todo era borroso. Rápido y lento a la vez. Salimos por la puerta de atrás al callejón vacío y corrimos a toda velocidad por las calles atestadas de gente. Sentí sus miradas clavándose en nosotros y los dedos de Alex haciendo lo mismo en mi muñeca. Aún tenía allí una larga cicatriz, y la presión me hacía sentir un familiar cosquilleo. Sonreí inconscientemente. Las personas a mi alrededor estaban asustadas. Preocupadas. Querían ayudarme y alejarme de aquel chico de ojos azules y mirada de loco que me arrastraba calle abajo. Pero nadie hacía nada. Y yo no quería que lo hicieran. Me dejaría arrastrar por él hasta el fin del mundo. Aunque ya me hubiera torcido el mismo tobillo dos veces. En algún momento del trayecto Alex paró en seco. Soltó mi muñeca y comenzó a buscar algo en sus bolsillos. —¿Qué haces? —musité casi inaudiblemente. —Sube al coche. —Su voz sonó fría y dura. Sí. Estábamos junto a su coche, pero yo no sabía por qué ni cómo habíamos llegado allí. Mi mente estaba completamente embotada y di por hecho que alguien había echado droga en mi última bebida—. ¡Sube! —Le oí gritar y me monté rápidamente en el vehículo. Quizá pasaron unos minutos cuando volví a hablar. Quizás horas. Había perdido la noción del tiempo. Pero de repente dejé de verlo todo borroso y, a la vez que un intenso pinchazo en la parte baja de mi cráneo, sentí que todo a mi alrededor se aclaraba. Sentí algo que nunca pude describir pero que había sentido ya decenas de veces. No sabía cuándo. Un frío que quemaba todas las venas y arterias de mi cuerpo. Pero no importaba. Así era yo. Me deshice de la chaqueta de cuero y la lancé a los asientos traseros para dirigir una mirada despejada al chico que se sentaba a mi izquierda. Conducía con el ceño fruncido y la nariz encogida, como si el aire oliese a podrido. —¿A dónde vamos? ¿Qué pasa con Ana y Santi? —pregunté con total indiferencia. Lo ignoró. —Sara, ¿qué te ha contado Kara en el pasillo? —¿Qué? —Os he visto hablando en la puerta de los baños, ¿qué te ha dicho? —No separaba los ojos de la carretera y pude ver que tenía los nudillos blancos de apretar el volante. —Que la buscara. —¿Solo eso? —¿Qué tendría que decirme? ¿Por qué los hemos abandonado? —pregunté aún consciente de que no me importaba en absoluto. Era extraño. De repente sentía todo aquello como un juego. De repente ni Ana ni Santi me importaban. Tampoco Pablo o los experimentos o si nos encontraban. Es más, una parte de mí sabía que ya nos habían encontrado. Las palabras sonaban inertes en mi boca y tenía que luchar para no dejar escapar una sonrisa irónica. Él suspiró y me miró de reojo solo para permitirme ver un extraño brillo en su mirada. No pude reconocer su significado. Solo podía verlo como el ser más indefenso del mundo mientras me engañaba a mí misma negando la punzada que se acrecentaba en el centro de mi pecho. —Sara, no nos han encontrado —dijo al cabo de un rato. —Yo creo que sí. —Me miró confuso y no pronunció palabra hasta que, saliéndose de la carretera, condujo el coche por un largo camino de tierra y nos ocultó entre los árboles. Finalmente apagó el motor y dejó encendidas unas luces en el interior que iluminaban más bien poco. Una guitarra sonaba de fondo, muy de fondo, y solo entonces me percaté de que la radio estaba encendida. Me incliné para subir un poco el volumen. Nothing else matters siempre había sido una de mis canciones favoritas. Bajé la ventanilla y le hice un gesto a Alex mientras sacaba un mechero de la guantera. Lo entendió rápidamente y me miró con los ojos muy abiertos mientras yo le daba lentas y profundas caladas al cigarrillo que me había tendido. —¿Qué haces? —Le miré y me limité a alzar una ceja ante su pregunta—. ¿Estás borracha? —Creo que se me ha pasado todo de golpe. —Vacié mis pulmones formando aros de humo—. ¿Qué tenía que decirme Ana, Alex? —Él suspiró antes de responder. Pude ver en su mirada que no tenía ni idea de lo que hacía. Estaba perdido y confuso y había actuado por impulsividad. Pero no me importó. No me importaba nada. —Ana quiere separarnos. O eso creo. —¿Crees que está celosa? —Sonreí. —¿Qué? No. ¿Qué te pasa? No es eso. Simplemente... —Dejó la frase en el aire para inclinarse sobre mí y besarme con ternura—. Te quiero, Sara. Te quiero de verdad. Correspondí a sus labios y sentí que el corazón se me volvía a acelerar, perturbando aquella calma repentina. No podía permitir que se me resquebrajara el orgullo que anidaba en mi interior. —¿Por qué dices eso? —pregunté volviendo al tema de conversación. —Ella sabe demasiado. —¿Desde cuándo eso es malo? ¿Qué sabe? —Ella cree que no deberíamos estar juntos. Ya está. No hay más — respondió con frustración. Yo sonreí restándole importancia y tiré la colilla por la ventana. Me arrastré entre los asientos para sentarme sobre él, rodearlo con mis piernas y que me rodeara con sus brazos. —¿A dónde vamos a ir? —pregunté con un fingido tono cariñoso. —¿A dónde quieres ir? —A las estrellas —respondí parodiando una película cursi. Él no pareció entender el chiste, pero para mí fue motivo para tener que tragarme la risa histérica que se acumulaba en mi garganta. Nuestros labios volvieron a unirse, nuestras lenguas a enredarse y nuestras manos a recorrer todo lugar en el que hubiera piel. Le quité la chaqueta y la camiseta dejándole con el torso desnudo y él procedió a hacer lo mismo conmigo. Aquello sería más bonito que hacerlo en un callejón con los pantalones a medio bajar y mirando hacia todas partes. Pero algo me decía que aquello solo podría tenerlo una vez en la vida. Y ese momento ya había ocurrido. —Sara... —dijo repentinamente, apartando su boca de la mía y posando sus ojos en mi hombro. Yo misma dirigí la mirada hacia aquel lugar para encontrarme con la fina y afilada cuchilla que había robado a Pablo días atrás y que había decidido llevar siempre conmigo por lo que pudiera pasar. Un par de finos cortes en la piel la enmarcaban. No podía esperar menos si la llevaba pegada al cuerpo. Sonreí mostrando todos los dientes y vi que el rostro del chico se ensombrecía, su mirada perdía el brillo y algo en su entrepierna dejaba de pedir libertad. —Alex. —Él fue a decir algo, pero las palabras no llegaron a traspasar sus labios blancos y tensos—. Yo también te quiero. Te quiero de verdad. Acerqué de nuevo mi rostro al suyo mientras retiraba la cuchilla de la tira elástica que la sostenía en mi hombro y a la vez que sentí el roce de su piel en mis labios sentí su sangre resbalar entre mis manos. Las suyas presionaron mis caderas, clavándome las uñas hasta el punto de hacer que se me saltaran las lágrimas. Pero sentí que no tenía fuerza para apartarse de mí. O no quería sacarla. ¿Acaso en el fondo quería morir así? Continué clavando la cuchilla y deslizándola por su cuello hasta que sus ojos dejaron de moverse de un lado a otro con terror y en su lugar se enfocaron en ninguna parte. Apagados. Muertos. Solo entonces dejé de presionar mis dedos contra el metal y lancé la cuchilla lejos, hacia los asientos de atrás, con una sacudida. Como si me estorbara. Nuestros pechos estaban empapados en sangre espesa y caliente. De su boca aún rebosaba una fina catarata. Mis manos parecían estar enfundadas en brillantes guantes rojos y las piernas del chico, que aún estaban bajo mi cuerpo, tardaron varios minutos en dejar de sacudirse en espasmos. Me giré hacia la radio y observé la pequeña pantalla que había encima de esta. Lo que sonaba era un CD y pasé varias canciones hacia atrás para volver a escuchar Nothing else matters. Me encendí un cigarrillo después de manchar la chaqueta de Alex buscándolo y me tumbé sobre su pecho ensangrentado. Tras cada calada se iba formando un nudo en mi garganta y las lágrimas se iban amontonando al borde de mis ojos hasta que no pude contenerlas más y comencé a llorar. Desconsoladamente. Hasta caer rendida. CAPÍTULO XXVII Alguien repetía mi nombre una y otra vez. Reconocía la voz. Pero no podía identificarla. Había estado dormida toda mi vida. Esa era la sensación. Las piezas del puzle iban en encajando en mi cabeza con una punzada de dolor agudo. En la oscuridad aparecían, como destellos, imágenes que deberían haber aparecido hacía mucho tiempo. Puse todo mi empeño en abrir los ojos. No pude. Moví un dedo sabiendo, sin saber el porqué, que aquello era lo que debía hacer. —Vale —pronunció el hombre que estaba a mi lado, y posó una mano tranquilizadora sobre la mía. Solo un instante. Salió de la habitación y el portazo hizo que me diera vueltas la cabeza. Poco a poco trataba de tranquilizarme a mí misma diciéndome que debía pasar por eso. Debería de haber pasado por eso mucho tiempo atrás. En mi mente se repetían una y otra vez las mismas escenas. Imágenes del pasado. Cosas que había vivido y cosas que no. La sonrisa de Lola, la piel de Alex, el sonido de las botas de Ana cuando saltaba con euforia. Sangre, mucha sangre. Color azul, agua. Alguien sin rostro que algún día lo tendría. Era yo. ¿Era yo? Un cantante de grunge. La panadería junto a la casa de la señora Marisa. Lucas. Cuadernos importantes. Información, una cámara de vídeo vista desde el lado de quien graba. Drogas y alcohol, un bate golpeando la cabeza de un hombre. Sexo. Paredes rojas; material quirúrgico. Después de cientos y miles de imágenes vinieron los sonidos. Cientos y miles de sonidos que hacían que todo cobraba sentido demasiado rápido. Sentí un tremendo vértigo, pero no podía caerme. Estaba tumbada. Estaba en casa. El sonido del bisturí rasgando cerca de mis oídos. Suspiros y murmullos. Metal sobre metal. Las ruedas de una camilla siendo arrastrada. —«¿Funcionará?». —«Deben ser activados. Si tenemos éxito, funcionará». Alguien preguntó algo que se perdió entre el eco de la frase anterior. —«¡¿Quieres que unos niños crezcan con esas ideas?!» — La voz grave y clara me sobresaltó y tuve la sensación de caer al vacío, a un pozo repleto de recuerdos. Los quería todos. Yo era parte de aquello. Tenía derecho a saberlo todo. Rápido. Sin mí no podían hacer nada. Volvía a escuchar voces a mi alrededor. Esta vez estaban allí; cerca de mí. A mi lado. Decenas de personas quizá. «¿Por qué tan lejos?», pensé. Solo pensé. Pero quería decirlo en voz alta. No sabía del todo lo que significaba, pero sí que tenía que preguntarlo. Moví los dedos todo lo que pude, intuyendo que eso era muy poco. Pero era el único modo de llamar la atención de aquellas personas. Quería volver. Quería despertarme. Hacerlo entender. Quizá fue pura casualidad, pero un pinchazo en mi antebrazo me hizo abrir los ojos unos minutos después. Los abrí con pesadez, e intentar levantarme no sirvió de nada. Mi cuerpo estaba prácticamente anulado. No podía moverme y lo sentía tremendamente cansado, como si hubiera recorrido mil kilómetros a la carrera. Pero al pasar los ojos por la habitación pude reconocer dónde estaba. No me había equivocado en mi estado de seminconsciencia. Las paredes blancas, las camillas metálicas. Frente a mí, la pared transparente a través de la cual se podía observar una habitación infantil. No era en la que yo había dormido alguna vez. Era bastante menos colorida. Pero la habría preferido a estar rodeada de princesitas y unicornios. Junto a la puerta de la habitación, largas mesas metálicas sostenían en su superficie grandes recipientes repletos del líquido azul espeso que también recorría mi cerebro. Dos mujeres y un hombre, vestidos de blanco, me observaban muy de cerca. Traté de sonreír con amabilidad, dibujando una mueca de impotencia. —Creía... —comencé a decir. Pero se me quebró la voz. —No debes hablar mucho —explicó una de las mujeres con voz cariñosa. Era la más bajita de los tres. Casi tan joven como yo. Pero su mirada delataba una madurez desproporcionada. Sus ojos verdes se clavaban en mí como si estuviera analizándome sin necesidad de tocarme. Las dos mujeres eran morenas, pero a diferencia de la primera, la que sin decir palabra agarró un cuaderno y comenzó a tomar anotaciones, parecía bastante más mayor. Quizá rondara los cuarenta, al igual que el hombre con gafas y barba de tres días que daba golpecitos al gotero del suero que colgaba por encima de mi cabeza. La más joven volvió a hablar. —Sé que estarás impaciente por recordar. Quizá ya recuerdes algo. Quizá mucho. Pero ahora debes descansar. Con la ayuda del sueño te recuperarás pronto y podrás hablar con Lucas. —Con Pablo —la corrigió la otra y dejó el cuaderno en una mesa con un sonoro golpe que hizo que me mareara—, lo siento. —Debí de hacer alguna mueca. —Bienvenida a casa, Sara —pronunció la chica que ya casi había conseguido caerme bien, y los tres salieron dejándome sola. No tardó en vencerme el cansancio y volví a caer en un profundo sueño lleno de imágenes abstractas mientras me preguntaba si aquella somnolencia no era provocada. No me importaba. Sabía que era necesario. Aunque en Blanco Oscuro era muy fácil perder la noción del tiempo, sabía que habían pasado varios días cuando Pablo vino a visitarme. Hacía días que podía levantarme y andar. Incluso juraría que podría haberlo hecho desde el primer día. El segundo había empezado a moverme y a comer alimentos sólidos. El tercero, Clara, la chica joven que estaba a mi lado cuando desperté, se ofreció a cubrirme mientras me fumaba un cigarrillo que ella misma me trajo. Aunque dudé que hubiéramos ventilado bien la habitación después de hacerlo. Definitivamente me caía bien. Calculaba los días por las raciones de comida que me iban trayendo y estuve segura de que habían pasado dos semanas cuando Pablo entró por la puerta. —Esto es muy aburrido. —Me limité a decir mirándole con el ceño fruncido. Él sonrió. No era la persona que recordaba. Aquella sonrisa no tenía una pizca de la locura aterradora que solía tener cuando estuve en Blanco Oscuro. Quizás es que yo misma me había vuelto loca. Me incorporé cuando se acercó a la camilla y me senté al borde, dejando los pies balancearse por encima del suelo. —¿Cómo estás? —Aburrida, ya te digo. No me habéis ofrecido ni un triste libro. —Pero tengo entendido que alguien te ha ofrecido algún que otro cigarrillo. —¿Quién se ha chivado? —bromeé. —Te veo animada —dijo devolviéndome la sonrisa—. ¿Quieres cambiarte? —¿Voy a tener que vestirme de bailarina o algo por el estilo? —No, ya no. —Creo que tienes que explicarme algunas cosas. —Traté de no mostrar rencor en mis palabras—. Sí, cada cosa a su tiempo —le interrumpí cuando iba a hablar, y él asintió. Salimos de la habitación y comencé a recorrer los blancos pasillos como si lo hubiera hecho un millón de veces antes. No sabía cómo. Era consciente de que no había estado allí tanto como mi mente se empeñaba en afirmar. Pero podía adivinar lo que había tras cada una de las puertas como si fuera el mismísimo Pablo. Entré en uno de esos grandes baños con varias duchas y taquillas y abrí la que correspondía a la tarjeta que me había entregado el hombre. Me enfundé unos pantalones vaqueros un tanto estrechos, pero cómodos, una camiseta fina de color azul oscuro y una chaqueta de cuero junto a la que no podían faltar unas botas militares llenas de tachuelas. Encontré bajo la ropa un lápiz de ojos y mirándome al espejo más cercano, pude ver cómo volvía a ser yo misma. Más yo misma que nunca. Dejé la bata de hospital, con la que había pasado dos semanas, dentro de la taquilla y salí en busca de Paul. —Qué rápida. Creía que te ibas a duchar. —Lo he hecho hace un rato. —Era cierto. Aquella mañana, al despertarme, Clara me había llevado a un baño individual más cercano a mi habitación que aquel, y había hablado conmigo sobre libros de fantasía mientras me duchaba, como cada día durante las últimas dos semanas. Era otra forma de calcular el tiempo—. Por cierto, me encanta esta chaqueta. Nos dirigimos a una sala que yo ya conocía. Allí sí había estado. Era el lugar en el que habíamos bebido whisky y fumado hasta que Pablo me abofeteó. Traté de olvidar aquello, consciente de que la situación era muy distinta aquella vez. —Siéntate —dijo mientras sacaba dos vasos con hielo y la botella de Ballantines, que parecía inagotable, de la mini nevera que había tras el sofá. Puso un paquete de Lucky Strike y un mechero sobre la mesa, en cuyo centro ya estaba el cenicero. —¿Qué es eso? —Señalé los cigarrillos con ironía. —No es tan malo como parece. —Acepté el ofrecimiento y me encendí uno. Tenía razón. Me gustaba su sabor, como el de cualquier otra marca. —¿Solo se puede fumar aquí o qué? —En teoría sí. Sabía que el silencio que tanto duró entonces era absurdo. Yo quería hacer mil preguntas y él estaba allí para responderlas. Sin embargo, no sabía por dónde empezar y fue él quien rompió el hielo. —¿Me odias? —Su pregunta me pilló desprevenida y tosí varias veces después de dar un largo trago del vaso que había llenado frente a mí. —No te odio, Pablo. ¿Puedo llamarte Pablo? —Asintió—. Al fin y al cabo, yo formo parte de esto... desde el principio. —¿Y a ti? —Hice un gesto de confusión a pesar de que entendía perfectamente su pregunta. Y en el fondo sí, estaba enfadada conmigo. No por pertenecer a Blanco Oscuro. Ni siquiera por no haberme dado cuenta hasta entonces. Si no por haber acabado con Alex. ¿Que por qué lo hice?, ¿que por qué no hubo consecuencias? Sencillo: Blanco Oscuro es, sin que nadie lo sepa, y desde hace siglos, la corporación científica con más recursos del mundo. Juegan con la mente humana de la más fría de las formas. Manipulan mentes. Son capaces de trastocar la genética de cualquier ser vivo conocido en el planeta. Por supuesto, es absolutamente imposible descubrirlos. Están en todas partes; en las fuerzas del orden, como se hacen llamar, en los medios de comunicación, en la política, en el ejército, en las escuelas... Quizá la mujer que me había vendido el pan todos los días durante años era agente de Blanco Oscuro. Si se ven en la obligación de cometer un delito, nadie va a pensar en ellos. Ya buscarán un culpable. Ya se encargarán de deshacerse de las pruebas. Ellos tienen el poder. Pueden crear una vida donde antes no había nada. Yo fui creada en Blanco Oscuro. Fui creada por Lucas cuando aún vivía y salí adelante gracias a Pablo. No es decir poca cosa; jugar con el ADN humano no es sencillo. Solo ahora lo sé. O lo recuerdo. No había vivido del todo engañada y por eso no estaba enfadada. Ana tenía razón en una de las últimas conversaciones que tuvimos. No me hubiera gustado estar en su piel y tampoco en la de Alex. Yo había vivido veintiún años sin saber de dónde venía, sin saber si mis padres estaban vivos, sin saber qué llegaría a hacer o qué llegaría a ocurrirme. Pero todo estaba en mí. Crecí como una chica normal y desarrollé una personalidad que desde que nací había estado en mí. Mi personalidad violenta e inconformista encriptaba una información, una sabiduría a la que no podía acceder hasta que estuviese preparada. Nadie podía saber cuándo estaba preparada. Todo lo que la adolescencia provocaba en el cuerpo de los sujetos lo provocaba también en nuestra mente, allá donde se encontraba el líquido R.P. Realmente éramos como robots. Nos instalaban el R.P. básico cuando nacíamos y los primeros días de nuestra vida se basaban en recibir actualizaciones a base de, literalmente, abrirnos la cabeza. Cuando se consideraba que la programación estaba asentada, se nos soltaba al mundo con la esperanza de que algún día volviéramos a serles útiles. Lo que no todos en Blanco Oscuro sabían es que a cada sujeto se nos introducía en el R.P. básico una información de lo más valiosa. Pablo lo llamaba «La caja», era un buen nombre. Digamos que dentro de «La caja» se hallaba toda la información valiosa de Blanco Oscuro. Nosotros la llevábamos dentro. Si algún día el edificio, el único en el mundo, se queda inutilizado y no se puede acceder a los documentos que guarda, solo habría que encontrar a uno de nosotros. A uno que funcionara. Solo. Como si fuera algo sencillo. De la noche a la mañana me había convertido en una bioquímica profesional. Los sueños que había tenido durante las últimas dos semanas no había sido más que «La caja» abriéndose dentro de mi cabeza. Sabía la historia de la corporación de principio a fin y, por supuesto, sabía crear el líquido R.P. e inyectarlo. Sabía que seguramente en aquel momento estaba por encima de Pablo. Por encima de la mayoría de las personas que trabajaban en aquel lugar, puesto que ellos no eran sujetos. No tenían «La caja». En cualquier caso, el crear el líquido R.P., el tratar de cambiar la personalidad de los sujetos, introducir información secreta en sus mentes... No era sencillo. Como dije antes, en la adolescencia, la mayoría de los sujetos sufren cambios en sus mentes. En Blanco Oscuro siempre habían pensado en las dos opciones: la primera era poco probable. Esperaban que el estrés mental que provocaba la adolescencia fuera el detonante para que se abriera «La caja». Los sujetos volverían a la corporación y colaborarían en los experimentos por voluntad propia. La segunda opción era tenerlos vigilados, cosa que nunca habían dejado de hacer. Era arriesgado, pero lo comprendía. Al fin y al cabo, éramos sujetos, habíamos nacido para eso. Consistía en provocar el cambio, en hacer que se abriera «La caja» si eso no ocurría por sí solo. Por ello, la mayoría de sujetos habían muerto rondando la veintena. Los agentes de Blanco Oscuro se encargaban de recuperarlos, como hicieron con Alex o con Santi, e inyectar en su cerebro una nueva variante del líquido R.P. No todos lo aceptaban y la mayoría morían a causa de hemorragias cerebrales. En cualquier caso, todos esos conocimientos habían salido de «La caja». Era información valiosa y antigua, de experimentos y estudios anteriores. Pero aún había muchas cosas que no comprendía. Tenía mil preguntas para Pablo. —¿Por qué maté a Alex? —pregunté como respuesta. Él suspiró con pesadez y yo solo quería que me dijera que estaba programada para ello. Que no podría haberlo evitado. No lo hizo. —Ojalá lo supiera. Supongo que estabas enfadada con él. Al fin y al cabo, era un asesino. —Tragué saliva antes de volver a hablar. —¿Por qué lo hizo? —Le miré acusadoramente. —Buena pregunta. —Dio un trago a su vaso y arrugó la nariz antes de seguir hablando—. Contigo hemos optado por la tercera opción. Sí, hay una tercera: provocar que se abra la caja alterando los sentimientos. Sé que es cruel, que hablamos de vidas y emociones humanas. Sé que somos unos monstruos... —No, no lo somos. —Lo somos, pero pensamos que el fin justifica los medios. «Para continuar nuestros experimentos hemos tenido que sacrificar vidas humanas. Vidas de personas inocentes que ni siquiera supieron nunca que existía esta corporación. ¿Qué buscamos? Mejorar el mundo. Y, aunque no lo parezca, con tiempo y esfuerzo podemos hacerlo. Imagina un mundo en el que el líquido R.P. esté patentado. Un mundo en el que se pueda curar cualquier enfermedad mental. Desde la depresión hasta la esquizofrenia. Incluso simplemente el pesimismo o los complejos. Todo con una simple inyección. Sé que somos monstruos y sé que has sufrido por nuestra causa. Sé que Marisa Carrión, Lola o Carlos no merecían ese final. Ni siquiera Luis, quien decidió quitarse una vida que nosotros le destrozamos. Pero ¿sabes?, creo que por fin puedo asegurar que eres el primer éxito completo de esta investigación. Tu R.P. actual, evolucionado, es el que necesitamos. Aún tenemos que trabajar en ello. Pero hemos podido comprobar que es más efectivo abrir «La caja» con estímulos emocionales que con distintas ramas del R.P.». —¿En qué puede ayudar «La caja» al resto de personas? Solo es información de la corporación. —Es información de la corporación lo que había en tu caja. —Fruncí el ceño, sin comprender—. Necesitábamos un sujeto del experimento que tuviera esa información. Como ya sabes, el R.P. evoluciona. El tuyo es único. Lo es el de todos los sujetos, pero el tuyo es más valioso que el resto. Tu R.P. está activo y estable. «Ahora asimilas información y recuerdos, conocimientos, sin alterar tu estado mental; cosa que nunca hemos conseguido en otro sujeto. Inyectamos el R.P. base en todos ellos. Las diferentes ramas. Y ninguno ha evolucionado tal y como queríamos. Muchos perdieron la vida, algunos se desestabilizaban emocionalmente. Acababan siendo psicópatas o vegetales. Una muestra de tu R.P. podría ser la base de una rama definitiva. —Reprimí una mueca. Sabía lo que dolía extraer el R.P. y sabía que tendría que pasar por ello—. Si funciona como espero, la caja podría contener cualquier cosa y podríamos decidir el momento en que se abrirá». —Podríamos conseguir que se abriera del modo más viable según el sujeto —murmuré sin preguntar. —Exacto. —Chasqueó los dedos—. Pero ya no solo sujetos, sino clientes. Podríamos lograr que una persona estresada se relajase al instante en cuanto empezara a estarlo. Y, como eso, controlar el resto de emociones incómodas. —¿No es un poco frío? —Lo usará quien quiera. Las personas deciden por qué pagar. Créeme, hay personas que venderían todo lo que tienen por superar una fobia. —¿Tú lo harías? —Sin dudarlo. —Hay algo que no entiendo. —Señalé mi cabeza y él asintió comprensivo —. Nosotros, los sujetos, ¿por qué nos creáis? ¿Por qué no usáis personas que ya nacieron para esos experimentos? —Quizá te suene un poco hipócrita, pero no podemos hacerle eso a una persona con una vida. —Yo tenía una vida. Sin acritud. —Tú siempre has pertenecido a Blanco Oscuro. Además, ¿crees que alguien se ofrecería voluntario para esto sabiendo las posibles consecuencias? —¿Deben saberlas? —Él sonrió. —No, pero es correr un riesgo innecesario. Además, necesitamos sujetos recién nacidos para comprobar el efecto del R.P. a lo largo de su vida. Su evolución, el crecimiento... Así también nos asegurábamos el avanzar en ese experimento. —¿Cuál? —Crear vida de la nada. Hace tiempo que lo de clonar lo dejamos atrás. Esto es diferente. Creamos seres humanos con ADN y R.P. —Como Frankenstein. —No exactamente. No usamos cadáveres. —Dibujó una sonrisa cruel que a cualquiera le habría dado miedo. Vacié mi vaso y él lo volvió a llenar. Encendí un nuevo cigarrillo. —¿Por qué me dejaste llegar tan lejos? ¿Tengo un localizador o algo? — Sonreí irónicamente. —Eso no es necesario. Hay agentes en todas partes. —¿Cómo los hombres de negro? —Frunció el ceño—. No importa. —Como te he dicho, Sara, se trataba de abrir la caja. Todo formaba parte del experimento, y Alex era la clave. —Sentí una punzada en el pecho—.Tenía que dejar que escaparas y te dieras cuenta de lo que sentías por él. —¿Qué sabes tú de lo que yo siento? —dije a la defensiva y él hizo un gesto de compasión. —Verás, hay algo que debes saber. —Fue a tomar mi mano en signo de consolación, pero la aparté. Aquello era lo único que realmente era mío. Todo había formado parte de un plan, pero lo que teníamos Alex y yo era único y aún me dolía lo que había hecho—. Ana no mintió. Ella escapó y se inyectó a sí misma varias ramas del R.P. Información y recuerdos. Pero solo lo que yo quería dejar a su alcance. Sobre todo, información sobre Alex. Sobre vosotros dos. —¿De qué estás hablando? —El experimento ha funcionado, pero no del modo en que queríamos. Alex no debió morir. Alex no debió salir huyendo contigo de aquel local. Sí, lo vimos todo. No debió alejarse de Ana. Si no lo hubiera hecho seguiría vivo. «Verás: cuando yo te saqué del bosque y te traje al edificio de la corporación, lo hice porque las muertes de Lola y Marisa Carrión no hicieron que se abriera la caja. Son estímulos fuertes, pero supongo que tú lo eras aún más. Una vez aquí, traté de hacerte recordar a base de imágenes y situaciones un tanto agresivas. Los niños que entregamos al mundo siendo bebés usaban esa ropa, de su talla, claro, dormían en esas habitaciones, aunque fuera por poco tiempo. Creía que algo de tu subconsciente, imágenes de los pocos días que habías pasado aquí después de tu nacimiento te harían recordar. Tampoco funcionó del todo. El momento clave fue la muerte de Carlos. Pude ver cómo te afectó ver al chico al que amabas desollar a tu amigo vivo. Entonces adiviné el modo de hacerte reaccionar y me pregunté cómo no lo había pensado antes. Siempre has sido una chica dura, violenta, sí, y enfadada con el mundo. A ti el dolor, la ira y la frustración no te harían reaccionar. Te haría reaccionar aquello que jamás te había afectado: el amor. Sabía que Alex era totalmente inestable y que trataría de huir y, por supuesto, lo haría junto a Ana. Siempre se han llevado bien, así que decidí dejar que Ana huyera, después de introducir en su mente una rama inconforme del R.P. Dejé que se apoderara de la información necesaria para escapar del edificio y, claro está, información sobre aquello que os conecta a Alex y a ti. Desalojé a los agentes para hacerla sentir segura y volví justo a tiempo de observar cómo llegabais a la casa de campo. Ana no quería hacerte daño, pero es una buena chica y sabía que terminaría por decirte la verdad: que tú y Alex estabais programados para enamoraros, que era un amor algo artificial ese que sentíais. Pero cometió un error que no pude prever. Supongo que en ese caso el error es mío. Le dijo la verdad al chico antes que a ti y él te alejó de la verdad. La caja debía de abrirse en ti al estar cerca de él, en tensión, o al recibir esa información. No puedo saber cuándo lo hizo con exactitud, ya lo he intentado. Lo único que sé es que cuando mataste a Alex una parte de ti ya sabía que pertenecías a Blanco Oscuro. Quizá fue una alteración emocional, un último coletazo de rebeldía y negación. Solo sé que no era el plan. Tú deberías haber devuelto a los chicos aquí. A mí. Simplemente. Pero, sinceramente, no sabía qué pasaría cuando se abriera la caja». Se hizo un larguísimo e incómodo silencio que duró dos cigarrillos y un vaso de whisky que no llegué a acabar, puesto que la cabeza comenzaba a darme vueltas. —Alex me alejó de Ana para que siguiera queriéndole... Para que no supiera que todo era mentira y siguiera a su lado... —Las lágrimas se agolpaban al borde de mis ojos. —No es mentira. Nada es mentira, Sara. —Sentí que trataba de consolarme —. Sientes lo que sientes y eso es innegable. Todo lo que sentimos es porque algo lo provoca; una persona, una situación, un experimento... Eso no importa. Importa que el sentimiento es real. —Pero, Pablo, lo he matado. —Era un sujeto inestable. No le quedaba mucho. —Aquella frialdad solo me hizo apretar los dientes. El asesinato de Alex era algo que me costaría perdonarme. Si bien era cierto que me consolaba pensando que él había asesinado involuntariamente y mi situación podía ser la misma, no podía dejar de pensar que él tan solo quería ser feliz a mi lado. Lejos de todo lo que tuviera que ver con Blanco Oscuro. Habría tratado de odiar a la organización, pero sería imposible. Puesto que mi cabeza afirmaba una y otra vez que lo que hacíamos era lo correcto. A veces los planes salen mal, a veces salen bien. Pero siempre se debe arriesgar. El fin justifica los medios. —¿Y qué pinta Santi en todo esto? —pregunté al cabo de un rato. Después de tragarme el nudo que se había atascado en mi garganta. —Oh, cierto, Santi. Absolutamente nada. Hemos terminado con él. Creí que sería una buena idea dejarle escapar con vosotros. Claro está, después de hacerle confiar en Ana. Sabía que su presencia te sensibilizaría. Solo es un añadido. Ya sabes, el amor y todo eso. Comprendía lo que quería decir, pero no soportaba aquel tono de indiferencia. Al final solo éramos sujetos. —Le hemos solucionado la vida, Sara. No somos tan malos. Santi no nos sirve de nada y nos conviene mantenerle con la boca cerrada. Le hemos facilitado una nueva identidad, currículum de vida y un hogar de alquiler con una buena paga hasta que encuentre un trabajo. No tendrá problemas con nadie si no habla de Blanco Oscuro. —¿Es libre? ¿Y yo podré serlo? —Lo siento, pero no. Es decir, eres libre. Sé que no vas a salir corriendo y doy por hecho que te gustaría continuar trabajando para la corporación, ¿no es así? —Supongo —dije dudosa. —Pero creo que de momento lo mejor que puedes hacer es pasar una temporada sin salir del edificio. No sé si recuerdas que tu cara ha estado apareciendo por televisión durante los últimos meses y te buscan por homicidio. Tenemos recursos, pero no podemos borrarle la memoria a todo el país. Me pasé la mano por la frente, como si pudiera ocurrírseme alguna idea. Pero no había solución para ello. Si bien no habría sido un problema trabajar para Blanco Oscuro durante el resto de mi vida, no me parecía tan bueno eso de vivir ese tiempo bajo tierra, entre las paredes del edificio de la corporación. Terminé por asentir. —Creo que deberías volver a tu habitación y descansar —comentó. —No necesito descansar más. No estoy cansada. —Pronto habilitaremos un dormitorio para ti y podrás tener una habitación de verdad. A no ser que quieras pasarte los próximos años en una especie de habitación de hospital. —Hice un gesto de burla, dándole a entender que aquella no me parecía la mejor de las ideas—. Supongo que ya lo sabes, pero este sitio es muy grande. —Sí, lo sabía. —Dispondrás de tu propio baño y tendrás cerca la cocina y el comedor. Ya te iremos dando lo que necesites, ya sabes, ropa, entretenimiento... —Libros. —Sí, lo que necesites. —Hizo una pausa—. ¿Trabajarás para nosotros? —Trabajaré con vosotros —respondí con seriedad, pero él sonrió satisfecho y dio un sorbo a su vaso mientras aplastaba la colilla de su cigarrillo en el cenicero ya repleto. —Oh, lo olvidaba. —Se llevó la mano al bolsillo de su pantalón vaquero y sacó de él una especie de tarjeta de plástico rectangular, de mil colores—. Con esto podrás acceder a donde necesites. En cualquier caso, aún debemos hacerte algunas pruebas. O, mejor dicho, a tu R.P. Dolerá un poco, lo siento. —Lo sé. —Asumí. Quería trabajar allí, pero necesitaría tiempo para aceptar la situación y acostumbrarme a ella. No iba a ponerme a dar saltos de alegría cuando mi vida entera había cambiado de repente, a pesar de que una parte de mí lo aceptaba por completo. Debía de ser eso de «La caja». Al menos aquella vez parecía ser la definitiva. —Una última cosa, Pablo. ¿Qué va a pasar con Ana? —Oh, sí, eso... —Suspiró y se levantó del sofá, recogiendo la cajetilla de tabaco y el mechero—. Ven conmigo. Le hice caso y de nuevo me vi recorriendo aquellos largos e iluminados pasillos, solo que esta vez no tenía ni idea de a dónde nos dirigíamos, a pesar de conocer qué había tras cada una de las puertas que atravesábamos. Llegamos a un punto en que Pablo comenzó a usar su tarjeta para abrir alguna de ellas y me pregunté si la mía realmente funcionaría o sería otra especie de prueba. Como si me hubiera leído la mente, Pablo me ofreció abrir la última de las puertas con mi tarjeta. Funcionaba. Fuimos a parar a una habitación exactamente igual a aquella en la que había estado durmiendo los últimos días. La única diferencia que pude observar es que en esta no había rastro del líquido R.P. Tras la pared transparente había una habitación infantil repleta de peluches y libros de niños. Pero no tenía tantos arcoíris, unicornios y color rosa como la mía. En el centro había una enorme cama. La decoraban los colores celeste y dorado, y sentada en el filo de ella, balanceando los pies, una chica rubia de ojos verdes y piel casi albina hojeaba un colorido libro de cuentos. Ella no nos veía. —¿Está bien? —pregunté mirándola a través del cristal. Una profunda pena me inundó. —Por supuesto que está bien. Tan solo conserva su R.P. base. No recuerda nada. Es feliz. —Le dirigí una rápida mirada, dudosa. —¿Seguro? —Asintió. Yo aún tenía la tarjeta de acceso en mi mano—.¿Puedo? —pregunté señalando la puerta metálica. —Adelante. La puerta se abrió con un chasquido sordo y en cuanto la atravesé los enormes ojos verdes de la chica se clavaron en mí. Sonrió de oreja a oreja con una mirada infantil y dio un innecesario saltito para bajar de la cama. —¡Hola! —Dejó el libro sobre ella y se dirigió a mí con una mano extendida—. Soy Ana. ¿Eres tú quien va a cuidar de mí ahora? —Estreché su mano casi sin darme cuenta de lo que hacía. No sabía qué decir. Miré a Pablo, que no me dio más respuesta que un ligero asentimiento de cabeza. —Yo..., soy Sara... —murmuré. Ella rio. Era la risa de siempre. —No seas tímida, no pasa nada. Podemos ser amigas, ¿quieres? —Tanto sus ojos como su sonrisa resplandecían. Pablo tenía razón: era feliz. Al menos en aquel momento. Aun así, no pude evitar que se me formara un nudo en la garganta y las lágrimas se me agolparan en los ojos. Salí rápidamente de la habitación cuando la primera resbaló por mi mejilla. El hombre salió detrás de mí, cerrando la puerta. —¿Estás bien? —No me reconoce —dije con la voz rasgada mientras me secaba las lágrimas con la manga de la chaqueta y la observaba. Ella miraba en mi dirección, pero no a mí. Sabía que lo que ella veía era tan solo una pared. Movía los labios, como si estuviera diciendo algo, pero no podía escucharla. Pablo tocó algo que no pude ver en el marco de la puerta y el cristal se volvió completamente blanco, como el resto de las paredes de la habitación. Me dirigí hacia él, algo más calmada. —¿Quieres encargarte de ella? —preguntó ignorando mi comentario anterior. —¿En serio? —Sí, en serio. Creo que le has caído bien a pesar de tu reacción. —Dibujó una sonrisa torcida. —Claro que le caigo bien, ¡somos amigas! —No, Sara, debes entender eso. No es la Ana que tú has conocido. Tiene su R.P base, pero no tiene recuerdos. Es como una niña de cinco años. No entiende nada. —Se hizo un breve silencio. —¿Qué es eso de encargarme de ella?, ¿qué tengo que hacer? —Lo que sea necesario —respondió con seriedad. Me imaginé inyectándole el líquido R.P., viendo cómo sufría por mi culpa. Mintiéndole, engañándola, jugando con ella como si fuera una marioneta, como habían hecho conmigo. Esperando a que se abriera su caja, esperando que fuera útil para cualquier cosa o esperando a que se volviera loca o muriera. Pero entonces pensé que si no lo hacía yo lo iba a hacer cualquier otra persona. Alguien que, como Pablo, como mi mente decía desde algún lugar, veía a aquellas personas simplemente como sujetos. Como seres sin vida, sin emociones ni sentimientos reales. —Abre la puerta. —Él la abrió y Ana estaba esperando tras ella, con su precioso camisón de volantes, como si desde que hubiera salido de la habitación ya supiera que iba a volver. Me miró con algo de inseguridad, como una niña pequeña a la que están a punto de dar una regañina—. Siento haberme ido así, Ana —dije mientras le cogía una mano con delicadeza—. Claro que sí. Me encantará cuidar de ti. —Y su rostro se iluminó, con una sonrisa de oreja a oreja. EPÍLOGO Había aprendido a no llorar. Había aprendido a no tener sentimientos. Mi trabajo me lo exigía y no era del todo malo. Con el paso de los años había aprendido que el fin justifica los medios, y a pesar de sentir en ciertas noches, sobre todo al principio, aquel peso en la conciencia, había llegado a la conclusión de que lo que hacíamos en Blanco Oscuro tendría un gran beneficio para el mundo entero a largo plazo. No pensaba llorar en aquel momento, quince años después de que mi caja se abriera. Había estado día tras día esperando poder salir del edificio subterráneo donde trabajábamos. Mi piel estaba blanquecina y hacía tiempo que lucía una larga melena pelirroja, de un color demasiado artificial para que cualquiera pensase que era natural. Me habían obligado a ponerme unas lentillas de color azul que, al contrario que el pelo, quedaban bastante naturales. A pesar de ello no volvería a ponérmelas a no ser que volviera a salir del edificio. El aire era tan puro en el exterior que me pregunté cómo podía haber sobrevivido tanto tiempo con la ventilación de donde vivía. Cómo podía no haberme asfixiado. Pero en aquel lugar, en aquel momento, sentí que se me oprimía el corazón. No pensaba llorar. No iba a hacerlo. Había visto cosas peores que el nombre de mi mejor amiga en una lápida. Pero ¿más dolorosas? Durante todos aquellos años había tenido esa espina clavada en el corazón. Y no solo eso, había matado a personas, había matado a niños. Aunque en la corporación no quisieran usar la palabra «asesinato», yo sabía lo que hacíamos. Pero nunca había superado el hecho de que ella muriera por mi culpa. Ella, que no tenía nada que ver con Blanco Oscuro, que tanto había sufrido y aun así se empeñaba en hacerme sonreír día tras día, aguantando mis pataletas. Le debía al menos unos minutos de mi presencia. Y me dolía no creer en el alma, en el espíritu, y no poder sentirla a mi lado. Me dolía no poder sentirla por mi causa, por aquella causa atroz e inhumana, por un bien mayor. Todo era siempre por un bien mayor. Acaricié la lápida mientras me preguntaba cuántas personas habían acudido a su entierro y me hirvió la sangre al pensar en toda la prensa que seguramente quiso hacerse un hueco; en todas las personas que acudieron simplemente por el morbo de encontrar a la horrible asesina de Lola en el lugar. —Sabía que te encontraría aquí —pronunció una voz a mi espalda. No lo reconocí hasta que me di la vuelta, tratando de disimular un sobresalto. —¿Cómo me has reconocido? Pero él podría haberme preguntado lo mismo. Ya no era el joven enclenque que había conocido en el orfanato. No era el chico con el que había huido de Pablo hacía quince años. Era fuerte, musculado, tenía el pelo muy corto y unas elegantes gafas de montura cuadrada y negra. Jamás esperé ver a Santi con camisa. —Ya nadie viene a verla. —Se limitó a responder mientras se acercaba lentamente. —¿Y tú sí? —dije a la defensiva. Él respondió con una sonrisa irónica. —Vengo a verte a ti. Todos los días, desde hace quince años. —Sentí mi corazón volcarse al escuchar sus palabras—. Y, por mucho que hayas cambiado, te conozco lo suficiente como para saber que no dejarías este cabo suelto. Dirigí la mirada a la tumba, sin saber si prefería fijar la vista en el nombre de mi amiga o en los ojos de aquel hombre. —No puedo hablar de Blanco Oscuro —zanjé. Soltó una carcajada que me sobresaltó por su enorme carga de desprecio. —No quiero saber nada de esos monstruos. Solo quiero saber cómo estás tú, Sara. —Tú has vivido a costa de esos monstruos. —Me han destrozado la vida. Lo mínimo que pueden hacer es dejarme vivir el resto de mis días en paz. —Hizo una pausa—. Lo mínimo que podéis hacer. —¿Y por qué has venido a verme si me odias? —No te odio a ti. Ellos te han creado. No puedo culparte por lo que haces. Solo sentir lástima. —Yo soy esto, Santi —respondí mirándole con dureza. Él se limitó a sonreír y agachó la cabeza durante un instante, como si no quisiera que aquella sonrisa me ofendiera. —¿Eres feliz? —Estoy haciendo lo que quiero. Soy productiva y vivo bien. —¿Eres feliz? —insistió. —No lo sé, no siento nada —pronuncié con frialdad, y aparté mi mirada de la suya—. Eso es Blanco Oscuro. FIN